lunes, enero 02, 2006

UNA LECCION APRENDIDA

Opinión del Autor del Blog.
Ante un nuevo aniversario del triunfo de la Revolución Cubana del 1 de enero de 1959, he querido traer estas palabras de Carlos Alberto Montaner pronunciadas hace aproximadamente dos años. No obstante deseo aclarar, que considero ( leer mi artículo " Fidel, el peor de todos ", publicado en octubre de 2005 en este blog) que cualquier otra situación que nos hubiera sucedido como pueblo, no hubiera sido tan desastrosa, sangrienta, larga y vergonzosa como este medio siglo de castrismo totalitario.
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Una lección aprendida
Por Carlos Alberto Montaner

Los revolucionarios no crean instituciones. No venían a crear los cauces para que las personas libremente construyeran sus vidas: eran, como todos los revolucionarios de la historia, los dueños de verdades absolutas.



Con esta charla, el autor clausuró el Congreso Internacional de Cultura Cubana celebrado en Madrid entre el 29 y 31 de enero de 2004.

Queridos amigos:

Vaya para la Asociación Española Cuba en Transición, que ha hecho posible el Congreso Internacional de Cultura Cubana que hoy concluye, nuestra primera expresión de gratitud. Quien conoce de cerca la calidad humana de sus miembros no puede dejar de quererlos.

Y vaya también nuestro agradecimiento para Reporteros sin Frontera y para Pax Christi, para la Fundación Hispano-Cubana y para Freedom House, para los Radicales italianos, los liberales suecos, y para esos incansables hermanos checos de People in need, todos con nosotros esta noche, y para Liduine Zumpolle, la holandesa errante, siempre al servicio de una causa noble, que ha encontrado, y aquí la estrena, una nueva manera de ser buena con los demócratas cubanos.

Durante dos días, presididos en la distancia por la enorme autoridad moral e intelectual de Raúl Rivero, acompañados espiritualmente por los 75 cautivos de marzo del año pasado —esos héroes de la libertad y la decencia—, hemos conversado con una mezcla precisa de racionalidad y pasión.

Ha habido razonamientos, datos, anécdotas, lágrimas, risas, acuerdos y desacuerdos, consensos y disensos. En casi una veintena de coloquios, concebidos para ser compartidos por nuestros compatriotas radicados en la Isla, caracterizados por una firme cordialidad, hemos examinado en voz alta diversos aspectos de la realidad cubana. Todo se ha grabado, y todo se transmitirá por onda corta, o burlará la censura en casetes y publicaciones escritas que entrarán en la Isla de mil modos diferentes.

El propósito del Congreso era ése y lo cumpliremos: compartir con nuestro pueblo ideas, historias, interpretaciones, y —por qué no— emociones profundas que también forman parte muy notable de nuestra visión de la realidad cubana.

Nos enfrentamos, como sabemos, a un gobierno metódicamente empeñado en ocultar la realidad, en distorsionar los hechos, en ejercer la censura, en callar a los inconformes. Esa es la misión básica del totalitarismo: arrancarles las palabras a las personas y sustituirlas por un ruido artificial y ajeno. Una vez efectuada esa monstruosa falsificación se obtiene el resultado buscado: la uniformidad, la sociedad coral, afinada y triste, que repite incesantemente las palabras del otro, las palabras del Jefe implacable.

Esa perversa acción del Estado comunista instalado en Cuba hace casi medio siglo, define nuestra primera tarea: prestarles nuestra voz a los cubanos. Transmitirles nuestras vivencias de mujeres y hombres libres, compartir con ellos las lecturas de los libros que no pueden leer, las ideas que les son vedadas y los sueños a los que no los dejan asomarse.

En la medida en que logremos este objetivo estaremos todos, ellos y nosotros, más cerca de la libertad. Incluso más: cuando llegue, como decía Andrés Eloy, un poeta venezolano que también conoció la opresión y el exilio, cuando llegue, repito, “el día grande de soltar los prisioneros”, todo será más fácil y rápido si las buenas ideas, claras y resueltas, están en su sitio y la palabra lista para defenderlas.

Y es en este punto en el que quiero hacer una breve observación histórica que comienza por formular varias preguntas: ¿por qué fracasó nuestra República? ¿Por qué aquella mañana luminosa del 20 de mayo de 1902 no iniciamos con paso seguro una andadura feliz hacia la consolidación de un Estado de derecho próspero y dichoso? ¿Por qué nos enfrentamos en conatos de guerras civiles en 1906, en 1912 y en 1917? ¿Por qué se enseñoreó una forma creciente de atropello en 1927, que culminó con el desplome de las instituciones y la fuga del presidente Machado en 1933? ¿Por qué el país maltrecho, pero ilusionado, que emergió de aquella revolución de 1933, y pareció estabilizarse en 1940, volvió a hundirse en 1952, mas sólo como prólogo de la nefasta llegada de Castro al poder siete años más tarde?

Creo que tengo una posible respuesta: porque arribamos a la independencia sin una idea clara de la fragilidad tremenda de la arquitectura republicana. Nuestros mambises sabían matar y morir en una carga a machete, y al menos la cúpula dirigente tenía una buena formación en las profesiones liberales o en el ejercicio de la industria y el comercio, pero no eran muchos los que entendían la importancia capital del voluntario sometimiento de todos al imperio de la ley, y menos todavía los que se daban cuenta —como Enrique José Varona, una bella excepción— que la separación real de poderes y el respeto por los derechos individuales no eran caprichos de Locke o de Montesquieu, sino la columna de fuste en la que descansaba la estructura de la república.

Tardamos muy poco en envilecer la práctica política, y a partir de ese comienzo en falso, se inició un declive, percibido con horror por el conjunto de la sociedad, pero al que intentábamos oponernos con otra actitud contraria a la esencia republicana: la utopía revolucionaria.

De la corrupción y la injusticia nos salvarían un hombre extraordinario rodeado de hombres excepcionales. Ellos sabrían como poner fin a la corrupción y al desorden. Ellos nos dirían cómo y dónde encontrar la felicidad. Ellos definirían lo que nos conviene y lo que nos perjudica, y a ellos les entregaríamos nuestra inteligencia y nuestra voluntad, porque es así como se relacionan los simples mortales con el olimpo revolucionario: abdican de la facultad de pensar y decidir.

A punto de cumplir 61 años, recuerdo ahora, con una enorme melancolía, la intensa alegría que sentí a los 15 años de edad cuando colapsó el régimen de Batista. Alguien me puso una ametralladora en las manos y me fui a patrullar las calles de La Habana rodeado de otros muchachos igualmente felices e igualmente insensatos. Pensaba, no sé por qué, que yo era un revolucionario que iba a contribuir a cambiar el destino de Cuba.

No fue hasta muchos años después, muchas lecturas más tarde, cargado de experiencia y frustraciones, que comencé a entender la verdad: aquella aventura iniciada el primero de enero de 1959 no podía salir bien de ninguna manera. ¿Cómo iba a salir bien si la primera medida que el gobierno se atribuyó fue la de depositar en el pequeño Consejo de Ministros la facultad de legislar a su antojo? ¿Cómo iba salir bien si aquella admirada clase dirigente, que casi todos aplaudíamos delirantemente, estaba compuesta de ingenieros sociales decididos a fabricar el paraíso con sus decretos?

No venían a erigir instituciones. Los revolucionarios no crean instituciones. No venían a crear los cauces para que las personas libremente construyeran sus vidas: eran, como todos los revolucionarios de la historia, los dueños de verdades absolutas. Estaban llenos de certezas, y, en algunos casos, de buenas intenciones, pero incluso los que tenían vocación democrática no entendían que la democracia no es más que un método para tomar decisiones colectivas, y no el fin último de la república, que es la salvaguarda de los derechos individuales con su delicado equilibrio de poderes y contrapoderes.

Es cierto que Fidel Castro traicionó a casi todos sus compañeros de lucha y a las demás organizaciones insurreccionales que derrotaron a Batista cuando convirtió a Cuba en un Estado comunista subordinado a la Unión Soviética, pero lo probable, si no hubiera tomado ese camino, es que habríamos desembocado en otro género de fracaso, seguramente menos cruel y menos largo, pero igualmente desastroso.

Hay, sin embargo, una ventaja, una sola ventaja, en que Castro haya elegido imponerles a los cubanos la peor de las opciones posibles, la tiranía comunista. Y esa paradójica ventaja es que con Castro desaparece de la historia de Cuba, al menos por mucho tiempo, la utopía revolucionaria.


Ha sido tanto el sufrimiento, han sido tantas las familias destruidas, los muertos, y los presos políticos; ha sido tan pernicioso el efecto del comunismo sobre la economía del país y sobre la golpeada psicología de las personas, que cuando enterremos el castrismo, en esa misma tumba enterraremos también las fatídicas ilusiones revolucionarias que nos acompañaron fatalmente desde que inauguramos nuestra atormentada república.

Los cubanos del futuro ya no querrán héroes épicos que dirijan sus vidas. Querrán humildes servidores públicos obedientes de la ley. No querrán himnos de guerra, ni arengas en la plaza pública, ni convocatorias a sacrificios absurdos. No querrán uniformes ni desfiles marciales. Querrán propuestas racionales, discursos persuasivos pronunciados con voz tranquila, querrán ser los dueños de sus vidas pequeñas y familiares.

Esos cubanos, llenos de cicatrices, habrán comprendido que hay muchas más posibilidades de encontrar la dicha, la paz social y la prosperidad en las páginas aburridas del Código Civil que en las promesas incendiarias de los viejos y desprestigiados profetas revolucionarios.

Cuando comenzó esta atroz pesadilla, Fidel Castro, Raúl y el Che Guevara se dieron a la tarea de crear al “hombre nuevo”. Con una infinita vanidad, pensaron clonarse incesantemente entre los cubanos, para que todos tuvieran sus ideas, sus actitudes y comportamientos. El hombre nuevo iba a ser como ellos, porque ellos, por un misterio extraño de la genética política, eran una mutación excepcional de la especie, una avanzadilla que se había adelantado a la variedad humana que pretendían crear.

Créanme que no invento nada. Me limito a describir lo que sucedió: cuando los pobres niños cubanos tenían que gritar en las escuelas la consigna “seremos como el Che”, lo que estaban diciendo es que el Che era el hombre nuevo. El arquetipo. El molde perfecto. El revolucionario perfecto. Los niños debían y tenían que imitarlo.

Y ¿cómo es un hombre nuevo, un revolucionario perfecto? Dejemos que el propio Ernesto Guevara conteste esa pregunta: “Un revolucionario ―dijo― es una perfecta máquina de matar”. Es decir, alguien que no tiene en cuenta los métodos que se utilicen, aunque sean terribles y sanguinarios, porque lo único que importa es el fin maravilloso que se persigue.

Varias décadas después del parto, el monstruo ha muerto en el corazón de los cubanos, y muy especialmente entre los más jóvenes. En efecto, al fin ha surgido un hombre nuevo, pero ni se parece al Che, ni padece ese homicida entusiasmo por la violencia de los psicópatas que lo engendraron. El hombre nuevo cubano es una persona triste y desvitalizada, escéptica, fatigada de tanta hazaña delirante, cansada de tanta consigna hueca y estúpida.

¿Es ése el mejor barro humano para reedificar la República? No lo sé, pero es el que hay, y tiene, además, una excepcional ventaja: ha aprendido su lección. Todos hemos aprendido la terrible lección de la experiencia totalitaria. Ya no hay sirena revolucionaria que nos confunda con su canto. Ya no hay salvadores de la patria que nos seduzcan con sus promesas o nos impresionen con su carisma. Perdimos la inocencia en el doloroso camino en busca de la libertad, y eso es bueno.

En este salón tengo y veo buenos amigos de la juventud, y algunos, incluso, de la adolescencia. Siento por ellos un enorme cariño y una profunda admiración. Comenzaron a luchar cuando éramos unos chiquillos llenos de ilusiones. No se han rendido nunca. Noto también, con dolor, algunas ausencias. Murieron muy jóvenes en las cárceles y en los paredones: Virgilio Campanería, Alfredo Carrión, Julio Antonio Yebra. ¡Son tantos!

A muchos de ustedes, amigas y amigos queridos, los vi o los supe en la cárcel, sufrir y resistir con una enorme dignidad. A otros los vi marchar al exilio sin más bienes que la ropa que llevaban puesta, y mi vida, que comienza a ser larga, me permitió contemplar cómo arraigaban en tierras nuevas, criaban y educaban hermosas familias: hijos, nietos, incluso, bisnietos.

Un amigo español me hizo ayer una obvia observación: “es muy alta la edad promedio del grupo”. Es cierto. Ha sido un trayecto muy largo y doloroso. Y eso es lo que me llena de orgullo: saber que mis amigas y amigos no han claudicado, que están aquí, llenos de dolores, viejos, seguramente con otras teorías, sin duda alguna con una renovada visión de nuestra historia, mucho más crítica y severa, pero están aquí de pie, luchando, intentando ser útiles, protestando contra las injusticias y prestándoles la voz a quienes la dictadura mantiene en silencio.

Estamos al final del camino. A veces el camino es cruelmente largo y enrevesado. A fin de cuentas, Moisés sólo estuvo cuarenta años en el desierto: por ahora, cinco menos que nosotros. Pero llegaremos. O llegarán otros: eso no importa. Lo esencial es no claudicar, no ceder, no callarnos. Lo fundamental es que quienes puedan estrenar la libertad tengan claras las ideas, el pulso firme y el corazón caliente y tierno para que nunca más, nunca más, se hunda la República. Esa es nuestra misión. Y lo siento: hoy yo no sé despedirme de otra manera:
¡Viva Cuba libre!