Es un blog diario digital conformado con los artículos, opiniones, ensayos, etc. del Catedrático universitario Lic. Pedro Pablo Arencibia Cardoso sobre diferentes temáticas de la problemática cubana, actual e histórica, así como por noticias y artículos de otros autores que se consideran de gran interés para profundizar en la realidad cubana.
domingo, abril 05, 2026
DOMINGO DE RESURRECCIÓN 2026. San Pablo: "Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe"
Resucitó, aleluya
Aleluya en Español
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Por Apologetica.org
“¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!” (Lc 24,34). Con esta fórmula resume Lucas la afirmación decisiva de nuestra fe. El movimiento de Jesús hubiera concluido con el fracaso de la cruz y la dispersión de sus seguidores si no hubiera sido por ese acontecimiento excepcional con el cual todo comenzó de nuevo. La proclamación de la resurrección de Jesús es absolutamente fundamental y sin ella no habría fe cristiana. Y es en la veracidad de esta afirmación donde nuestra fe se juega su ser o no ser. Porque, como señaló ya en los primeros tiempos el apóstol Pablo, si Jesús no hubiese resucitado la predicación sería vana y seríamos los hombres más dignos de compasión (1 Cor 15, 14.19).
El mensaje sobre la resurrección de Jesús contradice nuestra experiencia diaria sobre la muerte, que se nos presenta como algo definitivo, sin posibilidad de retorno. Es por eso por lo que su aceptación no ha estado exenta de problemas. Ya en los relatos evangélicos podemos descubrir huellas de las dudas y de la incredulidad con la que algunos recibieron la noticia. Dos mil años después de aquellos hechos, ¿es posible sostener razonablemente nuestra fe sobre la resurrección de Jesús? ¿Fue la resurrección un acontecimiento real, o se trata de algo meramente simbólico, de un mito legendario? ¿Qué razones podemos ofrecer para que no se nos acuse de que nuestra fe en la resurrección de Jesús carece de todo fundamento?
La resurrección de Jesús es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas. Se trata, ciertamente, de un acontecimiento único, difícil de reducir a esquemas o conceptos conocidos. Pero, pese a todo, dejó huellas que aún podemos reconocer y que nos permiten afirmar que nuestra fe en la resurrección de Jesús no es irracional, sino que se puede fundamentar sólidamente de un modo racional. Vamos a reflexionar brevemente sobre algunas huellas, signos y testimonios que nos pueden servir para fundamentar racional y críticamente nuestra fe en la resurrección de Jesús.
a.- El enigma del origen del movimiento cristiano.
Es un hecho incuestionable, incluso para los historiadores no cristianos, que el movimiento de los seguidores de Jesús comenzó a tener importancia tras su muerte. Del mismo modo, es también indudable que la muerte de Jesús en la cruz (cuyo carácter histórico hoy nadie discute) significó, de modo inmediato, el fracaso de la causa de Jesús y el abandono y la fuga de sus seguidores. Sin embargo, es también un dato histórico indiscutible el que, poco tiempo después de la muerte de Jesús y de la fuga de sus seguidores, éstos regresaron y proclamaron con un entusiasmo que nada tenía que ver con su abandono anterior, que Jesús había resucitado. ¿Cómo explicar históricamente esta situación? ¿De dónde sacaron sus seguidores la fuerza para llevar la buena noticia hasta los confines del Imperio Romano? Un examen histórico del origen del cristianismo nos conduce inevitablemente a la conclusión de que algo excepcional, como una gran explosión, aconteció tras el fracaso absoluto de la muerte en la cruz. ¿Cuál fe la “chispa” que, tras la catástrofe, desencadenó el desarrollo del nuevo movimiento? La única explicación que da razón suficiente de este espectacular comienzo es la de que fue el convencimiento de los seguidores de Jesús de que éste realmente había resucitado lo que desencadenó el comienzo del nuevo movimiento. Tal y como sucedieron las cosas, no es razonable sostener que fue la fe de los discípulos en Jesús lo que originó su fe en la resurrección, sino que fue más bien la experiencia de éstos de que Jesús vivía lo que desencadenó la nueva fe en Jesús. La resurrección de Jesús sorprendió completamente a sus discípulos y, además, se situaba totalmente fuera de lo que éstos razonablemente podían esperar. En definitiva, sólo si la resurrección fue algo real para los discípulos es posible explicar razonablemente los orígenes del movimiento de Jesús, tras su muerte.
b.- Los primeros testimonios.
Los exégetas coinciden en señalar que el texto escrito más antiguo que proclama la resurrección de Jesús se halla en la primera carta a los Corintios de Pablo, capítulo 15, versículo 3 y siguientes: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefás y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a los apóstoles”. Es sabido que Pablo escribió la primera Carta a los Corintios hacia el año 56 o 57 a más tardar y, probablemente, hacia el año 54. En ella les recuerda lo que ya les había dicho en su estancia en esa ciudad, estancia que se produjo hacia el año 50. El tiempo en el que Pablo recibió esa catequesis (no olvidemos que dice que “os transmití (...) lo que a mi vez recibí”) debió ser entre los años 35 y 37, cuando visitó en Jerusalén a Pedro y Santiago. Esto significa que la formula que se expresa en este texto se había ya fraguado tan sólo de tres a seis años después de la muerte de Jesús. Ni que decir tiene la gran trascendencia de todo esto, pues ello supone que esta primitiva formulación de la resurrección de Jesús se remonta a muy pocos años después de la muerte de Jesús y se apoya en el testimonio de numerosas personas que todavía vivían y a las que se podía consultar. Difícilmente la buena noticia hubiera podido extenderse si la palabra de esos testigos no hubiera sido digna de crédito para quienes la escucharon, todo lo cual apunta a que esos testimonios expresaban un acontecimiento que, para ellos, era absolutamente real.
De otro lado, los relatos evangélicos sobre las apariciones constituyen también un testimonio sobre la resurrección de Jesús. Si bien su elaboración es seguramente mas tardía y en estos relatos son numerosos los datos contradictorios, lo cierto es que es posible la reconstrucción de estos acontecimientos pascuales, cuyo último núcleo histórico no es posible desconocer.
c.- El sepulcro vacío.
Es cierto que el sepulcro vacío ni es en sí mismo una prueba de la resurrección de Jesús ni fue interpretada, en el primer momento, en ese sentido por quienes lo descubrieron. Pero no es posible tampoco dudar de su carácter histórico. En su favor no sólo está el testimonio múltiple de los cuatro evangelistas, sino también un dato obvio: sin tumba vacía no se habría podido anunciar la resurrección de Jesús en el ámbito judío, sobre todo en Jerusalén; además, los judíos, en polémica con los cristianos, no negaron el hecho del sepulcro vacío, sino que lo interpretaron de otro modo. La historicidad del sepulcro vacío encuentra también un buen apoyo en los textos históricos sobre el redescubrimiento del sepulcro en el siglo IV, tras la conversión del emperador Constantino. En definitiva, el sepulcro vacío es también, a su manera, un “signo” o “huella” de la resurrección de Jesús.
d.- Otro testigo mudo de la resurrección: la Sábana Santa de Turín.
En Turín se conserva un lienzo, conocido como la Síndone o Sábana Santa, que, según resulta de los numerosos estudios científicos a los que ha sido sometido, fue el utilizado en la sepultura de Jesús de Nazaret. Este lienzo refleja con un realismo aterrador las torturas y tormentos a que fue sometido Jesús antes y durante la crucifixión. Pero, igualmente, en la Sábana Santa de Turín los científicos han encontrado huellas sorprendentes que indican que este lienzo es el testimonio silencioso pero elocuente de la resurrección de Jesús.
Con la muerte de la primera generación de cristianos desaparecieron los testigos directos de la resurrección, lo que debió contribuir a que surgieran dudas entre los nuevos seguidores, a las que se dedica la conocida admonición “dichosos los que no han visto y han creído” (Jn 20,29). Sin embargo, y pese a los dos mil años transcurridos, como hemos visto brevemente en estas líneas, todavía es posible hoy, sin que ello contravenga nuestra inteligencia, gritar con júbilo como aquellos primeros discípulos “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado! “.
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MENSAJE URBI ET ORBI DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI - PASCUA 2011
In resurrectione tua, Christe, coeli et terra laetentur. En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra (Lit. Hor.)
Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo:
La mañana de Pascua nos ha traído el anuncio antiguo y siempre nuevo: ¡Cristo ha resucitado! El eco de este acontecimiento, que surgió en Jerusalén hace veinte siglos, continúa resonando en la Iglesia, que lleva en el corazón la fe vibrante de María, la Madre de Jesús, la fe de la Magdalena y las otras mujeres que fueron las primeras en ver el sepulcro vacío, la fe de Pedro y de los otros Apóstoles.
Hasta hoy —incluso en nuestra era de comunicaciones supertecnológicas— la fe de los cristianos se basa en aquel anuncio, en el testimonio de aquellas hermanas y hermanos que vieron primero la losa removida y el sepulcro vacío, después a los mensajeros misteriosos que atestiguaban que Jesús, el Crucificado, había resucitado; y luego, a Él mismo, el Maestro y Señor, vivo y tangible, que se aparece a María Magdalena, a los dos discípulos de Emaús y, finalmente, a los once reunidos en el Cenáculo (cf. Mc 16,9-14).
La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien.
Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y abrir las yemas en las ramas de los árboles, así también la irradiación que surge de la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, deseo, proyecto. Por eso, todo el universo se alegra hoy, al estar incluido en la primavera de la humanidad, que se hace intérprete del callado himno de alabanza de la creación. El aleluya pascual, que resuena en la Iglesia peregrina en el mundo, expresa la exultación silenciosa del universo y, sobre todo, el anhelo de toda alma humana sinceramente abierta a Dios, más aún, agradecida por su infinita bondad, belleza y verdad.
«En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra». A esta invitación de alabanza que sube hoy del corazón de la Iglesia, los «cielos» responden al completo: La multitud de los ángeles, de los santos y beatos se suman unánimes a nuestro júbilo. En el cielo, todo es paz y regocijo. Pero en la tierra, lamentablemente, no es así. Aquí, en nuestro mundo, el aleluya pascual contrasta todavía con los lamentos y el clamor que provienen de tantas situaciones dolorosas: miseria, hambre, enfermedades, guerras, violencias. Y, sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente por esto. Ha muerto a causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también para redimir nuestra historia de hoy. Por eso, mi mensaje quiere llegar a todos y, como anuncio profético, especialmente a los pueblos y las comunidades que están sufriendo un tiempo de pasión, para que Cristo resucitado les abra el camino de la libertad, la justicia y la paz.
Que pueda alegrarse la Tierra que fue la primera a quedar inundada por la luz del Resucitado. Que el fulgor de Cristo llegue también a los pueblos de Oriente Medio, para que la luz de la paz y de la dignidad humana venza a las tinieblas de la división, del odio y la violencia. Que, en Libia, la diplomacia y el diálogo ocupen el lugar de las armas y, en la actual situación de conflicto, se favorezca el acceso a las ayudas humanitarias a cuantos sufren las consecuencias de la contienda. Que, en los Países de África septentrional y de Oriente Medio, todos los ciudadanos, y particularmente los jóvenes, se esfuercen en promover el bien común y construir una sociedad en la que la pobreza sea derrotada y toda decisión política se inspire en el respeto a la persona humana. Que llegue la solidaridad de todos a los numerosos prófugos y refugiados que provienen de diversos países africanos y se han viso obligados a dejar sus afectos más entrañables; que los hombres de buena voluntad se vean iluminados y abran el corazón a la acogida, para que, de manera solidaria y concertada se puedan aliviar las necesidades urgentes de tantos hermanos; y que a todos los que prodigan sus esfuerzos generosos y dan testimonio en este sentido, llegue nuestro aliento y gratitud.
Que se recomponga la convivencia civil entre las poblaciones de Costa de Marfil, donde urge emprender un camino de reconciliación y perdón para curar las profundas heridas provocadas por las recientes violencias. Y que Japón, en estos momentos en que afronta las dramáticas consecuencias del reciente terremoto, encuentre alivio y esperanza, y lo encuentren también aquellos países que en los últimos meses han sido probados por calamidades naturales que han sembrado dolor y angustia.
Se alegren los cielos y la tierra por el testimonio de quienes sufren contrariedades, e incluso persecuciones a causa de la propia fe en el Señor Jesús. Que el anuncio de su resurrección victoriosa les infunda valor y confianza. Queridos hermanos y hermanas. Cristo resucitado camina delante de nosotros hacia los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. Ap 21,1), en la que finalmente viviremos como una sola familia, hijos del mismo Padre. Él está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Vayamos tras Él en este mundo lacerado, cantando el Aleluya. En nuestro corazón hay alegría y dolor; en nuestro rostro, sonrisas y lágrimas. Así es nuestra realidad terrena. Pero Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Por eso cantamos y caminamos, con la mirada puesta en el Cielo, fieles a nuestro compromiso en este mundo. Feliz Pascua a todos.
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Libro de Pedro Pablo Arencibia: Paradigmas Psicopedagogicos y caminos de la Investigacion Matematica en la Ensenanza de la Matematica Universitaria y Media
OPINIÓN SOBRE EL LIBRO:
Lo he ojeado, aqui y alla; es conmovedor. humano. Tardare en leerlo de tapa a tapa. Comprendo que es holistico, lo que me parece admirable, meritorio, politica, experiencia humana, Matematicas, Ciencias, y tambien ¨very scholar. Una combinacion unica. Gracias. B.M.
“Marco Rubio a Donald Trump: Te diré lo que es un buen acuerdo: que Cuba sea libre
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Licenciado en Matemática Pura en la Universidad de La Habana (UH) y Catedrático universitario con 24 años de experiencia en la docencia universitaria cubana; posee la Categoría Docente Principal de Profesor Titular universitario. Fue expulsado el 29 de enero de 1997 del Instituto Superior Pedagógico de Pinar del Río ( universidad de perfil formativo o pedagógico) por motivos políticos. Activo colaborador desde su fundación de la revista VITRAL y del Centro Católico de Formación Cívica y Religiosa (CFCR) de la Diócesis de Pinar del Río. Colaboró en Cuba con las organizaciones opositoras: Todos Unidos, Asamblea para Promover la Sociedad Civil en Cuba y con el Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC).
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COLABORADORES:
Paul Echániz
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