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viernes, septiembre 11, 2026

Videos. 11 de septiembre de 2001. Una fecha que cambió al mundo. XXV aniversario de los ataques terroristas a los Estados Unidos de América el 9/11

 Radio Televisión Martí

Septiembre 9, 2022

11 de septiembre de 2001. Una fecha que cambió al mundo



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Tomado de https://patriademarti.com/


La yihad inconclusa: el 11-S, veinticinco años después

Por Julio M. Shiling

Septiembre  10, 2026

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Este 11 de septiembre se cumple el vigésimo quinto aniversario de un ataque bárbaro contra Estados Unidos y Occidente en general. Casi tres mil inocentes fueron asesinados en un espectáculo de muerte masiva meticulosamente planeado. Los aviones comerciales se convirtieron en misiles. Las torres de oficinas, en tumbas. Las imágenes permanecen grabadas a fuego en la memoria colectiva: las bolas de fuego, el acero derrumbándose, los saltos desesperados al vacío. No fue simplemente un crimen. Fue una declaración.


Esa declaración no fue emitida por un grupo aleatorio de fanáticos criminales que actuaban en el vacío. Los hombres que pilotaron aquellos aviones estaban llevando a cabo, a un nivel más espectacular y público, los dictados de larga data de una ideología llamada islam. Recurriendo a la guerra ideológica sancionada por el Corán conocida como yihad —una campaña continua de conquista que ha persistido, de una forma u otra, desde el siglo VII—, los islamistas han tratado de reordenar el mundo de acuerdo con sus textos «sagrados». Las brigadas de Al Qaeda que llevaron a cabo los atentados de 2001, al igual que Hamás, los talibanes, el Estado Islámico, diversos aspirantes al califato chií y una multitud de otras organizaciones fundamentalistas musulmanas, comparten un denominador común que las convoca a la guerra contra Occidente: la civilización judeocristiana que, por imperfecta que sea, sigue defendiendo la conciencia individual, el gobierno limitado y la separación de lo sagrado del poder coercitivo del Estado. Esa amenaza no ha desaparecido. Está siempre presente.


La historia proporciona el contexto necesario. En el plazo de un siglo tras la muerte de Mahoma en el año 632, las conquistas islámicas habían transformado violentamente la geografía política y religiosa del mundo cristiano. A través de sucesivas campañas militares, los ejércitos musulmanes arrasaron territorios predominantemente cristianos en Siria, Palestina, Egipto, el norte de África y gran parte de la Península Ibérica. Sometieron al dominio islámico tierras que habían sido cristianas durante siglos y que albergaban algunas de las iglesias, patriarcados, centros teológicos y comunidades más antiguas del cristianismo. A principios del siglo VIII, una enorme parte —cercana a las dos terceras partes— de los principales territorios cristianos que rodeaban el Mediterráneo y se extendían hasta el Oriente Próximo había sido conquistada y ocupada por las potencias islámicas. La rapidez y la magnitud de esta expansión no tenían precedentes: en poco más de un siglo, la espada del islam había separado vastas regiones del mundo cristiano y las había sometido a la dominación política musulmana.


Esta tendencia no terminó en el siglo VIII. Simplemente cambió de táctica cuando la supremacía militar directa dejó de ser posible. Hoy en día, no todas las metodologías de conquista son abiertamente violentas. Algunas se basan en instrumentos más sutiles: el peso demográfico, el activismo jurídico y la negativa sistemática a asimilarse. La inmigración musulmana a gran escala hacia los países occidentales ha funcionado con demasiada frecuencia no tanto como una invitación a unirse a un orden liberal ya existente, sino como un proyecto deliberado para transformar ese orden —sus leyes, sus tradiciones, sus modelos políticos y su autocomprensión cultural—. Se forman sociedades paralelas. Se multiplican las exigencias de adaptaciones a la sharía. La libertad de expresión se ve progresivamente limitada por el miedo a ofender o a la violencia. El largo proyecto histórico continúa por otros medios.


A este peligro se suma la alianza contemporánea entre el islamismo y el marxismo occidental. Ambos rechazan la democracia liberal, el pluralismo y las libertades civiles básicas, considerándolos ilusiones burguesas u obstáculos para la victoria final de los «justos». Uno aporta la energía escatológica del absolutismo pseudorreligioso; el otro, el lenguaje de la opresión sistémica y las tácticas de captura institucional. Juntos forman un frente unido contra la sociedad abierta. Las universidades, los medios de comunicación y sectores de la clase política se han mostrado notablemente susceptibles a esta alianza, tratando cualquier debate franco sobre la doctrina islámica o la continuidad yihadista como una prueba de intolerancia, en lugar de como un ejercicio elemental de autoprotección.


Veinticinco años después de la caída de las torres, Occidente sigue teniendo dificultades para definir con precisión la amenaza. Las conmemoraciones oficiales prefieren el lenguaje anodino del «extremismo» o el «odio», como si el problema fuera un trastorno psicológico sin raíz concreta en lugar de un sistema ideológico coherente con textos «sagrados», precedentes históricos e instituciones vivas. El resultado es una confusión estratégica. La política oscila entre campañas militares que debilitan redes específicas y medidas internas que amplían el espacio demográfico y cultural en el que esas redes reclutan y operan. Al enemigo se le bombardea en el extranjero y, al mismo tiempo, se le da cabida en casa.


Los atentados de 2001 no fueron una aberración. Fueron una incursión especialmente exitosa en una guerra más larga. La ideología que animó a los diecinueve secuestradores sigue inspirando a sucesivas generaciones de militantes, desde los asesinos de Charlie Hebdo hasta los autores de la masacre del 7 de octubre, pasando por los innumerables complots frustrados o consumados en toda Europa y América del Norte. La variante de «poder blando» del mismo proyecto avanza a través de los patrones migratorios, las tasas de natalidad y la silenciosa reescritura de las normas sociales bajo la bandera de la diversidad. Ambos frentes son importantes. Ambos son expresiones de la misma afirmación subyacente: que el orden político y moral de Occidente es ilegítimo y, en última instancia, debe ceder.


Un balance honesto en este aniversario requiere algo más que un duelo ritual. Requiere la recuperación de la memoria histórica y la voluntad de hablar con claridad sobre las fuentes doctrinales del conflicto. La yihad no es una metáfora. Es un programa. Los territorios perdidos en los siglos VII y VIII no se recuperaron con ilusiones ni con llamamientos a la humanidad compartida. Se perdieron por la espada y se mantuvieron por la espada. El Occidente moderno conserva ventajas que los mundos bizantino y visigodo no poseían: superioridad tecnológica, resiliencia institucional y una tradición de pensamiento crítico que sigue vigente. Esas ventajas no sirven de nada si la voluntad de defenderlas se ve erosionada por el sentimentalismo o por el miedo a que nos tachen de algo o a ofender.


Por lo tanto, el 11 de septiembre debería recordarse no como un capítulo cerrado de tragedia, sino como un recordatorio permanente. La yihad emprendida por aquellos autores hace veinticinco años sigue en marcha. Los métodos evolucionan. El objetivo final, no. Una civilización que se niega a reconocer un desafío existencial acabará dejando de ser una civilización. La claridad es el primer requisito para la supervivencia. En este aniversario, esa claridad sigue sin llegar.


© Patria de Martí. Todos los derechos reservados.


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 Tomado de https://www.los7dias.com


¡Prohibido Olvidar… “Entender” o Perdonar!


Por David J. Hall
09/10/2019

Fue  uno de esos eventos que laceran y marcan la conciencia individual y colectiva como con un hierro candente: profundo, doloroso, indeleble. Para los de mi generación, como el día en que asesinaron a Kennedy, a John Lennon, o el día en que estalló el Challenger; para siempre en la memoria. Recordamos donde estábamos, que estábamos haciendo.

Ese martes, como de costumbre, había llegado a la oficina alrededor de las 7:30 am. Era una mañana fresca, soleada, con los primeros tintes de ese no sé qué especial que presagia el otoño, mi época del año favorita. Washington DC se movía ya a paso rápido, en medio del “rush hour” matinal, y en los corredores del Capitolio y edificios aledaños iban y venían, también de prisa, legisladores, empleados, becarios que hacía sólo unos días habían regresado a la capital para una nueva sesión del Congreso tras el descanso de verano.

Estaba leyendo las noticias más importantes que afectarían mi trabajo ese día, cuando en la parte superior de la pantalla de mi computadora apareció un cintillo que informaba que un avión había chocado con una de las torres gemelas del World Trade Center en New York. Pensé que el piloto de alguna pequeña avioneta había quizá sufrido un infarto, pues en una mañana tan clara y brillante era imposible otra explicación. Pocos minutos después, otro cintillo me sacó de mi error de forma dramática: un avión de pasajeros había chocado con una de las torres.

Tragedia en vivo

Me levanté como empujado por un resorte y me fui al salón de conferencias, donde algunos de mis compañeros de oficina se apilaban ya frente al monitor de TV con expresiones de incredulidad. Las palabras “terrorismo” y el nombre de Bin Laden surgieron de inmediato, aunque los noticieros que seguían la tragedia en vivo aún no habían confirmado las peores sospechas.

Nos encontrábamos todavía mirando consternados el fuego ocasionado por el impacto en la primera torre, cuando de una esquina de la pantalla vimos aparecer el segundo avión y hacer impacto contra la otra torre. Si había alguna duda, el choque del segundo avión confirmo la naturaleza terrorista del desastre. Nos quedamos allí, casi paralizados, observando con una mezcla de horror, rabia e impotencia ese ataque despiadado contra el país y contra miles de inocentes.

Mientras mirábamos atónitos y comenzábamos ya a hacer planes para evacuar la ciudad, escuchamos la explosión y sentimos el estremecimiento del ataque contra el Pentágono, a sólo unas cuatro millas de nuestra oficina. Vimos, horrorizados, victimas del desespero lanzarse al vacío desde alturas de más de 80 pisos, poco antes de ver desplomarse ambas torres, gente corriendo despavorida por las calles del área financiera de Manhattan, y una nube parecida a la de una explosión nuclear envolver la ciudad en humo, polvo, muerte y destrucción. Más tarde, en las noticias, nos enteramos del avión que cayó en Pennsylvania y comenzaron a filtrarse los rumores del increíble acto de valentía de un grupo de pasajeros del vuelo 93 de United que con su acción impidieron un ataque similar contra la Casa Blanca.

Fue otro “día de infamia”, que vio el vil asesinato de casi 3000 inocentes. Infamia que se vio multiplicada por las exuberantes demostraciones de júbilo en muchas capitales árabes y el silencio ensordecedor del mundo árabe/musulmán en general. Pero vio también actos de heroísmo y sacrificio sin paralelo por parte de policías, bomberos, cuerpos de primera respuesta y ciudadanos de a pie que desinteresadamente desafiaron el peligro y arriesgaron sus vidas para tratar de salvar a otros.

Terroristas islamistas

Fueron 19 terroristas islamistas de origen árabe los que perpetraron el salvaje crimen, organizados por un sicópata movido por el odio religioso y antiamericano, Osama Bin Laden, y una interpretación atroz de una religión/ideología que promueve la dominación religiosa mundial y premia con 70 vírgenes y el paraíso a los “mártires” -léase terroristas- del Islam.

Al cabo de 18 años del ataque terrorista más devastador contra Estados Unidos en muestro propio suelo, hay toda una generación para quienes las torres gemelas son sólo una foto de New York “hace años”, y el ataque “una historia que cuentan los padre y abuelos”. Peor aún, hay, incluso entre nosotros, aquí en Estados Unidos, gente, profesionales, periodistas, políticos, maestros, que escondidos tras un velo de falsa “amplitud de mente” y falso pacifismo, promueven la necesidad de “entender” a los que nos atacaron, de ser tolerantes con los que asesinaron a 3000 inocentes y no han cesado de buscar nuestra destrucción como país y como sociedad, porque “la violencia engendra violencia y la intolerancia engendra intolerancia” y “la confrontación permanente no es la respuesta”.

Lo ofensivamente curioso de todos estos “pacifistas” es que en realidad culpan a la víctima y piden tolerancia y no violencia para los victimarios, para los terroristas, para los intolerantes y violentos que trajeron muerte y devastación a nuestro suelo.

¡No, y mil veces no! Con los terroristas no se puede contemporizar, y sus crímenes no deben ni pueden quedar impunes. La verdad no se debe ni puede ocultar, ni pintar con una brocha de corrección política. Terroristas árabes islamistas perpetraron el más vil y mortífero ataque terrorista en la historia de Estados Unidos, y 18 años después no cejan en su empeño de destruirnos. No hay nada que “entender”. En todo caso, lo que tenemos que entender perfectamente es que los terroristas quieren nuestra destrucción, y la única alternativa es destruirlos a ellos primero. “Entender” y perdonar es hacernos cómplices de su horrendo crimen, y la sangre de 3000 víctimas, el sufrimiento de sus familiares, el padecimiento de cientos de policías y bomberos que aún padecen enfermedades relacionadas con las actividades de rescate debe ser acicate suficiente para no dejarnos caer en esa trampa.

En la Zona Cero

Estuve en la Zona Cero sólo dos semanas después del ataque. Aunque las obras de recogida de escombros ya habían mejorado considerablemente la situación en esa parte de la ciudad, el espectáculo era aún dantesco: una capa de polvo y ceniza de más de dos pulgadas cubría aún un área de más de dos cuadras alrededor de donde habían estado las torres. Un olor acre, desagradable, olor a muerte, lo impregnaba todo, y en las paredes de los edificios cercanos que sobrevivieron la catástrofe, miles de fotos de los muertos y desaparecidos, testimonio del horror y alguna fútil esperanza.

Cada año viajo al menos una vez a New York. Indefectiblemente me dirijo al memorial 911, un impresionante y bello recordatorio que, lamentablemente para muchos es sólo un lindo lugar turístico. Pero para mí, y afortunadamente muchos todavía, es un santuario, un altar a la memoria de nuestros muertos y un monumento al espíritu de la nación americana.

¡No. Prohibido olvidar … “entender” o perdonar!

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Tomado de https://www.youtube.com/

Published on Sep 12, 2012

Antes de opinar sin fundamento ni argumentos sólidos sobre conspiraciones , autoatentados , etc, lean la información !!

Atentados sufridos en EE.UU :

Atentado de la maratón de Boston (Checheno)

Ataque bioterrorista rajnishe de 1984 (India)

Atentado del World Trade Center de 1993 (Yihadismo)

Atentados terroristas a las embajadas estadounidenses en 1998 (Al-Qaeda)

Vuelo 253 de Northwest Airlines (Al-Qaeda)

Atentados a EE.UU fuera de su territorio :

1979, 4 de noviembre:La Crisis de los rehenes en Irán

1983, 18 de abril:El atentado contra la embajada de Estados Unidos en el Líbano (Yihad)

2000 , 12 de octubre , Atentado contra el USS Cole (Al.-Qaeda)

2010, 1 de mayo: Atentado fallido de Times Square de 2010

2015, 3 de mayo (ISIS)

(Otros atentados Al-Qaeda) :

*Indonesia-Bali

*Yakarta - Embajada Australia

*Arabia Saudita (2003)

*Casablanca

* UK Londres- 7 de julio

*Madrid 11-M

*Marruecos

*Argel (2007)

*Arabia Saudita (2003)

*Casablanca

* UK Londres- 7 de julio

*Madrid 11-M

*Marruecos

*Argel (2007)

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 11-S ; 9/11 en el mundo fueron una serie de atentados terroristas suicidas cometidos aquel día en los Estados Unidos por miembros de la red yihadista Al Qaeda mediante el secuestro de aviones de línea para ser impactados contra varios objetivos y que causaron la muerte a cerca de 3.000 personas y heridas a otras 6.000, así como la destrucción del entorno del World Trade Center en Nueva York y graves daños en el Pentágono, en el Estado de Virginia.

Los atentados fueron cometidos por 19 miembros de la red yihadista Al-Qaida, divididos en cuatro grupos de secuestradores, cada uno de ellos con un terrorista piloto que se encargaría de pilotar el avión una vez ya reducida la tripulación de la cabina. Los aviones de los vuelos 11 de American Airlines y 175 de United Airlines fueron los primeros en ser secuestrados, siendo ambos estrellados contra las dos torres gemelas del World Trade Center, el primero contra la torre Norte y el segundo poco después contra la Sur, provocando que ambos rascacielos se derrumbaran en las dos horas siguientes.El tercer avión secuestrado pertenecía al vuelo 77 de American Airlines y fue empleado para ser impactado contra una de las fachadas del Pentágono, en Virginia. El cuarto avión, perteneciente al vuelo 93 de United Airlines, no alcanzó ningún objetivo al resultar estrellado en campo abierto, cerca de Shanksville, en Pensilvania, tras perder el control en cabina como consecuencia del enfrentamiento de los pasajeros y tripulantes con el comando terrorista.

Los atentados causaron más de 6.000 heridos, la muerte de 2.973 personas y la desaparición de otras 24,4 resultando muertos igualmente los 19 terroristas. Los atentados, que fueron condenados inmediatamente como horrendos ataques terroristas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se caracterizaron por el empleo de aviones comerciales como armamento, provocando una reacción de temor generalizado en todo el mundo y particularmente en los países occidentales, que alteró desde entonces las políticas internacionales de seguridad aérea.

ATAQUES TERRORISTAS A EE.UU. - 11 SEPTIEMBRE 2001

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CRONOLOGÍA DE LOS ATAQUES TERRORISTAS EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2001



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