sábado, marzo 09, 2013

Irene Lozano sobre asesinato en Cuba del líder opositor pacífico Oswaldo Payá Sardiñas: Hagan que no parezca un accidente



El Confidencial, diario de información en español

Hagan que no parezca un accidente

Por Irene Lozano*
08/03/2013
 
Una de las razones más poderosas que tenía el Gobierno para desconfiar de la versión oficial de la muerte de Oswaldo Payá era que parecía un accidente. Cuando un disidente fallece en una dictadura, la profilaxis más elemental recomienda presumir la culpabilidad del régimen hasta que demuestre su inocencia. No por nada, cualquiera se puede chocar con un pino en una carretera de mala muerte en Bayamo. Pero si es un opositor y parece un accidente, hay que mostrarse escéptico incluso ante el árbol.

Sin embargo, el Gobierno cubano le explicó al español que parecía un accidente, y este lo creyó sin encontrar nada extraño. Casualmente, en los días siguientes se aireó aquella horrible lista de multas impuestas a Ángel Carromero, que reforzaban aún más la hipótesis del accidente, una divina coincidencia. De Cuba no pudo salir esa información, porque no la tenían, así que debió de salir de alguien no muy lejano al propio Carromero, probablemente de su mismo partido. Parece, pues, que la idea de que pareciera un accidente suscitó una enorme sintonía: es lo que tienen los alineamientos de estrellas mafiosas, crean extrañas constelaciones.

La hipótesis del accidente más el episodio de las multas tenían otra ventaja: erosionaban la figura de Carromero ante la opinión pública. Puesto que su testimonio resultaba capital para conocer la verdad, no venía mal mermar su credibilidad, por si se daba el caso de que quisiera contarla. De la eficacia de los interesados en minar la figura de Carromero da idea un solo hecho: que haya tenido que ir a revelar su verdad al Washington Post. Si lo hubiera hecho a un medio español, de entrada la mitad de la población no le habría creído. Ciertas voces de su propio partido lo habrían achacado a una conspiración de la otra mitad; otras lo habrían incorporado a su agenda para rentabilizarlo políticamente; y la paleoizquierda habría aprovechado para interpretar su clásico sainete cubano con salutación marxista. La anécdota ilustra también el estado de postración del periodismo patrio: una exclusiva internacional se va a un periódico extranjero porque aquí todos están demasiado faltos de credibilidad como para que se pueda leer en ellos la noticia desnuda, sin toxicidades partidistas. Ojo al dato o, como diría Coleridge, “agua, agua por todas partes, y ni una gota para beber”.


(Oswaldo Payá)

En fin, al grano. Hoy tengo especial interés en afirmar que la decisión de Ángel Carromero de dar su testimonio sobre lo ocurrido lo convierte en un hombre valiente. Ha hecho lo que menos le conviene, porque alinearse con la familia de Oswaldo Payá en este caso significa -lo diré sin mucha pompa-, estar del lado de los perdedores. Lo ha hecho con la única expectativa de servir a la verdad; por lo demás, no le traerá más que perjuicios. Por supuesto, algunos de sus correligionarios de partido lo felicitarán por su valentía, aunque en privado, para salvar su alma sin afectar a su cartera -perdón, quise decir, su carrera-. La declaración de Carromero -a quien no conozco - molesta mucho al Gobierno, porque no sólo niega que la muerte de Payá fuera un accidente, sino que además pone en evidencia la ridícula credulidad del Gobierno. Fue presionado hasta límites inconcebibles en las cárceles cubanas, y en España con métodos más sofisticados, para que negara lo que ha confesado al Washington Post. A Margallo le gustaría que fuera un espejismo, pero no: es la gota de agua para beber que quería Coleridge.

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*  Irene Lozano, portavoz de UPyD en comision de Asuntos exteriores

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Opinions

Ángel Carromero on the crash that killed Cuba’s Oswaldo Payá

Published: March 5
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Ángel Carromero, a leader of Spain’s ruling party, was visiting Cuba last July when a car he was driving crashed, killing Cuban dissidents Oswaldo Payá and Harold Cepero. Mr. Carromero was convicted of vehicular homicide; in December, he was released to Spain to serve out his term. This week he agreed to be interviewed by The Washington Post about the crash. Mr. Carromero, 27, holds a law degree and has taken a business course at Fordham University in New York.

What happened that day?
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Oswaldo Payá asked me to take him to visit some friends, since he didn’t have the means to travel around the island. There were four of us in the car: Oswaldo and Harold Cepero in the back, [Jens] Aron Modig [of Sweden] in front, and me driving. They were following us from the beginning. In fact, as we left Havana, a tweet from someone close to the Cuban government announced our departure: “Payá is on the road to Varadero.” Oswaldo told me that, unfortunately, this was normal.

But I really became uneasy when we stopped to get gas, because the car following us stopped, waited in full view until we were finished and then continued following. When we passed provincial borders, the shadowing vehicle would change. Eventually it was an old, red Lada.

And then another, newer car appeared and began to harass us, getting very close. Oswaldo and Harold told me it must be from “la Comunista” because it had a blue license plate, which they said is what the government uses. Every so often I looked at it through the rearview mirror and could see both occupants of the car staring at us aggressively. I was afraid, but Oswaldo told me not to stop if they did not signal or force us to do so. I drove carefully, giving them no reason to stop us. The last time I looked in the mirror, I realized that the car had gotten too close — and suddenly I felt a thunderous impact from behind.

I lost control of the car, and also consciousness — or that is what I believe, because from that point my memories are unclear, perhaps from the medications they gave me. When I recovered consciousness, I was being put into a modern van. I don’t know how it had gotten there, but neither Oswaldo nor Harold nor Aron was inside. I thought it was strange that it was only me, and I figured that the rest of them didn’t need to go to the hospital.

I began to yell at the people driving the van. Who were they? Where were they taking me? What were they doing with us? Then, woozy, I again lost consciousness.

What happened after that?

The next time I awakened, I was on a stretcher, being carried into a hospital room. The first person who talked to me was a uniformed officer of the Ministry of the Interior. I told her a car had hit our vehicle from behind, causing me to lose control.

She took notes and, at the end, gave me my statement to sign. The hospital, which was civilian, had suddenly been militarized. I was surrounded by uniformed soldiers. A nurse told me they would put in an IV line to take blood and sedate me. I remember that they kept taking blood from me and changing the line all the time, which really worried me. I still have the marks from this. I passed the next few weeks half-sedated and without knowing exactly what they were putting in me.