viernes, octubre 10, 2014

Esteban Fernández: LA CRISIS DE LA NIEVE

LA CRISIS DE LA NIEVE

 (Unidades Cubanas del U.S. Army)

Por Esteban Fernández

Les he hablado mucho de OCTUBRE DEL 62  y de esa etapa donde nos creímos inocentemente una cosa pero resultó ser otra. Pero hoy se las voy a plantear desde un ángulo diferente. Voy a hablarles del clima, porque cada cual  puede llamarle como mejor desee: unos la recuerdan como la Crisis de los Cohetes, otros como la Crisis de Octubre y la mayoría como la Crisis de los Misiles.  Para mí simplemente fue la sorpresiva Crisis de la Nieve.

Yo estaba acabado de salir de Cuba. El presidente de los Estados Unidos habló por la televisión, me dijeron que Kennedy aseguró que había unos cohetes de largo alcance en nuestro país.  Y mi buen amigo Máximo Gómez Valdivia  me dijo que si queríamos participar en la lucha contra Castro debíamos irnos para el Army.

Fuimos a una oficina de inscripción en Nueva York. Firmamos unos papeles, llenamos unas planillas y pasamos un “detector de mentiras” donde casi todas las preguntas me parecieron insultantes. Hasta querían saber si habíamos sido miembros del Partido Comunista de Cuba. Ese tipo de interpelaciones yo las contestaba absurdamente queriéndome fajar con el interrogador puertorriqueño y  hasta mandarlo para casa del carajo. Pero él se burlaba de mi enfado.

Les juro que yo creía que nos entrenarían en Panamá, Puerto Rico, Santo Domingo, Haití o Jamaica. Es decir, que a pesar de no tener ninguna experiencia militar la más elemental lógica me indicaba que iría a un lugar tropical con un clima muy parecido al cubano. Eso era obvio y se caía de la mata.

De eso nada. Nos montaron en un avión y nunca olvidaré la impresión que recibí cuando llegamos a nuestro lugar de destino. Jamás en mi vida yo había sentido un frío tan intenso. Eran cien veces peor que si me hubieran metido dentro de un frigorífico. Prácticamente, con menos de un par de meses por el medio, había saltado de un caluroso verano en el parque de Güines a estar “bajo cero” en Fort Knox, Kentucky.

Recuerdo perfectamente que sólo atiné a decirle a otro nuevo soldado llamado Teófilo Ruiz Alum: “Ñooo ¿Qué es esto, compadre?” Y le dije una frase que nunca había utilizado en mi vida pero que la había escuchado antes: “¡Aquí está soplando el mono!”.

Yo creo que entre una cosa y la otra ya era como las 12 de la noche. Y a esa hora comenzaron a repartirnos los uniformes y las botas. Tuve que reírme porque aparte de los uniformes verdes nos dieron otros blancos y yo le pregunté al recluta que estaba a mi lado llamado Miguel Fernández Calienes: “¿Pa’que es esa ropa” y con tono de burla me respondió: “Yo creo que esos son los uniformes de camuflaje, vamos a desembarcar en Cuba vestidos de blanco”…Y el moreno Arencibia que tenía muy buen sentido del humor me dijo: “En Cuba se van a figurar que somos una tropa de santeros y babalawos”.

Yo pensé que como nos estábamos acostando de madrugada dormiríamos la mañana. Pero de eso nada porque antes de amanecer nos levantaron con absurdos gritos de “¡Soldados, se acabó la noche!”. Y todos los cubanos, entre ellos yo, protestamos. Fue nuestra primera discrepancia, después vendrían muchas más. La respuesta del sargento fue golpear con todas sus fuerzas un latón de basura mientras vociferaba: “¡Se quema la barraca!”  Y tuve que reírme porque el soldado cubano Pérez Gómez respondió: “¡Déjenme dormir, yo prefiero morir achicharrado mejor que levantarme ahora!”…

Una sola alegría tuve durante esos iniciales días y fue que un joven de apellido Castillo, al cual le habían fusilado a su padre en Matanzas, había traído una cafetera cubana de Miami y me brindó café cubano que me supo a gloria. Y ahí nos sacaron a todos para una congelada explanada, nos hicieron formar filas no sin antes habernos obligado a afeitarnos. De jefe del pelotón pusieron al brigadista Julio Pestonit, mientras al frente del siguiente pelotón estaba otro miembro de la brigada 2506 llamado Orosmán Figuera Matos.

Todavía yo no sé si fue el frío o la calefacción de las barracas pero la cuestión era que me salía por la nariz y escupía pura sangre. Eso me convenció por completo de que  estaba enfermo de hipotermia.

Y ese miedo a morirme, junto con que durante mis últimos meses en Cuba no había comido bien, me condujo a hartarme de alimentos y tomar más leche que un ternero. Eso y los entrenamientos dieron como resultado que -en  lugar de sucumbir- me puse, por primera vez en mi vida, fuerte y atlético.

Tampoco sé a quién se le ocurrió la peregrina idea -que dio muy buenos resultado- de culminar nuestras quejas con una absurda huelga y revuelta. Creo que fue la única en toda la historia de las fuerzas armadas estadounidenses.

La cuestión fue que nos visitó el general Thomas y algunos atrevidos cubanos le ponían los brazos por encima al sorprendido oficial y lo llamaban “Tomasito”. El general brindó una brillante solución: “Abandonen esta ridícula protesta y les prometo que yo los envío para Carolina del Sur que tiene un clima magnífico, y antes se van una semana de vacaciones para Miami”. El periódico “Revolución” publicó una nota diciendo que “Los niños bitongos de Fort Knox le tienen miedo al hielo”. El soldado Roberto Romagosa estaba tan contento que desde un teléfono público llamó a Kennedy “collect” para darle las gracias.

Varios días después salimos todos hacia Fort Jackson.  Al llegar me pareció que habíamos llegado al paraíso terrenal.  Ya no teníamos frío en el cuerpo, pero sucedió algo mil veces peor que todavía me hiere en los más profundo de mi ser: el Pacto Kennedy-Khrushchev que congeló la causa cubana y sumió a nuestro país en  interminables años de tragedia y tiranía.

Motivados por el desaliento en Fort Jackson también se hicieron huelgas y protestas y tuvo que visitarnos el Mayor General Charles S. D’Orsa. Pero ya la suerte nuestra y de todos los cubanos  estaba echada.