miércoles, diciembre 03, 2008

ESCRITORES PERDIDOS Y LA CENSURA CASTRISTA

ESCRITORES PERDIDOS

Por Rogelio Fabio Hurtado

(Para los artistas Clarita Morera y Nicolás Lara.)

Marianao, La Habana, noviembre 27 de 2008, (SDP) José Lezama Lima. Su desgracia comenzó en 1971. Cuando el país tuvo que volver al redil de la URSS, tomaron el mando los viejos comunistas (Mirta Aguirre, José Antonio Portuondo, Luís Pavón et al) y sometieron a severa exclusión a los autores no marxistas. En Lezama, el catolicismo, la heterogeneidad erótica de su novela Paradiso y el hecho de haber formado parte del Jurado que en 1968 premió por unanimidad el libro Fuera del Juego de Heberto Padilla, obraron como agravantes. Se cuenta que en cierta ocasión Lezama fue visitado por un emisario del Presidente del Consejo Nacional de Cultura para informarle que disponía en Italia de una cantidad de Liras, gracias a la publicación allí de su novela Paradiso y que, si él lo autorizaba, la embajada cubana podría adquirirle algunos medicamentos. A esta oferta, Lezama replicó de inmediato preguntando si las autoridades municipales iban a permitirle instalar en su casa de Trocadero 162 una farmacia.

Virgilio Piñera. Laborioso y brillante, estuvo siempre involucrado en batallas literarias que siguen vigentes, como la protagonizada entre los origenistas, capitaneados por Lezama y los cicloneros lidereados por Virgilio. Las relaciones personales entre él y Lezama se restablecieron durante los años sesenta, reconciliados quizás por la común condición de marginados que la cultura oficial les impuso. Nunca dejó de escribir ni se sometió al canon oficial. Animó en los peores tiempos una tertulia literaria en la casa familiar del prócer independentista Juan Gualberto Gómez, en Calzada de Managua esquina Luna, Mantilla, denominada ¨La Ciudad Celeste´, hasta que el activo Departamento de lucha contra el diversionismo ideológico del DSE la disolvió. Igual que Lezama, murió marginado. A lo largo de las dos últimas décadas del pasado siglo, fue retornando paulatinamente a la vida literaria del país. Recomiendo la lectura del libro Virgilio Piñera en persona de Carlos Espinosa (Ediciones UNIÓN, 2003) así como la pieza teatral Si vas a comer, espera por Virgilio

Heberto Padilla. Su caso ha sido el más célebre dentro y fuera de Cuba. Sin embargo, temo que continúa pendiente su pleno esclarecimiento, sobre todo dentro del país. Si bien algunos antólogos de nuestra poesía han vuelto a incluir poemas suyos, continuamos esperando por el historiador literario capaz de hacer la justicia debida al poeta del Justo Tiempo Humano. Mientras Heberto no sea totalmente reivindicado, la política cultural estalinista sigue viva, peligrosamente agazapada. En los últimos tiempos, tanto aquí como en Miami se han esbozado criterios insidiosos que coinciden en la pretensión de socavar su prestigio personal y literario, eludiendo dilucidar a fondo el Caso. Los ejecutantes aquí de este secuestro literario han sido el crítico Ambrosio Fornet y los poetas Guillermo Rodríguez Rivera y el recién fallecido Helio Orovio. Allá, la faena le fue encargada a un joven llamado Pablo de Cuba, a quien pusieron en su lugar tanto Belkis Cuza Malé como otros escritores cubanos. Es sorprendente que en Cuba ninguno de los amigos del poeta, ahora muy reconocidos y publicados, haya salido en su defensa. Por mi cuenta, he publicado en la revista Encuentro de la Cultura Cubana una Evocación de Heberto Padilla insuficiente a todas luces.

Antón Arrufat. Colega de calamidad de Heberto en 1968, por su obra Los Siete Contra Tebas, le cupo una suerte distinta a la del poeta, cuya fulminante celebridad no compartió. Fue ubicado como auxiliar de almacén en la biblioteca municipal de Marianao. Al cabo de esta prueba de estoicismo, se le permitió colaborar con la Revista Revolución y Cultura, donde comenzó a publicar unos textos muy cultos y estilizados, en los que evitaba, con la mayor elegancia, incurrir en las habituales loas al régimen. A partir de 1980, diversas coyunturas fuerzan al régimen a renunciar a la agresiva política cultural de las primeras décadas, a favor de una mayor tolerancia respecto a los artistas y escritores. Esta evolución le ha facilitado la ruta al dramaturgo, poeta y novelista, para acceder sin necesidad de concesiones escandalosas a los primeros planos literarios, acordes con su inteligencia y talento. Se le deben algunos textos valientes y veraces, tanto en defensa de Virgilio Piñera como de su obra censurada, que finalmente subió a escena en La Habana el pasado año.

José Mario Rodríguez. Lo conocí demasiado tarde, a fines de 1965, cuando su pequeña editora independiente, El Puente ya había pasado a la historia, demolida por la ofensiva desatada por los jóvenes del Caimán Barbudo con el entonces duro Jesús Díaz a la vanguardia. Era un muchacho bajito, trigueño, de pelo lacio (aún no florecía el hippismo), muy cordial, siempre con la sonrisa en flor. Caminaba rápido y hablaba sin cesar, en voz baja, difícil de seguir si no estaba dirigiéndose específicamente a uno dentro del grupo. Ismael Lorenzo y yo lo conocimos mediante mi amigo el poeta Israel Horta Falcón, en la cafetería del Hotel Nacional, donde se daba cita por la noche un grupo de jóvenes artistas, pintores homosexuales en su mayoría, discípulos de Loló Soldevilla, una pintora consagrada, quién había vivido en París. Aunque ni mis amigos ni yo compartíamos sus preferencias sexuales, el interés común por el arte y la literatura nos integraba a todos. Por su condición de poeta publicado, José Mario ejercía cierto liderazgo. Llegaba acompañado por un muchacho rubio fornido, muy callado y por su amigo Gerardo Fulleda León. Mayores que nosotros, presumían sin altanería de sus lecturas, sobre todo de Proust. A menudo se enzarzaban entre ellos en largas conversaciones acerca del mundillo literario con referencias en clave privada que nos resultaban indescifrables. José Mario nos obsequió ejemplares de sus libros de poesía y de piezas de teatro infantil, que francamente nos parecieron bastante flojos, muy inferiores al aura de poeta que efectivamente poseía el autor. El afirmaba que el último de sus libros, Muerte del Amor por la Espera y el Silencio, secuestrado por las autoridades en la imprenta junto con el de un poeta peruano de apellido Hinostroza, era el mejor de los publicados por su editorial. Casi cinco años después, encontré ambos libros en el Centro de Documentación del Instituto Nacional de la Pesca y comprobé con alegría que el pequeño poeta tenía razón.

La editorial El Puente publicó los primeros cuadernos de Miguel Barnet, Nancy Morejón, Belkis Cuza Malé y Reinaldo García Ramos, entre otros. José Mario Rodríguez falleció en Madrid, donde residía desde 1966.

Manuel Granados irrumpió en la literatura cubana por todo lo alto, cuando una novela suya, Adire y el Tiempo Roto, mereció primera mención en un certamen de la Casa de las América, institución que incluyó la obra en su catálogo. Había sido teniente del Ejército Rebelde y era negro. Cuando lo conocí vivía en un apartamentico, cerca de 12 y 23, casado con una francesita pequeña y tetona, quien montaba mucha bicicleta. Manolo no era nada estirado. Bebía bastante, sin emborracharse y era un narrador nato, con mucha más vivencia que teoría. Escribía constantemente un libro de cuentos, cuyas versiones mecanografiadas el Instituto del Libro le devolvía una y otra vez, consteladas las cuartillas de tachaduras y subrayados con lápiz rojo. Manolo se quejaba de las supresiones que el editor le imponía, le parecían super conservadoras, calambucas y aniquiladoras de los mejores efectos literarios. En algún momento se había desempeñado como Normador en una fábrica de zapatos, y sobre todo eso escribía Manolo, con pasión. Entendía que lo censuraban debido al rechazo oficial a reflejar la cruda realidad del mundo de los negros. Ya en los 80as, publicó de nuevo pero, tal vez bajo la influencia de la Perestroika, Manolo se incorporó a un grupo disidente, fue expulsado de la UNEAC y se marchó a Francia, donde murió. Uno de sus hijos es sacerdote católico. A diferencia del tambien escritor negro de quien me ocuparé a continuación, Walterio Carbonell, Manolo nunca se interesó por la política ni por los rigores de la filosofía.

Como pocos escritores, Walterio Carbonell tuvo el raro privilegio de morir para la prensa de Miami y resucitar ipso facto en las grises páginas del periódico Granma, donde probablemente nunca antes se había estampado su nombre. Gracias a este incidente que precedió a su fallecimiento real en poco más de un año, Walterio pudo disfrutar bajo la condición de supuesto muerto de los elogios que tanto le mezquinaron en vida.

Su carrera había comenzado propicia. Compañero de curso del hombre que se alzó con el poder en Cuba en 1959, fue designado embajador en la recién independizada Argelia. Allí, un descuido suyo al timón privó de la vida a un transeúnte, y tuvo que regresar al país natal. Muy inteligente y estudioso, Walterio fue uno de los fundadores de la UNEAC, donde se le apreciaba como una promesa para la gran filosofía. Con la vasta frente que subía desde las arriscadas cejas, era de los pocos cubanos capaces de paladear a Hegel. Sin embargo, en plena década prodigiosa, no se contentó con las galas académicas y conocedor también de Rimbaud y de Fanon, quiso cambiar la vida de los condenados de la tierra, a quienes identificó de inmediato con sus hermanos los negros cubanos.

Puso manos a la obra escribiendo un apresurado folleto donde intentó desde el marxismo y la sociología, denunciar la excluyente cultura blanca del siglo XIX, que se presentaba como la legítima gestora de la nación, dejando al margen la presencia de la raza negra. Walterio arremetía sin consideraciones contra los padres fundadores de la burguesía cubana, desde Luz en lo adelante. No recuerdo ni siquiera que se hayan dignado refutarlo. Entonces, emprendió la tarea desde la base más real: secundado por su mujer de entonces, la siempre joven Clarita Morera, se consagró a investigar la sabiduría religiosa y existencial de los babalawos, ganándose el acceso a sus Libretas y Manuales, no con la intención cultural de la gran etnóloga Lidia Cabrera, sino en busca de la más legítima visión del mundo del hombre negro cubano, para reivindicarlo en pie de igualdad con el hombre cubano blanco.

Tengo entendido que las conclusiones de este trabajo de terreno nunca llegaron a publicarse, pues Walterio se impacientó con la inclinación oficial a ignorar la existencia de un problema racial en el país y, como buen marxista revolucionario, se determinó a nuclear a los jóvenes estibadores negros del puerto de La Habana en una organización para promover la plena igualdad racial y defender los derechos del negro. Quizás la presencia en la Isla de algunos prominentes militantes del Black Phanther Party haya influido algo en esta concepción. De más está decir que cuando las primeras resonancias de estos tambores llegaron a oídos de su otrora condiscípulo universitario, no las juzgó a la ligera: el Órgano operó con la eficacia copiada de la KGB y la gran cabeza filosófica de Walterio fue a calentarse bajo la canícula de la llanura camagueyana durante más de un verano. Así, la brillante promesa de la filosofía se convirtió en el primer escritor condenado. Es probable que la UNEAC haya hecho discretísimas gestiones en su favor, pero no me consta.

Lo cierto es que desde entonces Walterio dejó de existir públicamente como intelectual. Sólo sus amigos más fieles y, muy de tarde en tarde, algunos oficiales del Órgano se acordaban de él. En 1980, a raíz de los sucesos de la Embajada del Perú, un joven oficial se presentó en el cuarto donde vivía para proponerle que saliese por el Mariel y que Walterio le contestó tranquilamente que él se marcharía de Cuba cuando lo hiciese su condiscípulo, pues se consideraba con el mismo derecho que este a vivir en su país.

Ya en los años 90, Walterio fue nombrado simbólicamente Investigador de la Biblioteca Nacional José Martí, al parecer para facilitarle un salario, pues ya su magnífica cabeza había sido destruida por la locura y el hambre. Allí lo vi por última vez, sentado en el contén frente a la puerta, con un raído maletín repleto de papeles en sus piernas, ignorado por los lectores que entraban y salían. Me devolvió el saludo efusivamente, pero estoy seguro de que no me reconoció.
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