viernes, octubre 09, 2009

CUBA: Exilio por 30 años

Tomado http://www.elnuevoherald.com



Exilio por 30 años
Por Vicente Echerri


Hace hoy exactamente 30 años que estrené mi exilio en Madrid. La sola cifra es pavorosa porque, al tiempo que acentúa el desarraigo con lo que fuera hasta entonces el único territorio de mi realidad --Cuba, un país hechizado por una siniestra ideología--, trivializa ese enorme recorrido gracias a la proximidad con que la memoria guarda después de cierta edad todo hecho decisivo de nuestra vida. El ``parece que fue ayer'' es el más común de todos los lugares comunes.

A mí me parece que siento aún en la cara el friecillo del aeropuerto de Barajas de aquel 8 de octubre mientras nos trasladábamos en un autobús de la escalerilla del avión a la terminal aérea. Al salir de La Habana, la tarde antes, había 31 grados centígrados; al aterrizar, el termómetro marcaba 16. Una diferencia que, sin ser dramática, resultaba apreciable para quien nunca había conocido otro clima que el de una isla subtropical. No me sentí aterido. Un pulóver de cuello alto de lana (que me había puesto antes en el baño del avión) y una chaqueta bastaban para una temperatura que resultaba sobre todo estimulante. La atmósfera era limpia, el capitalismo se mostraba espectacular. Tenía la sensación de que, a los 31 años recién cumplidos, la vida me daba una segunda oportunidad.

Luego de cambiar uno de los cinco billetes de cien dólares que había logrado sacar de Cuba ilegalmente, tomé un taxi y me fui a la ciudad. Tras una breve visita a unos amigos con quienes almorcé, eché a andar por la calle. Iba a encontrarme con otra persona que vivía a 28 cuadras de distancia; pero opté por ir a pie inmerso en la ciudad que por todas partes me mostraba las cosas de que el castrismo me había privado durante dos décadas, sobre todo la libertad, que ejercía con inmenso entusiasmo en aquella caminata. Debo haberme sentido tan a mis anchas que un turista británico me abordó para preguntarme por una dirección y se mostró algo sorprendido cuando le dije: ``I am also a foreigner. I just arrived''.

Treinta años después casi podría decir lo mismo, ``acabo de llegar'', aunque de aquel 8 de octubre a la fecha me hayan ocurrido innumerables sucesos que atiborran mis agendas y diarios, así como el archivo de mi correspondencia y las fotos que se van poblando de desaparecidos y que muestran la trayectoria de mi propio envejecimiento. ``Acabo de llegar'', porque este mundo donde hace 30 años que vivo y trabajo y amo y espero no es más que un ámbito ilusorio y provisional para el auténtico exiliado (cuidado, hay muchos que dicen serlo pero que no son más que emigrantes que residen fuera de su país); el exilio es un pathos, una desazón y una inconformidad, una pérdida y un anhelo insatisfecho y permanente por el país perdido que sigue siendo el único real, aunque se trate de una nación envilecida y fracasada que, objetivamente, no valga la pena.

A diferencia de los regímenes autoritarios, el totalitarismo es un fenómeno devastador, sobre todo en su versión marxista. La ruptura de las tradiciones, la anulación o consciente adulteración del pasado, la inducida perversión de los hábitos ciudadanos, la fealdad impuesta, la miseria que siempre resulta de la ausencia de una clase empresarial, la desesperanza que se genera cuando falta el ánimo del lucro, la represión policial, el oportunismo grosero y el escepticismo son algunos de los rasgos distintivos del más atroz, anómalo y perverso de los sistemas políticos.

De todo eso me distanciaba gozoso en la tarde del 7 de octubre cuando abordé en La Habana el avión de Iberia que me llevaría a España en un viaje sin regreso a plazo fijo. Ahora bien, esa sociedad asfixiante y en quiebra era, a un tiempo, el espacio donde había transcurrido hasta entonces la totalidad de mi vida y, en consecuencia, estaba inextricablemente unido a ella, por entrañables lazos de sangre que se hundían en el tiempo, por nexos de amistad, por idioma, por historia y cultura compartidas. Renunciar a Cuba era una petición imposible, era como pedir que me muriera; y casi lo mismo habría significado el no alejarme del espacio físico donde enteramente lo cubano se degeneraba y se travestía. El exilio consiste en esa traumática opción.

No sé si alguna vez pueda volver --aunque casi a diario sueño que transito por las viejas calles de mi ciudad natal. La desfiguración del país perdido puede llegar al extremo de convertirlo en una verdadera utopía, es decir, en un lugar ninguno que carece de una existencia íntegra fuera de los lindes de la imaginación o la memoria. Llegado a ese punto, tal vez la esperanza o el sueño del regreso, que no el regreso mismo, sea la más auténtica razón de ser de un exiliado.

(C)Echerri 2009