sábado, octubre 19, 2013

Las escandalosas recetas del castrismo. El ex oficial de la Contrainteligencia Militar, CIM, Oscar Sánchez Madan desde Cuba narra sus experiencias personales

Tomado de http://www.primaveradigital.org

Las escandalosas recetas del castrismo

Por Oscar Sánchez Madan   
11 de Octubre de 2013

Cuba actualidad, Cidra, Matanzas, (PD) Los castristas, artífices del sistema político más sanguinario e injusto, que se haya conocido en el Hemisferio Occidental, en los siglos XX y XXI, han sido unos excelentes cocineros de la más macabra politiquería.

En su turbio andar histórico, han elaborado recetas para aterrorizar al pueblo cubano, que han espantado a nacionales y extranjeros.

Cuando yo cursaba mis estudios en la enseñanza primaria, apocalípticos partidarios de Fidel Castro me decían que la "Revolución" era un fenómeno político-social, mucho mejor que el paraíso. Me obligaban a gritar en los actos "patriótico-ideológicos" la incomprensible frase ¡Seremos como el Che!, referente al aburrido y temido comandante guerrillero Ernesto Guevara.

Como era yo un infante, no comprendía mucho las cosas que me decían los comisarios del Ministerio de Educación, quienes disfrazados de maestros, nos adoctrinaban a mí y a mis condiscípulos. Era esa la época en que, según afirmaba el Comandante Supremo y Gran Hermano Fidel Castro, la principal misión de los revolucionarios latinoamericanos era hacer la revolución armada.

Mientras crecía –fenómeno natural- comprendía cada vez más que los alimentos cocidos por los apóstoles del socialismo latinoamericano y caribeño –entiéndase, totalitarismo local-, eran vendidos al mundo como exquisitos manjares, cuando en realidad no eran golosinas, sino vulgares refrigerios.

En tal sentido, mientras nos ofrecían al pueblo cubano y al mundo sus ideas sobre la supuesta sociedad perfecta, miles de compatriotas, desde los años sesenta, del pasado siglo, eran fusilados, recluidos en horribles prisiones o campamentos de trabajo forzado y torturados hasta desmayar o morir. Muchos nacionales y extranjeros, incluidos sacerdotes de la iglesia católica, fueron arrojados al exilio.

Nunca pensé que mi hora llegaría. Ignoraba que Castro no creía en lealtades, sino en oportunidades para deshacerse de sus potenciales enemigos. Tan es así, que en el mes de julio, de 1989, fui arrestado por oficiales de la Contrainteligencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, institución que integraba desde hacía diez años, y encerrado en un calabozo, durante siete días. Posteriormente, me degradaron y defenestraron.

Yo no era, entonces -nunca lo he sido- un agente de una potencia extranjera. Era un joven primer teniente que había denunciado por las vías legales las arbitrariedades de los Cocineros Mayores, incluido el ministro del Interior, comandante Ramiro Valdés Menéndez. Mis críticas dirigidas a los oficiales torturadores, subordinados a él y a otros dirigentes del gobierno, afectaban la comercialización de sus mentiras.

Al pasar los años, aprendí en las filas de la oposición al castrismo, que existe otro mundo mejor y posible en nuestro planeta: el democrático, imperfecto, como todas las cosas creadas por los seres humanos, pero en el que se puede respirar, trabajar, protestar, cantar, escribir, bailar y criticar, sin que algún comisario político te envíe al patíbulo.


Fue en la horrible prisión Combinado del Sur, de Matanzas, donde sufrí las espantosas condiciones del presidio político comunista. Hasta entonces, sólo las había conocido en libros prohibidos en Cuba.

Decenas de veces, durante tres años, me recluyeron en hediondas celdas de castigo, donde los reos -incluidos menores, casi niños- eran golpeados por los militares y encadenados a las rejas, durante varios días.

Nombres de repulsivos torturadores como el teniente Juan Araña García, el capitán Gaínza, los agentes Georbis, Frómeta Miguel, Mejías y Adolfo, el teniente coronel Rolando Brito de Armas, entre otros, no se han borrado de mi memoria. Sus manos y su proceder escabroso y arbitrario son responsables de contusiones, heridas, sufrimiento de familias e incluso de muertes.

El adolescente de 17 años José Augusto Ramos, quien residía en Santa Marta, Varadero, fue una de sus víctimas. Tras ser recluido en una celda de castigo, por intentar defenderse de cuatro presos que lo hostigaban con frecuencia, se suicidó. ¡Qué injusticia! Era un menor, con problemas mentales, que se había quejado ante las autoridades de que lo acosaban. Le habían respondido: "¿Para qué violaste la ley?".

Diover Anaya Rivero, Wilian Carbonel Sánchez y Randy Calderón Laguardia, eran adolescentes que, entre muchos otros, fueron salvajemente golpeados por los insensibles carceleros, quienes después de esposarlos, con las manos a la espalda, les propinaban bastonazos; puñetazos en el rostro, el vientre y los testículos; los derribaban al suelo y los pateaban, con la más absoluta impunidad.

Era terrible ver cómo los guardias desnudaban a los reclusos, para abochornarlos delante de los demás confinados. Los injuriaban con los peores insultos, antes de recluirlos en tenebrosas ergástulas.

Tal vez sea por eso y por muchos otros crímenes -como los de golpear a los reos con palos y candados de metal y negarles la asistencia médica-, que los infames cocineros del abuso, nunca han permitido la entrada al país, del Relator Especial Contra la Tortura de las Naciones Unidas. Sus inhumanas recetas no deben ser conocidas por la comunidad internacional.

Cierto día, aún preso, supe que un país como Cuba, que tenía unas doce o quince prisiones, en 1959, ahora cuenta con más de 200 cárceles y campamentos de trabajo forzado.

Robert Gangi, experto en el sistema penitenciario estadounidense, dijo en una ocasión: "Construir más prisiones para detener el delito es como construir más cementerios para detener las enfermedades mortales".

Pero a la dictadura militar castrista no le preocupa la opinión pública internacional. Sus prisiones se mantienen cerradas para los funcionarios de la ONU, y los activistas de Amnistía Internacional, de la Cruz Roja Internacional y de cualquier otra agrupación defensora de los derechos humanos.

Tanto Fidel como Raúl Castro y sus seguidores, tienen aún suficientes recursos para cocinar y vender la falsa idea al mundo de que Cuba es un paraíso, el mismo concepto que me repetían hasta el cansancio cuando yo era un niño inocente e indefenso. Sólo que hay muchos infantes como yo, que crecieron y descubrieron sus mentiras. Ésos son los que trabajan y se sacrifican para que las recetas de los castristas cambien, nos devuelvan el país que nos robaron y nos permitan vivir en paz.



Para Cuba actualidad: sanchesmadan61@yahoo.com
Fotos: Oscar Sánchez Madan