miércoles, noviembre 01, 2017

VIDEO Y PALABRAS DE AGRADECIMIENTO DE DAGOBERTO VALDÉS HERNÁNDEZ AL RECIBIR EL PREMIO PATMOS 2017.

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

Realmente lo importante para Cristo es la Fe que obra por medio del Amor  según se lee en la Carta a los Gálatas en su capítulo 5 y versículo 6. En otro texto de San Pablo, Primera Carta a los Corintios en su capítulo XIII, se plantea el valor preeminte del Amos sobre la Fe y sobre las obras. No obstante, ningún ser humano se gana por sus méritos  la Vida Eterna; es decir:  la Salvación; Dios, por los méritos de Jesucristo, le otorga como regalo  la vida eterna, la salvación a aquellos que leyendo en sus corazones Dios entiende que merecen ese regalo. El mejor ser humano por sus propios méritos nunca llega a ganarse  la salvación; en el mejor de los casos llega a una salvación aproximada. La Fe no salva, las Obras no salvan tampoco. El Amor de Dios es el único que salva.

Lo criticable a Martín Lutero es que buscó  reformar a la Iglesia desde fuera y no desde dentro de la Iglesia Católica  como hicieron, por ejemplo, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila. Recordemos que Martín Lutero era monje agustino.
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PorInstituto Patmos
1 noviembre, 2017

Video de la entrega del Premio Patmos que concedemos a nuestro muy apreciado Dagoberto Valdés Hernández coincidiendo con el 500 Aniversario de la Reforma Protestante



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PALABRAS DE AGRADECIMIENTO DE DAGOBERTO VALDÉS HERNÁNDEZ AL RECIBIR EL PREMIO PATMOS 2017. 31 de octubre de 2017. V centenario de la Reforma.

Por Instituto Patmos
31 octubre, 2017

Entregaron Premio Patmos 2017 en Pinar del Río a Dagoberto Valdés como representantes del Instituto Patmos: Dalila Rodríguez González, Leonardo Rodríguez Alonso y Armando Pérez Pérez; y fueron compartidos los dos números más recientes de la revista de millenials Nota del Cielo, representada por Amanda Pérez Delgado, el número 4 del 2017 de esta revista publica una entrevista a Dagoberto a propósito de su Premio. 

PALABRAS DE AGRADECIMIENTO DE DAGOBERTO VALDÉS HERNÁNDEZ

Queridos hermanos del Instituto Patmos y de la sociedad civil cubana:

Para dirigirme a Ustedes, mis queridos hermanos en Cristo, hago mías las palabras de Juan en la isla de Patmos:

Yo, hermano de ustedes, con quienes comparto las pruebas, el Reino y la perseverancia en Jesús,…reciban gracia y paz de Aquel que Es, el que Era y el que Viene, el Señor del Universo.” (Apocalipsis 1, 8-9)

Es precisamente por la causa de Jesús de Nazaret, el Alfa y Omega de mi vida, que recibo este inmerecido y prestigioso Premio Patmos 2017. Al Señor del Universo le sean dadas las gracias, en primer lugar. “Sólo de Él son la gloria y el honor por los siglos de los siglos.”

Agradezco también a la directiva del Instituto Patmos, especialmente a mis hermanos el Rev. Pastor Mario Lleonart, a su esposa Yoaxis Marcheco, a los hermanos Leonardo y Félix y a cuantos han fundado y animado este servicio cristiano desde el centro de Cuba.

Un motivo trascendental de acción de gracias es el año y la fecha en que se me concede este Premio cristiano. Esta coincidencia providencial la interpreto como señal y programa para mi vida. En efecto, hoy se cumplen 500 años de la Reforma. Aquel 31 de octubre de 1517 fueron clavadas, según la tradición, las 95 tesis en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg. El teólogo y sacerdote católico de la Orden de San Agustín, el reverendo padre alemán Martín Lutero, proponía un debate sobre la salvación por la fe y el abuso de las indulgencias. Hoy es reconsiderado su intento de reformar a la Iglesia de Cristo volviendo a las fuentes bíblicas y a la vida de las comunidades cristianas primitivas. Otro Martin Lutero, el pastor King, demostró que aunque la salvación es don gratuito de Dios, trabajar pacíficamente por los Derechos y la Dignidad de todos los seres humanos es vocación y misión de los cristianos.

Yo tuve la suerte y la gracia de haber sido bautizado de niño en la Iglesia católica, y también de haber aprendido el nombre de Cristo en la Iglesia Metodista de mi barrio gracias a sus santos pastores Flor Reina Pereira y Mirta Fernández y Seco, quienes fueron como padres para mí hasta que a los 10 años regresé, por propia decisión y sin rupturas, a la Iglesia católica en la que se educaron mi padre, mi madrina y abuela Nieves y el resto de la familia paterna. De ahí mi visión ecuménica del cristianismo y mi vocación por el diálogo universal y fraterno.

El propio Papa Francisco ha visitado Suecia para participar de la conmemoración del inicio de la Reforma. Hoy podemos decir, sin ninguna duda, que aunque aquel debate terminó en la segunda gran división de la única Iglesia de Cristo, hoy la entera comunidad de los discípulos del divino Maestro de Galilea, católicos, ortodoxos y reformados, hemos salido todos más purificados de lo que el propio pontífice actual ha llamado “la mundanidad”, ese espíritu terrenal y materialista que fue el catalizador de la corrupción generalizada por la que se inició aquella Reforma.

El desafío que hoy compartimos todos los cristianos, sin distinción, es superar esa mundanidad, esos intereses políticos y económicos que penetran y pudren a toda la sociedad, en ocasiones también a las comunidades cristianas que forman parte de esa sociedad contemporánea. La celebración de estos cinco siglos de aquel intento de volver a las fuentes primigenias del Evangelio, podría ser para todos los seguidores de Cristo, incluso para los que admiran su estilo de vida y enseñanzas aunque no pertenezcan a ninguna confesión religiosa, un llamado a recuperar la belleza de la Verdad compartida y dialogada, la dulzura de la Bondad que busca el bien común de toda persona humana y la urgencia del Amor, centro, alma y fin del mensaje cristiano. Ser fiel a las fuentes del Evangelio y no dejarnos corromper por los intereses mundanos hoy significa, entre otros desafíos, anunciar aquí en Cuba y en todo el mundo, la Buena Noticia que el mismo Cristo anunció en la sinagoga de Nazaret leyendo la profecía de Isaías:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, Él me ha ungido y me ha enviado para traer Buenas Nuevas a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor.”(Lucas 4, 18-19)

Que este Premio que tiene su nombre en la isla de Patmos desde la que el apóstol y evangelista Juan compartió su visión sobre el mundo venidero, nos anime a cuantos lo otorgan y recibimos a pensar, estudiar y compartir con todos nuestros hermanos cubanos, nuestras visiones del futuro de Cuba en cuyo porvenir próspero, libre, fraterno y feliz, ponemos nuestra esperanza y nuestro esfuerzo cotidiano. Haciendo todo como si todo dependiera de nuestro esfuerzo y al mismo tiempo y sin contradicción raigal, haciéndolo todo como si todo dependiera de la Gracia de Dios. En estos tiempos críticos en que pareciera que no nos dejan “hacer” mucho, cobra vigencia y urgencia aquella convicción de fe que proclaman las Escrituras y que el sacerdote Martín Lutero defendía con tanta vehemencia: no solo son las obras las que nos salvan, sino que basta la Gracia de Dios. Claro que ese no fue y no es un llamado a la inercia, ni al acomodo, sino a actuar movidos por la fe, sabiendo que todo lo que hagamos, e incluso, lo que no nos dejen hacer, lo depositamos en la Manos de Dios, Padre de todos los hombres y Señor de la Vida y de la Historia, en cuyo corazón anidan y laten los destinos de los pueblos.

Vivir esta mística y compartirla con todos nuestros hermanos cubanos, profesen o no una religión, es fuerza interior, virtud probada y energía indetenible, para reinventar nuestra misión sin escapar de este mundo hacia vivencias alienantes o mundanas. Me atrevería a decir, aún más, desde esta óptica de encarnación y compromiso, perseverar, permanecer, esperar contra toda esperanza, es la nueva forma de fidelidad al espíritu primigenio del Evangelio que nos gloriamos de profesar ortodoxos, reformados y católicos mientras caminamos fraternalmente hacia la plena comunión en Cristo. Hoy en Cuba perseverar en la esperanza salva.

Por eso resuenan, hoy y siempre, en lo más hondo de mi alma, como un acicate y una esperanza inconmovible, aquella luminosa promesa que el apóstol Juan dejó plasmada en el capítulo 2, versículo 10, del libro del Apocalipsis que escribió en Patmos para todas las Iglesias y que quisiera que también proclamara toda mi vida y el lugar de mi descanso:

“Se fiel hasta la muerte y te daré la corona de la Vida.” (Apoc.2, 10)

Muchas gracias.