sábado, octubre 05, 2019

Esteban Fernández: EL OTORRINOLARINGÓLOGO


EL OTORRINOLARINGÓLOGO

Los Tres Villalobos

Por Esteban Fernández
4 de octubre de 2019

Catarriento, fiebres, estornudos, faltas al colegio por la gripe, fue parte integrante de los primeros días de mi niñez.

La gran pasión de mi madre, sus cuidados, preocupaciones me hicieron pensar -y todavía lo pienso- que era un muchacho enfermizo, aunque a pesar de los catarros constantes eran mi única dolencia.

Esto va paralelo con una verdadera obsesión por una serie radial de vaqueros llamada Los Tres Villalobos. La adicción a este programa mitigaba mis dolores de garganta.

Y sería importante decir que la atención que me dispensaba mi madre, mas no tener que asistir a clases, y su deliciosa sopa de pollo, hacían que disfrutara de cada gripe.

Y lo increíble, que todavía cuando me enfermo quisiera tener a Ana María a mi lado poniéndome el termómetro.

De pronto, mis padres descubrieron una solución a mi problema, la cual no solo me curó sino que me hizo desarrollarme como un joven saludable.

Nunca supe de donde ellos sacaron esa idea, no sé quién se las puso en la cabeza, por lo tanto, se lo agradezco a ellos y al desconocido que les susurró al oído: “Este muchacho lo que necesita es operarse de la garganta”. ¡Aleluya!

Como era de costumbre mis padres comenzaron a averiguar quién era el mejor otorrinolaringólogo (especialista en nariz, garganta y oído) en el pueblo…

Fue el médico Emilio Trujillo Florida quien en una de mis constantes visitas le dijo a mi padre: “Esteban, el mejor es el Doctor Aucar, el vive en La Habana, pero viene mensualmente al pueblo, y atiende a selectos pacientes”.

Y ahí, como siempre, mis padres se encarnaron en lograr una entrevista con el afamado especialista y -como decía papi- “que le diera un vistazo al muchacho”.

Lo lograron y al fin la secretaria en la capital (o enfermera) de Aucar, después de 20 llamadas infructuosas les dijo: “El doctor visitará Güines dentro de dos semanas, lleven al niño ese día”. Creo que la cita fue a la Clínica Lavernia, no estoy seguro.

La cuestión fue que ese día hice una barrabasada muy de acuerdo con lo que antes y después ha sido mi modo de ser en la vida.

Todo bien, el médico, se tomó más de 45 minutos atendiéndome y auscultándome, dedicó mucho tiempo con una linterna a ver mi garganta. Y dijo muy seriamente: “Efectivamente, la garganta está muy irritada, estoy cien por ciento seguro que debemos operarlo lo antes posible, y después todo le irá bien en el futuro”.

Brincos de alegría daban mis padres. Yo, aunque un poco asustado, me sentí contento y esperanzado en que todo iba a ir bien.

Pero… de pronto el doctor Aucar dijo algo insólito para mí: “Miren, yo voy a dar un viaje especial mañana para venir y operar al niño, voy a prepararlo todo para que entre al quirófano a las 12 del día en punto ¿está bien?”

Mis padres encantados respondieron “Claro que sí, aquí estaremos desde las 10 de la mañana”. Me pareció hasta que papi intentó darle un apretado abrazo a Aucar.

De pronto, insólitamente, yo dije: “Doctor, pero yo no puedo estar presente en la operación”.

Sorprendido el médico me dijo sonriente: “Y eso ¿por qué será?”

Le respondí: “Dr. Aucar, porque a esa hora precisamente se transmite por la radio Los Tres Villalobos”.

Mis padres lucían extremadamente incómodos, pero el especialista lanzó una sonora carcajada y dijo “¡Ay, chico, pero no se va a acabar el mundo porque pierdas un episodio!”

Pero yo ridículamente insistí: “No, mañana al fin, después de tanto esperar vamos a saber la verdadera identidad del archienemigo de los Villalobos conocido como El Látigo Negro”.

Ahí, el médico, demostrándome un tremendísimo corazón y un poder de comprensión descomunal nos dijo: “Está bien, vengo a las dos de la tarde mañana”.

Al otro día, ya yo estaba medio anestesiado, entró Aucar, me puso una mano en mi hombro y me preguntó: “Qué paso?”

Y le dije: “Estoy bien, todo bien, métale mano”. Se rió y me dijo: “No, me refiero al Látigo Negro, que pasó, ¿quién es por fin?” Le dije: “No me diga nada doctor, era Rodolfo Villalobos que tenía amnesia”.

Se rió de nuevo, yo me quedé dormido, la cirugía fue un éxito, remedio santo, y nunca he olvidado al médico que solo vi por un par de horas en mi vida.