miércoles, octubre 08, 2008

ENTREVISTA AL ¨ PADRE DEL MARIEL ¨, HECTOR SANYUSTIZ

Nota del Blogguista
El entrevistado y yo tenemos la mi edad.

El entrevistado contesta:¨Al otro día, había cientos de camiones repartiendo una chapa metálica donde decía «Esta es tu casa, Fidel». ¡Qué manera más dramática de calmar el dolor de las madres que les llevaron a los hijos al UMAP! Los únicos que no aceptaron esas chapas fueron los Testigos de Jehová. Hasta en mi casa recuerdo ver leído una…* .

Realmente entre esos cartelitos y la UMAP hay varios años de diferencia. El cartelito es del 1959 ó 1960 y la UMAP fue por el 1965.

Nadie en el Ministerio del Interior tenía, y tiene, esa¨ mandarria ¨ de enviar a una persona a una ¨Siberia ¨ cubana si no es un ¨comecandela ¨ comprobado y comprometido mediante acciones y hechos que lo avalen de manera indiscutible, y que no haga necesaria el contraste cruzado de la información suya con la de otros ¨chivatientes ¨.

A las prostitutas de buen aspecto, al igual que a las domésticas, las enviaban a bancos y a otras oficinas, y a las menos agraciadas a otras tareas, como manejar unos pequeños transportes colectivos de color marrón oscuro y fabricados en Checoeslovaqia que se conocían como guaguitas checas o ¨La Maricona ¨ porque el público montaba ( fue una de las primeras ¨tareas de choque¨para los fidelistas) por detrás y le habían asociados estos versos:

¿ No has visto la nueva Ruta ?
La de los techos de lona
Le dicen ¨La Maricona ¨
y la montan los hijos de puta

Ya que iban en contra de la tradición cubana del transporte de aquella época y en contra del transporte privado de¨ boteros ¨ y taxistas; no recuerdo si todavía existía la Cooperativa de Omnibus Aliados o COA. La UMAP vino después pero, no recuerdo que hayan habido Unidades Militares de Apoyo a la Producción para mujeres; granjas para mujeres sí habían. Lo de esas guaguitas fue entre 1960 y 1962 aproximadamente
*********************
Tomado de http://www.cubaencuentro.com/jorge-ferrer

Entrevista al «Padre del Mariel», Héctor Sanyústiz

Por Jorge Ferrer | 07/10/2008 16:00

Conozco a muchos Marielitos. A largas decenas de Marielitos. Y conozco la historia de Mariel, la llevo en la familia, y hasta me he permitido escribir sobre ella alguna que otra vez.

Cuando hace unas semanas me contactó Héctor Sanyústiz, sabía quién era… Bueno, creía que sabía quién era.

Sanyústiz, recordarán los que tengan más memoria, y lo recordarán sobre todo los Marielitos, fue el hombre que comenzó todo aquello. Fue el cubano que aquel 1 de abril de 1980, en torno a las 3:55 p.m., estrelló una guagua contra la Embajada del Perú. Un gesto que desató el viaje a la libertad de tantos cubanos desde el puerto de Mariel. Y, digan lo que digan, para mí es Héctor Sanyústiz el Padre del Mariel. Porque lo fue el guagüero y no el «negociador». Porque no fue quien se sentó a negociar con los Castro quien parió el éxodo de tantos. Fue el hombre que dijo hasta aquí y empuñó un timón que fue un destino.

He hablado largas horas con Héctor estas últimas semanas, hemos intercambiado docenas de e-mails. Hemos compartido historias, hasta nos hemos peleado y reconciliado, hemos chismeado y hecho planes.

Héctor es un tipo como cualquier otro. Un cubano como muchos de ustedes o como yo mismo. Un tipo que se enciende y se relaja, en ese espasmódico vaivén de los afectos que parece marcarnos a los cubanos. Y es también un tipo de una espontaneidad en el trato y la expresión cubanísimos, arcanos. Los de siempre, vaya.

Ambos nos hemos decidido a publicar esta entrevista en El Tono de la Voz. Se la agradezco sobre todo porque es el testimonio de una ruptura con el castrismo que pasó por la violencia y abrió paso a tanta gente hacia el exilio. Resolutiva por partida doble, entonces.

Y se lo agradezco más, porque en una cena el pasado sábado -¡qué cena, L., querida!– dije a cubanos lectores de este blog, cubanos en la treintena y salidos de Cuba en los últimos años, que andaba conversando con Héctor Sanyústiz y, sorprendidos, me preguntaron quién era ese.

Aquí les va, pues.

De común acuerdo, y dado que Héctor prepara un libro que recoge su historia, hemos callado algunos acontecimientos de su vida.

Héctor Sanyústiz

Entrevista a Héctor Sanyústiz
Jorge Ferrer: Tú naces en Oriente y te llevan a La Habana de pequeño. ¿Cómo fue tu niñez en la capital?

Héctor Sanyústiz: Yo nací en Oriente. Cuando llegué a La Habana, con apenas 6 años, nunca había visto un juguete. El primero que vi fueron unos patines de ruedas de hierro. Después de verlos y quedar sorprendido, los sentí estrallados en mi cabeza. De ahí en adelante, el guajirito noble y sencillo se convirtió en un volcán en erupción.

Cuando se venía de Oriente a La Habana, en aquellos tiempos tan difíciles, no era muy fácil subsistir. El hambre y la miseria se daban la mano. En San Miguel del Padrón, que fue donde me crié, encontré una fuente de trabajo, un futuro, y por eso no estudié, en contra del deseo de mis padres. Preferí trabajar escondido y fingir que iba a la escuela. Lo que hacía era madrugar y esperar a las prostitutas que regresaban de su trabajo. Les preguntaba en qué podía ayudarlas desinteresadamente, pero sabía que mi ayuda me iba a dejar propinas. Se trataba de hacerles las compras que ellas me ordenaban cuando abría la bodega a las 8 de la mañana, mientras ellas dormían. También ayudaba a personas incapacitadas, que tenían algún dinero. Nunca lo hacía mostrando interés, pero sabía que mi recompensa venía detrás del favor. De igual manera, ayudaba a quien no me diera nada, porque eso me hacía feliz.

Por aquella época también tuve que aprender a defenderme de otros niños que se burlaban de mí y ahí comencé a romper cabezas, dar galletas, patadas por el culo, hasta que encontré el respeto por la fuerza. Los domingos contaba lo que me había ganado en la semana y lo cambiaba en efectivo. Cuando pasaba por donde los demás niños que jugaban, me acercaba a ellos, me metía la mano en el bolsillo y hacía sonar mi dinero, y así les daba a entender que cuando me gritaban esclavo, por estar trabajando y no querer jugar con ellos, esa era mi esclavitud… Y siempre me llevaba a alguien conmigo al cine, a la matiné, como le llamaban. Luego, lo invitaba a la fonda donde un almuerzo costaba 10 centavos y no te lo podías comer de tanta comida que daban. Me preguntaban: «Héctor, ¿qué quieres comer? Y yo me reía y pedía «Rubia con ojos verdes», harina con aguacate. ¡Cosa más grande tiene la vida, chaguito!

JF: Y un día, llega la revolución…

HS: Yo seguía adelante con mi vida, hasta aquel fin de año de 1959, cuando yo estaba sentado en una esquinita de la sala de mi casa mirando a todos bailar y de pronto se sintió un bullerío afuera, que se oía por encima de la música alta. Todos gritaban. «¡Se fue Batista! ¡Se fue Batista!», pero en ningún momento escuché a nadie decir el nombre de Fidel. Claro, yo era un niño y estaba asustado, y algunos estaban disparando, la gente estaba como loca en la calle. Unos días después aparecieron Camilo y Fidel juntos, y siempre estaban juntos. Camilo hablaba, no me acuerdo de qué pero hablaba. Después hablaba Fidel y así fueron apareciendo poco a poco los tiranos. Hubo unos días de tranquilidad al menos para mí que era un niño y ni sabía qué pasaba ni me interesaba. Yo seguía en mis trabajitos como siempre, pero de alguna manera sentía como algún tipo de terror, hasta que escuché de unos juicios que se celebrarían en la Ciudad deportiva, y hablaban de un tal Sosa Blanco, y la gente jodiendo decía: «¿Qué pasa si Sosa pasa?», y alguien respondía: «Que te quema tu casa». Bueno, yo no miré mucha televisión, pero se hablaba de fusilar mucha gente y eso me hacía sentir mal. Sólo vi una escena donde una mujer reclamaba y decía a uno de los acusados: «¿Te acuerdas de este hierro, cuando me lo metiste por mis partes?» Para mí que la mujer mentía, porque decía que el hierro estaba al rojo vivo y yo pensé que si el hierro hubiera estado hirviendo esa mujer no estaría haciendo el cuento. Yo pensé en mi padre y en algún momento me compare con el hijo de algunos de aquellos acusados que inevitablemente iban a morir y sentí cierta angustia. Ya los muchachos de mi edad o un poco más mayorcitos sabíamos que había llegado gente con muchas ganas de matar. A medida que fueron pasando los días, las cosas se fueron calmando y los juicios fueron quedando atrás, y yo también fui perdiendo mi temor. Pero un buen día llegó Playa Girón y el pánico regresó. De nuevo volvieron los juicios y los milicianos regresaban con pedazos de los uniformes de camuflaje de los que habían matado o cogido presos. ¡Ustedes no se imaginan lo que pasamos los niños del comienzo de la tiranía actual! ¿Hasta cuándo habrá gente que todavía apoye a estos hijos de perra?


JF: ¿Qué otros recuerdos tienes de aquellos primeros años de revolución?

HS: Tenía un amiguito llamado Mario como mi padre, y sobrino de Orlando, el dueño de la bodega que estaba en la calle 6 al lado de la Quincalla de Felipe en la Calzada de San Miguel del Padrón… Bueno, no sé qué problema tuvo con unos milicianos en el hospital La Balear, pero lo fusilaron. Cumplí 59 años el 27 de septiembre, y créanme que todavía me duele pensar en mi amigo Mario y el padre que le fusilaron. Llévense a la cama este dolor que todavía siento por mi amigo Mario y piensen, como pensé yo, como se sintió Mario el día que dejó de ver a su padre para siempre. ¡Y todavía esa gente esta ahí haciendo daño! Esa revolución se engrandeció con la sangre que los inocentes derramaron y esos hombres que murieron fueron el aviso de lo que le podía suceder a cualquiera que hiciera un comentario de mal gusto para estos terroristas que todavía mantienen el terror vivo en nuestra Cuba.

Un día sale en el periódico que todas las mujeres que ejercían la prostitución tenían que presentarse en el Departamento de Salud pública para un examen médico, para que pudieran continuar ejerciendo la prostitución. Algunas de las prostitutas de las cuales yo me consideraba empleado no fueron y las que fueron las evaluaron. Las que tenían buena apariencia y no estaban enfermas pasaron a ser miembros del Ministerio del Interior. Las otras terminaron en el famoso UMAP. También recogieron a los chulos, los carteristas, los homosexuales, y los Testigos de Jehová. Todo el mundo quedo sorprendido, las madres desesperadas y hubo un gran descontento pero de afuera para dentro, cuidadito con abrir la boca.

Pocos meses más tarde, aparece una gordita llamada Pastorita Núñez, que creo que era la directora de viviendas ocupadas por los terroristas, una bonita estrategia para calmar el descontento, y en su discurso dice que todos los cubanos que pagaran rentas iban a pagar la mitad y al cabo de 10 años iban a ser dueños de esas propiedades. Al otro día, había cientos de camiones repartiendo una chapa metálica donde decía «Esta es tu casa, Fidel». ¡Qué manera más dramática de calmar el dolor de las madres que les llevaron a los hijos al UMAP! Los únicos que no aceptaron esas chapas fueron los Testigos de Jehová. Hasta en mi casa recuerdo ver leído una…

Después apareció en la revista Bohemia un tipo joven con barba, un rosario y una corona de espinas en la cabeza, ¡parecía el mismito Jesucristo! Muchos sabian quien era, pero los ninos no lo sabíamos: Era el Difunto Mal Nacido de Fidel Castro… Recuerdo a todas las viejas, entre ellas mi abuela, con su retrato en un cuadro, en la sala.

JF: Cuéntame cómo llegó un tipo que había militado en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, las FAR, a decidir que había que entrar en una Embajada. ¿Cómo fue tu paso por el orden castrista?

HS: Yo milité en el Ministerio del Interior cuando casi iba a cumplir los 16 años, involuntariamente… Y después estuve tres años en la Marina de Guerra, trabajando para el mismo Ministerio del Interior, pero terminé como chofer. Nunca les fui útil. Cuando me tenía que comunicar con ellos en los diferentes códigos, porque los cambiaban para cada comunicación, y ejercer mi función de chivatiente, nunca tenía nada que informarles y les decía que todo estaba en orden. Cuando uno de los que en nombre de la Patria chivateaba a alguien, yo llamaba a mi contacto y daba mala evidencia de ese hijito y terminaba en la Siberia. Todo el que me caía mal lo desaparecía, siempre con cosas relacionadas a la ideología comunista.

Mi paso por el orden castrista fue muy malo. En el año 70, me botaron deshonrosamente de la Marina de Guerra y me condenaron a 10 años de cárcel en la Base Naval de Cabañas, en Pinar del Río, por darle un piñazo en la mandíbula a un Primer Teniente y por deserción. Por suerte, cuando Raúl Castro se fue a Russia a pasar la Escuela Superior de Guerra lo sustituyó el comandante Juan Almeida Bosque, y en el mes de noviembre del 70 concedió una amnistía conocida como Ley # 58 para todos los militares presos. No podían acogerse a esa ley los militares que habían matado a alguien, o los condenados por traición a la patria y robos. Después de quedar en libertad me llamaron de regreso y me ofrecieron un trabajo en el departamento de hidrografía náutica militar, como civil. No lo acepté y ya no tuve que ver con ellos nunca más. A partir de ahí, mi vida se convirtió en un doble infierno y ya más nunca pertenecí a nada que tuviera que ver con ellos.

JF: Y es entonces cuando te vinculas con el transporte, ¿no?

HS: Sí, porque me fui a manejar taxis. En ese tiempo la chivatería era muy grande, pero yo sabía por dónde me paseaba: ellos me habían enseñado. En el Centro # 1 de autos de alquiler, que le daba servicios a la Terminal de ómnibus, todo el que me olía a chiva y se me enfrentaba, le pasaba los puños. Me hice respetar, y mi apellido, que no era muy común en esos tiempos, era como decir peligro. De ahí me botaron también y en el año 74 me fui a manejar ómnibus al Paradero de Lawton. Allí nadie me conocía y opté por mantenerme en paz y tranquilidad. Conocí un buen amigo al que llamaban por el nombrete de Macuto. Su nombre era, Rene Salazar y era secretario de trabajo voluntario del sindicato y aspirante al partido, pero sentí en él una buena energía y de vez en cuando me pedía que le diera una vuelta voluntaria. Nos hicimos amigos y no me estuvo mal, porque no era chiva. Al cabo del tiempo, me propuso que si quería la secretaría de propaganda del sindicato y la acepté. Eso me amparaba de no hacer guardias ni participar en nada con el cómite de defensa de la revolución, la mayoría eran chivatientes. Lo lindo del caso es que una tarde llego al paradero y me entero de que el compañero René Salazar, aspirante al partido, se había ido del país con otro amigo mío de nombre Giraldo Caballero, y ahí empezaron mis deseos de seguir el camino de aquel ex aspirante al partido comunista. ¡Aquello fue todo un show! Bueno, de ahí en adelante todos los que eran amigos de él quedaron fichados, pero la ficha que me pusieron a mí no fue de importancia, ya que yo estaba integrado en el sindicato. A los pocos días, explota el secretario de la juventud, de apellido Núñez y hermano de un general del Ministerio del Interior, porque lo cogieron abriendo las alcancías de las guaguas. Ahí ya me di cuenta de que los únicos que no comían cuento eran los guagüeros.

Seguí metiéndome en problemas… Con choféres que creían que yo era chiva, y empecé a romper ojos otra vez, pero esa vez me dio tan fuerte que me fajaba a los trompones en cualquier lugar de Lawton. El descontento entre todos era tan grande que ya no se sabía a quién golpear. La represión que había era demasiada. La policía registraba a la gente en la calle, le quitaba las cosas… La gente ya no respetaba a la policía, y aunque nunca se dijo hubo muchos policías muerto o mal heridos, al punto que tenían miedo. Fue entonces que empezaron a traer a policías orientales como yo, pero con diferente sentimiento.

JF: Han pasado más de 28 años desde aquel día en que la guagua impactó contra la verja de la Embajada del Perú. ¿Ha valido la pena?

HS: Claro que valió la pena. Mis acciones hicieron desestabilizar al régimen comunista que nadie quería, pero tampoco desafiaba. A veces, recordando ese día sonrío y me pregunto qué estarían tramando esos hijos de puta aquel día, el 1 de Abril del 1980. Yo le llame a ese día: «Asalto a la Libertad». Te juro que nunca sentí ni un poquito de miedo al enfrentar aquellas ametralladoras agujereando el autobús. De veras no sé cómo te lo estoy contando… El miedo llego después, cuando a la hora de estar allí sangrando, se apareció Isidoro Malmierca, Ministro de Relaciones Exteriores, haciendo preguntas que yo contesté de mal humor, hasta hacerlo callar, y decirme: «Mira, firma este documento para que puedas ser atendido en un hospital cubano». Imagínate que el hospital era el Carlos J. Finlay, como sabes un hospital militar. Ahí empezó mi odisea: ofensas, amenazas de que me iban a cortar la pierna donde me había impactado una bala –la otra bala me impactó muy cerca del ano– y me decían que si en realidad me daban asistencia médica, jamás iba a caminar, que ellos se encargarían de eso. Pero dentro de mi miedo oculto, siempre los desafié con humillaciones y les gritaba asesinos, les decía que habían matado a Camilo Cienfuegos, el hombre que el pueblo en realidad quería, y ellos se iban para que yo me callara…

La segunda parte de la Entrevista con Héctor Sanyústiz aparecerá en el siguiente post de El Tono de la Voz.

La fotografía es cortesía de Félix Lam.

Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 07/10/2008

Para leer la segunda parte hacer click AQUÍ

1 Comments:

At 4:16 p. m., Blogger Unknown said...

Hector para mi eres un heroe

 

Publicar un comentario

<< Home