viernes, septiembre 21, 2007

CAVILACIONES DE UN “PERRO”

CAVILACIONES DE UN “PERRO”


Por Jorge Olivera Castillo

21 de septiembre de 2007

La Habana – www.PayoLibre.com – Angola fue una suerte de calvario. Las noches intensamente frías. Los amaneceres como preámbulo de unos calores que convertían la atmósfera en un horno.

El sueño perturbado por el cuchicheo de las ratas. Las serpientes merodeando por los alrededores a cualquier hora. Era una gran conspiración contra el sistema nervioso.

Se temía por la vida y por aquella suma de hostilidades que dejaban un vacío interno, un vaho de incertidumbres que cerraba el acceso a la razón.

La esperanza de regresar a Cuba sano y salvo flotaba, con torpeza, en la imaginación. No había garantías de lograrlo. Bastaba una bala enemiga, una descarga de ametralladora, un morterazo desintegrador. Sobraban medios para dejar en suspenso las alegrías de volver al seno de la familia, sentir el abrazo de la madre, brindar con los amigos, pisar el asfalto para olvidarse de las malezas y los depredadores de la jungla.

La guerra descorriendo sus cortinas para exhibir su drama, sus sobresaltos, la agonía de los moribundos, el tránsito de la cordura a la demencia.

“Varios compañeros regresaron locos, no pudieron resistir el peso de las tensiones”, eso me dice Braulio desde su asiento de conductor de un bici taxi. Suda copiosamente tras concluir uno de los extenuantes viajes. En sus piernas está el sustento de su esposa e hijos. Es la única opción en un ambiente con otras crispaciones. “Éste es ahora mi campo de batalla”, me asegura con cierto aire de resignación. “Aquí no voy a morir de un “plomazo” en el corazón, pero entre el pedaleo por las calles desniveladas, el clima del trópico, el acoso de la policía y el dolor que siento por el abandono de las autoridades después que me jugué la vida en Angola, es lógico que piense en otro tipo de muerte”. Un cáncer de próstata, un infarto masivo, una depresión nerviosa como previo escalón a la locura. Eso significa el atribulado veterano como parte de la suerte que podría correr en los próximos meses.

Con 18 años de edad fue enviado a éste país africano. Era una misión a la que no podía renunciar a causa de la Ley del Servicio Militar Obligatorio impuesta por el gobierno actual a partir de la década del 60 del siglo XX.

( bicitaxis en La Habana )

Corría 1982 y su destino tomaba el olor de las selvas meridionales angoleñas con sus mosquitos transmisores del paludismo, las aguas infectadas de amebas, los posibles ataques de los combatientes comandados por Jónas Savimbi, el líder insurrecto ya desparecido.

Más de 24 meses transcurrieron a merced del azar. Regresó con la idea de un reconocimiento a sus aportes como soldado internacionalista, sin embargo hoy es un hombre con el ánimo a la deriva. “Esto que le han hecho a tantos jóvenes algún día lo tendrán que pagar”, afirma con el ceño fruncido. Está molesto. Logra contener la ira y deja en el aire un leve suspiro que le sirve para descongestionar el alma.

Su hermano terminó en el alcoholismo. Tuvo la desgracia de quedar mutilado en el fragor de un combate. Me cuenta que apenas puede andar por las severas afectaciones en una de sus piernas y que el gobierno lo ha dejado en la más absoluta marginación.

Miles de jóvenes que pasaron por las pruebas de la guerra, pasan inadvertidos, olvidados, muchos sin trabajo y otros encerrados en la prisión por delitos asociados a la supervivencia.

“Me llevaron a Angola como un perro, me trajeron como un perro y me siguen tratando como perro”, en esos términos emprende la marcha cuesta arriba por una de las calles de la Habana Vieja.

Antes de irse, le digo que somos de la misma especie. Al menos así me han tratado desde que llegué de Angola en 1983: Como a un perro.