domingo, abril 20, 2008

NEBLINA PARA UNA GUERRA

Neblina para una guerra


Por Raúl Rivero

Madrid -- Con un pequeño antifaz negro, como el que ha usado siempre el Llanero Solitario, se presentan ahora en el escenario cubano quienes cerraron todas las puertas y ordenaron el trazado de las arenas movedizas. Vienen a anunciar una modulación de las prohibiciones. Lo prohibido va a estar menos prohibido y, por lo tanto, se acaba de abrir un abanico de cambios para transformar la sociedad.

Mucha gente los reconoce y sabe cómo se llaman sus caballos blancos y el indio torpe que los acompaña. Entonces, se disponen a observar las maniobras de las comparsas, los pasos de quienes llevan los faroles y los empeños de los muñecones (ellos miran asustados desde unos huecos donde debían tener el corazón) por coger el ritmo de los tambores acompasados.

Sí, es que se trata de un carnaval fuera de tiempo, con el malecón batido por la espuma y la furia de olas enormes. Una fiesta de disfraces con una euforia mandada a hacer en la empresa de medios de propaganda y repartida por cederistas suspicaces que suelen dejar los paquetes enteros en los contenedores de basura o en el fondo de los refugios hechos para una guerra sin porvenir.

Siempre hay público para esas celebraciones dirigidas, pero los grandes sectores de la población, los experimentados luchadores del día a día, comprenden enseguida los signos y las claves. Saben que no hay nada esencial. A lo mejor esta apertura les da el derecho a coger dos cajitas en vez de una, todavía con la mano extendida a la espera de que los organizadores bajen la orientación de que se abra el banderín.

No es, no puede ser lo que se espera. No es el proceso que se necesita, porque es excluyente, selectivo y superficial. Son ellos con el mismo discurso de guapo de barrio. Los viejos cuchillos afilados y sus calumnias de humo para ocultar y anular a los demócratas, a los que vieron y denunciaron hace más de dos décadas (algunos mucho antes) toda la miseria que hoy descubren, con gestos de malos actores de telenovelas, los promotores del simulacro.

No puede ser con ese vicio de callar por la fuerza a quienes no opinan como ellos. Ni con esa frialdad que les permite mantener, en las troneras de muerte que son sus prisiones, a más de dos centenares de cubanos porque no creyeron en sus máscaras y no aceptaron sus mentiras.

Son muchos los nombres que puedo citar aquí de hombres y mujeres que identifican el color de estos nuevos apliques y el olor y la textura de los arreboles, pero me quedo con el del periodista Fabio Prieto Llorente.

Con él y su vocación de reportero de raza y de hombre libre. Enfermo y sin acceso a informaciones solventes, encerrado en la cárcel del Guayabo de Isla de Pinos, en peligro y dispuesto a no abandonar su trabajo de comunicador.

Un profesional joven, nació en 1963, que allá adentro escribió este párrafo: ``Esta ignominia no sólo me hace reflexionar y hablar, sino también denunciar, porque no sólo me condenaron a 20 años de privación de libertad, confinándome a una semitapiada y estrecha celda, donde duermo sobre un banco de cemento, hago mis necesidades fisiológicas en un hueco en el suelo, convivo con insectos y roedores, me han enfermado de los pulmones y han destruido mi salud conjuntamente con la de mi familia, sino que la policía política también quiere que, aun enclaustrado, no manifieste lo que pienso''.

No me parece que este testimonio, ni otros que se escriben hoy domingo en cualquier prisión de aquella isla, puedan armonizar con la euforia prefabricada por los primos del Llanero Solitario.