miércoles, mayo 27, 2009

JUAN JUAN ALMEIDA: DETENCIÓN Y CARTA A RAÚL CASTRO

Tomado de http://www.cubaencuentro.com/jorge-ferrer/


Juan Juan Almeida: detención y carta a Raúl Castro

Por Jorge Ferrer | 27/05/2009 0:46

Juan Juan Almeida, hijo de Juan Almeida Bosque, vicepresidente del Consejo de Estado de la República de Cuba y «Comandante de la Revolución», ha decidido hacer públicas las cartas que siguen, a raíz de la negativa reiterada de las autoridades de Cuba a concederle un permiso de salida del país.

Un permiso que Almeida reclama para continuar recibiendo tratamiento para la enfermedad degenerativa que padece. Un permiso que parece alejarse todavía más después de ser interceptado intentando salir ilegalmente del país el pasado 6 de mayo, cuando fue interrogado, su casa objeto de un registro y su automóvil incautado.

La primera fue remitida al diario Granma y no ha aparecido allí. Tampoco han recibido respuestas las cartas que envió a Raúl Castro, José Ramón Balaguer o Ricardo Alarcón de Quesada. Una breve selección de esas cartas aparece en El Tono de la Voz con el consentimiento de Juan Juan Almeida.

Retornado a Cuba en 2003 desde México donde vivió durante unos años, Juan Juan Almeida fue objeto de una investigación en Cuba por presunto tráfico de personas, cuyas conclusiones jamás le fueron comunicadas. No hubo juicio, ni sentencia.

El pasado día 6 de mayo, siempre según su relato, fue interceptado por la policía cuando intentaba abandonar el país ilegalmente. Su intento de salida ilegal fue una respuesta desesperada a la imposibilidad de viajar legalmente.

«Como pudiste ver», me escribe, «también planteé mi problema en los lugares “adecuados”». Pero desprovisto de otra alternativa «conozco las consecuencias pero no tengo otra opción» que hacer públicas estas cartas. Y añade: «No me quedó más remedio que una salida ilegal. Pueden meterme preso, ponerme otro capuchón o desaparecerme entre las casas secretas, pero solo estoy pidiendo poder visitar al médico y estar junto a mi familia. Caramba, si hasta me avergüenza decir que espero respuesta.»

(Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, padre de Juan Juan Almeida García )

Su padre, uno de los hombres que conforman la cúpula de poder en Cuba ha validado sus solicitudes de salida del país, como consta en las cartas que siguen. De nada ha servido…

La excepcional publicación de estas cartas en El Tono de la Voz responde al interés que concedo a las violaciones de los derechos fundamentales en Cuba, sean quienes sean los afectados.

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De Juan Juan Almeida:

Al Periódico Granma.

Órgano Oficial del Partido Comunista de Cuba.

Artículo 26 de la Constitución de la Republica de Cuba: Toda persona que sufriere daño o prejuicio causado por funcionarios o agentes del Estado con motivo de las funciones propias de sus cargos, tiene derecho a reclamar y obtener la correspondiente reparación o indemnización en la forma que establece la ley.

Artículo 50 de la Constitución de la Republica de Cuba: Todos tienen derecho a que se atienda y proteja su salud. El estado garantiza ese derecho.

Artículo 63 de la Constitución de la Republica de Cuba: Todo ciudadano tiene derecho a dirigir quejas y peticiones a las autoridades y a recibir la atención o respuesta pertinentes y en plazo adecuado, conforme a la ley.

Sin ninguna esperanza de respuesta me dirijo a usted y sin tampoco tener claro el por qué ni a quién le escribo. Creo que lo hago impulsado por la remota ilusión de que desde algún lugar alguien pueda responderme. Conozco las consecuencias; pero no tengo otra opción.

El 6 de mayo del 2009 me sorprendieron, junto a sesenta y tantas personas, en la carretera, dentro de un autobús, intentando evadir el territorio nacional por, según me contó y me hizo firmar el instructor que me interrogó, las costas de Marea del Portillo (Centro turístico de la provincia de Granma).

Solo por aclarar las dudas quiero agregar que cuando fuimos detenidos, a las 9 de la noche, el autobús que nos llevaba, donde me subí en La Habana por mi propia voluntad, pasaba por el punto de control policial de carretera de la ciudad de Manzanillo, provincia de Granma. Lejos del mar, de la costa, y de las embarcaciones.

Sobre ese autobús viajaban sesenta y tantas personas, sesenta y tantas ilusiones, sesenta y tantas frustraciones. No conozco la intención de los demás, pero la mía, y así lo firmé en ocasiones, era y continúa siendo muy sencilla de entender: Me obligaron a tomar la decisión.

En la estación de Manzanillo pasamos la noche en calabozos abiertos. Al otro día temprano, con singular gentileza, nos tomaron declaración, nos quitaron las pertenencias y nos encerraron. Al rato nos devolvieron las pertenencias, nos trasladaron a la delegación del MININT en Bayamo y nos metieron a un teatro en bastante mal estado. Allí gritaron mi nombre para el interrogatorio y cuando presté mi segunda declaración, me separaron del grupo y me hicieron sentir como a un prisionero importante. Me tomaron la tercera declaración, me llevaron a una sencilla habitación de un hotelito discreto al que llamaron Hotelera junto a dos acompañantes que custodiaban mis actos.

Al día siguiente me llevaron a interrogatorio con un señor de La Habana que me dio hojas, bolígrafo, y me pidió narrar los hechos. Luego me trasladaron al mencionado hotelito (hotelera) junto a mis dos cicerones y si no hubiese sido por el dolor de mi enfermedad hubiese dormido de maravilla. Muy temprano en la mañana me invitaron a desayunar y después me trasladaron a La Habana en un microbús chino (Jim Bei) de 12 plazas con 4 custodios y un doctor.

En fin, un buen trato, o como diría mi abuela, ese trato que a menudo me recuerda aquel refrán “Cuando tu amo te trata de usted, te tiene vendido o te quiere vender”.

A la entrada de La Habana, y ya sobre el Malecón, se nos acercó un auto marca Geely con los cristales oscuros y placa HGZ 072, y nos dio un intenso tour por la ciudad. Me hicieron bajar en una unidad militar, me encerraron en un salón, nadie se apareció y me volvieron a montar al microbús y continuamos dando vueltas tras el auto Geely que nos guiaba hasta que llegamos a una casa donde dormí. Alguien entró a mi cuarto-prisión y me informó:

–Juan, te estamos haciendo un registro en tu casa.

Al rato se presentó un señor:

–Juan, yo soy el Teniente Coronel Nacer, mañana conversaremos. Descansa.

Al otro día me montaron en una guagüita blanca, sin vista hacia el exterior, y nuevamente me invitaron al recorrido de ciudad.

En algún lugar paramos, perdón, en una preciosa casa me hicieron bajar del bus con un capuchón en la cabeza como esos que usaban los presos en aquella prisión secreta que se hizo tan tristemente famosa por las torturas que allí se cometían, y por las amplias críticas que sufrió por la prensa internacional, y por nuestro programa informativo “Mesa Redonda”.

Después de interrogatorios, uno o dos días después, porque olvidé el sentido que tiene el tiempo, me volvieron a colar el capuchón en la cabeza y me llevaron a otra casa donde siguieron interrogándome.

Entonces el tema se fue de la salida ilegal hacia temas políticos y algunas horas después, o muchas horas después -ya dije que olvidé al Dios Cronos- me devolvieron mis pertenencias menos una copia de un sencillo resumen de historia clínica que me habían entregado en las oficinas de relaciones internacionales del ministerio de salud, me instruyeron de cargo por salida ilegal del país, me aplicaron una medida cautelar que me obliga a ir todos los martes a firmar a Villa Marista (que ni es Villa ni es Marista), y luego, después de firmar un acta de libertad, con el mismo capuchón, me llevaron hasta casa de mi hermana no sin antes retirarme el capuchón. Allí me enteré que me habían ocupado el auto y me llamó la atención porque yo nunca lo usé como medio para lograr la salida del país. Luego llegué hasta el apartamento donde vivo y me sorprendió que los registradores también habían ocupado el titulo de la propiedad de ese apartamento (de mi suegra) y el de mi casa.

Es hora de aclarar que me iba porque padezco una enfermedad reumatológica degenerativa por la que, desde principios de los 90, me atiendo en el Hospital Erasme de Bruselas, Bélgica; pero, desde el año 2004, las órdenes del “Alto Mando”, no permiten mi salida del país, sometiéndome así al consumo de calmantes que me afectan la salud tanto o más que la propia enfermedad. Y para probar lo que digo aquí presento mi carta al ministro de salud:

Carta a José Ramón Balaguer

La Habana, 5 de septiembre del 2008.

José Ramón Balaguer

Ministro de Salud Pública

República de Cuba.

En algún lugar del ministerio será posible encontrar mi expediente de más de 15 años como paciente de interconsultas, por eso me dirijo a usted sin muchas explicaciones. En febrero del 2008 presenté el resumen exigido por sus autoridades adjuntando incluso un TAC. En marzo, para mi sorpresa, pues no soy menor de edad, se me pidió la autorización de mi padre para viajar. En abril, conocí que el presupuesto para mi tratamiento había sido aprobado por Joaquín, y que José Alberto, por orden de usted, le había pasado mi resumen a Raúl.

Todo bien, todo genial, llegué incluso a sacar mi turno de consulta médica para mayo, y como echar un vistazo a tres tomos de historia clínica (la número 306 archivada en la Clínica de 43) no pareció suficiente para dar un veredicto, entonces me sometí a la evaluación de una comisión que, después de rigurosos exámenes, redactó un informe detallado que también estará en mi expediente.

Tras una pérdida de tiempo, luego de incontables Espera, aún no tenemos respuesta, con la falta de respuestas (intencionales o no), también se deteriora mi salud.

Yo sé que existen pacientes, prioridades, y hasta órdenes. Y si mi próximo obstáculo tuviese que ver con las actuales circunstancias del país, hágamelo saber para buscar la solución por otras vías.

No es mi interés, y repito, no es mi interés presionar con esta carta, pero tengo derecho de saber qué van a hacer conmigo. Por eso me dirijo a usted.

Muchas gracias.

Queda de usted soportando mis dolores, incomodidad al respirar, y esperando una respuesta:

Juan Juan Almeida García.

Carta a Raúl Castro

La Habana, 24 de Noviembre de 2008.

Raúl Castro Ruz

Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros

República de Cuba.

General:

A principios de este año comencé a sentir fuertes crisis de dolor que dificultan, entre otras cosas, dormir y respirar debido a una enfermedad ósea degenerativa con la que por desgracia nací y he tratado de combatir probando ya todos los tratamientos existentes en el país.

En febrero del 2008 presenté un resumen exigido por las autoridades del Ministerio de Salud Pública cubano. En marzo, se me pidió y entregué la autorización de mi padre. En abril, conocí que el presupuesto para mi tratamiento había sido aprobado.

Justo a mediados de año me sometí a una extraña y repentina evaluación de una comisión médica que, después de rigurosos exámenes, y después de leer también mi extensa historia clínica, redactó un informe detallado.

El 5 de septiembre escribí una carta al Ministro de Salud, y olvidando incluso el principio o juramento hipocrático, nadie me contestó.

El 1 de octubre del 2008 me personé sin avisos en ese ministerio y recibir una respuesta, el doctor Gómez, en desempeño como sustituto de uno de los viceministros, me informó: ….por parte del ministerio no hay problemas, pero en el caso de usted, usted necesita un nivel de aprobación que no está aquí, y sin ese nivel de aprobación su caso no puede proceder. Por parte del ministerio, de este ministerio, en lo que a presupuesto y eso no hay ningún problema. Tu has ido en otras ocasiones y … (fin de la cita)

El 6 de octubre le escribí a usted solicitando su autorización para que mi esposa Consuelo viajara a los Estados Unidos a visitar a su madre enferma, y de paso, solicité mi permiso de viaje para ir al médico.

Mi salud continúa en reversa sin que a nadie le interese, y ante el desespero y la absoluta falta de respuestas, le escribí también al presidente de La Asamblea Nacional del Poder Popular. Pero tampoco hubo respuesta.

Un día llamaron a mi esposa y la citaron para un centro de instrucción, allá la acompañé, y era para informarle que “Alguien”, a quien muchos llaman sin precisar La jefatura del alto mando había autorizado su viaje para ver a su mamá.

Ahora yo sigo esperando por la generosidad del mismo Alguien que un día quiera concederme el derecho a la salud. Yo estoy enfermo, y eso ya usted lo sabe. Solicito su atención porque no conozco más puertas donde tocar.

Hace poco más de un año, Consuelo y yo pedimos autorización para que, en aquel entonces, le permitiesen viajar a los Estados Unidos para visitar a su madre que padecía una enfermedad por la que un médico le impedía montar avión. Una extraña enfermedad, y una burla por respuesta: Que viaje tu madre enferma, nosotros mandaremos un médico para ella.

Hoy, la madre de Consuelo reza por resistir agresivos tratamientos contra xxxxx. Y no quiero ni podría yo culpar a nadie por la enfermedad; pero sí por la indolencia, la prepotencia, la burla y el abuso de poder. Ojalá y no se repitiese otra historia de jefaturas y altos mandos, porque como mucho he repetido, y no me voy a cansar, padezco una enfermedad dolorosa y degenerativa. Estoy enfermo y solicitando su atención, una decisión de usted pudiera aliviar la enfermedad de un ser humano.

Y si la intrépida suspicacia de algún Alguien neuronal, sugiriese que aprovechando mi viaje al médico, podría yo pensar en volar a reunirme con mi suegra, mi esposa, mi hermana, y por supuesto con mi hija, puede usted decir que SÍ, que yo se lo adelanté, porque ganas no me faltan de abrazar a mi familia, como puede hacer usted a diario con la suya. Eso, cualquiera lo entendería.

Permita mi salida, soy una persona enferma. Esto dejó de ser una medida para convertirse en tortura y ensañamiento. ¿Cuál de los delitos de lesa humanidad merecen una sanción que afecte la integridad física de una persona?

Juan Juan Almeida García.

1 Comments:

At 7:30 p. m., Anonymous El Niño Atómico said...

Este señor es el mismo que aparece en http://es-la.facebook.com/juanjal ? De ser así, la foto que acompaña este post es un poquito vieja.

 

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