jueves, enero 26, 2012

Alfredo M. Cepero: LOS CUBANOS, EL PUEBLO OLVIDADO

Nota del colaborador de este blog Ingeniero Paul Echaniz, New York, enviada por e mail

Alfredo,
Te felicito, una vez mas, por escribir la verdad de nuestra situacion. En cuanto a los martires, me parece algo increible que el paso del tiempo haga disminuir esta atrocidad del regimen ante la opinion mundial. Si se suman los martires cubanos, directamente asesinados por los Castro, sin tomar en cuenta el tiempo que transcurre entre cada crimen, se concluiria que ha ocurrido una gran masacre durante estos ultimos 52 anos. Estos asesinos saben muy bien que dosificando sus victimas juegan con el olvido de los demas mientras mantienen el reino del terror...y su permanencia en el poder. Esta es una tactica que tenemos que exponer ante el mundo.
Paul
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Tomado de http://www.lanuevanacion.comLink

LOS CUBANOS, EL PUEBLO OLVIDADO


Por Alfredo M. Cepero
Director de www.lanuevanacion.com



Después de 50 años de exilio y 52 de activismo contra la tiranía comunista de Cuba había llegado a hacerme la idea peregrina de que lo había visto todo. La muerte reciente de Wilman Villar Mendoza me demostró que estaba completamente equivocado. El ensañamiento de los sátrapas de mi patria es superado únicamente por la indiferencia de un mundo enfermo de oportunismo, cinismo y materialismo. Para ese mundo, Cuba no es digna de compasión alguna y los cubanos somos un pueblo olvidado que nos merecemos vivir eternamente bajo el más brutal de los despotismos que ha conocido América.

Wilman Villar decidió que la vida bajo ese despotismo no valía la pena de ser vivida. Antes de morir de asco decidió tomar la bandera de nuestra dignidad pisoteada y unirse a la pléyade de mártires de una tiranía oprobiosa cuyos más recientes ejemplos han sido Laura Pollán, Orlando Zapata y Juan Wilfredo Soto. Escogió morir como los iluminados y su luz alumbrará el camino inexorable hacia nuestra libertad. Quede, sin embargo, bien claro que Wilman, Laura, Orlando y Juan Wilfredo no superan en méritos a los millares que les antecedieron ofrendando sus vidas en nuestra lucha solitaria y heroica. Hacemos referencia a ellos porque la barbarie se comprende mejor cuando se les ponen nombres y caras a sus víctimas.

Los cubanos que tengamos la fortuna de ver una Cuba resucitada para la libertad tenemos que asegurarnos de que su sacrificio y su ejemplo no sean jamás olvidados. Tenemos que asegurarnos de que sus nombres y sus caras sean la última imagen ante los ojos de sus asesinos cuando les apliquemos el supremo castigo al que se han hecho acreedores por sus crímenes. Tenemos que asegurarnos de que sus nombres y sus caras sean el dedo que acuse a los miserables a lo largo y ancho de este mundo putrefacto que hoy hacen causa común con nuestros tiranos. Son tantos, que no nos viene a la mente la exclusión de ningún gobierno, organización ni confesión religiosa. Porque, en el curso de éste más de medio siglo, todos, absolutamente todos, han hecho causa común en uno u otro momento con la satrapía cubana.

Para corroborar esta acusación remito al lector a las votaciones masivas a favor de las acostumbradas y predecibles resoluciones anuales de la Organización de Naciones Unidas condenando el llamado bloqueo norteamericano contra el régimen comunista de Cuba. Con excepción de Israel y los Estados Unidos los casi doscientos estados pigmeos—en geografía, población, moral y principios—que integran la inútil y parásita organización hacen causa común con la tiranía castro estalinista. ¿Qué otra cosa podríamos esperar de una organización cuyo Consejo de Derechos Humanos está integrado por estados miembros que son los mas notorios violadores de esos mismos derechos?

Ahora bien, no demos demasiado crédito a los Estados Unidos por su voto a favor del embargo impuesto por ellos mismos cuando los Castro embargaron propiedades norteamericanas valoradas en miles de millones de dólares sin pagar compensación alguna. A lo largo de todos estos años Washington ha flexibilizado, alterado y hasta violado su propio embargo. Todo ello en un intento infructuoso de disuadir a los Castro de sus operaciones de subversión mundial y para satisfacer la avaricia de los agricultores y empresarios norteamericanos deseosos de lucrar con nuestra desgracia.

Una conducta muy diferente a la observada por los Estados Unidos y su clase política en su lucha justificada pero selectiva en la década de 1980 contra la despiadada discriminación racial del gobierno sudafricano. La izquierda ilustrada, la minoría negra, la entonces incipiente minoría hispana y la gran prensa norteamericana demandaron de sus representantes en el Capitolio y en la Casa Blanca una actitud firme contra aquella inhumana y odiosa opresión. La ola de condena llegó hasta las Naciones Unidas y el gobierno de Sudáfrica no tuvo otra alternativa que claudicar. Pero la realidad innegable es que los sudafricanos no se liberaron por sí solos sino gracias al inmenso apoyo recibido de un mundo solidario.

Los cubanos, como contraste, no solo hemos carecido de esa solidaridad sino hemos visto con furia, dolor y frustración como el apoyo ha sido para los tiranos que nos oprimen. Los mismos políticos norteamericanos que, una vez nos abandonaron a nuestra suerte en las arenas de Girón, ahora nos hacen promesas de solidaridad en todos los años de elecciones para violarlas mas tarde al llegar al poder. Los miembros del Concilio Negro del Congreso que, con tanta energía defendieron a sus hermanos sudafricanos, le aceptan viajes y prebendas al tirano que ha llenado de ciudadanos negros las cárceles cubanas. Para esta gente, los cubanos negros son unos ingratos a un régimen que ha hecho a todos los cubanos iguales en la miseria.

Igualmente, los miembros del Concilio Hispano del Congreso, que se lamenta de que los exiliados cubanos no apoyamos sus intentos de legalizar una inmigración ilegal, viajan a la Habana, le rinden pleitesía a los Castro y jamás se han solidarizado con la causa de nuestra libertad. Y la prensa que, como el New York Times, hizo de un vulgar forajido un idealista Robin Hood ha seguido defendiendo la tiranía al extremo de haber promovido en su momento la devolución del infeliz de Elián González a las garras del sátrapa que lo ha utilizado como su trofeo de guerra.

Pero el dolor de todos los dolores y el sentimiento mas intenso de abandono y desamparo han sido provocados en los católicos cubanos por la conducta obsequiosa y colaboracionista de nuestra jerarquía hacia la tiranía cubana. Con el cadáver todavía caliente de Wilman Villar y los recuerdos aún frescos en nuestras mentes de Laura, de Orlando y de Juan Wilfredo, Benedicto XVI pisará la ensangrentada tierra cubana para decir misa, bendecir a sus asesinos y otorgarle legitimidad a su oprobioso régimen. Aunque no albergamos esperanza alguna de que sea cancelado, la inmolación de Wilman Villar debería ser motivo de cancelación del viaje papal a Cuba. Pero, aunque el viaje se lleve a cabo, no nos caben dudas de que la inmolación de Wilman les ha aguado la fiesta a quienes afirman que esa infausta visita—tal como lo ha hecho el Arzobispo de Miami Thomas Wenski—es un paso positivo hacia nuestra libertad.

Los cubanos, por otra parte, no podemos reclamar inocencia ante nuestra tragedia. Para nuestra vergüenza, la misma actitud de indiferencia, oportunismo y materialismo está siendo imitada por nuestros mercaderes cubanos en el exilio. Por quienes en sus viajes de ostentación y pachanga restan credibilidad a la oposición interna, así como proporcionan divisas al gobierno y sus aparatos represivos para seguir matando y encarcelando a los Wilman, las Laura, los Orlando y los Juan Wilfredo. Malditos sean mil veces los Castro, pero sean también malditos todos aquellos gobiernos u organizaciones, cubanos o extranjeros, religiosos o ateos que, con su cobardía o su complicidad, prolongan la pesadilla del pueblo de Cuba. Sobre ellos caerá la condena inevitable de la historia y el desprecio imperecedero de un pueblo que, contra viento y marea, se liberará muy pronto con el esfuerzo de sus mejores hijos.