martes, septiembre 18, 2012

ALEXIS ROMAY: Un coloquio en Harlem. Evento respuesta a la charla que Mariela Castro había dado a finales de mayo en la sede de la Biblioteca Pública de Nueva York



Un coloquio en Harlem

Por ALEXIS ROMAY
New Jersey, EE UU
sep 17, 2012

Más allá de la pesadilla logística que implica para un residente de Nueva Jersey ir a Harlem un sábado a la hora en que mataron a Lola, albergaba mis reservas sobre el coloquio “LGBT Lives in Contemporary Cuba”, que tendría lugar el 15 de septiembre en el Schomburg Center. Para quienes acaben de despertar de un coma: las siglas LGBT se refieren a lesbianas, gays, bisexuales y transexuales. Y para quienes no hablen inglés: el objetivo del encuentro era ofrecer una panorámica contemporánea de la vida en la isla de estos “seres extravagantes”, como les llamara con toda inte++++++++++++++nción peyorativa el tío de Mariela Castro, directora del Centro de Estudios Sexuales (CENESEX) y sexóloga en jefe.

No me caracteriza el derrotismo, pero pensaba que esta pelea cubana contra los demonios estaba perdida de antemano. El evento era una respuesta a la charla que Mariela Castro había dado a finales de mayo en la sede de la Biblioteca Pública de Nueva York; evento financiado con los impuestos de este contribuyente, y al que a mí, como a tantos otros demócratas cubanos, la institución de marras había negado la asistencia. Siempre he pensado que a un insulto público no le vale una disculpa en privado. Y en gran medida el desagravio que nos ofrecía la institución neoyorquina encajaba en ese perfil: habían planificado el simposio alternativo no en el centro de Manhattan —donde agasajaron a la infanta— sino en la periferia, a tres cuadras del hotel en el que se alojó Fidel Castro cuando vino a principios de los sesenta. Para mayor inri nos habían enviado a un barrio potencialmente castrista. Esto tenía todas las posibilidades de convertirse en el árbol que se cae en medio del bosque y de cuyo colapso nadie se entera, o podía degenerar en un acto de repudio, descortesía de las entusiastas tropas de choque —compuestas por personal no cubano— que la misión de Castro ante la ONU convoca para tales ocasiones. Al final, más que mis dudas pesó la presencia de Achy Obejas y Mabel Cuesta entre los panelistas, así como el esfuerzo indescriptible de María Werlau, cuyas gestiones posibilitaron el coloquio en esta acogedora y distante filial de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Emilio Bejel rompió el hielo. Dijo que anticipando este conversatorio se había hecho cuatro preguntas sobre el origen de la homofobia en Cuba. Y se las respondió desde el proscenio. Junto a mis vecinos de luneta lo vi entablar un diálogo cordial consigo mismo.

Después tomó la palabra Mabel Cuesta, quien había viajado desde Houston y aprovechó la oportunidad para describir lo que era haber crecido y vivido y haber sido lesbiana en una isla en la que la libertad sexual no entra dentro de las tareas asignadas a las mujeres por aquella revolución machista leninista. Cuesta leyó un hermoso ensayo que culmina con una exhortación a Mariela Castro a que se retire a su hogar a ocuparse del vejestorio que mal gobierna la isla, y que deje a la comunidad LGBT en paz. (Desde aquí le pido el texto para mi blog).

El tercer participante fue Jafari Allen, un académico afroamericano que viajó a Cuba hace unos años para estudiar en el terreno cuestiones relativas a la vida gay en la isla y, en sus palabras, para pasar tiempo con los hombres, “pues alguien tenía que hacerlo”. Las visitas de este catedrático a Cuba y sus impresiones del país ilustran aquel refrán que me enseñó mi abuela que describía a quien está en el pueblo y no ve las casas. La participación del susodicho en ese panel es comparable a mi presencia en un futuro coloquio sobre arte culinario italiano al que me inviten por haber vivido par de meses en Roma, haber leído a Dante o a Boccacio y, claro, por cocinar pasta los jueves.

Para cerrar con broche de oro, Achy Obejas viajó desde Chicago, con su carisma, un puñado de anécdotas personales y estadísticas pertinentes. Habló de su vida en la isla: de cómo mientras paseaba por las calles de La Habana estaba consciente de los privilegios de que gozaba —siendo extranjera, blanca, y además escritora y periodista reconocida de un prestigioso medio de prensa—, cuya pareja era una renombrada artista cubana, hija de un jerarca del régimen, para mayor beneficio. También mencionó la represión y el acoso que sufren los homosexuales en Cuba y puso en el tapete el lamentable caso de la cantante revolucionaria Sara González —cuyo lesbianismo era un secreto a voces—, quien se negó a entrar en un bar gay durante una visita a Estados Unidos por temor a que se enteraran las autoridades en la isla. El caso de la González ejemplifica un arquetipo de cubano: el que defiende a su revolución y defiende a su vez su miedo a la misma. (Hablando de música: a eso que experimentó Sara González se le llama disonancia).
Desde la isla participaron, vía telefónica, Leannes Imbert Acosta e Ignacio Estrada, activistas por los derechos de la comunidad LGBT. Ambos hablaron con elocuencia y conocimiento de causa respecto al hostigamiento que viven a diario ellos y quienes no se alinean al dictado de Mariela Castro y su CENESEX. A Imbert Acosta, por poner un ejemplo reciente, hace una semana la tuvieron bajo arresto durante doce horas por el delito de organizar una exposición sobre las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Un detalle interesante: tanto sus declaraciones como las de Estrada distaban del discurso oficial, pero no eran “marcadamente disidentes”. Es decir, se referían al gobierno y las autoridades de la isla, no al régimen y sus gendarmes. Dichos activistas no se presentan como opositores, sino como miembros de una minoría a la que el status quo, cuando está de buenas, manipula a su antojo y en el resto del tiempo menosprecia y reprime a mansalva. No se consideran opositores: es aquel régimen homófobico quien los hace disidentes a la fuerza al poner en práctica el dictamen bíblico de quien no está conmigo está contra mí.
No hubo necesidad de pasar lista. En la audiencia nos encontrábamos los de siempre.

Y entre los sospechosos habituales incluyo a Ted Henken, quien desde el público pidió a los panelistas que compararan la homofobia en Cuba con la homofobia en Miami. Estoy por creer que lo de Henken con Miami es personal. Es la segunda vez que lo escucho pedir desde la audiencia que comparen al régimen de los Castro con la comunidad que se exilió a toda costa en la costa de enfrente.

Entre Obejas y Cuesta le contestaron que no se podía equiparar una política de estado de un gobierno que instituyó campos de concentración —las tristemente célebres UMAP— y que sigue haciendo redadas para arrestar a homosexuales con un estado de opinión o prejuicios culturales de ciudadanos comunes y corrientes. No hay una política gubernamental —ni en la Florida ni en Estados Unidos— que permita o aliente el acoso por cuestiones de género. Del público también le respondió una ex presa política destacando la infamia que presupone poner en una misma balanza al régimen de Castro y al exilio cubano, el victimario y la víctima. Creo que fui el primero en aplaudir la intervención de la señora.


Si algo eché en falta en este coloquio fue no haber visto en el público una representación más numerosa de la comunidad cuyos derechos —y violaciones de los mismos— salían a la palestra. El ejemplo más escandaloso: Rea Carey —directora ejecutiva del National Gay and Lesbian Task Force e interlocutora de Mariela Castro en su conversatorio en la Biblioteca Pública de Nueva York— jamás se portó por esos lares. Tampoco asistió, justo es decirlo, ni una décima parte de los cubanos LGBT del área metropolitana. Quizá no fueron pues ya Mariela les había recitado el credo que resume sus Palabras a los homosexuales: “Dentro del CENESEX, todo; contra el CENESEX, nada”.

Alexis Romay
New Jersey