domingo, octubre 07, 2012

Dos de Manuel Ballagas: El prisionero del ‘Ché’ Guevara. Buscando a Daisy Granados otra vez.

Nota del Bloguista

¿ El prisionero del ‘Ché  del que escribe Ballagas será Rogelio Martínez Furé ?

En http://www.afrocubaweb.com/fure/Furecv.pdf    hay muchos puntos comunes   con  lo escrito  por Manuel Ballagas

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Tomado de http://descansacuandotemueras.blogspot.com
El prisionero del ‘Ché’


Por Manuel Ballagas

Esta historia la conoce media Cuba, pero nadie la cuenta.

Involucra a un conocido etnólogo -o africanista, como dicen algunos de manera un poco demodé- llamado Rogelio. Mulato catedrático él, pero buena persona.

Rogelio fue, en 1962, uno de los fundadores del famoso Conjunto Folklórico Nacional de Cuba, una de las tres compañías más importantes de esa isla infernal.

No fue fácil para Rogelio abrirse este ilustre espacio. Conocimientos no le faltaban. Y labia, porque no tiene título alguno. Pero aquella manía suya de seguir con la vista a ciertos machos causaba preocupación entre los jefecillos de la naciente revolución, “tan verde como las palmas”.

De todas formas, como ayudó a crear aquel grupo de visos tan tercermundistas, Rogelio logró evadir en ese entonces el veto de los segurosos, que pasaron por un fino tamiz a la legión de negros y casi negros que al principio compusieron al Conjunto, dejando fuera unos cuantos de ellos del primer viaje al extranjero que dieron en 1964.

Fue mientras andaban por Argelia que surgieron los primeros problemas. Los otros directivos del Conjunto empezaron a informar al Alto Mando de las peculiares andanzas de Rogelio con jovenzuelos árabes que parecían pegársele como moscas a la miel cada vez que se paseaba por los zocos, mostrando de guilletén la moneda dura que le daban para gastar en el viaje.

Ese Alto Mando, en Argel, tuvo para Rogelio un alto componente tóxico. Nada menos que alguien llamado Ernesto Guevara y apodado cariñosamente “Ché”.  Todavía no era el Guerrillero Heroico ni mucho menos, pero empezaba a parecérsele. Si una vez arrojó furiosamente contra una pared un libro de Virgilio Piñera, no quieran imaginarse lo que hizo cuando oyó hablar de las murumacas que andaba haciendo Rogelio por la capital argelina.

Fue, sin embargo, en otra parte de aquella gira que Rogelio cayó en absoluta desgracia. Todavía envalentonado con sus proezas homoeróticas de Argel, el etnólogo creyó ver abiertas las puertas del cielo mientras se daba a tomar el sol en una de las sabrosas playas malagueñas. Como decía esa canción de Farrés: En el mar, la vida es más sabrosa… O lo parece.

Ausente el cachondeo femenino en pleno imperio del franquismo, un mulato de culo alegre como él causó tremenda sensación entre la manada de bugarroncitos en ciernes que deambulaban en ese entonces por la Costa del Sol, a la caza de viejas francesas en el mejor de los casos.

Y es así que, presa de aquellas urgencias inconfesables que le aquejaban cuando menos lo esperaba, y los vapores del maldito alcohol, Rogelio pecó el pobrecito doblemente, por lujuria y por comemierdería (que es el peor pecado que se puede cometer, por cierto).

    ‘¡Ay Federico García,
    llama a la Guardia Civil!
    Ya mi talle se ha quebrado
    como caña de maíz’.

El hecho es que cuando más entusiasmado yacía Rogelio frente al mar con un chico que se le había montado encima como experto jinete, apareció de improviso otra parejita, ésta de la Guardia Civil, y enseguida les dio el alto quién vive.

Aterrados, los otros directivos del Conjunto, y aun los simples integrantes de la compañía, contemplaron esa tarde, de lejos y en la misma playa, cómo los temibles policías del bicornio se llevaban escoltados a Rogelio y su amante adolescente. “¡Ale, maricones, a declará!”, se oyó decir a uno.

Hubo que mover cielo y tierra para que aquel desaguisado no lo publicaran ni Arriba, ni Ya, ni el ABC. La joven revolución, cubana con su crónica escasez de divisas, debió destinar plata contante y sonante para sacar a Rogelio de la cárcel y mantener su nombre también fuera de la crónica roja de esos reaccionarios periódicos.

Dicho esto, Rogelio se mostró en extremo agradecido. Y en vez de tomar las de Villadiego no bien llegó a la otra parte del viaje, en París, lo que hizo fue asumir con humildad sus errores y dedicarse a dar conferencias y entrevistas, cubriendo de gloria a la revolución que en cuestión de unas semanas iba a demostrarle el mucho cariño que le tenía.

¡Más de veinticinco años tuvo Rogelio prohibido viajar por cuenta de la revolución tan verde como las palmas y negra como sus entrañas! ¡Más de un cuarto de siglo le costó que le cogieran el culo en la costa malagueña!

Dicen que fue el delincuente argentino Ernesto Guevara, apodado el “Ché”, quien firmó una carta con tinta indeleble en que prohibía, con toda su autoridad de comandante de la Sierra Maestra, que se permitiera al ciudadano Rogelio integrar desde aquel mismo momento cualquier delegación en representación oficial o cultural del Gobierno Revolucionario.

Luego, y aunque la maldita carta no se hallaba, como decían, incluida en el expediente laboral de Rogelio, y al final no aparecía por ningún lado, de todas formas la simple leyenda de este implacable documento impidió al etnólogo viajar a parte alguna que no fuera dentro del territorio nacional… y cuidado. La gente se tocaba con el codito, hacía un gesto en su dirección. y después susurraba: “A éste el ‘Ché’ no lo deja salir’”.

Pobrecito. Mira que Rogelio escribió suplicatorias. Mira que se arrastró. Mira que escribió libritos defendiendo a Nelson Mandela. Tradujo los espantosos versos de Agostinho Neto. Se ofreció como voluntario para morir en la guerra de Angola. No dio el culo porque nadie lo hubiera querido ya. Ni siquiera Ernesto Guevara de la Serna. Rogelio se había puesto viejo esperando.

Y cuando el “Ché”, al fin, fue cadáver, la cosa fue peor. Ya no había a quién acudir, porque los muertos no constituyen una instancia apelable, como se sabe. Lo muertos mandan. El delincuente argentino se había convertido en el Guerrillero Heroico, y desde allí su verbo de fuego y acero seguía condenando al etnólogo de culo suelto, implacable, terrible, puro, relampagueante...

No fue hasta pasado el Período Especial y otras temporadas igualmente aterradoras de la historia reciente de Cuba que Rogelio pudo montarse en un avión otra vez.  Parece que de alguna manera logró convencer al Alto Mando de su fidelidad absoluta. A veces pasa por Miami, así que no se asombren si un día da una conferencia en una universidad y leen una entrevista suya en El Nuevo Herald. Si se lo encuentran, pídanle, por favor, que les cuente esta historia. El se la conoce mejor que yo. Salúdenlo de mi parte.

Y para enterarse de mejores chismes que éste, lean mi novela. Pueden adquirirla haciendo clic en la portada:
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Tomado de http://descansacuandotemueras.blogspot.com

Buscando a Daisy otra vez

Por Manuel Ballagas
October 4, 2012

Este post lo colgué en el blog hace meses. Pero como me entero de que Daisy Granados está en Miami, lo repito:

Corría la última semana de abril de 1980. Temporada difícil. Mi esposo, mi hijo y yo acabábamos de salir de la embajada de Perú en La Habana con un salvoconducto que no valía para nada y habíamos padecido ya dos actos de repudio en nuestro vecindario. Nos habían quitado la luz eléctrica, gritado improperios y mantenido bajo asedio por dos días. Pero aun así había que comer, así que me decidí a bajar aquella mañana a la bodega, que estaba en la planta baja del edificio de apartamentos en que vivíamos entonces, en la esquina de las calles Tercera y C, en el Vedado.
Cuando llegué a la bodega, libreta de abastecimiento en mano, me tropecé con miradas hoscas y evasivas. Nadie claramente quería espontáneamente atacarme más de lo que antes habían hecho, bajo la instigación del Comité de Defensa de la Revolución. Incluso algunas viejitas me sonrieron de soslayo. Nunca tuvimos enemigos allí. El bodeguero, sin atreverse a mirarme a los ojos, tomó mi libreta y se fue a buscar el arroz y las viandas que había venido a buscar. Me hallaba aguardando, cuando alguien me tocó fuertemente la espalda.

-¡Oye, tú! –dijo una voz chillona.

 Me volví de un salto. Mi sorpresa fue grande. La que así me increpó no era otra que una actriz a quien conocía bastante del ICAIC. Aunque no habíamos trabajado en las mismas películas, nos habíamos relacionado y, siendo ella del vecindario mío, hubiera podido decir que manteníamos relaciones cordiales. Nos saludábamos, nos preguntábamos por nuestras familias. Pero la expresión
colérica y sus labios torcidos de asco y furia me dejaron fría esa mañana. Parecía otra.

(Daisy Granados)

-¡Descarada, hija de puta! ¡Y todavía te atreves a buscar la comida de nuestro pueblo! –chilló Daisy Granados, casi pegando su cara a la mía y manoteando, como en una especie de delirio.

 Mi primer instinto fue echármele encima y cubrir de bofetones y patadas a aquel energúmeno, pero me refrené. Mi salida del país y la de mi familia hubieran peligrado si me metía en un altercado así. De modo que lo que hice fue cubrirme la cara con las manos para evitar los golpes, puñetazos y pescozones que la actriz de Memorias del subdesarrollo y Cecilia me estaba propinando despiadadamente.

-¡Maricona, negra escoria, gusana de porquería! –me gritaba, sin cesar de darme golpes y empujarme. Poco a poco, a base de empellones me fue arrinconando contra una pared cercana. Los que estaban en la bodega contemplaban aquel espectáculo, aterrados, en silencio.

Yo me protegía lo mejor que podía. Inclinaba la cabeza, me tapaba con los brazos, pero Daisy Granados aprovechaba para darme golpes con la rodilla en la cara y el vientre. Cuando esquivaba esos, me empujaba contra la pared y volvía a empezar con la golpiza. Yo ya no daba más. La cólera me había ido invadiendo. Aquella blanquita flaca no era ni medio puñetazo mío. Así que me erguí de pronto y…

-¡Deja tranquila a esa muchachita, coño!                            

La voz era ronca, como de alguien que fumara mucho. Pero era de una mujer, y me pareció reconocerla. Nos paralizó a las dos. Eso sí, Daisy Granados palideció, porque claramente no se lo esperaba, y le entró miedo. Cuando se volvió, tropezó con la mirada de una negra alta, canosa, levemente corpulenta, y de ojos relampagueantes de cólera.

-¡Tate quieta, puta! ¿Me oíte?

Yo la reconocí vagamente. Era una señora mayor, muy reservada y rara, que solía pasearse por el vecindario paseando dos perros y sin hablar con casi nadie. Algunos decían que estaba medio loca, que había sido criada de una casa de gente rica en otros tiempos, y cuando sus patronos se fueron del país, había perdido un poco la razón. Yo nunca había cruzado con ella ni media palabra.

La Granados pareció recuperar el aplomo y pretendió echarse encima de la señora, pero ésta, con una fuerza increíble para sus años, le propinó un empujón que casi la hace caerse de culo. Ahora sí que la blanquita estaba asustada. Miró a su alrededor.

-¡Policía! –chilló entonces- ¡Llamen a la PNR, pa que se lleve a esta contrarrevolucionaria!

Pero ni siquiera el bodeguero le prestaba atención. Horrorizada, la Granados contempló entonces como la tortilla se le viraba al revés, porque la señora la había ido arrinconando contra la pared.

-No se te ocurra molestar más a esta niña, que ella se tiene que ir, pero yo, no –masculló entonces la anciana, pegándole la cara a la acobardada actriz- Si te veo hacerlo otra vez, por Dios que voy a ir a tu casa pa picarte la cara con esta mismita navaja…

No se me olvida. La vieja sacó entonces una navaja de larga y afilada hoja, y se le mostró bien de cerca a la Granados, en cuyos ojos se reflejaba un terror que nunca habría sido capaz de proyectar en una película. Luego, volviéndose hacia mí, la anciana dijo:

-Y tú, recoge tus mandados y no salgas más de tu casa, muchacha. No salgas hasta que te llegue la salida, coño.

Y así hice. El bodeguero me tendió los cartuchos y no quiso ni cobrarme la mercancía. Corrí escalera arriba en el edificio y me eché a llorar.




Este relato de mi esposa, la bailarina, coreógrafa y actriz Juanita Baró, resume muy bien el espíritu de un momento siniestro de nuestras vidas, pero sobre todo, la baja calaña de una señora que ahora pretende dárselas de “cubana sin fronteras”, de esos artistas que vienen a Miami y dicen que no quieren “hablar de política”. De esos que mantienen residencia en el extranjero para ellos y los suyos, pero en su momento ultrajaron a sus compatriotas por querer abandonar ese país infernal que era y es Cuba comunista.

Mi mujer no olvida ese horror. Y yo, mucho menos. La memoria de este relato pasaba por mi mente en mi último viaje subrepticio a Cuba, al amparo de otro pasaporte europeo que los esbirros castristas tampoco pudieron detectar, y eso que viajaba así por tercera vez, nada menos que como parte de una delegación a un Festival de Cine Latinoamericano.

Me paseé por La Habana tranquilamente, me alojé en hotel St. John’s, fui agasajado en cocteles y recepciones. Me presentaron al maricón de Alfredo Guevara, ahora convertido en un anciano de facciones deplorables. Pero sobre todo, pude obtener toda la información que quería sobre la la hija de puta Daisy Granados. La contemplé incluso de lejos, conduciendo un auto alquilado en las cercanías de su vivienda.

Un funcionario del ICAIC, bien aceitado con moneda dura y otros regalitos, incluso me dio pistas para localizar los escondrijos de la Granados en México y otros sitios. Sé que tiene familiares de este lado y dónde se hospeda cuando se acerca por acá. También me mantienen bien al tanto de sus movimientos y viajes.

Todavía no sé para qué quise saber todo esto, ni para qué hice todo un viaje subrepticio a Cuba para saberlo; pero algún día, cuando nos crucemos en el mundo civilizado con esta maricona, ya lo sabremos. Quizás ni nos ocupemos de ella. Quizás simplemente le recordemos cortésmente lo que hizo hace tanto tiempo. Las cosas en la vida son así.


 Manuel Ballagas y Juanita Baró
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