lunes, octubre 21, 2013

Robert A. Solera: Articulo ante la muerte de Jose Ignacio Rasco

 Articulo ante la muerte de José Ignacio Rasco




Por Robert A. Solera
editor Cubaenelmundo.com

Tenía yo 15 años cuando José Ignacio fue mi profesor de Historia y Geografía en Segundo año de Bachillerato en el Colegio de Belén, en Marianao, Cuba. Lo conocía de nombre pues había sido Brigadier del Colegio, representando a los alumnos hacía apenas dos años en Quinto Año de Bachillerato en 1945. Llegó con buenos auspicios y sustituía al anterior profesor de la materia, un joven ‘colorado’ de piel y pelo.

Recuerdo cuando Alfredo Portela, un condiscípulo nos amonestó diciendo que teníamos que respetarlo y “cuidado con molestarlo en clase”. José Ignacio ya estudiaba en la Universidad Derecho y creo, se buscaba un modesto ingreso, con esa labor. Era apenas un chiquillo recién graduado aunque ya tenía sólida cultura y despuntaba, como lo había hecho antes cuando era estudiante en Belén.

Tuvo mucho éxito como mentor de un grupo de alumnos ‘malcriados’ con los que yo compartía clases y travesuras…y malos comportamientos.

Le perdí la pista y lo volví a encontrarlo cuando se hizo novio de ‘Estelita’ Bravo, la hija de Estela quien estaba casada con Juan Navarrete, abogado hermano del Arquitecto Horacio Navarrete, esposo de mi tía carnal Beatriz de Castro de Navarrete. Mi tia Beatriz acostumbraba a realizar reuniones familiares en su casa en Miramar, desde donde se veía el Colegio de las Ursulinas. Alli se reunian varias ramas de la familia Navarrete, el patriarca de la familia Antonio Navarrete y varios de sus hijos y la rama De Castro de mi tía.

( José Ignacio Rasco)

Ya en los 60 solo vi a José Ignacio, cuando yo salía por el garaje de la Terminal de Helicópteros, sede del Fondo de Estabilización de la Moneda, del Banco Nacional de Cuba, donde yo laboraba y me crucé con Jose Ignacio que entraba. Ya entonces José Ignacio militaba en la Democracia Cristiana y yo en el Directorio Revolucionario Estudiantil “13 de Marzo”. Poco después Jose Ignacio y Estelita y su familia salieron exiliados de Cuba.

La vida nos hizo de nuevo cruzar nuestros caminos en San José, Costa Rica, ya en 1968 cuando el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) donde yo laboraba, tras exiliarme en 1967, me envió a un seminario ofrecido por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Allí estaba José Ignacio junto a otros funcionarios del BID, pues el dirigía el Departamento de Entrenamiento del Banco.
Amoscado, pues hacía años que no lo veía me paré frente a él, quien anotaba los nombres de los participantes y le dije: “No se si te acuerdas de mí”. Sonriente me contestó por supuesto que sí”. El seminario fue brillantísimo y en él José Ignacio tuvo una participación estupenda. Al yo rendirle informes a mis superiores en el ICE, comenté: Fue un brillante seminario. Quien se “robó el show” fue Jose Ignacio Rasco con una brillantísima exposición donde disertó sobre Jose Marti y su relación con Costa Rica”.

Pasaron los años y ya en el Colegio Belén en Miami volví a ver a José Ignacio, así como en diversos actos relacionados con Cuba. También a Estelita quien en broma me dijo en uno de ellos: “Tú y yo somos casi familia”.

Siempre admiré a José Ignacio por su brillantez, patriotismo y por su relacion con el ideario de José Martí, del cual era seguidor y brillante alumno.

Hoy me sorprendió la noticia de su fallecimiento. Sabía que no estaba bien de salud pues comentando con Uva de Aragón esta me dijo que, Estelita había muerto tras sufrir un accidente donde se golpeó la cabeza al caerse y al preguntarle si Rasco seguía viviendo en el mismo lugar del South West, Uva me informó  que José Ignacio ya no reconocía a sus allegados y seguidores. Yo tenía planeado llevarle un ejemplar de mi último libro Cuba, el Pais de Generales y Patriotas, el cual estaba seguro le gustaría como había pasado con otros anteriores mios.


Cuba, la del exilio sabe lo que perdió con la muerte de José Ignacio. La de Cuba ignora su existencia aún cuando  sea libre llorará su muy necesaria presencia. Ya sólo nos acompañará en espíritu.