martes, enero 27, 2015

Raúl Dopico La inmensa puerta de Raúl Castro, o los mercaderes de mitos El fin del embargo daría a Castro la oportunidad de travestir su régimen en un fascismo caribeño.



La inmensa puerta de Raúl Castro, o los mercaderes de mitos

El fin del embargo daría a Castro la oportunidad de travestir su régimen en un fascismo caribeño.

Raúl Dopico | Miami | 27 Ene 2015
En el tema Cuba, en los últimos años, se ha puesto de moda inventar en los medios de comunicación una realidad edulcorada análoga a la verdadera realidad que se vive en la Isla. Se ha creado una imponente mitología, y sus creadores son, por lo general, gente que vive ajena a la Cuba dura y concreta que enfrentan a diario los cubanos de la Isla.

Uno de los mitos más escandalosos ha sido el supuesto "inmovilismo que ha caracterizado la relación" entre Cuba y Estados Unidos. Si algo ha habido en las relaciones entre los dos países ha sido dinamismo, a pesar de la ruptura de relaciones diplomáticas y del embargo económico. Sobran los ejemplos de esta dinámica. Desde la venta de medicinas y alimentos a Cuba hasta la colaboración para la intercepción y devolución de inmigrantes ilegales.

Ha habido movilidad en todas las administraciones estadounidenses desde Nixon hasta Obama. Ha sido Cuba quien, como estrategia de confrontación con el "enemigo necesario", no se ha movido un ápice (ni siquiera ahora, que el presidente Obama hizo todas las concesiones posibles a cambio de nada, la peor negociación que haya hecho un presidente estadounidense, al menos en los últimos 100 años). El discurso y las acciones del castrismo han hecho de la rivalidad la mejor herramienta para conservar la inercia sociopolítica.

Más allá de la propaganda que ha vendido la bíblica mentira de David contra Goliat, sobran las evidencias históricas de la descarnada e injustificada hostilidad del castrismo hacia Estados Unidos, desde su alianza con la Unión Soviética hasta hoy: el patrocinio de guerrillas en América Latina, el absurdo arrebato imperial de Fidel Castro en África y el envío de armas a Corea del Norte, trazan una línea de acontecimientos en el tiempo.

Cuba se mantiene estática, rígida, a pesar de lo que los mass media, por romanticismo, ignorancia o conveniencia, nos quieran vender. Lo que ha buscado el régimen de La Habana en los últimos 50 años, es que sea Estados Unidos quien se mueva para poder conservar la inercia. El mantenimiento del status quo del castrismo depende, por paradójico que parezca, de que Estados Unidos se menee al ritmo que el Gobierno de La Habana quiere y necesita (económica y políticamente), justo para no tener que moverse.

El mito del inmovilismo ha tomado relevancia con la fabricación en la prensa de otro mito: la "Cuba cambiante". Pero, ¿qué ha cambiado? El castrismo quitó el requisito del permiso de salida o la llamada "carta blanca", pero se arroga el derecho, con su sempiterno aire autocrático, de decidir a quién le da pasaporte y a quién no. Lo que en la práctica sigue siendo lo mismo. Incluso conserva el derecho de cancelar pasaportes que ya han sido otorgados, como ocurrió, recientemente, con algunos de los participantes en la fallida realización de una performance en La Habana. Pero el hecho de que haya permitido a algunos disidentes viajar fuera de la Isla es interpretado por los fabricantes de ilusiones como un cambio, cuando en realidad es pura pirotecnia política.

El otro gran "tránsito" del que hablan, son las llamadas "reformas", a las que supuestamente el castrismo se ha visto obligado por el fracaso de su modelo económico. Y nos lo venden como si esto fuera alguna novedad, cuando el modelo económico ya era un fracaso desde finales de la década de los años 60. El regreso a eso que el Gobierno cubano llama "cuentapropismo" (ese eterno afán por los neologismos), pero que el ingenio del cubano ha bautizado como "capitalismo de timbiriche", ha sido un rotundo fracaso, más allá de la existencia de algún que otro "paladar". La mayoría de los negocios privados aprobados (ya estaban vigentes en la economía subterránea y siguen sin ninguna protección jurídica) no tendrán ninguna incidencia en la mejora económica del país, pues representan una larga lista de empleos paleolíticos que crean una ilusión óptica de mutación.

Por otra parte, aprueban una nueva ley de inversiones extranjeras, que busca capital fresco para las grandes empresas nacionales controladas por los militares y sus familias, pero no les permiten a los cubanos invertir en grandes negocios. Al mismo tiempo, la ineficiente producción agrícola representa el mayor descalabro de las reformas "raulistas", y no se ve cómo pueda variar esta situación, a no ser que se privatice toda la producción y comercialización de la agricultura. Algo a lo que el castrismo no está dispuesto.

El régimen, en su afán inmóvil, busca una estabilidad social financiada por los créditos y el turismo estadounidenses, sin tener que hacer una reforma política. Los vendedores de fantasías creen que las reformas económicas llevarán a reformas políticas. No se rinden ante la evidencia de China o Vietnam, países que abandonaron el comunismo hace mucho, para transitar hacia la convivencia entre el capitalismo de Estado y el control político de una elite agrupada en un partido único. O lo que es lo mismo: el neofascismo del siglo XXI.

Otro mito que ha sido construido con una vehemencia temeraria, es el que intenta achacar al exilio la sobrevivencia del castrismo, acusándolo de que su "torpeza apasionada" lo lleva a hacer lo que al castrismo le conviene. Este argumento es de un reduccionismo histórico enfermizo y de un infantilismo político perverso. La verdad innegable es que el éxito del exilio cubano es la mayor evidencia del fracaso castrista. La Cuba exitosa vive en la Florida desde hace 55 años.

En los últimos tiempos algunos arquitectos de esta Cuba irreal están empeñados en vendernos un nuevo escenario. Carlos Saladrigas lo describe así: "los más jóvenes en las elites argumentan apasionadamente por el cambio". La narrativa de los "jóvenes" del "raulismo" demuestra que esto es una entelequia. La nación cubana, como la china o la vietnamita, no es monolítica, porque en esencia ninguna nación lo es, pero el régimen, por naturaleza, ha sido monolítico, y lo sigue siendo. Cuando han surgido disidencias en sus filas las ha degollado (la "microfracción" o el caso Ochoa son buenos ejemplos). Ese carácter estructural le ha permitido la sobrevivencia.

Plantear que las negociaciones Obama-Castro llevan a preguntarse si ahora es posible dialogar entre cubanos, es, cuando menos, inapropiado. El hecho en sí mismo de que Raúl Castro haya negociado con Obama, en vez de sentarse a la mesa de diálogo con quienes deben ser sus verdaderos interlocutores —sus connacionales—, demuestra la naturaleza inmutable del régimen.

El último, y más importante de los mitos, es el que han levantado alrededor de la aseveración de que el embargo ha fracasado, porque no pudo "forzar cambios en Cuba". Lo que hay que dejar claro es que ese nunca fue el propósito del embargo. La medida surgió como respuesta a las expropiaciones sin indemnizaciones que el castrismo hizo a empresas estadounidenses. Y se mantuvo porque Fidel Castro lo usaba como argumento político y no necesitaba su derogación para sobrevivir. Vale recordar que solo con la ley Helms-Burton de 1996 (tres décadas después de que el comunismo cubano demostró su inoperante crueldad) adquirió verdadera solidez. Y fue como consecuencia del asesinato de ciudadanos norteamericanos, ordenado por los hermanos Castro para frenar los intentos de Bill Clinton por cambiar el estado de las relaciones. Pero aun así, Estados Unidos no aplicó la ley en su totalidad, permitiéndole los resquicios económicos a la dictadura.

Lo único que ha demostrado la permanencia del embargo, es que el comunismo en Cuba, como en todas partes, fue un horrendo, largo y sangriento intento de ingeniería social. Culparlo de los males de Cuba, es una injusticia insondable. El embargo no es la causa del sufrimiento del pueblo cubano, es la consecuencia de una feroz y mezquina utopía igualitarista. Creer que derogarlo posibilitará una "transición tranquila pero profunda", es una dolorosa estupidez. El fin del embargo solo abrirá una inmensa puerta, para que Raúl Castro logre pasar a través de ella la continuidad de su régimen, travestido en un fascismo caribeño. La única manera de que no sea así, es usarlo para una negociación que conduzca a una reforma política, que modifique las estructuras establecidas.

A Raúl Castro no le interesa dejar ningún legado histórico. Esas son las manías del hermano mayor. A él le interesa asegurar el futuro de su familia. Creer que Díaz-Canel será el "joven" continuador del nuevo castrismo, es ignorar los procesos históricos vividos en la Isla en las últimas cinco décadas. Raúl Castro aprendió de la experiencia franquista. No dejará la continuidad en las manos de ningún Juan Carlos, y mucho menos de un Adolfo Suárez. Por eso ha preferido negociar con un activista social del talante de Obama, en vez de con los políticos expertos de la Unión Europea, que ahora se apresuran a inclinarse ante La Habana, temerosos de que Estados Unidos se apropie de un mercado que ellos han deseado controlar durante décadas.

Raúl Castro ha sabido adelantarse a las conspiraciones y a las traiciones, eliminando físicamente a los enemigos políticos más desafiantes —lo seguirá haciendo si es necesario—. Raúl Castro está convencido de que la sobrevivencia del castrismo depende de que todo quede en familia. La coronación del heredero al trono ya ha sido pactada. Su nombre: Alejandro Castro Espín, y en los años que se avecinan lo veremos tomar mayor protagonismo. Después de todo, ya tiene el control real de las elites militares y políticas del país.

Si esta predicción se cumple o no, solo depende de cómo se negocie el fin del embargo. Lo demás es pantomima política y juegos de artificios de los mercaderes de mitos.
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1 Comments:

At 12:45 a. m., Anonymous Anónimo said...

Buenisimo articulo!

 

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