martes, noviembre 26, 2019

Esteban Fernández: DE “JILICH” A HIALEAH




DE “JILICH” A HIALEAH

Por Esteban Fernández
26 de noviembre de 2016


Soy simplemente un exiliado cubano y la historia comienza así: Al llegar al aeropuerto y bajar por la escalerilla del avión de la Pan American sentí un calor raro, inmediatamente me imaginé que el verano de Miami era más violento y húmedo que el de Güines.

Retrospectivamente creo que el motivo era que traía puesto un pantalón de lana gris que había pertenecido a mi primo Jaime Quintero Gómez. Algo absurdo, pero como yo obedecía ciegamente los mandatos de mis viejos le hice caso a mi madre cuando me dijo: “Llévate puesto el mejor pantalón que tu tengas”.

Sin embargo, los desobedecí al llevarme puesta mi manilla de plata con mi nombre grabado. El miliciano me la quitó y me dijo: “Te la devolvemos cuando regreses”. Y ahí me mordí la lengua para no mentarle la madre en alta voz y que se me chivara la salida. Me sonreí al pensar: “¡Si algún día regreso, si me divisas de lejos, mandate a correr y no pares hasta El Palo Cagado!”

En la mano yo traía una maleta larga que si mal no recuerdo le llamaban “chorizo” o “jabuco”. Venía prácticamente vacía, adentro traía solamente dos pantalones más, dos camisas, dos calzoncillos y dos pares de medias.

No traía nada de aseo personal, ni maquinita de afeitar porque era casi un imberbe en ese momento, aunque tenía unos incipientes pies de patilla tratando de imitar a Elvis Presley.

Allá arriba en la distancia, en algo que me pareció ser un balcón, vi a varios de mis coterráneos que venían a recogerme, los saludé de lejos, pero se tuvieron que ir sin llevarme porque a todos los que pedimos denunciar atropellos cometidos en la Isla nos trasladaron para un centro de investigaciones.

PUDE SALIR COMO MENOR DE EDAD QUE ERA, PERO OPTÉ POR QUEDARME UN RATO MAS Y PODER ECHAR PA’LANTE A TODOS LOS CHIVATONES DE MI PUEBLO.

Ahí, en ese patriótico menester, me demoré más de lo acostumbrado porque mientras la mayoría evitaba dar informaciones para salir del mal rato rápido, yo me di gusto denunciando y echando pa’lante a cuanto castrista había en Güines.

Total, fue por gusto porque al final de la jornada no hicieron absolutamente nada con las informaciones brindadas y muchos de esos esbirros andan desde hace rato por Miami.

Me sorprendió que “Yoni”, el hombre que me entrevistaba (que era a todas luces un norteamericano hablándome en español con tremendo acento de guajiro “red neck”) sabía tanto o más de los fidelistas de “La Huerta de Cuba” que yo que los había sufrido.

Recuerdo que pensé con absoluta admiración: “¡Ñoo, estos americanos se las saben todas!” En realidad, ellos sólo sabían lo que nosotros les contábamos.

Un tremendo fallo mío fue que siendo menor de edad al preguntarme si yo tenía familiares en Florida mentí y respondí que “Sí” y no recibí ningún tipo de ayuda. Era mi desespero por salir de allí e incorporarme a una invasión imaginaria e inexistente para regresar a Cuba con las armas en las manos.

Al abandonar ese pedante lugar me monté en una guagua sin rumbo fijo durante varios kilómetros (en ese tiempo yo no utilizaba la palabra “millas”) y me tiré del ómnibus cuando vi un teléfono público, en el bolsillo traía un papelito con el número telefónico de Milton.

Lo llamé y le dije: “Oye, socio, le pregunté al guagüero y me dijo que me estaba bajando en JILICH”.  Le llevó como cinco minutos poder comprender que yo estaba en Hialeah.

Me recogió, me dio asilo en su casa temporalmente. Nos reuníamos un grupo de jóvenes en una esquina a conversar en voz alta en español, llegaba la policía, ¡nos dispersaban y nos gritaban “Speak English!”.

Lavé una tonga de platos en un hotel de Miami Beach, les he dicho con anterioridad que muy mal debo haber lucido cuando en el elevador una anciana cubana me regaló un dólar.

Hasta que recibí una carta de otro amigo de la infancia llamado Máximo Gómez Valdivia (les hablé de eso hace días) diciéndome “Si vienes para acá comienzas a trabajar conmigo en una fábrica de ventanas de aluminio en New Jersey”.

El padre de mi amigo Milton, llamado Rafael Sorí, director de la afamada orquesta güinera Swing Casino, me llevó al Refugio y logré que me entregaran un pasaje de avión para Nueva York.

Dos meses más tarde me ilusioné creyendo que se cumplirían mis deseos de participar en una invasión a Cuba, Máximo y yo nos fuimos y nos integramos al Army, pero como ya ustedes saben no hubo desembarco, sino que fue uno de los primeros embarques de marca mayor.

Años más tarde regresé a Miami, banderas cubanas por todas partes, policías cubanos, políticos cubanos, dueños de bancos cubanos, ya yo me había convertido en un “guajirito cepillado” y traía puesta una camisa Lacoste de 50 dólares, unos zapatos Florshiem de 90 pesos y un pantalón Levi’s de 77.99 dólares, y ya sabía decir “Hialeah”.