martes, enero 10, 2006

DOS DE O. FONDEVILA: CENTRO DEL MAL Y LA QUEJA

CENTRO DEL MAL

Por: Orlando Fondevila.

El indocumentado presidente electo de Bolivia, Evo Morales, presunto líder indígena o indigenista (más bien indigente político), exprimiendo sus limitaciones intelectuales ha intentado acuñar una frase, “el eje del bien”, para denominar al contubernio Castro-Chávez al que él acaba de unirse. Pudiéramos frivolizar acerca de las simplezas del cocalero o del pintoresco “gorila rojo” venezolano. De hecho, muchos lo hacen. En verdad estos señores (es una manera de decir), vistos con indulgencia, poseen a lo sumo tres o cuatro medias ideas. Pero hacerlo sería una frivolidad de nuestra parte. Estos menesterosos intelectuales concentran en sus manos recursos y poder que pueden hacerles en extremo peligrosos. Sobre todo porque detrás de ellos está Fidel Castro, el verdadero cerebro, el centro del mal.
Castro está en el centro de cualquier eje del mal que haya existido o exista desde hace cincuenta años. Misteriosamente se ha labrado tal destino, aglutinando en torno suyo cuanto odio ha encontrado en el mundo. Desde la década de los sesenta del siglo pasado estableció una compleja relación con la desaparecida Unión Soviética, mediante la cual ambos se utilizaban mutuamente. El odio de Castro y su propia percepción enfermiza de sí mismo trascienden lo político y lo ideológico. Esas características de su personalidad, unidas a su inteligencia y pasmosa capacidad de seducción y manipulación, le han permitido abrevar en todas las fuentes del odio posibles en el complejo mundo que le ha tocado vivir y, simultáneamente convertirse en su catalizador y estimulador. Permitió que el comunismo representado por la URSS le utilizara con el objetivo de él utilizarlo para sus propios fines. Por eso su relación con el comunismo soviético fue siempre extraña. No se trató nunca de una subordinación al estilo de los Partidos Comunistas de todo el mundo, a los que él, íntimamente, despreciaba. Siempre se sintió por encima de ellos. Siempre ha defendido su particular visión del mundo, una nefasto cóctel de comunismo, fascismo, trotskismo y anarquismo teñido de guerrillerismo y pandillerismo. La cosmovisión y la conducta de Castro ha sido siempre profundamente odiadora y destructora.
El castrismo, digan lo que digan Castro y sus ideólogos y seguidores carecen absolutamente de proyecto, salvo que se entienda la destrucción como proyecto. Su pauperismo ideológico es escandaloso. Medran y se gozan en la convulsión y la devastación. Por el contrario del marxismo clásico, que era propositivo y coherente en su error, en su delirante utopía, el castrismo viene a ser una ideología de la no ideología, o del nihilismo o la negación como ideología. Odiar y destruir. Por eso se sienten tan cómodos en la cercanía y la colaboración con el islamismo radical. Y con cuanta acción perturbadora tenga lugar en el mundo. De esta esterilidad ideológica participa, aunque de forma tal vez más amable y un tanto melancólicamente, pero igualmente corrosiva, la izquierda “moderada” y los “liberales” estadounidenses, con mínimas variaciones o matices. Participa también, de manera generalizada, el flébil pensamiento de cierta Europa decadente y desorientada. Es el pusilánime pensamiento políticamente correcto que se extiende dramáticamente en la conciencia de las sociedades contemporáneas. Su basa la constituye el antiamericanismo.
Castro –el castrismo- está en el centro, o más bien en la avanzada de este mal. Lo ha estado siempre. Lo estuvo en las intervenciones en África, cuyo resultado fue destrucción, muerte y la consecuente miseria ampliada de ese continente Lo estuvo en América Latina, a la que ensangrentó con sus aventuras guerrilleras. Lo estuvo cuando alentó a la Unión Soviética al ataque nuclear a Estados Unidos. Lo está hoy cuando lleva las riendas de la locura izquierdista-populista-indigenista de Latinoamérica. Lo ha estado y lo está en sus oscuros y siniestros vínculos con los Estados y grupos terroristas del fundamentalismo islámico. ¿Es que alguien sensatamente puede dudar de que Castro y sus seguidores son capaces de cualquier cosa para causar el mayor daño posible? Pues infortunadamente son muchos los que lo dudan o incluso lo niegan. Prefieren cerrar los ojos ante las evidencias. Quieren convencerse y convencernos de que Castro es un vejete acabado al frente de un régimen periclitado que no representa ningún peligro, cuando la realidad es que se trata de un vejete, de un régimen y de una cochambre ideológica que hay que derrotar. Y que representa hoy tanto o más peligro que nunca antes. Y cuando hablo de derrotar, digo exactamente eso: derrotar.
( <-- Orlando Fondevila y el autor de este blog) Frente al peligro que entraña el castrismo como centro, o al menos uno de los centros del mal de nuestra época, no caben apaciguamientos ni intentos de acercamiento o de reformas. Como tampoco son válidas esas estrategias frente al terrorismo islamista. Nos jugamos –y no es una exageración- nuestra seguridad, nuestra libertad y nuestra supervivencia. El castrismo no sólo es la minuciosa destrucción de la nación cubana, sino que es uno de los peligros mayores a nivel planetario. Por supuesto, en primer lugar para Estados Unidos y para América Latina. No advertirlo y actuar en consecuencia es más que una temeridad, es casi un suicidio.

Tomado de Somos Cubanos
*****************************
La queja

Orlando Fondevila

Nuestro inmenso José Martí, cada día más desconocido, dejó asentado hace casi un siglo que “la queja prostituye el carácter”. Lo cual es una verdad indiscutible tratándose de las personas, pero también referida a los pueblos. Los pueblos que conforman lo que conocemos por Latinoamérica van para más de dos siglos quejándose de su suerte. De su mala suerte, que siempre es responsabilidad de otros. De la lejana colonia, o de las aviesas prácticas del poderoso vecino norteño. Casi nunca se piensan a sí mismos como responsables de sus desdichas. En alusión a Méjico, alguien ha acuñado la frase: “tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Bueno, también Canadá está muy cerca de los Estados Unidos. ¿Y qué?
( <-- Palacio Presidencial ) Es recurrente el argumento de que el comercio de Estados Unidos con América Latina se realiza en términos de desigualdad, y se afirma por activa y por pasiva que la pobreza de los países al Sur del Río Bravo es una consecuencia del “saqueo” y la “explotación” de que son objeto por los capitales de Estados Unidos. Bueno, más capitales de Estados Unidos hay en Canadá y en Europa o Japón. ¿Y qué? Pero dejemos este asunto para otro momento. De lo que quiero ocuparme es de Cuba. Los comunistas criollos sembraron en la sociedad cubana durante toda la etapa republicana la idea de que Cuba era explotada por los Estados Unidos, de que era una especie de semi- colonia yanquee. Esa idea caló en la sociedad cubana dentro de las elites políticas e intelectuales. Piénsese que la mayor parte de los partidos políticos de la Cuba Republicana, sobre todo a partir de 1933, eran de ideología de izquierdas. El PRC (Auténtico) era socialdemócrata. El Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) era socialdemócrata. El propio Batista, si nos acercamos desprejuiciadamente a su historial político, fue siempre un hombre de izquierdas. Incluso la famosa y alabada Constitución del 40 mostraba una clara orientación socialdemócrata. Probablemente esa constante en el joven imaginario de la nación fue decisiva, entre otros factores (racismo, clasismo) para que tan fácilmente fueran aceptadas las disparatadas propuestas marxistas en aquellos fatídicos primeros momentos revolucionarios. Mas, Cuba era un país con mucho distinto a los de su entorno. En gran medida debía –y debe- esa diferencia a sus relaciones históricas con los Estados Unidos. Las relaciones económicas con el gran vecino fueron muy importantes aún desde la etapa colonial. Estados Unidos y Cuba tenían –y tienen- numerosos intereses comunes. Eso está en la historia, en la geografía, en la política e, incluso, en la cultura. La misma independencia la obtuvimos por la heroica pelea de nuestros mambises, pero finalmente buscamos y conseguimos la ayuda de los Estados Unidos. Dígase lo que se diga, fue así, y el propio Martí advirtió que “la independencia sería muy difícil de alcanzar y aún más difícil de mantener” sin el concurso de los Estados Unidos. Por eso, también, alcanzamos los índices de desarrollo que alcanzamos en poco más de medio siglo de República. Pero quizás también por eso no supimos consolidar las instituciones en la República. La República murió un poco como consecuencia de su propio éxito. Queríamos más. Nos poseyó la inconformidad radical. Habíamos conseguido mucho, pero nos quejábamos. Así, mientras individualmente los cubanos suelen ser agresivamente emprendedores, luchadores, confiados en sí mismos, colectivamente no nos gustábamos. Nos quejábamos. Y lo peor es que siempre estábamos pendientes de un líder y de una revolución salvadora. Así llegaron ese líder y esa revolución. Y así perdimos la República. Hubo ciertamente quienes se enfrentaron, quienes lucharon, quienes murieron y sufrieron. Fueron héroes individuales, pero colectivamente fracasamos. Y seguimos quejándonos de nuestra suerte y buscando fuera de nosotros la solución. Hoy mismo, son muchos los héroes que individualmente se enfrentan dentro de Cuba, son muchos los patriotas en el exilio que buscan denodadamente la libertad perdida. Pero aún esperamos por la gran decisión colectiva, la única que puede liberarnos. Y para no variar, son muchos los que se quejan. Lo más curioso es que, entre los quejosos, están algunos que culpan a los Estados Unidos, es decir, al único aliado verdadero que hemos tenido en este medio siglo de infierno, de no hacer lo suficiente para liberarnos. Sorprendente. Mientras unos –los enemigos de la libertad- acusan a Estados Unidos de ayudarnos a deshacernos de la tiranía, entre los propios ayudados surgen voces que casi responsabilizan a Estados Unidos de la existencia de esa misma tiranía. Por supuesto que podríamos con cierta razón no estar de acuerdo con algunas políticas norteamericanas respecto a Cuba en cualquier época, pero en el balance estamos obligados a decir: gracias. ¿Para cuando el examen de nuestras propias culpas o desaciertos? El actual gobierno de Bush, no tengo dudas, es el aliado mayor que ha tenido nunca la causa de nuestra libertad. Sin embargo, da la impresión de que a veces no se vea con claridad dónde está el otro aliado, es decir, nosotros. Seguimos quejándonos. Seguimos, a veces, reclamando al aliado que nos sustituya, que sea capaz de hacer lo que nosotros mismos no hemos sido capaces de hacer por nosotros mismos. Mala cosa la queja, que prostituye el carácter de los hombres y de los pueblos