martes, septiembre 26, 2006

BOLEROS PARA EL BARRIO CHINO

Boleros para el barrio chino

Por Raúl Rivero

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"....El libro rebosa laberintos, enlaces y concurrencias. Muchas de esas encrucijadas sugieren otros libros, otras historias completas e independientes. La mezcla de culturas es tan desesperante que, en un entorno de residencias fantásticas que aparecen y desaparecen, afincadas en una seca realidad, conviven deidades africanas y chinas alrededor del Martinico, un duende del campo manchego...."
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ElMundo / Noticuba Internacional

Madrid, 26 de septiembre de 2006

Bella, solitaria y crucial, Daína Chaviano se ha propuesto sacar a flote y compartir una forma particular del amor con una prosa lírica que le roba a sus noches de poeta, con una mirada lúcida que le facilita su sensibilidad de mujer alerta y posmoderna, atenta al ritmo del pulso de la Historia.

Para mí es un proceso natural ver las dimensiones de su obra como novelista porque la admiré cuando ella era una escritora todavía más joven (si es posible) de lo que es ahora. Yo era uno de los desvelados seguidores de sus aventuras nocturnas y sus encuentros de primer nivel con extraterrestres en la estación de contactos que estableció en la azotea de su casa. Ocurría en una Habana donde ya nadie tenía libertad y la imaginación venía también en la cartilla de racionamiento como el pan, el miedo y la desesperanza.

Esta novela, La isla de los amores infinitos (Grijalbo, 2006), es una historia de amor con desmesuras, misterios y poesía que clausura la tetralogía que la escritora abrió sobre "La Habana oculta" con su libro El hombre, la hembra y el hambre, premio Azorín en 1998. Entre estos dos libros aparecen Casa de juegos y Gata encerrada.

Su nuevo texto examina, de cierta manera, 150 años de la vida en su país y se complace en focalizar, con afanes integradores, las emigraciones chinas a Cuba y sus influencias en la ya inseparable pareja del español y los africanos.

Daína juega con altura y sutileza con los elementos de la cultura china en el proceso de formación de la cubanía. Para ello recrea la vida en el famoso barrio chino de La Habana, clavado en una curva de la calle Zanja, con sus periódicos que se llaman siempre Sol Naciente o Nueva China, o el restaurante Pacífico que, a falta de las delicadezas de la cocina oriental, suele poner unas calabazas toscas y rotundas, adornadas con yerbas silvestres, y unos plátanos verdes cortados en láminas transparentes y bautizados con este nombre sospechoso: Chi cha ri tha.

En La isla de los amores infinitos vive una Cuba diferente: la que ha visto, recuerda y reconstruye una mujer imaginativa, con muchos recursos narrativos y un corazón acelerado bajo las blusas leves.

Cada capítulo de esta novela de amor y de detectives tiene el nombre de un bolero y uno siente, de pronto, que va cantando bajito por el Cuchillo de Zanja, y se encuentra en esa esquina milagrosa, sentados a una misma mesa, frente al chop suey que hierve, a Benny Moré, Ernesto Lecuona y Rita Montaner. Daína trasmite esos mensajes y otras claves que requieren un ensayo.

El libro rebosa laberintos, enlaces y concurrencias. Muchas de esas encrucijadas sugieren otros libros, otras historias completas e independientes. La mezcla de culturas es tan desesperante que, en un entorno de residencias fantásticas que aparecen y desaparecen, afincadas en una seca realidad, conviven deidades africanas y chinas alrededor del Martinico, un duende del campo manchego.

Yo, desde luego, invito a una lectura detenida de esta novela. No porque se vaya a traducir a dos decenas de idiomas, sino porque está escrita en el lenguaje del amor y transcurre en las necesarias y nobles residencias de los puentes.

Sé que Daína piensa que la poesía es impredecible. Es verdad, porque sin que ella la llamara de una manera especial, le ha invadido esta isla de amores eternos.


Fonte: NotiCubaInternacional
http:www.noticubainternacional.com