jueves, octubre 11, 2007

UNA ATROZ CARICATURA

Una atroz caricatura


Por Andres Reynaldo


Recuerdo el día en que Fidel leyó la carta del Che. Era el 3 de octubre de 1965. No es que a los 12 años uno estuviera muy preocupado por la política. Pero al cabo de unas semanas aquella carta se incrustó en nuestra memoria a fuerza de ser repetida en todo lugar y a toda hora. De hecho, hasta hace pocos años podía citarla de memoria. Debo saludar, como un precioso regalo de la vejez, que hayan muerto en mi cerebro las neuronas capaces de sostener esa lastradora conexión.

Hasta entonces, el Che era simplemente para mí aquel comandante argentino que salía en la televisión de vez en cuando. Por supuesto, en la escuela habíamos conocido de todos sus combates. Su libro Pasajes de la guerra revolucionaria (1961) formó parte del currículo de tercer o cuarto grado. En uno de sus capítulos rememora una escaramuza en la Sierra Maestra que estuvo a punto de acabar en desastre por los ladridos de un perro, mascota de los guerrilleros. Tajante, el Che ordenó que el animal fuera estrangulado. Menos popular que Camilo, menos cotidiano que Fidel, por algún tiempo mi imaginación lo retuvo como el comandante argentino que ahorcó a un perrito para que no ladrara.

Al Che le gustaba matar. Y cuando no podía matar le gustaba ver morir. De mano propia ejecutó a varios hombres; a veces, por levísimas transgresiones. Con no menos presteza ordenó decenas (si no cientos) de fusilamientos. Era notorio su desprecio por los familiares de las víctimas. Dariel ''Benigno'' Alarcón, sobreviviente de la guerrilla en Bolivia, comenta que el Che se tumbaba de espaldas sobre el muro de la fortaleza de La Cabaña a contemplar las jornadas del pelotón de fusilamiento, mientras se fumaba un puro. Aterra preguntarse qué meditaciones le traería la conjunción del prístino horizonte habanero, el paladeable placer de la fumada y el estruendo de la fusilería. En su mensaje a la Tricontinental en abril de 1967, habla del odio como factor de lucha.

``El odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar''.

Esa es la razón de ser, la razón de ser matriz, de ese descomunal proyecto criminal que llamamos la revolución cubana. El odio intransigente a un enemigo que, con frecuencia, habrá que fabricar. Porque el odio es la única energía capaz de mantener en pie una estructura tan sórdida. Nada queda del Che, nada quedará de Fidel, excepto ruinas. Excepto el odio.

Ayer miércoles, un editorial del periódico madrileño El País reflexionaba que los proyectos y consignas guevaristas no ``han dejado más que un reguero de fracaso y de muerte, tanto en el único sitio donde triunfaron, la Cuba de Castro, como en los lugares en los que no alcanzaron la victoria, desde el Congo de Kabila a la Bolivia de Barrientos''.

''En realidad, la disposición a entregar la vida por las ideas esconde un propósito tenebroso: la disposición a arrebatársela a quien no las comparta'', reza el editorial. ``Ernesto Guevara, el Che, de cuya muerte en el poblado boliviano de La Higuera se cumplen 40 años, perteneció a esa siniestra saga de héroes trágicos, presente aún en los movimientos terroristas de diverso cuño, desde los nacionalistas a los yihadistas''.

Con frecuencia, la primera de las justicias que se impone es la justicia poética. Y el Che recibió la suya. Abandonado por Fidel, excomulgado por los soviéticos, ignorado por los chinos y repudiado por los comunistas latinoamericanos, su última aventura parece una tira cómica de Tintín, con un final trágico a cargo de la CIA. Perfectamente a tono con las fantasiosas intrigas internacionales creadas por el legendario caricaturista Hergé (su nombre era George Remi) vienen las escenas del estropeado guerrillero prometiéndole tierra a los campesinos bolivianos.

''Perdone, usted, mi capitán'', respondían los campesinos. ``Pero aquí ya se hizo la reforma agraria en 1952''.

En su carta de despedida, el Che confiesa que su única falta de ''alguna gravedad'' es no haber confiado más en Fidel desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente celeridad sus cualidades de conductor y de revolucionario.

Al acusar estos errores, el Che da fe de una fisura. Si, como algunos sospechan, la carta no fuera de su puño y letra (o fuera su pasaporte para salir de Cuba) daría fe de una fisura mayor. Los acontecimientos posteriores no niegan que se fue porque quiso, pero confirman que tampoco podía quedarse. En un círculo de poder donde a los perros sólo se les permite lamer las botas del Máximo Líder, corría el riesgo de ser estrangulado para que dejara de ladrar.

''No me maten'', dijo a sus captores en La Higuera. ``Yo soy el Che Guevara y valgo más vivo que muerto''.

Parece que Fidel pensaba todo lo contrario.
Fonte: El Nuevo Herald
http:www.elherald.com