jueves, febrero 28, 2008

ATRAS, EN UN TANQUE DE GUERRA

EL FIN DE UNA ERA / El perfil


Atrás, en un tanque de guerra

Por Raúl Rivero

En el minucioso trabajo que realizó (asesorado muy de cerca) en los últimos meses el general Raúl Castro para renovar el equipo que le acompañaría en el empeño de echar a andar un proceso de cambios en Cuba, sólo le faltó ordenar que se hicieran algunas exhumaciones.

Estoy convencido de que, en el proceso de confección de las listas (bajo la misma asesoría, mandatos e indicaciones) para elegir a sus camaradas en la huída hacia atrás que tenía guardada como otro de los miles de secretos de Estado, se le aparecían a menudo los rostros de viejos amigos desaparecidos, compañeros de los tiempos magníficos y cómodos de la Guerra Fría.

Debe de haberlos recordado a todos, pero una mirada, húmeda todavía de nostalgia, le demostró que no todos habían partido. Quedaba activa una reserva de aquella vanguardia. Y es de esa mina de experiencia y solidez de piedra de cantería, de ese tesoro empantanado de la nación cubana, de donde ha sacado los cuadros para la nueva tarea.

Es una muestra invencible de leales, dirigentes severos, atrincherados, sordos a los peligrosos reclamos populares, hartos de manjares y privilegios, gente fogueada en 49 años de poder absoluto, inmunes a las voces de cambio que llegan desde los rincones más pobres del país y desde diversas regiones del planeta Tierra.

Muchos militares. Altos oficiales -tres generales- formados en su entorno más íntimo. Frutos de los mecanismos de la obediencia debida de su profesión, cruzados con las corrientes del compadrazgo que suelen ser los vínculos de la elites en aquel continente inflamado de intolerantes. La foto del alto mando escogido muestra a un grupo de ancianos lentos y parsimoniosos, algunos representantes de la minorías para cubrir las formas y a los dos delfines desahuciados, Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, sin nadie que les regale un pescado fresco por su buena disciplina durante las maromas de calentamiento. No es Raúl Castro el único de la foto que lleva el uniforme de gala debajo de su traje gris.

El compañero José Ramón Machado Ventura, el flamante segundo al mando, tiene debajo de las hombreras del saco, las estrellas de Comandante que le puso el mismo Raúl, en el Segundo Frente Oriental, cuando la lucha contra la otra dictadura.

Lo que ha pasado este fin de semana se sabía. Ellos no quieren cambiar. Los jefes allí no se desvelan por la libertad. El poder es su fortuna y su medio natural. Por eso han abandonado los amagos oportunistas de medidas que podrían comenzar el camino de la democratización del país y que, con tanta claridad anunciaban en meses pasados. La reacción positiva de la gente de la calle ante la posibilidad de cambios y las cargas diarias de críticas, disgustos, reconcomios, inconformidades y desafíos que expusieron, con y sin autorización, los grandes sectores de la sociedad, les ha dado miedo. Ha hecho que se rearmen y regresen a sus cuevas de lujo.
L

os cubanos tienen una expresión para definir esa postura: ponerse gato. Alertas, desconfiados, en guardia, suspicaces, prevenidos. Y, entonces, en esas circunstancias, hace falta de refuerzo un hombre como Machado Ventura, la esencia del dogma y el conservadurismo.

Se necesita el Ejército y se requiere una convocatoria urgente al orden, la disciplina, la austeridad, la obediencia y la unidad. A cerrar puertas y ventanas. A callarse la boca. Las pequeñas aperturas que harán -si se hacen- serán al ritmo que impongan las personas que han impuesto el ritmo siempre. Unas veces como ministros, otras como dirigentes del Partido, o como generales y jefes de organismo, pero los mismos de siempre, aunque mucho más viejos. Y, lo principal, como coreógrafo y guionista de ese desfile hacia el pasado, Fidel Castro. Ahora más cerca de Dios porque está en todas partes y nadie lo puede ver.