miércoles, abril 21, 2010

ÑONGO PUIG Y OFELIA ARANGO. PAREDÓN Y DESTIERRO UN LEGADO CASTRISTA CONTRA LA FAMILIA CUBANA

ÑONGO Y OFELIA




Por Ninoska Pérez Castellón.
Justify Full
Murió Ofelia Arango. Como a tantos cubanos, le tocó morir en el destierro, lejos de su amada Cuba. Fue madre, esposa, viuda, profesional, hermana, amiga, cubana hasta la médula y sobre todas las cosas, una patriota.

Cada vez que miro la foto de Ofelia y su esposo Ñongo Puig que aparece en el libro de su primo Néstor Carbonell, And the Russians Stayed, no puedo evitar sentir el daño que el régimen de Fidel Castro infligió a tantos cubanos. Aquella risueña pareja llena de juventud, amor y fe en el mañana, agarrados de mano en la playa de Varadero, jamás pudo imaginar que unos meses después con la llegada a Cuba de una doctrina llena de odio y rencor, sus vidas cambiarían para siempre.

La revolución llegó a Cuba con la fuerza de un vendaval, destruyendo todo lo que encontró en su camino. El paredón de fusilamiento, la represión y los encarcelamientos eran la orden del día en un país que había caído bajo la nefasta influencia de un encantador de serpientes. Pero a Cuba nunca le faltaron hombres y mujeres soñadores. Cuando hay principios y se lucha por un ideal, es difícil sustraerse a las obligaciones. Ñongo Puig había logrado salir de Cuba y se podía haber quedado en el exilio. Junto a su hermano Rino, casado a su vez con la hermana de Ofelia, Iliana, tomaron el camino más difícil, el de luchar contra la injusticia que prevalecía en su patria, hasta ver a Cuba libre. Activos dentro de la Resistencia, luchando por poner fin a la ola de muerte y represión que arrasó a Cuba a partir de 1959, ambos fueron arrestados. Rino fue condenado a 15 largos años de prisión, Ñongo fue asesinado frente al paredón de fusilamiento un 20 de abril de 1961, mientras Ofelia se encontraba en prisión. Es difícil, por un sólo instante imaginar algo así. Las últimas palabras de aquel joven idealista a su esposa antes de morir fueron; “Ofe, tranquila, hay muchos que no saben por lo que mueren, yo si sé que muero por una causa justa y noble.”

Tras aquella hora de infortunio, Ofelia, marchó al exilio con su corazón roto y sus cuatro pequeños hijos, Manuel Enrique, Claudia, Carolina y Mónica. Trabajó, estudió y no se dejó vencer por la adversidad ni por las heridas que jamás se borraron de su corazón. Hoy me pregunto: ¿quién preparó a nuestras madres a enfrentarse a la vida después de la maldita revolución que ha derramado tanta sangre y causado tanto dolor a Cuba? ¿Quién las enseñó a abrirse camino en una tierra extraña, siempre con la frente en alto, siempre con el bienestar de sus hijos como prioridad? ¿De dónde, me pregunto, sacaron las fuerzas estas mujeres para secarse las lágrimas, no quejarse, trabajar duro y trasmitirnos los valores, los ideales y los principios por los que supieron entregarlo todo? Son heroínas, las verdaderas heroínas de nuestros tiempos. Son faro y luz que nos enseñaron el camino con el ejemplo de sus vidas. Nuestro compromiso con la causa por la que lo dieron todo, es ineludible.

En una ocasión Ofelia me llamó tras haber escuchado a un oyente en mi programa radial que abogaba por el mejoramiento con el régimen de Fidel Castro. Me citó las palabras de Voltaire: “Quien es misericordioso con los crueles, termina siendo cruel con los misericordiosos.” Era su forma de decirme, que el hacer concesiones con los victimarios, siempre perjudicaría a las víctimas. “No dejes nunca de hablar de Cuba, no olvides nunca a aquellos que lo dieron todo a cambio de nada y murieron con una estrella en la frente” fue su consejo.

En el 2003, junto a Mirta Iglesias nos dimos a la tarea de recoger testimonios para el Libro Cuba Mía, Ofelia escribió lo siguiente:

“Cuba es mi Patria. Tengo ahora una segunda patria que he aprendido a querer, pero Cuba es mi Patria. Era bella, hermosa, radiante, alegre, suave, acogedora, confiada, inteligente, bondadosa, triunfadora y era libre. En Cuba nací, allí me crié, pasé mi infancia, mi adolescencia, me hice mujer, me casé y nacieron mis cuatro hijos. En ella pasé los momentos más felices de mi vida y también los más dolorosos. Cuando me fui dejé todas mis raíces, todos mis recuerdos, toda una vida. Pienso en ella siempre. No la olvido nunca. No la puedo olvidar. Sé que algún día volveré, porque ella volverá a ser libre. Y allí en mi Patria descansaré.”

Para quienes fuimos arrancados de niños de nuestro suelo, y hemos vivido nuestras vidas en tierra prestada, a veces los recuerdos son simplemente unas cuantas fotos en blanco y negro. Decía el escritor chileno Alberto Baeza Flores: “La peor desdicha es no poder regresar a lo que se amó un día, al sitio donde se vivió y se fue feliz”. Regreso a la foto en Varadero. Ofelia y Ñongo con sus manos entrelazadas, acariciados por la brisa de un mundo desaparecido. Medio siglo después los veo nuevamente tomados de la mano, de regreso a esa Cuba que tanto amaron y por la que supieron vivir y morir tan dignamente.
Adiós Ofelia.

1 Comments:

At 4:09 p. m., Anonymous Lourdes de Morzán said...

Dicen que el tiempo cura todas las heridas. Las heridas se podrán curar, pero los recuerdos deben estar siempre en nuestra memoria y no pueden desvanecerse jamás. Esperamos la justicia divina.

 

Publicar un comentario

<< Home