sábado, agosto 14, 2010

CUBA: Visiones de viernes 13

Visiones de viernes 13



Por Orlando Luis Pardo Lazo
La Habana
Viernes 13 de Agosto de 2010


No relinchó. Dobló las patas delanteras y arqueó la cabeza hacia atrás. Sudaba como si lo hubieran rociado con una manguera. Flotó unos segundos en el aire árido de las doce del mediodía en la esquina de Reina y Galiano, a ras de Centro Habana (Contra Habana). Y entonces se desplomó.

“¡Caballo…!”: sólo su dueño gritó, todavía fusta en mano, como en uno de esos cuentos guajiros de Onelio Jorge Cardoso. El hombre lucía preocupado por perder un negocio, no un animal.

Y, en efecto, su caballo cayó, cadáver instantáneo, con el corazón saliéndosele en buches de espuma roja por la boca y el costillar aún aplastado bajo el peso cuentapropista del carretón. “¡Caballo caballa…!”: la escena obscena me recordó uno de esos poemas en prosa del ermitaño Juan Carlos Flores en Alamar.

Arriba, una pancarta que domina todo el Parque del Curita desde la azotea en ruinas de la cafetería El Polo, donde ahora retumba el alarido mambí de “¡Viva Cuba Libre…!” y un close-up de Fidel Castro sonriendo rozagante sobre la bandera cubana.

Abajo, corre-corre de policías y los primeros comentarios caníbales entre la población. “Hay que darle cuchillo aquí mismo”. “Eso es carne segura hasta fin de año”. “Te compro los clavos de las herraduras”. Y un etnológico etcétera del estado del alma agostada en esta ciudad. La Habana de Horace McCoy: “They shoot horses, don’t they?”

Descubrí el estigma de los Viernes-13 muy tarde en mi adolescencia, gracias al terror barato de las películas norteamericanas traficadas en casetes de formato Beta. Descubrí por esa misma época los cumpleaños de Fidel Castro (que hasta entonces había sido eterno), gracias a una grabación bucólica del grupo Meñique, donde siempre yo me enamoraba de la última guitarrista o cantante. Descubrí lo fósil de semejante fecha cuando mi padre la eligió para morirse en el año cero o 2000, víctima de una metástasis misericorde que nunca le dio dolor (los médicos se enteraron sólo durante la autopsia).

Trajeron un camión con pinta militar y el dueño accedió a sacar a la bestia muerta de allí, para que el tráfico de metrobuses y almendrones se normalizara en la esquina equina de Reina y Galiano.

El sol era de una insolencia insólita. Olía a asfalto. Y yo también sudaba como si me hubieran rociado con una manguera.

La realidad cubana se me pixelaba a la espera de una ruta 27 o 34 hasta el Cementerio de Colón. La melodía de Meñique desbordaba los latidos de mi desmemoria (alguna vez la toqué en guitarra durante un matutino escolar). Aleluya, Fidel Castro había resucitado así en el Acuario como en la Asamblea Nacional. Y mi padre cumplía años de muerto como si aquí no hubiera pasado nada (de pronto parece un poema errante de José Kozer).

En la calle quedó apenas un charquito de fluidos ecuestres que la gente pisoteaba adelantándose a la evaporación. Tuve un extraño deja-vu. Aquel escenario pertenecía al pasado remoto de la Revolución. Todas las pancartas, todas las efemérides, todos los versos y acordes, toda la sangre, toda la iconografía no tan insular como insulsa eran la pesadilla ligera de una paleo-nación.

Sólo falta que el próximo Hipnotizador en Jefe chasquee sus dedos y nos obligue por fin a despertar. Capitalismo camuflado o socialismo socarrón: sospecho que el siglo XXI será un desierto decrépito sin demasiadas imágenes ni ilusiones.