martes, julio 10, 2012

Esteban Fernández Jr.: CUANDO PERDIERON LA CONFIANZA EN MI.

CUANDO PERDIERON LA CONFIANZA EN MI.





Por Esteban Fernández Jr.


Este es un artículo muy triste. Lo sé porque lo he comenzado a escribir muchas veces y otras tantas lo he desechado. No he podido nunca terminarlo. Lo hago hoy porque ha sido una espina clavada en mi corazón que siempre he querido sacarla. Y además,  porque este es uno de los motivos, entre un millón, de que yo siga siendo un rabioso anticastrista. Sin el régimen opresor esto nunca hubiera sucedido.

La cuestión es que yo era un muchacho tranquilo, jugaba, retozaba, practicaba deportes como el béisbol y la quimbumbia. Puedo asegurarles a ustedes que no les daba ningún dolor de cabeza a mis padres. Me portaba perfectamente bien.

Eso, unido a ser extremadamente cariñoso, respetuoso, y nunca contradecirlos, lograba una armonía completa y una niñez feliz. Jamás se vieron en la necesidad de pegarme y los regaños fueron mínimos. Fui un par de veces al billar del pueblo, se los conté, y me dio la sensación de que mi padre no aprobaba esas visitas a un lugar que él llamaba “un antro”, y sin que me lo sugiriera no volví a ese establecimiento.

De mis estudios no tenían quejas. Jamás fui un estudiante brillante pero tampoco era bruto. No sacaba “sobresaliente” pero tampoco me suspendían las asignaturas. Era un verdadero “tolete” en las matemáticas, pero una inteligente vecina que daba clases particulares, llamada Elena Pérez Ramos, se esforzaba en que yo entendiera los teoremas y los quebrados. 

Un día fui a La Viña Aragonesa a buscar a mi padre para que me diera permiso para ir a nadar al Mayabeque. Ahí le hice varios ruegos, fueron tantos que un amigo de mi padre llamado Carlos Pernía le dijo: “Esteban, déjalo ir, que después de esa coba se lo merece”. Lo interesante de eso era que yo facílmente hubiera podido irme al río sin que él se enterara  pero yo no hacía eso, yo siempre pedía autorización para todo.  

Mis padres me decían que estuviera en la casa a las 10 de la noche y ya desde las nueve yo comenzaba  en el parque a mirar el reloj de la Iglesia. Y como les he dicho muchas veces mi padre, desde que yo tenía siete años, me trataba y me conversaba como si tuviera 57.

Desde que Fidel Castro estaba en la Sierra, mi papá comenzó una crítica acérrima contra este personaje. Durante los tres primeros meses de 1959 tuvimos, por primera vez, unas tranquilas discusiones. Yo quería darle el beneficio de la duda al recién estrenado régimen y él estaba renuente. Recuerdo que me repetía: “¡Yo estoy conspirando bajo las órdenes de Lauro Blanco!”...

Ya para abril del 59  no le discutí mas y le di con creces la razón. Y me lancé como un bólido a luchar contra el castrismo. Desde ese instante dediqué todos mis esfuerzos a ayudar a derrocar a la tiranía.  Él lucía arrepentido del cranque que me había dado y me decía: “Olvídate de eso, tranquilo, vamos a tener que sacarte de Cuba, no te preocupes los americanos no van a permitir una cabeza de playa enemiga a 90 millas de sus costas”...Mi mamá me repitió mas de 20 veces que "ella no era Mariana Grajales"...

Pero yo dejé de ser el muchachito obediente y dócil para convertirme en militante de una causa. Ellos lucían aterrorizados ante mi cambio de actitud.  Cuando yo salía a la calle se quedaban en un hilo, preocupados. Y con razón porque en incontables ocasiones recibían la noticia de que yo estaba preso. Y ahí salía mi padre a hacer mil gestiones, hasta ir a ver al viejo militante del P.S.P. Argentino González, para que intercediera por mí.

Recuerdo la tarde en que junto a Milton Sorí pusimos una bandera del “Movimiento 30 de Noviembre” en la cerca Peerles del Parque Infantil y un  vecino veterinario llamado Fontanills, que era fidelista, nos vio perfectamente bien cuando hacíamos este acto de desacato.  Casi no dormí en toda la noche esperando la llegada del G2, y ellos a mi lado sin siquiera acostarse. Los hice sufrir. Y total, el hombre nunca nos delató.

Y aquella confianza que a través de toda una corta vida me había ganado se esfumó por completo. Si hubiera habido una urna de cristal ahí me hubieran metido. Con pena llegué a mi casa para anunciarles que me habían expulsado del Instituto.  Y ellos, en lugar de ponerse bravos como yo esperaba, recibieron la noticia con resignación. Mi padre me dijo: “¡Que bueno, si yo no quería que tu fueras mas a ese lugar donde sólo te buscas problemas!”...

Increíble, el instinto protector tenía que ser muy grande cuando el hombre que desde que nací me había inculcado que lo único que yo tenía que hacer en la vida era estudiar en ese momento toma con estoicismo que no yo vaya mas al centro de estudios...

La tapa al pomo, la gota que colmó la copa,  fue un día en que el viejo llega de la calle nervioso, desesperado, jamás lo había visto tan descompuesto. Me dijo con lágrimas en sus ojos: “¡Me acabo de encontrar en la calle con el teniente Elio Guevara del G2, y me dijo: 'SACA A TU HIJO DE CUBA PORQUE YO PERSONALMENTE LO VOY A FUSILAR EN EL PARQUE DE GÜINES'  y lo mandé al carajo !”...

Me sonreí y le dije: “No le hagas caso, ese es un comemierda”... Pero él no entraba en razones, prácticamente me gritó: "¡Llama a tu amigo Milton a Miami, escríbele a Moraima y Madeleine Lavastilla,  son las hijas de mi amigo Waldemar, para que te manden la visa,  tienes que irte de aquí lo antes posible!”...

Desde luego que salir de Cuba no fue del todo una solución para sus inquietudes. Las noticias les llegaban de todas partes de mis actividades anticastristas de las cuales siempre he estado orgulloso. Y murieron sin haber recobrado la confianza en  aquel niñito dulce y cobero que les daba 10 besos al día...
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ALGUNOS COMENTARIOS DEJADOS

Pues sí que es triste. Lo siento muchísimo.  

1 Comments:

At 10:13 a. m., Anonymous Anónimo said...

Pues sí que es triste. Lo siento muchísimo.

 

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