lunes, abril 11, 2016

Un museo de Google controlado y vigilado por Kcho. Adriana Zamora sobre la sala de navegación de Google+Kcho en Cuba


Un museo de Google controlado por Kcho

Por Adriana Zamora
La Habana
11 Abr 2016


Entrar en la sala de navegación de Google+Kcho es acceder a la imagen de un país distinto dentro de este país: Moquetas, cómodos sofás, buena iluminación, aire acondicionado, 20 laptops, un pequeño artefacto robótico desplazándose por el suelo y, por supuesto, una conexión a internet que los cubanos no han visto en los puntos WiFi abiertos en los últimos meses.

"Uno abre cualquier página y 'cae' inmediatamente", comenta un señor. "No hay que esperar los minutos que se esperan en otras conexiones".

"Aquí se puede abrir de todo, todas las páginas", asegura un joven a su amigo mientras recogen sus bolsos a la salida. "Eso es hasta que a alguien se le ocurra la brillante idea de empezar a bloquear sitios".

 (Alexis Leyva (Kcho) habla con una usuaria. (A. ZAMORA))

Este muchacho, que se conectó en uno de los turnos de la mañana asegura haber accedido a Revolico.com, una de las páginas bloqueadas en casi todas las redes del país. Sin embargo, en horas de la tarde ya no se podía acceder a ella, aunque sí se entraba sin problemas a otras como Cubanet y DIARIO DE CUBA.

Para acceder a la sala se hacen colas de horas, pues solo tiene capacidad para 20 personas y son muchos los interesados en el servicio, que es gratuito. Algunos marcan varias veces, para entrar en todos los turnos, que son de una hora, desde las 9:00 de la mañana hasta las 11:00 de la noche.

"A ti te debieran dar trabajo como organizadora de la cola", bromean unos jovencitos, hablando con una muchacha que desde que abrió la sala marca varias veces y logra hasta cinco horas de conexión en el mismo día.

"Es verdad", concede ella. "Yo paso hambre al mediodía y me aguanto las ganas de ir al baño, pero no dejo la cola".

Al inicio de cada hora, el personal de seguridad reparte los tickets a los 20 primeros de la cola y les recoge su carné de identidad. "Llevamos un control de los datos de todos los que entran", explica el jefe de seguridad. El documento de identidad es devuelto a los usuarios una vez que han entrado a la sala.

El control se extiende a la navegación en sí. El mismo Alexis Leyva (Kcho) asegura ante unas mujeres de la cola que conversan con él: "Estamos monitoreando todas las páginas donde entran ustedes porque yo quiero saber para qué usan la conexión".

"El objetivo —justifica— es que la gente haga cosas más importantes que hablar por Facebook, que busquen informaciones, que entren en sitios que les aporten conocimientos".

Aunque el jefe de seguridad es amable con todos, no duda en amenazar si lo considera necesario. "No traten de entrar los teléfonos escondidos, porque tendré que destruirlos", advierte a dos adolescentes con uniforme de preuniversitario que se quejan de la prohibición.

Y es que a la sala no se pueden entrar ni los teléfonos, ni memorias, ni siquiera botellas plásticas de agua. Solo los audífonos son permitidos. El resto de las pertenencias de los usuarios debe quedarse en el guardabolsos durante la hora de conexión.

"No dejo entrar memorias porque me van a llenar de virus las máquinas", explica Kcho. Pero esa respuesta no contenta a quienes quieren entrar sus teléfonos.

"Podría perderse un móvil allá adentro y sería nuestra responsabilidad", responde el jefe de seguridad a uno de los adolescentes, que insiste.

La explicación no convence. "Lo que pasa es que no quieren que saquemos ninguna información, ni siquiera que tiremos una foto dentro de la sala, pero prefieren ponernos a todos nosotros como ladrones de teléfonos antes que admitirlo", dice una muchacha en la cola.

Con todas las prohibiciones, no parece que el objetivo de Kcho de lograr una navegación más "intelectual" sea real. Ese es el criterio de Karenia, joven historiadora del arte.