sábado, agosto 13, 2016

Fidel Castro, un icono ‘kitsch’. Rafael Rojas: El culto a Fidel Castro existe, aunque no ha necesitado monumentos


Nota del  Bloguista de Baracutey Cubano

El reparto Siboney se llamaba Biltmore antes de que el Castrato le cambiara el nombre. Creo recordar que las casas de Punto Cero se construyeron  en el campo de golf del reparto  Cubanacán y que en el  hoyo 18 de dicho campo de golf fue donde se construyó la casa de Fidel Castro, Dalia Soto del Vale y sus hijos.

Canción En Cuba no falta nada (también conocida como Y dice ese maric...). una  vigente canción de Tommy Olivencia.

La expresión " hijo de put.."   o la expresión  " hijo de la gran put."  son expresiones ofensivas que realmente  no tiene que ver con la profesión o promiscuidad  de la progenitora al que se le dice esa expresión< corresponde realmente a una actitud  de esa persona en la vida. La expresión " maric..." tambien  es ofensiva y corresponde, en este contexto, a una actitud ante la vida y no a una preferencia sexual. Hay muchos heterosexuales que son tremendos " marico..."  y muchos homosexuales que con su actitud no son nada " maric..." , al igual que hay  muchos hombres  de madres nada  put,, que son tremendos " hijos de put..."

Advertencia:  en la canción se dice repetidamente esas " malas palabras"  que fue escrita hasta por escritores clasicos de nuestra lengua castellana.
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 Tommy Olivencia canta la canción " En Cuba no falta nada" conocida tambien como  " Y dice el del tabacón" o " Y DICE ESE MARIC.."


Dos chistes de  anti culto a Fidel Castro que oí en Cuba hace décadas:


Cuando se Muere Fidel? Los Pichy Boys , Roberto San Martín y Javier Berridy



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Tomado de http://elpais.com/elpais/

Fidel, un icono ‘kitsch’

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El culto a Fidel Castro existe, aunque no ha necesitado monumentos. Cuidar el legado del Comandante es una manera fácil de ocultar la conveniencia del mercado y, a la vez, evitar una reconstitución democrática del régimen
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Por Rafael Rojas
11 de agosto de 2016

Se dice con frecuencia que en Cuba no se ha producido un culto a la personalidad equivalente al de Stalin en la URSS, Mao en China o la dinastía gobernante en Corea del Norte porque en esa isla caribeña no hay estatuas ni monumentos consagrados a Fidel Castro. Lo cierto es que el culto fidelista no ha recurrido a la monumentalidad porque no la necesita o porque ha tenido tiempo para aprender lecciones de los estragos del stalinismo, el maoísmo y otras simbologías totalitarias.

Fidel Castro favoreció personalmente la reproducción masiva de bustos de José Martí, la construcción del enorme mausoleo al Che Guevara en Santa Clara y un exhaustivo ceremonial de efemérides revolucionarias que colmó el calendario cívico de los cubanos por 57 años. El rol de oficiante de esa nueva liturgia, que lo convirtió en una inagotable máquina reproductora de panegíricos y oraciones fúnebres, era una forma indirecta de veneración pública. Al hacerse del poder de decidir quien entraba o salía del panteón heroico de la isla, Castro aseguraba su supremacía icónica.
La sobriedad mediática del socialismo real, sobre todo en la década de 1970, y la alta calidad de la cultura gráfica cubana, hicieron que el mal gusto del culto a la personalidad de Fidel no emergiera plenamente hasta las últimas décadas. Fue justamente tras caída del muro de Berlín, en los años noventa, y especialmente con la llamada “batalla de ideas” de la primera mitad del 2000, que el fidelismo comenzó a circular abiertamente en toda su desfachatez intelectual, por medio del establecimiento informal del 13 de agosto, día del cumpleaños de Castro, como fiesta de la cultura nacional.

En el verano de 2006, cuando el líder cumplió 80 años, en medio de la convalecencia por una enfermedad intestinal que lo apartó del poder, los medios oficiales armaron una miscelánea patética de poemas, apologías y alabanzas de cientos de celebridades del planeta. Bajo el título de Absuelto por la Historia, los asesores de imagen del castrismo compilaron elogios de Juan Domingo Perón, Naomi Campbell, David Rockefeller, Arthur Schlesinger Jr., Robert Redford y otras estrellas de Hollywood, además de agasajos literarios de Carilda Oliver, Ángel Augier, Miguel Barnet, Nancy Morejón, Eusebio Leal y lo peor de la literatura oficial.

Los Gobiernos de la “alianza bolivariana”, en aquellos años de delicada recuperación médica de Castro, especialmente el venezolano de Hugo Chávez, el boliviano de Evo Morales y el ecuatoriano de Rafael Correa, jugaron un papel clave en la vulgarización del culto. Un culto casi funerario, ligado al duelo por la enfermedad de Castro, y que entre 2012 y 2013 se mezcló, a su vez, con el duelo por la enfermedad y la muerte de Hugo Chávez en Venezuela.

Ahora, ante un nuevo 13 de agosto, en que se cumplen 90 años del nacimiento de Fidel, la imagen del caudillo cubano ya aparece plenamente incorporada al kitsch mediático de un régimen en mutación. Castro, que como gran macho reinante mantuvo en la opacidad todo lo relacionado con su vida privada, se muestra como un anciano sabio y vigilante, acompañado siempre de su esposa Dalia Soto del Valle. El diseño interior de la casa donde reside el dictador nonagenario, en el otrora exclusivo y burgués barrio de Siboney, es kitsch, como kitsch es toda la oratoria y la panfletografía que por estos días hacen loas a la “visión” o la “genialidad” del comandante en jefe.

La finca de Birán, donde nació y vivió su infancia, es ya un sitio turístico de peregrinación en el que se empatan la historia del colonialismo español, personificada por el padre hacendado, y la historia del comunismo cubano, encarnada por los hijos prosoviéticos. En Birán se expulsa del pasado de la isla toda la experiencia republicana y, a veces, democrática, que va de 1902 a 1959. El culto a la personalidad de Fidel funciona como síntesis de un relato histórico que aspira a dotar al periodo de la revolución cubana de una perpetuidad, parecida a la del régimen colonial. Con la llegada de los Castro al poder, como nuevos colonos fundadores, habría comenzado la “verdadera” historia del país.

El culto echa mano de la finca neocolonial de Ángel Castro pero también de la ciudad de Santiago de Cuba, que vuelve a postularse como alternativa heroica a la Babilonia habanera. La elección de Santiago como espacio para la celebración desinhibida del 90º cumpleaños responde a un deliberado proyecto de compensación simbólica del todavía fresco paso de Barack Obama por La Habana y del irreversible avance de la capital hacia el mercado. La historia oficial se ha quebrado en La Habana, pero queda Santiago, para apuntalar las ruinas de una decadencia ideológica.

Medio en broma y medio en serio, Raúl Castro dijo en el pasado congreso del Partido Comunista que si en Cuba hubiera dos partidos, Fidel dirigía uno y él el otro. El fidelismo kitsch se ubica en el centro de una política cultural que intenta amortiguar el golpe de la precaria capitalización de Cuba. Una capitalización que es más excluyente y desigual que otras por lo poco que se reparte entre un puñado de privilegiados. Es cierto que el raulismo ha desmontado el fidelismo, pero las diferencias entre uno y otro son las mismas que existen entre el socialismo y el capitalismo de Estado. Las dos facciones del mismo partido comunista comparten una idéntica estructura institucional y jurídica de poder.

De hecho, el fidelismo kitsch puede funcionar perfectamente como política cultural del reformismo raulista. A medida que la élite se enriquece y la mayoría ciudadana se empobrece, el culto a la personalidad se propone como discurso de la nostalgia por un pasado glorioso. El capitalismo es presentado como un mal necesario, en el que la isla ha tenido que caer por culpa del “bloqueo”. Cuidar la memoria y el legado del Comandante es una manera fácil de ocultar la conveniencia del mercado y, a la vez, evitar una reconstitución democrática del régimen.

La misión del culto a la personalidad de Castro se encarga a los primeros que deberían demandar la democratización del país: los artistas y escritores. El campo intelectual cubano se ha convertido en reservorio de una derecha nacionalista y comunista, que recurre al mito de la “identidad amenazada” para justificar la represión y no asumir la responsabilidad de abrir el sistema político. Por eso el pequeño grupo de opositores e intelectuales de la isla, que se atreve a proponer reformas más audaces, es sometido a una renovada campaña de estigmatización, en la que el inmovilismo de adentro reproduce los argumentos tradicionales del inmovilismo de afuera.

Rafael Rojas es historiador. 
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"El Culto a la personalidad" Oppenheimer Presenta



Por Wilfredo Cancio Isla
El Nuevo Herald
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La figura de Fidel Castro se ha entronizado en el imaginario popular cubano durante medio siglo. Tanto apologistas como detractores --dentro o fuera de la isla-- han vivido estos años atrapados en la omnipresencia de su imagen, en la implacable persistencia de sus discursos y la teatralidad de su gesticulación. Incluso en la larga convalecencia que marca su etapa final, el espectro de Castro mantiene una hegemonía mediática que desborda cualquier comparación con la cobertura recibida por otros moribundos ilustres entre sus contemporáneos.

No sería aventurado pronosticar que el culto al ícono de Castro prevalecerá algún tiempo en Cuba, aupado por iniciativas de reafirmación simbólica que se manifiestan con creciente persistencia en los medios oficiales en tanto se esfuma la anunciada recuperación del líder octogenario.

En los umbrales de la despedida, el enaltecimiento del enfermo ilustre ha cobrado tintes novelescos.

El más reciente de los esfuerzos de adulación es una representación en el llamado "bosque martiano del Ariguanabo'', en San Antonio de los Baños, del encuentro entre Fidel Castro y su hermano Raúl en Cinco Palmas, el 18 de diciembre de 1956. El sitio ha sido conformado por cinco ejemplares del árbol nacional y dos piedras que --según la descripción publicada-- "exponen el diálogo'' entre los dos combatientes al reunirse tras el accidentado desembarco por Playa Las Coloradas y la conocida frase de Fidel: "¡Ahora sí ganamos la guerra!''

Este año ha estado particularmente plagado de alabanzas. El VIII Congreso de los periodistas cubanos le otorgó el Premio Nacional de Periodismo y concluyó con el lanzamiento del libro Fidel periodista en una actividad pública para la que artistas plásticos elaboraron una imagen de su rostro transformado en un tocororo, el ave nacional.

La Unión de Jóvenes Comunistas lo proclamó "eterno joven rebelde'' y las mujeres federadas realizaron ingresos simbólicos a la FMC en ocasión del 82 cumpleaños del líder.

Desde comienzos del 2007, cuando el Colegio de Belén en Santiago de Cuba fue remozado y reabierto, un aula del segundo piso de la escuela mantiene un pupitre vacío como símbolo del asiento que ocupaba Castro en su época de estudiante. En agosto de ese año también se anunció la restauración de la casa de la calle Rabí número 6, donde vivieron el niño Castro y algunos de sus hermanos mientras estudiaban en la capital santiaguera.

El curso escolar 2007-2008 fue dedicado a la figura del guerrillero Ernesto Che Guevara y a las ‘‘reflexiones'' que el enfermo Comandante comenzó a publicar en marzo del pasado año. Este diciembre se publicó en La Habana una compilación de elogios de personalidades universales bajo el título de Así es Fidel.

La exaltación de Castro no ha requerido de esculturas ni de mausoleos para penetrar en las mentes y moldear el comportamiento de los cubanos desde 1959. Tal vez tampoco los necesite ahora. Patria, nación y país han sido revalorizados bajo la égida del caudillo en una isla donde 75 por ciento de sus habitantes nacieron, crecieron o se educaron escuchando el discurso patriarcal y reproduciendo los rituales ideológicos del totalitarismo.

Castro ha sido el más hábil manipulador de la opinión pública en la era moderna de la comunicación. Ocupó los micrófonos radiales, acaparó las cámaras de televisión para hablar siete horas consecutivas, inspiró una filmografía que catapultó su aureola mítica (recordar Mi hermano Fidel y otros frutos del documentalista Santiago Alvarez). Desarticuló una cultura periodística de fuerte tradición democrática e implantó un sistema de propaganda gubernamental al servicio de sus palabras, desplazamientos y ocurrencias más inverosímiles.

No tuvo estatuas como Saddam Hussein, no ordenó hacer un cetro como Nicolae Ceaucescu ni ordenó aduladoras coreografías como las de Kim Il Sung, pero el culto a su personalidad invadió la vida pública y condujo al mismo fin: forjar la imagen del guerrero invencible, primero, y del patriarca infalible después.

"No existe culto a ninguna personalidad revolucionaria viva, como estatuas, fotos oficiales, nombres de calles o instituciones. Los que dirigen son hombres y no dioses'', repitió Castro el primero de mayo del 2003.

En realidad, no hizo falta decretarlo para que la deificación de Castro emergiera en el escenario nacional, trazando una parábola que va de la mística revolucionaria --con signos de clara referencias bíblicas-- del joven rebelde a la patética adulación en el ocaso del anciano.

En los comienzos fue la fábula de los 12 sobrevivientes del desembarco del Granma, que lograron reavivar la bujía revolucionaria en las montañas de Oriente; la imagen del combatiente que alcanzó la victoria a la cristiana edad de 33 años; la escena de la paloma posándosele sobre el hombro ante una multitud en el Campamento de Columbia en 1959, repetida con falso dramatismo, en el mismo lugar, 30 años después; el estratega militar lanzándose de un tanque durante los combates de Bahía de Cochinos; el sobreviviente de más de 600 atentados fallidos, casi siempre neutralizados por la fiera disposición de combate que intimidaba a sus victimarios.

El deslumbramiento inicial por el joven rebelde penetró también la música popular y tuvo eco en algunas de las canciones más difundidas de la época. El compositor Eduardo Saborit veía "Un Fidel que vibra en la montaña/un rubí, cinco franjas y una estrella'', en la conocida canción Cuba, qué linda es Cuba (1960), y el trovador Carlos Puebla celebraba en su contagiosa guaracha Y en eso llegó Fidel que se hubiera acabado la diversión en el país gracias a que "llegó el Comandante y mandó a parar''.

Sus retratos presidieron desde entonces espacios públicos y privados. La conocida foto del comandante barbudo entrando a La Habana el 8 de enero de 1959 fue muy pronto acuñada e inmortalizada en el nuevo billete de un peso, el de mayor circulación del país. En fechas más recientes, un perfil suyo de los años 80, con algunas canas y el uniforme verde olivo, se adueñó de paredes, fachadas, murales, escuelas, oficinas y funerarias.

El fotógrafo cubanoruso Cristóbal Herrera --quien registró con su cámara el desmayo de Castro en el 2001 y su estrepitosa caída en el 2004-- ha captado para su proyecto Cuba Dura una conmovedora imagen de familia que revela el fenómeno de la intromisión del personaje más allá de los límites de la privacidad hogareña: junto al cadáver del abuelo tendido en una cama aparecen familiares acongojados por la pérdida y, colgando de la pared, una foto tradicional de Castro.

Ciertamente, la idolatría popular que acompañó a Castro desde su nacimiento como líder político se sustentó en cierto grado de mesianismo, en la esperanza de una población que entregó ciegamente su futuro a los designios del elegido. Pero la proyección del culto castrista hubiera quedado a medias sin la engrasada maquinaria propagandística que rodeó su ejecutoria política y la pleitesía generalizada de sus colaboradores más cercanos, temerosos de que cualquier opinión propia se interpretase como un desafío a los postulados del líder.

La veneración del jefe máximo se convirtió en una carta de crédito a todos los niveles de gobierno, administración estatal o reconocimiento social.

"Cuidar a Fidel es cuidar a la Revolución en su conjunto. Fidel es el tesoro de nuestra patria, es el punto coagulante del proceso revolucionario'', afirmaba el vicepresidente Carlos Rafael Rodríguez en el acto por el XX aniversario de la Seguridad Personal del Comandante en Jefe, en 1979.

Y agregaba: "El jefe es en sí mismo indefinible, porque nadie sabe en qué momento va a partir, en qué momento va a subir a la Sierra o en qué momento va a tomar el mar para ver cualquiera de las obras de nuestro país''.

Las rimbombantes palabras de Carlos Rafael Rodríguez no son ajenas al entorno de exaltación de las virtudes castristas, potenciadas por la prensa estatal en cada aniversario patriótico o cumpleaños del líder.

"Es preferible morir por Fidel que vivir sin él'', asegura en un reportaje de Juventud Rebelde el teniente coronel Pedro Socarrás, encargado desde los 17 años de cuidarle las espaldas al mandatario. "Uno se siente grande, se siente un hombre al que no le entran ni los tiros cuando está cerca del Comandante'', acota el oficial Francisco Salgado, también integrante de la guardia personal de Castro.

Entrevistada en el 2003, Juana Vera García, su traductora e intérprete oficial de inglés desde 1975, asevera que "Fidel vino del futuro''.

"Para mí es el hombre más grande que dio el siglo XX... En él confluyen el filósofo, el pensador, el estadista, el combatiente, el estratega militar, el dirigente político, el conductor del pueblo, el maestro, el artífice de una revolución'', dijo Vera emocionada. Y prosiguió: ‘‘Reúne el patriotismo de Varela, la dignidad de Céspedes, el ideal del Apóstol [José Martí], el valor de Antonio Maceo, la audacia de Ignacio Agramonte, la firmeza ideológica de Julio Antonio Mella, la poesía de Rubén Martínez Villena, la honestidad de Pablo de la Torriente Brau, la lealtad de Camilo, la ternura del Che, la vergüenza de Eduardo Chibás, la cubanía de Nicolás Guillén''.

La presentación de Castro como hombre síntesis de las glorias de la patria desembocó también en sus presuntas hazañas deportivas.

Las guías oficiales de béisbol de la década del 60 registran las "extraordinarias faenas'' rendidas por Castro como lanzador, enfrentando incluso a equipos de la serie nacional cubana. ‘‘Fidel extrajo el tiempo necesario de sus tantísimas ocupaciones para entrenarse y convertirse en un verdadero serpentinero'', escribió en 1965 el cronista Rubén Rodríguez.

El 13 de julio de 1964 juega con equipos de la serie nacional, según lo reseña la prensa deportiva: "Y el Comandante en Jefe se enfrascó en sensacional duelo con los Henequeneros, contando esta vez con el respaldo de los Granjeros. Fidel no permitió carrera limpia y lanzó cinco entradas, tolerando cinco hits y mostrando un control extraordinario al otorgar una sola transferencia mientras ponchaba a cinco''.

La imagen del atleta genuino quedó tan arraigada desde entonces que cuando la prensa oficial hizo el balance del deporte cubano del siglo XX, el cronista Oscar Sánchez no pudo sustraerse de la mención a Castro entre las figuras imprescidibles: "Al propio Comandante en Jefe en las pistas de atletismo, escalando montañas o tirando al aro de baloncesto, lo que le permitió cultivar los músculos del cuerpo creando a la vez una sólida musculatura del alma''. (Granma, 4 de enero del 2001).

Los libros escolares están repletos de menciones a Castro como gran hacedor de la historia nacional y consejero de la niñez. Sólo bastaría con revisar el libro de lectura de primer grado en el sistema nacional de educación. El volumen incluye el poema Fidel, de Mirta Aguirre: Fidel, barbudo, llega primero;/ Fidel ligero/ con sus botazas de guerrillero./ Así en Oriente/ o en Vueltabajo,/ en horas buenas o en horas malas./ En todas partes, Fidel presente:/ en el trabajo/ o entre las balas./ Como si fueran hechos de alas/ sus zapatones de combatiente.

Como colofón, el libro incluye la anécdota de un encuentro de Castro con un grupo de pioneros que "lo oyeron con emoción y pensaron que debían ser mejores''. "El niño que no estudia no es un buen revolucionario'', figura como corolario del pensamiento de Castro.

El culto de los medios de comunicación, los escribanos oficiales y los servidores cercanos se exacerbaron a medida que las facultades físicas del gobernante comenzaron a declinar visiblemente.

"Posiblemente el 13 de agosto sea el día en que más veces se brinda a la salud de una misma persona (...). He visto y oído a creyentes y no creyentes pedir con igual fe por el mismo deseo: salud para el Comandante'', escribió la periodista Arleen Rodríguez por el cumpleaños 76 del dictador.

Su entonces médico de cabecera, Eugenio Selman-Housein, se arriesgó a pronosticar en una fecha como mayo del 2006 que Castro tenía "espíritu, salud y fortaleza para vivir hasta 140 años''.

Katiuska Blanco, convertida en biógrafa oficiosa, dio a conocer un enjundioso viaje de 574 páginas por la vida de Castro titulado Todo el tiempo de los cedros (2003), libro que abre una etapa de urgente reescritura de la historia familiar y la trayectoria política, luego retomada por Ignacio Ramonet en Fidel Castro, biografía a dos voces (2006).

La aparatosa caída del 20 de octubre del 2004 al final de un acto en Santa Clara disparó un frenesí de alabanzas.

"Aún en el dramatismo del suceso, un símbolo de combate no podía estar ausente. Su salida de aquel escenario no podía ser en la ambulancia del caído, sino en el auto del guerrero'', relató el presentador de la Mesa Redonda, Randy Alonso, en "El yipi y el guerrero'' (Juventud Rebelde, 24 de octubre del 2004).

En un inusual Poema Colectivo de las Oficinas del Comandante en Jefe podía leerse: ‘‘Vivimos contigo los ciclones de la vida y del tiempo/ y los de la naturaleza que sólo por ti salen vencidos/ sin fantasmas de este suelo./ Sabemos de tu meteorología/ más exacta que la del propio Centro''. Y tras llamarlo "gladiador de la verdad y gigante de la suerte'', concluye el texto: "Qué suerte tenerte con tanta claridad,/ tanta grandeza/ y tanta vida cuidando en todo por siempre nuestros sueños''. (Granma, 23 de octubre de 2004).

Una carta firmada por Su Pueblo en ocasión del cumpleaños 79 llega a compararlo con el sol: "Creían los griegos que el sol era transportado por un carro; los egipcios imaginaban que viajaba en un carro de velas al viento. Los cubanos patriotas sabemos firmemente que el sol lleva verde olivo el traje, tiene alma guerrillera de ideales justicieros y botas de incansable escalador de montañas y sueños'' (Granma, 13 de agosto del 2005).

La enfermedad y la prolongada ausencia de los escenarios públicos han desatado obstinadas visiones poéticas y actos de fe. La prensa oficial comenzó entonces a ensayar la "versión espectral'' sobre el espacio irremediablemente vacío. Un ejercicio de imaginación revolucionaria que la Asamblea Nacional ha refrendado mediante la preservación del sitio para el diputado ausente: desde diciembre del 2006 hasta la fecha todas las sesiones parlamentarias han mantenido en la presidencia "la silla desocupada'' del líder que aún vigila e inspira. "El Comandante en Jefe estuvo en la Plaza de la Revolución este sábado, aunque no físicamente, sí de muchas maneras'' (Francisco Rodríguez, Trabajadores, 4 de diciembre del 2006). "Miro hacia allá, veo a Raúl y siento que el ausente está allí de todas maneras (...). Porque hay aferramientos que van más allá de la persona. Es como si buscáramos una convergencia sentimental de país, un talismán o resguardo que nos proteja a todos'' (José A. Rodríguez, Juventud Rebelde, 2 de mayo del 2007).

El trovador Silvio Rodríguez se esmeró en hiperbolizar su voluntad de entrega total al patriarca: "Le regalo todo lo que puedo regalarle, un poquito más de mi música... le regalo hasta mi persona''.

El libro sobre la avasalladora presencia de Castro en el sentimiento nacional está aún por escribirse. Las demostraciones que seguirán a su desaparición física en Cuba y en el mundo serán apenas el epílogo de esta tragicomedia criolla de la que todos hemos sido testigos o protagonistas. Valdría la pena reconstruir la historia del castrismo a través de las ceremonias y los ceremoniales que rodearon la vida de este hombre terco y obsesivo y que todavía están por salir a la luz.

Como casi todos los cubanos, tengo fijas en la memoria dos estampas que tal vez deberán conformar ese libro de las devociones ridículas hacia Fidel Castro.

La primera es estrictamente testimonial. Durante una visita de grupos universitarios al Contingente Blas Roca en las afueras de La Habana, los jefes del campamento nos mostraron con orgullo la última pieza atesorada para un futuro museo: en una urna de cristal habían colocado una bandeja metálica y un tenedor empleados por Castro para probar una receta con espinaca durante un recorrido por el lugar.

La segunda me la contó un geógrafo exiliado que asistió a la reunión para definir el área donde debía construirse el pedraplén de Cayo Coco a fines de los años 80. Mientras los expertos discutían, el gobernante se acercó al mapa desplegado en la pared y pronunció una frase lapidaria, mientras con la uña del dedo pulgar trazaba una línea de conexión entre el cayo y la costa norte de Ciego de Avila: "Yo creo que debe ser por aquí''. Los científicos y planificadores presentes asintieron, el mapa se conservó con la línea imaginaria marcada por la uña de Castro y el pedraplén se construyó sin cambiar un ápice su improvisada determinación.