domingo, noviembre 29, 2020

Esteban Fernandez: ¿YO ERA RICO O POBRE EN CUBA?


 ¿YO ERA RICO O POBRE EN CUBA?

Por Esteban Fernandez

28 noviembre 2020

¿Era pobre o rico? Jamás me detuve a pensar en eso. En la actualidad llego a la conclusión de que estaba mucho más cerca de la pobreza que de la riqueza pero tenía unos padres que se esforzaban evitando por todos los medios que mi hermano y yo notáramos ningún tipo de escasez.

No, no tenía la mejor bicicleta del barrio, ni el mejor guante para jugar a la pelota, pero tenía bicicleta y tenía guante.

Y tenía -y siempre he tenido- amigos ¡buenos amigos! Uno de ellos llamado Luis Bin Domínguez era izquierdo igual que yo, y tenía un guante precioso, caro, comprado a Perucho en El Gato Negro, 20 veces mejor que el mío, y trataba siempre de que jugáramos en diferentes equipos para que yo pudiera usar su guante zurdo cuando él bateaba.

No tenía un “chifforobe” lleno de trajes, ni de camisas de lujos, ni corbatas de seda, pero tenía mi trajecito de “apéame uno” para ir los domingos al parque y a una fiesta de 15.

Como a mi alrededor no habían peligros inminentes me crie mataperreando en las calles y en el parquecito Martí. Por lo tanto, “niño bitongo” no era. Lo mismo jugaba con el hijo de unos millonarios que con el muchacho limpiabotas.

Inclusive, algunas madres de niños del barrio como Querela Valdés  me pedían que jugara con sus hijos Gerardito y Juan Carlos Morales para que se les quitara las ñoñerías.

Eso fue después que Regina Alserrat le pidió permiso a mi madre para que fuera a su casa y enseñara a su hijo Mario Alberto Martínez a practicar los juegos callejeros. Y viceversa, él me enseñó “juegos de lujos” como el Monopolio.

Durante la época del gobierno Auténtico y mi padre Secretario de la Administración local del sobrino Jaime Quintero Gómez, fue la etapa en que estábamos económicamente mejor, y durante las Navidades nos llovían los regalos, sobre todo de los guajiros que se aparecían con pollos vivos y hasta un lechoncito.

Batista dio el golpe de estado, y desaparecieron el 90 por ciento de los guatacas y los campesinos no nos trajeron ni un simple guineo en las Navidades del 52. Y volvimos a depender del retiro de 183 pesos mensuales de mi padre.

Pero eso no detuvo mi alegría porque yo era feliz con un palo viejo de escoba para fabricar y jugar a la quimbumbia, con las cajetillas de cigarros Partagás para hacer pelotas de cajetillas y jugar con ellas, y siempre contaba con el río Mayabeque y  la Playa del Rosario -“Fango Beach”- para nadar.

Y HACÍAMOS UNAS ESPECIES DE CARRIOLAS (EN LAS FOTOS) HECHAS DE MADERA QUE LES DECÍAMOS CHIVICHANAS.

Nunca me comí una paella, ni supe lo que era caviar, pero tenía una madre que vivía el día entero pendiente de que comiéramos bien. Todavía no había terminado de desayunar y preguntaba: “¿Qué quieren comer de almuerzo?” Y los domingos disfrutaba de una frita del puesto de Medina al frente del parque.

Dos cines baratos Campoamor y Ayala, 12 gallinas ponedoras, 17 pájaros en sus jaulas, montones de puestos de vender pan con frituras de bacalao, y las épocas de los papalotes, los yoyos, las canicas o bolas, y los trompos.

Asistí a uno de los mejores colegios del país (el Kate Plumer Bryan Memorial) sin jamás interesarme ni preguntar los milagros que tenía que hacer mi padre para pagar las cuotas.

Y no creo necesario que les diga quién fue el monstruo hijo de Lina que vino a destruirlo todo. Y lo que nacieron después les cayó carcoma.


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