miércoles, febrero 07, 2007

SIETE SECUENCIAS EN LA CARRERA DE UN MINISTRO DE CULTURA

Tomado de http://www.cubanalisis.com

Siete secuencias en la carrera de un ministro de Cultura

Por Jorge A. Pomar
Colonia, Alemania

Carta abierta a Abel Prieto

NOTA DE CUBANÁLISIS - EL THINK-TANK: Abel Prieto Jiménez es miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba desde el último Congreso, y Ministro de Cultura. Anteriormente fue Presidente de la oficialista Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC)

Mi querido Abel:

La presente es un desquite tardío, pero no tiene por objeto denigrarte públicamente (como de oficio o exabrupto has hecho conmigo y con tantos otros) sino bosquejar, por medio de varias secuencias grabadas en mi memoria, una semblanza de tu personalidad vista a través del lente de mi experiencia individual contigo. Para uso propio y de terceros, porque dentro y fuera del país hay mucha gente con una imagen errada de tus motivaciones. Pero sobre todo para uso tuyo, porque mucho me temo que a estas alturas, mutatis mutandi, sigues siendo -como pretendes- básicamente él mismo que yo traté y, viceversa: circunstancias aparte, creo que en principio sigo siendo el que ya era entonces.

Te escribo en nombre de los restos de lo que alguna vez fue una armónica relación jefe-subordinado y, al margen de las jerarquías, una colegial amistad apoyada en un recíproco presupuesto de afecto y estima. Sin olvidar, desde luego, esa pizca de complicidad inherente al hecho de pertenecer ambos al PCC. Intento hablarte pues, digamos, desde la perspectiva de mediados de los años 80, como si lo sucedido después no fuese más que una desagradable hipótesis del futuro.

Un año antes de mi irrupción en Arte y Literatura, la Editorial había quedado diezmada por el éxodo de un nutrido grupo de editores y jefes de redacción. Tal como más tarde el vacío dejado por mí fue llenado por algún afortunado aspirante, entonces me tocó en suerte cubrir la vacante dejada por alguno de aquellos tránsfugas, sin duda mucho más competentes en el oficio que yo. No obstante, recordarás que no me fue fácil entrar en el colectivo bajo tu batuta. Pero la descripción de aquellos trámites es ya la...

Primera secuencia:

Una tarde del año 1981 Mayita, la secretaria de entonces, me hace pasar a tu oficina de la calle G en el Vedado. Me recibes campechanamente (me asombran tu larga cabellera y tu desenfado) y dices que, en efecto, hay una plaza vacante y lo ideal sería cubrirla con un germanista. Por supuesto, “siempre suponiendo que sepas redactar...” Y tras un sondeo de mis conocimientos de literatura alemana:

-Mi socio, ¿qué tal andas tú de inglés?...

Respondo que por esa parte no hay problemas: domino además el francés, el italiano y el portugués; he traducido para el Instituto del Libro, estudiado dos carreras universitarias, etc.

-¡Fantástico!... Bueno, pues ya está... Sólo falta una pequeña prueba. Mira, hazme una evaluación de este libro y vuelve por acá en cuanto “mates la jugada”.

Vuelvo al tercer día con el informe listo. Te parece bien redactado y aceptas las razones por las que he rechazado el libro (una monografía sobre literatura cubana escrita para un público europeo). Expectante, noto que sigues dándole largas al asunto, a ratos con una interrogante en el ceño fruncido y la mano en la barbilla: algo debe de haber que no acaba de cuadrarte. Te digo en sorna: “Chino no, por favor, chino yo no he estudiado. Pero si Usted me da una semana de plazo...” Sonríes y al fin desembuchas la pregunta del millón:

-Puedes tutearme... Me da pena pero no me queda más remedio que preguntártelo, porque en este caso es decisivo: ¿por casualidad tú eres militante?

Respuesta afirmativa. Te pones de pie como quien entrega un premio y me tiendes la diestra por encima del escritorio:

-Tráeme mañana mismo tu FT. ¡La plaza ya es tuya, mi socio!

Aún te agradezco aquel gesto y aquella frase. El misterio era el siguiente: hacía falta un germanista, pero lo esencial era reforzar el Partido en una editorial políticamente descalabrada después del éxodo del Mariel.

Esta primera secuencia te muestra en tu faceta más halagüeña. Así de buena gente eres cuando nada obsta y puedes darte el lujo de mostrarte por tu mejor costado. Así te perciben aún los tantos escritores y artistas que en la Isla tocan a las puertas de tu despacho o desde cualquier punto del planeta telefonean para rogarte que intercedas por ellos, les concedas alguna dádiva, les gestiones un permiso de salida o de entrada o qué sé yo...

Segunda secuencia:

Abro la puerta de tu oficina y te veo doblado sobre el expediente de una Marietta Suárez caída en desgracia (seguro que ya tú mismo estás viendo la escena). Marietta es “gusana”. Paradójicamente, como casi todos los desafectos confesos, incapaz de tramar nada contra el Gobierno. Un buen día el Consejo de Redacción desempolva el manuscrito de El caso Macrópolus, drama del checo Karel Čapek, protagonizado por un híbrido de Hitler y Stalin a quien llaman “Comandante en Jefe” y devora niños chiquitos vivos. Le dan el manuscrito a Marietta para que lo revise de estilo. Pero minutos antes del lanzamiento de la obra cunde el pánico en la Editorial. El libro es declarado “subversivo”. Se parte de que el lector asociará sin falta al “Comandante en Jefe” de marras con el de la Isla.

Sin comerla ni beberla, la pobre Marietta pasa a ser chivo expiatorio de un delito de lesa majestad. Un “seguroso” conocido por el seudónimo de “David” hace acto de presencia en el Palacio del Segundo Cabo. De inmediato, todo el mundo boca abajo. En vano argumento en el Partido y en el Consejo de Redacción (éramos casi las mismas personas) que tan “descabellada” (en realidad, salvo por lo de comer niños chiquitos, no lo era tanto) asociación sólo cabe en una mente sucia, que Fidel era un niño cuando Čapek escribió su drama, etc., etc. Un furibundo Abel Prieto clama por la cabeza de Marietta. El agente “David” opta por nadar y guardar la ropa: exige convocar una reunión de todo el personal para hacerles una advertencia. No sea que alguno se vaya a creer que puede cogernos de “memos”. Me opongo: ¿por qué, siendo un caso individual? De nada vale.

A la postre, te llevas una sorpresa anonadante. Un día se persona en tu oficina un ayudante del Comandante en Jefe y te pone sobre el escritorio una carta de puño y letra de Marietta Suárez... ¡dirigida a Fidel Castro! Y se cierra el telón sobre un Abel estupefacto y humillado.

Esta segunda secuencia demuestra que puedes ser implacable hasta la perversidad y la irrisión con aquellos que no gozan de tu favor o han caído en desgracia. Es un rasgo útil para ascender y mantenerse en el poder pero a la vez peligroso: por un lado, te crea enemigos (no me parece que Marietta lo sea) que esperan ansiosos la hora de ver pasar tu cadáver. Por otro, hoy más que ayer ejerces un poder ficticio que te puede hacer quedar mal en el momento menos pensado.

Tercera secuencia:

Esta vez somos seis en tu oficina, la plana mayor de la Editorial: tú; Elizabeth Díaz, redactora jefa; Artemio Iglesias, secretario del Partido; María Lombana, jefa del Dpto. Técnico Productivo (una española sacada de una página de Por quién doblan las campanas) yo, en el anodino papel de delegado sindical; y un niño, el hijo de Elizabeth. Discutimos el caso de Olga Campoalegre, una “negra fina y educada” con un sentido arcaico de la moral a lo Barbarito Diez, siempre distante y reservada pero tan “gusana” como Marietta. Atraviesa una crisis personal y ha incurrido en incumplimientos de poca monta por lo que le piden un peritaje médico. Por función, convicción y solidaridad racial, la defiendo a capa y espada. Inclinas todo el tiempo el pulgar, imitado por el resto de la falange. Finalmente, apelo a la legislación vigente y no te queda otra que dar tu brazo a torcer.

Entre la seriedad y el juego, cierras el conciliábulo con un entre despechado y jocoso anatema contra mí: “Me fallaste como hombre, como amigo, como socio...” El hijo de Elízabeth, todo oídos, resume el reproche en una frase: “¡Fallaste como todo, chico!” Le dirijo una mirada compasiva al chiquillo, que se inicia en una tradición fatal. Salgo satisfecho por tres razones: 1) he visto en ti al típico “piñero” que concibe la hombría y la amistad como adhesión incondicional por encima de toda división de funciones; 2) he marcado bien las distancias, dejando bien claro para ti y para todos los presentes que no soy “un hombre (secuaz) de Abel Prieto”; 3) de paso, creo haber constatado que no eres un caso perdido y, en un contexto favorable, podrías hacer un papel satisfactorio para tu imagen propia y ajena. De hecho, tu fracaso en este último aspecto está hoy en el origen del malestar que sientes en tu inútil afán de ejercer con credibilidad la incómoda cartera de Cultura en un país donde, en última instancia, sólo cuenta la fidelidad a ultranza al Gran Hermano.

Cuarta secuencia:

Nicolás Guillén ha muerto y se corre que eres uno de los candidatos a la presidencia de la Unión de Escritores. Salgo del Segundo Cabo en el momento en que partes en tu Moskovitch. Me das un aventón hasta el Centro “Juan Marinello”. Por el camino conversamos:

-¿Qué te pasa? Se te nota preocupado.

-Ya sabes que el ministro me ha propuesto la presidencia de la UNEAC...

-¡Felicidades! ¿Quién mejor que tú? Cuenta con mi voto.

El otro candidato se llama Lisandro Otero...

-Pero, mi socio, es que si acepto no voy a tener tiempo para escribir.

-Piénsalo bien, porque un cargo como ése no te lo van a ofrecer todos los días.

Además, creo que eres el hombre ideal. Pero, en fin, si estás tan seguro de que te interesa más tu obra, pues dile que no a Hart y ya está.

-El dilema es que, si le digo que no al ministro, nunca más me vuelve a proponer para nada.

-Bien, eso es ya una decisión. Ponle el cuño que vas a ser el nuevo presidente de la UNEAC.

Esa irreprimible voluntad de ascender te catapultaría hasta las más altas cumbres del Olimpo castrista. Una posición envidiable pero, sin el aval de los llamados dirigentes “históricos”, harto azarosa para un tipo como tú en los tiempos que corren. Por ironía del destino, yo mismo te pondría tres veces en situación embarazosa. La primera, recordarás, fue durante aquel plenario de la UNEAC presidido por ti en que -contestando a la petición de “lavar el honor nacional con sangre” (la del general Ochoa y sus compañeros de causa), hecha por un incauto dramaturgo- le di un giro desagradable a la agenda al declarar que “la sangre nunca ha sido un buen detergente; sólo dejará un feo borrón” (o algo por el estilo), y que se debía aprovechar el escándalo del narcotráfico para analizar a fondo el estado de la nación. Aunque en el fondo eras tan perestroiko como el que más, hiciste oportuno uso de tus facultades para pasar al siguiente punto en el orden del día:

Un motivo más para estarte agradecido: posiblemente hayas tenido que defenderme después. En todo caso, te anoto el gesto como una manifestación de prudencia. ¿A dónde habríamos ido a parar por ese camino? Pero en tu fuero interno pensabas (y sigues pensando) que yo tenía razón. Sólo que la cosa estaba que ardía y darle curso al debate involucrando a la UNEAC en una protesta abierta (si bien constructiva, porque no era otro mi talante crítico) habría puesto en peligro tu meteórica carrera. En fin, lograste salvar la cara. Pero a costa de una mala conciencia apreciable en la siguiente escena:

Quinta secuencia:

Al pie de la cancela de entrada a la sede de la UNEAC, comento con una preocupada Excilia Saldaña el tema más candente del momento: la famosa Carta de los Intelectuales, que yo había firmado. Vienes saliendo y te diriges a mí:

-Acompáñame, que quiero mostrarte con pruebas en la mano dónde fue redactada esa carta.

-¿Y de quién son esas pruebas? De la Seguridad, ¿no? Tú sabes que yo ni siquiera leo novelas policíacas. No me gusta la policía. Ni la de allá ni mucho menos la de aquí, que es la que tengo más cerca.

-Aparte de mal redactada, la carta es bastante floja. Nosotros hemos hecho críticas mucho más fuertes.

-Tienes razón en eso de que está mal redactada. Redacta tú otra más radical con mejor gramática y estilo y te la firmo también.

-Ven, mi socio, para que te convenzas con tus propios ojos de que detrás de esa carta está CIA.

-Como si me pruebas que detrás está una comisión integrada por Hitler, Stalin y Calígula. El caso es que lo que dice ahí es verdad. Una verdad, Abel, es una verdad aunque la diga el diablo y una mentira es una mentira aunque haya salido de los labios sangrantes del Crucificado.

-Bien, allá tú. Eso sí: no te quiero volver a ver aquí dentro.

-Vamos por partes: de acuerdo con los estatutos la única que puede expulsarme es la asamblea plenaria. Que yo sepa aún no lo ha hecho. Pero, despreocúpate, que de mejores sitios me han botado.

Se notaba a las claras que estabas consciente del “papelazo”, como cuando escudriñabas el expediente laboral de Marietta. Y es que te distinguen otros dos rasgos de carácter que conspiran contra tu aplomo en tales circunstancias: tu sentido del humor (¿quién que te conozca no lo aprecia?) y de la vergüenza, tu horror a la impostura, tu necesidad de salvar la cara a toda costa. Incluso en su versión más barata, esos dos rasgos combinados con tu inteligencia son un serio handicap. Tanto es así que un cuarto de hora después harías un compulsivo streaptease moral.

Sexta secuencia:

Dos cuadras más abajo, por la calle 17, le cuento el incidente a nuestra colega y amiga Lidia Pedreira cuando te vemos venir cabizbajo y pensativo. Balbuceaste un saludo y, de buenas a primeras nos dejaste patidifusos con una especie de involuntaria confesión. Fue como si de golpe y porrazo comparecieras ante un tribunal de ética y te desdoblaras:

-Lo que sí puedo decir a mi favor, cosa que todo el mundo sabe, es que yo sí que no me he beneficiado en nada. Sigo viviendo en la misma casa de mi madre y rodando en el mismo auto. Ni me han dado ni quiero privilegios. Si acepté el cargo fue porque me convencieron de que así evitaba males mayores [...] Cuídate, mi socio...

-Lo propio, sinceramente.

El resto de este extraño acto de contrición no lo recuerdo. Tampoco puedo afirmar que hayan sido exactamente ésas tus palabras. (Lidia tiene mejor memoria; pregúntaselo a ella). Lo que sí recuerdo bien es que, viéndote seguir calle abajo con tu andar desgarbado, Lidia se enterneció (a decir verdad, yo también) e hizo un lacónico comentario: “Tiene sus defectos como todo el mundo. Pero en el fondo no es mala persona, ¿verdad?” Contesté con un rotundo “sí”, que aún sostengo.

Porque nadie es un monstruo o todos lo somos en alguna medida. Gústele a quien le guste, hasta Fidel, Hitler o Stalin son tan homo sapiens como cualquier hijo de vecina, y basta seguir la crónica roja para saber de lo que es capaz cualquier hijo de vecina. Todos somos seres humanos, con mayor o menor propensión al mal, que en tu caso es más bien una hipertrofia del ego propiciada por el contexto social. Las palabras “humano” e “inhumano” en el sentido de noble y perverso no son más que dos de las tantas imprecisiones lingüísticas. En realidad, una simple cuestión de grados en una escala convencional. Te bajo esta descarga porque de un tiempo a esta parte te ha dado por las diatribas demonizantes.

Por lo demás, no sigas justificándote: tus alardes de austeridad son frutos de la anoxia cerebral provocada por las alturas en que te estás moviendo. El auténtico poder no se define por la capacidad de tomar sino por la de dar. Al fin y al cabo, como decía Marx, se pueden tener cien pares de zapatos pero sólo tenemos dos pies. La capacidad hedonista de un individuo es limitada y las necesidades ajenas, infinitas. Contra lo que se piensa, muchos dictadores, incluido tu mentor, son más bien austeros. Lo que te seduce a ti en particular es el mecenazgo estatal que se ejerce desde tu cargo. Con todo, no te hagas ilusiones: si a algo están acostumbradas esas ingratas vedettes del arte y la literatura que hoy hacen cola para besarte la mano es a pisotear a los caídos, tanto más si alguna vez los han tenido arriba.

En Internet abundan los retratos monstruosos de Abel Prieto. Por cierto que uno de los primeros (mea colpa) lo trazó el austríaco Erich Hackl, el autor de Los motivos de aurora, en el influyente semanario alemán Die Zeit. El pasaje que te concierne se explica por sí solo. Te lo traduzco como última secuencia:

Séptima secuencia:

Ahí está el escritor Abel Prieto, un autor mediocre pero ungido con las insignias del poder: con apenas 40 años de edad es presidente de la Unión de Escritores, miembro del Buró Político [...], órgano supremo del Partido. Vale la pena verlo en la inauguración de la Feria del Libro, como se pavonea al lado del ministro de Cultura Armando Hart (cuyo cargo aspira a heredar) frente a los stands. Jovial e inaccesible a la vez [...], sonriente, como si creyera que [...] todas las soluciones impuestas al pueblo [...] tienen un sentido más profundo que sólo él es capaz de descifrar. De todas las personas con quienes hablé, quizá era él el único que tenía la posibilidad de aliviar las condiciones de cautiverio de Pomar.

“Prieto era responsable de la contradeclaración de la UNEAC. Por orden suya Pomar fue expulsado de la Unión de Escritores, contraviniendo los estatutos. Pomar me lo había presentado en mi última visita. Cuando se lo recuerdo, se echa a reír: “Sí, Pomar...” Luego, al describirle la situación de mi amigo, la pregunta algo apresurada, cautelosa: “¿Te escribió?” Y con la misma inicia una larga queja contra su antiguo compañero: Él, Prieto, fue quien promovió al negro, a él le debe Pomar su ingreso en Arte y Literatura, no tenía ni la menor idea del lenguaje; en español apenas lograba hilvanar una frase antes de que él, Prieto, lo tomara bajo su protección. Luego cambia el discurso: “Yo creo que tú eres un tipo honesto, contigo se puede dialogar. Debemos hablar en calma al respecto.” Sobre Cuba y la revolución cercada, la creciente agresividad del enemigo y, claro, sobre Pomar. Pero en los días siguientes cambia de rumbo cada vez que podemos encontrarnos. Sólo en una ocasión me grita maliciosamente: “¿Por qué no se lo llevan para su país, para Austria?”

Conclusiones:

Hackl te da por donde más te duele: escritor mediocre, histrión, trepador, fanático, mal amigo, cínico... Un retrato por lo demás repetido hasta la caricatura en relación con Guadalajara. De hecho, querido Abel, la mía es la semblanza más benigna de tu vapuleada persona. Desde luego, no te faltan aduladores, pero el placer de sus alabanzas es mucho menor que el punzante dolor de las saetas. Francamente, te veo entre la espada y la pared. No todo el mundo parece haberse percatado, por ejemplo, de que el fallido (el tiro les salió por la culata) boicot a Letras Libres en la FIL no sólo no fue organizado por ti (quizás sí con tu forzada anuencia, para evitar posibles confusiones) sino, por carambola preterintencional, contra tus ínfulas de ministro tolerante y aperturista, tu sueño de pasar a la historia como el político moderado que sentó a conversar fraternalmente a tirios y troyanos. Sería la coartada perfecta que legitimara tu rol de Mefisto en el ocaso del castrismo, tu boleto al futuro incierto. Pero se te ven las cartas. El fiasco de Guadalajara, hábilmente provocado por esa jugada de doble filo de los halcones de la Revolución, te ha forzado a volver a las vociferaciones.

Como en su momento los defenestrados Carlos Aldana y Roberto Robaina, estás haciendo agónicos malabares en el último peldaño de la podrida escalera castrista, a medio camino entre el techo y el salto al vacío. Espero que no me defraudes rebajándote al nivel de un Felipe Pérez Roque cualquiera. Se corre que has presentado dos veces la renuncia. Eso te honra y ratifica esta a pesar de todo afectuosa semblanza que hago de tu controvertida persona. Pero, ojo: la renuncia es un acto de rebeldía más irritante que el suicidio. Si son ciertos esos rumores, te recomiendo que no insistas. Admite de una vez que te hallas en una de esas situaciones al borde del abismo en que todo lo que pasa de prudencia es ya temeridad. Se te dejará ir a su debido tiempo, cuando te hayas negado tanto a ti mismo que ya no quedé ni el rastro de esa candorosa aureola de ex hippie y dirigente moderado que con tanto celo has cultivado.

De todos modos, navegas con suerte. Y ahora que ya se acercan los temidos funerales del Máximo Líder, quizás el “azar concurrente” lezamiano te libre en el penúltimo minuto del castrismo de expiar en solitario la culpa de haber corrompido con tu hábil política de prebendas y estímulos en dólares (o CUCS) a la mayor parte de los intelectuales de la Isla y a algunos que tienen la suerte de pisar suelo extranjero en su exilio rosa. Ciertamente, de momento ese inminente preludio biológico del gran final te abre nuevas, insospechadas perspectivas. Pero ¿quién sabe? En todo caso, cuídate. Recuerda que, como bien dijo Cabrera Infante, “lo peor del dragón está en la cola”.

Como sé que ya te estoy aburriendo, voy a cerrar con un fuetazo, para que veas que yo tampoco aspiro al monopolio de la nobleza. La única observación de Hackl que comparto sin reservas (las otras las reparto parejo entre tu piel y tu máscara) es la de “escritor mediocre”. Tu novela El vuelo del gato sólo corrobora una vieja sabiduría popular, a saber, que los gatos -como los malos libros- ni vuelan ni tienen siete vidas. Ciertamente esos felinos poseen (¿a qué ya adivinaste lo que voy a decir?) una extraordinaria habilidad para caer parados. Pero no desde cualquier altura...

Cordialmente,
Jorge A Pomar
Colonia, 23 de diciembre de 2006