domingo, abril 29, 2007

PRONTUARIO DE MANICOMIO

Prontuario de manicomio

Roberto Casín

El trazo de su mano puede ser tembloroso y senil, pero igualmente obcecado. El nuevo arrebato de publicar columnas en el diario Granma, y firmarlas para que se pueda constatar: estoy aquí, todavía no puedo dar la cara, pero al menos escribo, se compara al de otros episodios de su demente carrera.

Que haya redactado una diatriba contra los biocombustibles y a favor del petróleo es lo de menos. Hace unos años era al revés, el crudo en manos del imperialismo era la sangre del demonio que corría por las venas del planeta; y el bagazo de su entonces idolatrada caña de azucar, el combustible del futuro. Ahora el oro negro dejó de ser patrimonio de satán porque el que lo reparte es uno de sus apóstoles y compinches, san Hugo Chávez.

Hay que entender que Fidel Castro ha presumido siempre de ser un hombre de todos los tiempos, quizás por eso se siente inmortal. Así que lo que ayer era malo hoy puede ser exactamente lo opuesto. En definitiva lo que importa no es el sentido de las cosas, o que las cosas tengan sentido, sino que sea él quien las diga. Y si son manifiestos, leyes o mandatos lo que cuenta es que los firme con su letra omnímoda y omnisciente, la misma con la que estampó órdenes de fusilamiento o decidió el color que debían tener en la isla los uniformes escolares.

Quién lo discute. Su rúbrica ha sido el sello de paternidad de muchos tormentos y también de las más enajenadas desventuras. Quién puede olvidar aquel memorando instruyendo que se construyera un monumento a la vaca Ubre Blanca, la primera del hemisferio en disponer de un panteón para la adoración publica. O del decreto para que a cada familia cubana se le vendiera una arrocera eléctrica, a pesar de la falta de arroz y de los apagones.

Qué imaginación tan abarcadora, don que sus admiradores califican de genial. Fue él quien descubrió las bondades de los pedraplenes como sucesores de las carreteras asfaltadas, e hizo jurar a todos los ingenieros del transporte que en vez de autobuses era más práctico que la población se trasladase en ''camellos'' con ruedas.

También a él se le debe el descubrimiento de que el picadillo de carne es una aberración del capitalismo, porque para provecho de los cubanos el de oca, de soya, el texturizado o el de plátano, cualquiera de ellos es mucho mejor.

Para qué hablar de su delirio con las crías de búfalos, con los superpollos, superconejos y superovejas, frutos de la alquimia genética. Por suerte Superman ya era un invento de los americanos.

A fuerza de tanto trabajo forzoso --voluntario según la jerga oficial-- privó de empleo real no sólo a obreros y campesinos, sino que dejó sin trabajo --y sin placer-- a todos los toros de la nación, creando un ejército nacional de inseminadores, que embarazaron varilla en mano a las huidizas y escuálidas vacas que quedaban en el país.

Tal menester figuró por muchos años entre sus predilectas ocupaciones de estado. Eso sin restarle lustre a su inescrupulosidad para aupar y destronar ministros y colaboradores, como quien le cambia a un ñame la corbata.

Sin embargo, su gran invención ha sido la de haber troquelado en serie al nuevo cubano de doble rostro, que dice en público lo contrario de lo que piensa y ríe a la hora de llorar. Aunque si me preguntan cuál es su mayor mérito, sin duda lo es el de haber demostrado con sobrado éxito que la pobreza repartida a más, toca a menos.

A falta de nuevas emociones y seguramente hastiado de su vida de hospital, ahora al Comandante le dio por escribir de nuevo en el periódico como en los años 70, cuando al filo de la medianoche, entre entintadas pruebas de plana, quitaba y ponía comas, consignas y adjetivos a cada editorial de Granma. Lástima que siendo un hombre tan anticipado y presto a los grandes acontecimientos no haya tenido aún el afortunado tino de firmarnos su epitafio.