jueves, abril 02, 2009

CÁMARAS INDISCRETAS II

Cámaras indiscretas II



Por Alejandro Rios


Debe ser su proverbial sentido del humor lo que hizo decir al ministro de Cultura cubano, Abel Prieto, que el ICAIC ''homenajea a Fidel Castro en cada uno de sus proyectos'', al conmemorar cincuenta años del controversial instituto de cine en La Habana. El convaleciente en jefe no parece haber prestado mucha atención a esta nueva e insólita andanada de lisonjas, ocupado con la narración deportiva y las defenestraciones de antiguos compañeros de viaje.

Ahora que el filo de las destituciones ha estado cortando por lo bajo, Prieto aprovechó la oportunidad de la efemérides para convocar un espectáculo en el teatro Karl Marx con la magna presencia de Raúl Castro donde se repartieron medallas a diestra y siniestra, siendo la principal aquella que fue a parar al saco sobre los hombros del aciago Alfredo Guevara, fundador y primer presidente del ICAIC.

Se sabe lo proclive que son los dictadores al cine. Lenin dijo que era la principal de las artes; Hitler reclutó el talento de Leni Reifenstahl para sus documentales grandilocuentes y propagandísticos sobre el nazismo; y Castro, ni corto ni perezoso, hizo lo mismo con los servicios de Santiago Alvarez, habilidoso artesano que lo siguió en sus más disparatadas aventuras, cual juglar ensimismado.

Castro, sin embargo, no ha sido muy pródigo en afectos con los cineastas cubanos a quienes considera, con escasas excepciones, un grupo de pretenciosos y conflictivos intelectuales, quienes desde temprano, en 1961, lo hicieron perder varias jornadas de su importante agenda para justificar la censura de un documental mínimo sobre decadentes bares de La Habana donde no se hablaba del fervor revolucionario que ya contagiaba a la población.

Antes de la existencia de las cintas de video y los DVD, se sabe que el dictador tenía una sala de proyecciones a su disposición en el edificio del ICAIC del Vedado donde, en las madrugadas, Guevara le dispensaba atención especial con sus filmes predilectos: los oestes norteamericanos, cuando estos solían estar prohibidos para la población.

La penúltima vez que Castro habló de cine cubano, públicamente, fue para denostar el filme Guantanamera y a su realizador Tomás Gutiérrez Alea, tiempo después que este falleciera, y la más reciente fue en una de sus reflexiones donde se refirió a las virtudes de la película Kangamba, un bodrio bélico sobre la intervención cubana en Angola dirigida por Rogelio París.

Durante el aniversario del ICAIC Prieto siguió cultivando su reconocida vis cómica cuando habló de ''recuperar la producción nacional y dar espacio y prioridad a los realizadores jóvenes''. Los directores noveles de la isla cuentan, a duras penas, con un festival anual de cine, y luego la obra triunfante del evento es olímpicamente olvidada. Ni decir que la televisión, bajo el control de los militares, no programa estos materiales que suelen escarbar duramente la realidad nacional sin el velo disuasivo del noticiero y la Mesa Redonda.

Si el dictador supiera de la habilidad de los nuevos realizadores para desmontar con ficciones y documentales su infausta y aburrida revolución, declinaría el honor de ser homenajeado como afirma el ministro.

Resulta evidente que sus pajes le han creado una suerte de mundo imaginario, en su extensa convalecencia, donde le muestran la película sobre las conquistas africanas o le repasan documentales de Santiago Alvarez, en vez de presentarle Los dioses rotos, donde el hombre y la mujer ''nuevos'' han quedado reducidos a proxenetas y prostitutas en una sociedad que los pintorescos personajes del excelente filme de Ernesto Daranas llaman ''la selva'', donde hay que sobrevivir a toda costa.

Sin duda, no ha visto Buscándote Habana, el documental de Alina Rodríguez, que retrata a congéneres orientales del propio Castro como apestados cuando tratan de asentarse en la capital; o Model Town sobre el otrora pueblo modelo fundado en Cuba por el creador del chocolate Hershey, regreso triunfal del pasado que trató de borrar en aras de sus aberraciones arquitectónicas y sociales. Sin duda no le han dicho que Jorge Mañach, el distinguido intelectual anticomunista del siglo XX, ha vuelto como un fantasma impertinente en alas del documental Rara avis: el caso Mañach, y que negros cubanos se quejan del racismo irritante de su revolución en otro filme inusual titulado Raza.

El ministro Prieto pone en solfa su carrera política al dedicarle estos tributos amañados a su dilecto comandante en un arranque de admiración poco creíble. Los héroes de la velada no estuvieron en la ceremonia del Karl Marx porque sus cámaras diligentes registraban, en ese mismo momento, los intersticios de un proyecto social que anuncian, sin ambages, como un fracaso irremediable.