domingo, mayo 09, 2010

Prólogo a un testamento de Roberto Fernández Retamar

Nota del Bloguista

Según Cleva Solís, Dulce María Loynaz sufrió prisión domiciliaria en los primeros años de la Revolución porque al morir su padre, el General del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, ella pasó por la casa familiar y tomó algunos objetos que eran de gran valor sentimental para la familia, ya que la casa quedaría en manos de la tiranía Castrista, pues la Revolución a los cubanos del pueblo no les permite tener más de una casa, salvo que una esté en la ciudad y la otra en una playa; Fidel Castro llegó a tener más de 50 fastuosas residencias por todo el país para su disfrute.

Enrique Loynaz del Castillo había formado parte de un gobierno de salvación nacional después que Fulgencio Batista y Zaldivar había abandonado el poder en la madrugada del 1 de enero de 1959 y eso no le había gustado nada al futuro tirano Fidel Castro Ruz; tampoco a Fidel Castro y cómplices le había gustado algunas cosas que escribía y decía la futura Premio Cervantes. Un ejemplo de lo que escribía Dulce María lo añadiré al final de este artículo de Camilo Loret de Mola; como un ejemplo de lo que decía, les diré que en los primero años de los años 90s o finales de los años 80s, Dulce María dio una conferencia en la Catedral de Pinar del Río y expresó que el pueblo al principio de la Revolución se fue detrás de un becerro que ni siquiera era de oro. No obstante, ella no hizo activismo de ningún tipo, pues vivió en un inxilio , voluntariamente encerrada en su casa hasta que fue sacada del ostracismo en los años 90s del pasado siglo. Muchas personas la creían muerta.

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Tomado de http://www.penultimosdias.com



Prólogo a un testamento

Por Camilo Loret de Mola

La profesora de Derecho civil se volvió notario, con protocolo propio, su gomígrafo y firma reconocida. También se convirtió en amiga nuestra, salvando la distancia obligada con sus alumnos y dejándonos ver que al final de las clases se cambiaba las ropas oficialistas por las nuestras de inconformes y cazadores de dólares.

La Habana de los 90 fue testigo de cuántas permutas hicimos juntos para camuflar compraventas de casas. Éramos la versión tropical e ilegal de unos agentes de bienes raíces que tenían que literalmente huir de las comparecencias notariales justo luego de las firmas y antes de que se repartieran los saldos monetarios pactados entre los propietarios.

En la isla donde “lo que no está prohibido es porque resulta obligatorio” las compraventas de viviendas solo se conseguían mediante complicados tejemanejes de permutas en las que era obligatoria, como mínimo, la participación de tres propietarios y donde, como máximo, podías jugar con los títulos de la ciudad entera.

Pero la profesora también ejercía sus funciones habituales de notario: testamentos, declaraciones juradas, matrimonios y declaratorias de herederos. En su afán por relacionarnos, siempre nos llamaba cuando el cliente era especial y así nos permitía conocer a personas extraordinarias como los increíbles Abilio Estévez y Leonardo Acosta, los jefes de la mafia de los “moros” (Elías Fayad, Levi Farah y el doctor Asseff), o los dueños de “paladares” como Manolo Robaina y Julita la China.

( Roberto Fernández Retamar )


Una tarde me pidió que la acompañara pero con la condición de que le diera duro al cliente que le reclamaba para hacer un testamento. En el camino, constantemente, me repetía que el tipo le caía mal y no podría demostrárselo mientras le leía la futura distribución de sus pinturas famosas y sus muebles de estilo bien restaurados. Me pedía, en resumen, que hiciera el papel del sobrino imprudente, del no invitado que se atraviesa y tumba la fuente o rompe el adorno.

Roberto Fernández Retamar nos recibió en una vieja casa del Vedado, una hermosa construcción de principios de siglo, meciéndose en el trono de moda entre los poderosos de la Revolución, un sillón nicaragüense con respaldar tejido. El hombre nos dedicó una larga explicación sobre los motivos que lo llevaban a adelantarse a su muerte, contándonos de la enorme biblioteca que el contador de su padre le dejara como herencia y de lo inútil que fue sentirse dueño, de repente, de todos aquellos tomos.

Luego comenzó a presumir de los grandes intelectuales intestados que le había tocado sufrir y allí mismo se desató mi lengua, molestándolo con el ejemplo de Dulce María Loynaz, a quien le arrebataron los últimos días de una casa familiar. Retamar me ripostaba que aquella casa perdida era una locura, con escaleras de pasamanos que pinchaban cuando te aferrabas a ellos. Le repliqué que aquellos eran los pasamanos que los Loynaz habían preferido diseñar, los que decidieron usar como un laberinto personal y que tal vez alojaban instrucciones para los intrusos que desconocían los códigos.

( Dulce María Loynaz del brazo de su padre el General del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, quien compuso el Himno Invasor, en la ceremonia de su segundo matrimonio, esta vez con el amor de su vida: el periodista Pablo Álvarez de Caña del Diario de La Marina ; nota y foto añadida por el bloguista de Baracutey Cubano)

Retamar desvió el rumbo como buen dirigente, y empezó a hablar de la dudosa actitud de Dulce María, de amoríos mal vistos o insinuaciones homosexuales que pudieran perjudicarle su estancia en el Parnaso de los poetas del patio. Antes que terminara de referirse a un almuerzo inconcluso con Gabriela Mistral le contraataqué con una metedura de pata del momento, que presumía tenía su rúbrica: un romance mal contado que si había provocado revuelos nada comunes.

En un intento por rescatar la figura enamorada del segundo jefe de la expedición del Granma, la prensa oficial había publicado un epistolario del mártir con su amante, Pastorita, la primera dueña de todas las casas que tuvo la revolución. El homenaje a la veta romántica del periodista, que luego de rendirse en el primer combate fue asesinado en Alegría de Pío, no contó con la reacción airada de la viuda e hija de Juan Manuel Márquez, que obligaron al Órgano Oficial del Partido Comunista a publicar una inusual disculpa pública.

( Fidel Castro y Juan Manuel Márquez en New York en un acto recogiendo muchos dólares para hacer la Revolución. Fidel hasta le pidió, y recibió, varios miles de dólares del ex Presidente Carlos Prío en el exilio sin importarle si el dinero de Prío era bien o mal habido para comprar el Granma: nota y foto añadida por el bloguista de Baracutey Cubano )

Retamar, ya bastante molesto a esas alturas, se lavaba las manos: no había sido consultado pero al final le había tocado un poco de la culpa. Pero eso no era una metedura de pata, se había actuado de buena fe; otras cosas eran peores según él, como la traición intelectual, como Jesús Díaz que daba la espalda a su generación y que desde el viejo continente ahora atacaba a la Revolución, era un perro, un oportunista que con su traición había perdió la inspiración y que todo lo que escribía ahora era basura.

La profesora no se pudo abstener y ripostó asegurando que había disfrutado de ciertas Palabras perdidas, que muchas escenas de esa novela eran un fiel retrato de la Universidad y la guerra por los postgrados y los viajes; hasta se atrevió a identificar por sus verdaderos nombres a los personajes principales de una obra que, evidentemente, molestaba a Retamar. El barbado flaco de piyamas a rayas se levanto del trono: ¡que le dijeran donde había que firmar para que nos fuéramos de una vez!.

Ya en la calle con el testamento bajo el brazo, unos folios donde quedaba claro qué hacer con el Lam que desde la pared de la sala había presenciado nuestra expulsión, mi querida profesora me consolaba: nos habían echado pero le pegamos.

La profesora vive hoy en España, trabaja en otra universidad porque la intolerancia le impidió seguir en su querida Habana. Yo repaso en el exilio aquel encuentro casual. Y Retamar, quizás desde el mismo sillón, sigue atacando a los que piensan distinto, ya sea en Valparaíso o en Internet. No distingue si son Sánchez o Montaner, los quiere fuera de su casa, que a veces disfraza como si fuera la de todas las Américas.
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Tomado de http://www.vitral/edvitral/dulcem/dulcem.htm

CARTA DE CUBA A SAN MARTÍN
( Fragmento )

La Habana mayo 9 de 1962

Sr. San Martín de Loynaz y Amunabarro

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Vuelve aunque sea a rescatar las almas ya que ese fue tu oficio. Y no te arredre el ver que en este siglo es más difícil cristianizar cristianos que en el tuyo moriscos y judíos.

Estos cristianos de hoy clavan a Dios todos los días en una cruz que nadie vela ya, en donde Dios está solo.

Hay que evangelizar a los que vosotros dabais por evangelizados, San Martín; hay que enseñarles otra vez a rezar de verdad el Padre Nuestro.

Tú pensarás que es mucho lo que pido, y yo también lo pienso. El diálogo es posible con salvajes inocentes y crueles; al menos muchas veces es posible. Pero nunca lo es con estos hombres civilizados, llenos de ciencia y de orgullo, llenos hasta de filosofía. No lo es, no lo es con estos hombres, aunque por conseguirlo estuvieses dispuesto, como entonces, a pagar con el precio de tu vida.

Nunca te escucharían porque ellos son siempre los que hablan. Y ciertamente no habrán sino más ponzoñosas las flechas de los indios o las lanzas de los idólatras. Ni más ponzoñosas ni más certeras.

Los pecados de las gentes que fuiste a convertir, eran pecados de ignorancia: los que por esta banda nos dejaste, son ya pecados de sabiduría. Triste es desconocer el Divino Mensaje, pero más triste es todavía haberlo conocido y olvidarlo.

Ahora no es allá donde tenéis que ir vosotros; es aquí donde tenéis que quedaros. Es aquí, en el mundo que llaman civilizado, donde está vuestro puesto, vuestra misión, y sí lo quiere Dios, vuestro martirio.

No tengo tras de mi una gran causa que defender, una luz que difundir, no soy valiente como tú, como tus compañeros, como tantos que hubo y hay todavía; el miedo muchas veces se me ha enroscado a la garganta y si no me avergüenzo de decirlo es porque en cierto modo tengo derecho al miedo ya que yo nada sirvo, nada valgo. Pero aún siendo así, aquí me tienes escribiendo una carta…

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ALGUNOS COMENTARIOS DEJADOS

Anónimo ha dejado un nuevo comentario en su entrada "Prólogo a un testamento de Roberto Fernández Reta...":

Hay una anécdota según la cual a Dulce María Loynaz le preguntan sobre Fidel Castro y ella responde que se abstenía de referirse pues "Ese señor y yo no hemos sido presentados".

La carta a San Martín hay que leerla completa, es una joya literaria y lo es además como instrumento de denuncia. Mis respetos a esa señora y que Dios siempre la tenga en algún lugar reservado a sus elegidos.

chicho el cojo

1 Comments:

At 3:47 p. m., Anonymous Anónimo said...

Hay una anécdota según la cual a Dulce María Loynaz le preguntan sobre Fidel Castro y ella responde que se abstenía de referirse pues "Ese señor y yo no hemos sido presentados".

La carta a San Martín hay que leerla completa, es una joya literaria y lo es además como instrumento de denuncia. Mis respetos a esa señora y que Dios siempre la tenga en algún lugar reservado a sus elegidos.

chicho el cojo

 

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