lunes, noviembre 21, 2005

EL PUSO EL NOMBRE PATRIA

Por Manuel Vázquez Portal, Miami
El puso el nombre Patria

Adolfo Fernández Saínz
Adolfo Fernández Saínz

El puso el nombre Patria a su agencia de periodistas independientes. Quería ser honrado, honrando. Y si de honra se trata, todo cubano empieza por Martí. Y recordé aquel periódico que sirvió de tribuna al apóstol de la independencia de Cuba. Y no podía ser de otra manera. Adolfo Fernández Saínz es un hombre de profunda cubanía, de honda raíz martiana, de inquebrantable apego a la verdad. Cuando lo conocí descubrí también que era una persona decente, respetuosa, civilizada, culta. No había en su actitud razón alguna para que un tribunal lo condenara a 15 años de prisión.

Pero en Cuba no hay tribunales justos, ni jueces pundonorosos, ni leyes verdaderas. Sólo un gobernante absoluto erigido sobre todos los poderes del estado que, con irreflexivos bandos militares, manda legitimar sus caprichos, testarudeces y desvaríos. Si desea prohibir la desnudez de las estrellas, allá van sus alabarderos a vestirlas. Si desea el silencio de los ángeles, allá van sus sicarios a zurcir cremalleras a los labios. Si desea aplausos y alabanzas, allá van sus genuflexos vasallos a romperse las manos, las gargantas.

Y los administradores obedecen, y los legisladores obedecen, y los alguaciles obedecen. Porque el absoluto es quien nombra administradores, quien ubica legisladores, quien ordena alguaciles. Y si no le son leales --sabuecillos inútiles-- manda decapitarlos. Y un hombre como Adolfo Fernández Saínz, que sabe contemplar la desnudez de las estrellas, no permite le coloquen pestillos en la boca, ni acepta arrodillarse ni aplaudir, se queda sin defensa y va a pudrirse en los calabozos de un país que de rejas tiene sus fronteras.

Más de 600 kilómetros deben recorrer desde su hogar hasta la cárcel Julia y Joana para llevarle un abrazo, alivio y golosinas. Julia lo eligió para amarlo como esposo. A Joana se lo regaló Julia para que lo honrara como padre. A Cuba se le ofreció él para servirla. Y es que Adolfo Fernández Saínz no concibe vivir sin Dios, sin familia y sin patria. Por la familia es que ha vivido y por la Patria que ha sufrido.

Un día me lo presentaron y supe que iba a ser mi amigo. Eran los días tropelosos, inciertos en que los gérmenes de la prensa independiente cubana mostraban sus primeros brotes. No hablamos de la pobreza en que se hundía el país. No hablamos de los presos que se consumían en las cárceles cubanas. No hablamos de la falta de libertades. Conversamos sobre el modo en que podríamos evitar el hambre, las cárceles, el totalitarismo. Supe que existía otro al cual no le gustaba refocilarse en los padeceres, sino enfrentarlos y erradicarlos. Nos dimos la mano convencidos de que marcharíamos juntos, y si era necesario, padeceríamos juntos.

El tiempo nos unió. Marchamos juntos, juntos padecimos la brutalidad de la conjura gubernamental. Encontrarnos era un ágape. Soñábamos. Reíamos. Planeábamos el futuro. Julita y Yolanda comadreaban alegres. Elogiaban los adelantos de Joana, su hija, y de Gabriel, el nuestro. Nos miraban, quizás, con admiración. Creían que podríamos. Y pudimos. Y podremos. Pudimos porque fuimos libres a pesar de las mordazas. Podremos porque hemos sido libres a pesar de las cárceles. Una vez más fracasó el odio. Tuvo que encerrarnos para doblegarnos, y no lo ha conseguido.

Adolfo Fernández Saínz, aún en la cárcel, es indomable. Allí conserva su profunda cubanía, su honda raíz martiana, su inquebrantable apego a la verdad. La lobreguez de su celda no impide que lea y se cultive, que alabe a Dios y ame a su familia. La lobreguez en que vive la patria no le impide luchar con decencia. El no acude a la estulticia de que se vale el gobierno para condenarlo. Aprendió con Martí a ser honrado. Porque un hombre que dice lo que piensa, lo defiende y sufre dignamente por ello, es un hombre honrado. No le hacen falta trampas y mentiras. El vencerá la cárcel, la sombra, los embustes. Julita y Joana, Yolanda y Gabriel lo mirarán admirados, ya sin quizás. Habrá podido. Yo estaré para abrazarlo.

El Nuevo Herald, Noviembre 20, 2005