miércoles, marzo 22, 2006

HUGO Y EVO O LOS AMORES IMPOSIBLES


Hugo y Evo o los amores imposibles

Carlos Alberto Montaner

El presidente Hugo Chávez está dedicado a las más trascendentes labores de gobierno. Está empeñado en que el caballo que aparece en el escudo venezolano mire a la izquierda y no a la derecha. Eso debe ser fundamental para Venezuela. Parece que es más importante la posición del animalito que evitar que colapsen los puentes principales --como le sucedió al viaducto que unía a La Guaira con Caracas-- o que frenar la terrible ola de delincuencia criminal que ha convertido a la capital en una de las ciudades más peligrosas del planeta.

Pero ahí no se detiene la brillante reforma chavista. Además de radicalizar ideológicamente al pobre equino para que se transforme en una bestia auténticamente revolucionaria, Chávez quiere añadir otros dos fieros símbolos al escudo: un arco y una flecha. Obviamente, ese gesto sutil significa que agrega el componente indígena a su república bolivariana y le hace un guiño de complicidad a su colega boliviano Evo Morales, a Ollanta Humala, el ex militar decidido a llegar a la presidencia de Perú en las elecciones de abril con un aterrador mensaje a medio camino entre el fascismo y el racismo antiblanco, y a la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador, la pendenciera CONAIE que hoy tiene al gobierno en crisis y al país semiparalizado con sus motines callejeros orquestados contra la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.

Lo que Hugo Chávez tal vez no ha entendido es que existe una contradicción esencial entre su proyecto bolivariano y la visión que Evo Morales y los indigenistas peruanos y ecuatorianos tienen de Bolívar y de los criollos que crearon las repúblicas latinoamericanas. Mientras el pintoresco presidente venezolano reclama ser el hijo putativo de Simón Bolívar --un liberal decimonónico amante de Locke, Voltaire y Montesquieu y, sobre todo, de Jeremy Bentham, con quien se carteaba--, los indigenistas, con Evo Morales a la cabeza, consideran, con bastante razón, que los criollos no son otra cosa que los descendientes y continuadores culturales de los colonizadores españoles. Al fin y al cabo, en 1821, cuando casi toda América Latina se emancipó de España, sólo uno de cada tres latinoamericanos hablaba español. Fue en la etapa republicana y no en la colonia cuando el castellano orilló totalmente a las lenguas autóctonas.

Por otra parte, aunque es innegable que España utilizó la mano dura para sojuzgar a los indígenas latinoamericanos, algo parecido pudiera decirse de los criollos que luego crearon repúblicas independientes. En Argentina, por ejemplo, las grandes matanzas de indios no las hicieron los españoles, sino los gobiernos democráticos posteriores al derrocamiento de Rozas en 1853. Jorge Luis Borges, el extraordinario escritor porteño, alguna vez me contó, lleno de orgullo, que su abuelo poseía un afilado cuchillo con el que degollaba indios presos tras las batallas: le llamaba ''el quitapenas''. Y tal vez la mayor venta masiva de indios esclavos que sufrieron los pueblos autóctonos no ocurrió durante la hegemonía española, sino tras la Guerra de Castas que en la segunda mitad del siglo XIX enfrentó a los mayas de la Península de Yucatán con el gobierno de México y las autoridades locales: miles de prisioneros mayas fueron vendidos a Cuba como escarmiento y castigo a los sublevados.

Evo Morales y sus partidarios también sueñan con refundar Bolivia, como hizo Chávez en Venezuela cuando se puso al frente del manicomio, pero esa refundación comienza por eliminar el nombre de Bolívar, un extranjero blanco y rico ayudado por los imperialistas británicos que escribió la primera constitución del país nada menos que bajo la influencia norteamericana y el ejemplo de la constitución liberal española de 1812. En su lugar, los indigenistas bolivianos, pese a que el señor Morales y la mayor parte de sus seguidores pertenecen a la etnia aymara, un pueblo sometido por los incas quechuahablantes en el pasado precolombino, desean crear la República de Tawantinsuyo, una nueva entidad supranacional que ocupe más o menos el perímetro donde hace 500 años tenía su asiento el Imperio Inca.

A partir de la creación de Tawantinsuyo --es una contradicción llamarle ''república'' a un tipo de Estado absolutamente contrario al modelo republicano, quintaesencia de la tradición liberal euroamericana--, comenzaría un viaje hacia el pasado para reconquistar aquel maravilloso paraíso perdido en el que la propiedad privada era despreciable y ni siquiera existía el vil dinero porque las transacciones se llevaban a cabo por medio de trueques nobles y altruistas supervisados por amables funcionarios del Estado.

O sea, mientras Hugo Chávez defiende su utopía socialista basado en la superstición de que el colectivismo marxista es el método idóneo para alcanzar rápidamente un futuro próspero, radiante y desconocido, sus (por ahora) aliados indigenistas marchan en dirección contraria, decididos a recuperar un mundo antiguo y maravilloso que les fuera arrebatado por los nefastos europeos y sus hijos criollos. Me sospecho que, dentro de unos años, Hugo Chávez, si sigue atornillado a la poltrona, propondrá ponerle anteojeras al caballo para que no mire hacia ninguna parte.

Marzo 19, 2006