viernes, junio 16, 2006

EL SILENCIO DE LOS CARNEROS

EL SILENCIO DE LOS CARNEROS

Por Roberto Luque Escalona
Colaboración
La Nueva Cuba
Junio 16, 2006



De las relaciones entre los intelectuales y la Revolución Cubana se trata en estas páginas. Debo aclarar, ante todo, que utilizaré la palabra "intelectual" como sinónimo de "escritor". No se trata de una manifestación de exclusivismo gremial, sino de mi convencimiento de que la literatura, en sus diversos géneros, es la manifestación del intelecto que mayor influencia política ejerce, el que posee mayores posibilidades de llegar a la mente de las personas y el de mayor importancia en la cultura cubana. Sólo el cine y la televisión pueden competir con la literatura en cuanto a capacidad de comunicación, y quizás superarla, pero ambas son de reciente creación; además, implican una inversión inicial de capital y el uso de medios técnicos, lo que facilita su control por el Estado totalitario.

El ballet y otras manifestaciones danzarias son poco menos que inocuas desde el punto de vista político; por eso han tenido tanto desarrollo en la difunta Unión Soviética y Cuba. Algunos pintores y escultores, como los deportistas profesionales, ganan más dinero del que merecen, pero esa bonanza económica no aumenta la influencia de su arte. En cuanto a la música, es casi tan manipulable como el cine y la televisión.

Son los escritores los que con mayor eficacia reflejan el devenir social, los que mayores oportunidades tienen de crear una conciencia crítica en los demás. Son, por ello, los de mayor peligrosidad potencial para una tiranía. He dicho potencial, que para criticar a un tirano hace falta algo más que talento cuando se vive bajo su gobierno.

Por otra parte, que tengan la oportunidad de crear conciencia no quiere decir que lo hagan o que estén obligados a hacerlo. Como todos, los escritores tienen derecho a la indiferencia, que no es, necesariamente complicidad. Julián del Casal fue un indiferente; Roberto Fernández Retamar es un cómplice.

Hablaré, pues, de los escritores. Es inevitable referirse a otro tipo de creadores, pero serán casos aislados.

En la segunda década del siglo XIX, el frenesí independentista estaba en su apogeo. Guerras, revueltas y conspiraciones se sucedían en la América hispana. No así en Cuba. Los cubanos no pasamos de la conspiración, lo que resultó, a la larga, una manifestación de sentido común. Entre los primeros conspiradores, uno de los más destacados fue el poeta José María de Heredia, que formó parte de la sociedad secreta conocida como Soles y Rayos de Bolívar. Casi adolescente en su época de conspirador, Heredia, ya cerca de la madurez y más cerca aún de la muerte por tuberculosis, renegó de sus ideas independentistas; en realidad, lo que sucedía en México, donde vivía, y en el resto de los países hispanoamericanos era como para volverse renegado. Mucho y mal se ha hablado y escrito sobre el general Miguel Tacón, entonces gobernador de Cuba, pero lo cierto es que, si se le compara con el también general Antonio López de Santa Anna, cinco veces presidente de México durante los años mexicanos de Heredía, don Miguel era al menos aceptable. Heredia murió antes de cumplir los 40, y ha sido criticado y defendido. De todos modos, fue nuestro primer escritor rebelde. Su Himno del Desterrado mantiene, por desgracia, actualidad.

El segundo fue el padre Felix Varela, cuya inclinación por la política, la enseñanza y el sacerdocio eran más fuertes que la que sentía por la literatura. En la política estaba, exactamente en las Cortes de Madrid, cuando, en su condición de diputado, votó a favor de la destitución del rey Fernando VII. Al recuperar el poder aquel áspero rey, el padre Varela debió huir a los Estados Unidos, convirtiéndose en el primer cubano exiliado en esta tierra. Varela se estableció en New York, en una diócesis poblada por irlandeses que llegaron a considerarlo una especie de santo. Como Heredia, abandonó el independentismo, pero su desilusión no fue con la idea, sino con la poca aceptación que ésta tuvo entre los cubanos de la época. Antes que la indiferencia lo llevara al hastío publicó magníficos ensayos en su diario El Habanero.
Gabriel de la Concepción Valdez, llamado Plácido, no fue separatista, no se interesó nunca por la política, pero fue el primero al que le tocó morir a causa de ella. La matanza de esclavos conocida por el estrambótico nombre de Conspiración de la Escalera se extendió a negros y mulatos libres, algo natural, pues no le habían costado un centavo a nadie, mientras que cada esclavo muerto le golpeaba el bolsillo a su amo. Al plácido bardo, cuya vida y muerte no fueron nada plácidas, le tocó morir en el escarmiento. En su postrer poema, Plegaria a Dios, leído por él mientras marchaba hacia el patíbulo, se declaró inocente. Seguramente lo fue. De todos modos, este escasamente instruido y abundantemente dotado poeta fue el primer escritor cubano víctima de los conflictos sociales, el primer escritor mártir. A mis compatriotas les gusta mucho esa palabra. A mi no.

Juan Francisco Manzano, un esclavo cuya libertad compró el grupo de intelectuales que aglutinaba Domingo del Monte, escribió poemas y una autobiografía en la que narra su vida bajo la esclavitud. Lamentablemente, su talento no estaba a la altura del de Plácido. La entonces famosa Gertrudis Gómez de Avellaneda y el poco conocido Anselmo Suárez y Romero también trataron el tema esclavista en sendas novelas, Sab y El negro Francisco, ambas de poco valor. La literatura cubana anti-esclavista no produjo nada parecido a La cabaña del tío Tom, cuyo protagonista es hoy menospreciado por los negros americanos, pero siempre será amado por mi. Por lo demás, ninguno de los tres sufrió nunca persecución ni exilio, ni fueron independentistas.

Cirilo Villaverde, fue, de lejos, el mejor novelista cubano del siglo XIX. Su Cecilia Valdez es, aun hoy, el personaje literario de mayor celebridad entre los cubanos. Villaverde no fue independentista ni indiferente: fue anexionista, tendencia política que dominó el separatismo de los cubanos hasta la derrota del Sur en la Guerra Civil Americana.. El anexionismo tuvo de todo: héroes, mártires, conspiradores, obreros, teóricos, escritores. De éstos, Villaverde fue el de mayor renombre y calidad, aunque Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, el recordado Cucalambé, también fue anexionista, así como otro poeta, Miguel Teurbe Tolón, cuyos versos se tragó el olvido, pero que se instaló de manera permanente en la memoria colectiva al diseñar nuestra bandera nacional, "la extraña bandera cubana" de que hablaba el célebre escritor americano Henry Miller. No era extraña; era original. Hasta que el poeta matancero la dibujó, en ninguna bandera aparecía el triángulo, diseño por cierto muy imitado en el siglo siguiente.

La Guerra de los Diez años tuvo también sus escritores, dos de ellos de obligada mención. El ensayista Manuel Sanguily, coronel, y el poeta Juan Clemente Zenea, fusilado por los españoles. A Zenea, muerto en lo que luego se llamó "el paredón", cuyo mejor poema lleva el premonitorio nombre de Fidelia, se le ha acusado de traicionar la causa independentista. No sé cómo pudo haberla traicionado, pues fue capturado en misión de guerra, acusado de traición a España y ejecutado.
En la Guerra del 95, a despecho de la presencia de generales hechos y fogueados en la guerra anterior, la máxima figura fue un escritor, tan mencionado, historiado, citado, llevado y traído, en fin, tan famoso, que no creo necesario extenderme sobre su desempeño intelectual y político. Sólo quiero señalar que el renombre literario de Martí es muy anterior a su actuación política, y que un país donde tanto se ignoró a los escritores antes de 1959, donde tanto se les ha hostigado, vilipendiado y, por último, envilecido después de ese año aciago, tiene como máxima figura histórica a un escritor muerto en combate.

Bonifacio Byne, otro poeta matancero como Teurbe Tolón, ha alcanzado una especie de inmortalidad por los muy recitados versos en los que expresa su disgusto por la presencia en Cuba de la bandera americana. Mucho patriotismo, pero poca poesía.

El primer conflicto de gran envergadura de la era republicana, que de baja intensidad hubo varios, fue la revuelta contra el gobierno de Gerardo Machado. Antes, durante la presidencia de Zayas, tuvo gran resonancia la llamada Protesta de los Trece, en la que participaron los más renombrados escritores cubanos de entonces. Dos de ellos, el poeta menor Rubén Martínez Villena, del Partido Comunista, y el ensayista mayor Jorge Mañach, de la organización derechista ABC, tuvieron luego destacada participación en la lucha contra Machado, pero el más talentoso de los Trece, el novelista Alejo Carpentier, quedó curado para siempre de toda inclinación al riesgo después de una breve temporada en la cárcel. También debe mencionarse a Juan Marinello, comunista como Martínez Villena, ensayista como Mañach, hombre cuya lentitud de pensamiento recordaba el lugar donde nació, un pueblo de Las Villas llamado Jicotea.

De esa época es también Pablo de la Torriente Brau, muerto en combate durante la Guerra Civil Española; por supuesto, en el bando republicano; Raúl Roa, ensayista, escribía de manera abominable, en mi opinión, pero algunos gustan de su esperpéntico estilo. El poeta comunista Nicolás Guillén, muy superior a Martínez Villena y que ya había dado sus primeros pasos por el camino de la fama, se mantuvo tranquilo y sosegado durante la dictadura de Machado, pero luego estuvo también en España, aunque lejos de las balas que mataron a Torriente Brau; lejos de todas las balas.

Lo que he tratado de ilustrar es que en Cuba no hubo un solo movimiento político de importancia anterior a eso que se conoce como la Revolución Cubana en que no participaran escritores más o menos renombrados.

Algo sucede a partir de entonces. No puedo determinar en que consiste, pero el hecho es que la lucha contra la dictadura de Batista se desarrolló sin el concurso de los hombres de letras o de los dedicados a cualquier otra actividad creativa. Carlos Franqui tuvo una participación destacada en la revolución, pero por entonces no se le consideraba un escritor, y de hecho no lo era, pues no había publicado nada. A Humberto Solás, que luego ganaría muchos admiradores como director de cine (entre los cuales no me cuento) y que colaboró con los combatientes de la clandestinidad, tampoco se le podía considerar un creador en aquellos tiempos. Lo mismo puede decirse de Nicki Silverio, que era entonces un nadador famoso, no un intelectual. Santiago Armada, Chago, ya dibujaba cuando se alzó en la Sierra Maestra, pero no era aún lo que algunos dicen que llegó a ser, un genio del dibujo humorístico. Reynaldo Arenas estuvo alzado en las alturas de Gibara poco antes de caer Batista... cuando era un adolescente de quince años y ni siquiera pensaba en ser escritor.

Entre los que ya eran conocidos y reconocidos, uno, solamente uno participó: el escultor Roberto Estopiñán.

¿Qué sucedió con los intelectuales cubanos, especialmente con nuestros escritores? En el periodo que transcurre entre la dictadura de Machado y la de Batista parecen haber estado preparándose para la abstención. Carpentier decidió no volver a visitar jamás una cárcel, mantuvo firmemente su decisión, y pasó casi todos esos años entre Francia y Venezuela, en ese último país como funcionario de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. El hermético poeta José Lezama Lima, que en tiempos de Machado participó en la manifestación en la que mataron a Rafael Trejo, se construyó un mundo aparte, una "torre de marfil", de la que salieron algunos de sus seguidores y epígonos (Cintio Vitier, Eliseo Diego y sus esposas, las finas y bellas hermanas García Marruz) para convertirse en incondicionales de Fidel Castro después que éste tomó el poder. La poetisa Dulce María Loynaz también construyó la suya y en ella permaneció hasta su muerte de nonagenaria. El dramaturgo Virgilio Piñera se marchó a Buenos Aires. El novelista Enrique Serpa se dedicó a la diplomacia. Lidia Cabrera, la blanca que le dio voz a los negros, José Angel Buesa, el tan leído y recitado poeta, Carilda Oliver Labra, la erótica, sonora y matancera poetisa, y Lino Novas Calvo, Carlos Montenegro y Enrique Labrador Ruiz, junto con Carpentier, los mejores narradores de la primera mitad del siglo, no sé qué hicieron. Nicolás Guillén se dedicó a lo de siempre: escribir bien, vivir mejor y seguir la línea del Partido Comunista, que hasta mediados de 1958 se oponía a la insurrección contra Batista; dicen que "donde fuego hubo, cenizas quedan", y los comunistas cubanos habían amado intensamente al sargento devenido en Presidente.

La sociedad cubana había desarrollado un sólido desinterés por la literatura, que luego heredaría la comunidad cubana de Miami. Muchos hablan despectivamente de Buesa. Yo no, que hacerse leer por los cubanos no es poca cosa. Por su parte, nuestros escritores parecen haberse puesto de acuerdo para corresponder a la indiferencia con la indiferencia. Mala decisión: cuando alguien se permite lujos que no están a su alcance, siempre se produce la quiebra.

En suma, que a partir del 12 de diciembre de 1936, cuando Pablo de la Torriente Brau fue muerto en un lugar cerca de Madrid llamado Majadahonda, fue como si los intelectuales cubanos decidieran de manera unánime que la vida es demasiado bella para ponerla en peligro. Tal decisión parece sensata, pero la sensatez se anula cuando a los que han decidido no asumir riesgos les da por admirar sin medida a quienes los asumen.

Entre las armas y las letras siempre ha habido conflictos y desavenencias, originadas generalmente por los hombres de armas, cuya actitud hacia los intelectuales suele moverse entre la arrogancia despectiva y la solapada envidia. En cambio, los hombres de letras sufren a menudo de una especie de fascinación por los guerreros, que a menudo no son otra cosa que palurdos bien dotados para ejercer la violencia.

"Si mi pluma valiese tu pistola / de capitán, contento moriría", escribió nada menos que Antonio Machado. A Enrique Líster, el capitán dueño de la invaluable pistola, se le recordará, si se le recuerda, por estos versos enloquecidos. Cuando los escribió, el bueno de don Antonio, el gran Machado, no pensó en Lepanto, batalla célebre tanto por su magnitud como por la cantidad de capitanes renombrados que en ella participaron. Muchos guerreros amados por la fama y portadores de linajes impresionantes participaron en aquella batalla, pero el hombre más famoso que en ella combatió fue un soldado de bolsillos vacíos llamado Miguel de Cervantes, y a don Juan, el victorioso príncipe, jefe de la flota cristiana que apabulló a los musulmanes, es necesario adicionarle el "de Austria", pues don Juan a secas es el otro, el infatigable seductor creado por Tirso de Molina y recreado y rebautizado por José Zorrilla. A largo plazo, siempre vencen las letras, y mala cosa es la admiración desmedida por personas cuya habilidad mayor consiste en mandar prójimos al otro mundo.

A largo plazo, dije. Sucede que a corto y a mediano, las letras, los hombres que las representan, son atacados por una viral (que no viril) admiración por los hombres de armas y las acciones que éstos encabezan. Este Mal de Alzheimer espiritual es propio sobre todo del siglo XX, en el que han tenido lugar tres grandes epidemias.

La primera fue provocada por la revolución bolchevique. A pesar de su figura rechoncha y de su rostro vagamente satánico, Lenin se convirtió en sujeto de altar. De Rusia llegaban noticias aterradoras y tan absolutamente ciertas como la del aniquilamiento de la familia imperial; algunos de aquellos Románov eran sólo adolescentes, pero los barones del intelecto no estaban para príncipes rusos. Se suicidó Maiakowsky, luego Esenin, Bunin emigró, Pasternak dejó de escribir poesía y se dedicó a traducir a Shakespeare, Chagall se negó a regresar, Kandinky escapó, Ragmánivov y Stravinsky se fueron con su música a otra parte, y sólo se oía hablar de muerte, muerte y muerte. Por otra parte, Lenin era un hombre taimado y, al mismo tiempo, amante de la desfachatez; hubiese bastado con escuchar sus palabras. Pero, como diría luego Néstor Almendros, nadie escuchaba. Murió Lenin y, bajo Stalin, continuó la sordera, uno de cuyos más notorios practicantes fue el reverenciado poeta Pablo Neruda.

La segunda orgía sentimental tuvo como objeto de amor la República Española. La República murió, murió joven, y sus amantes casi enloquecen de furia y frustración. Su temprana muerte, que fatigó los lagrimales de los habitantes del mundo intelectual, aún le permite a algunos suponer que, de alcanzar la madurez, hubiese sido buena, algo que a mi me parece dudoso, dada la fuerte vocación por el asesinato que mostraron muchos de sus personajes, incluido Líster, el capitán a cuya pistola daba tanto valor Antonio Machado. Me pregunto cuántos "tiros de gracia" habrán salido del cañón de esa pistola tan alabada.

Veinte años después de morir la llorada República surge la Revolución Cubana, el proceso político más minuciosamente destructivo de los tiempos modernos. Sin embargo, en su momento, fue la novia ideal de millones, entre ellos una legión de escritores e intelectuales de todo tipo.

Los barbudos de la Sierra Maestra, imagen pública (y falseada) de la Revolución Cubana, eran pintorescos, folclóricos; no tanto como sus colegas mexicanos Villa, Zapata y compañía, pero no estaban mal. Sus jefes eran fotogénicos, y aunque no faltaban rostros patibularios que la vida pudo habernos ahorrado, como los de Raúl Castro, Efigenio Ameijeiras y Ramiro Valdez, formaban un conjunto agradable. Y, una vez más, surgió el amor. Fue el tercer gran idilio político-literario, y todo parece indicar que será el último. Amén.

La defensa de la Revolución Cubana copia los esquemas expuestos por Simone de Beauvoir en su novela Los mandarines: criticar a la revolución rusa era hacerle el juego al imperialismo y lo malo que se dijera de ella era, con toda seguridad, mentira o, en el mejor de los casos, exageración. La propia Beauvoir y su feo y famoso marido estuvieron entre los reincidentes. Los desplantes e intemperancias de que los hizo víctimas Fidel Castro y la feroz represión que ejercía contra sus opositores no afectaron el tozudo entusiasmo del matrimonio Sartre. Nunca hubo tanto crimen en Cuba ni tanta solidaridad con los criminales por parte de la intelectualidad internacional. No hay nada que hacer: cuando alguien necesita un varón fuerte a quien amar y disculpar, los razonamientos huelgan.

Si el efecto entre los de afuera, entre los que sólo eran visitantes y no estaban expuestos a la represión, fue de tal magnitud, cualquier sorpresa ante el sólido servilismo de la intelectualidad cubana carece de fundamento.

Teniendo en cuenta la débil religiosidad de la mayoría de los cubanos y lo poco extendida que estaba en Cuba la lectura de la Biblia, resulta sorprendente el arraigo que tiene entre nosotros la idea mesiánica. Sólo necesitábamos gobernantes hábiles y honestos, pero reclamábamos un Mesías, y cuando apareció Fidel Castro, la mayoría vio no la realidad, sino lo que quería ver. Los intelectuales, generalmente ignorantes y estúpidos cuando se trata de política, fueron tan ciegos como cabía esperar. Los que estaban en Cuba aplaudieron embelesados, los que vivían en el extranjero regresaron presurosos, y todos se pusieron a escribir, a componer, a pintar, a elaborar proyectos cinematográficos. "El justo tiempo humano ha comenzado", escribió Heberto Padilla, uno de los regresantes.

Creo que debo detenerme en eso de la estupidez. Como los escritores hacen algo que pocos pueden hacer, comunicar sus vivencias y sentimientos a través de la palabra escrita y lograr que otros se interesen en ellas, es natural que se les considere inteligentes. No es así, al menos, no es necesariamente así. El talento literario es un don de Dios, para los creyentes, o de la Naturaleza, para los que creyentes no son. Un don muy específico que consiste en hacer que otros lean lo que el escritor escribe. Claro que ha habido escritores inteligentes, pero también han existido otros tan brutos que me impiden, con su actuación, considerar al talento literario como una manifestación de la inteligencia. Edgard Allan Poe, Charles Baudelaire y Truman Capote se autodestruyeron por medio de las drogas y la bebida. Arthur Rimbaud vivió una vida loca que ya quisiera Ricky Martín para cantarla, que no para vivirla. Fedor Dostoiyewsky gastaba todo lo que ganaba en la ruleta y Honoré de Balzac hacía algo peor, que en la ruleta casi siempre se pierde, pero a veces se gana: Balzac dilapidaba sus ganancias agasajando a ricos y aristócratas de los que ya nadie se acuerda. Wolfgan Goethe le hacía reverencias a cualquier noble que encontrara en su camino. Oscar Wilde no parecía tener idea sobre lo que era la sociedad victoriana, a pesar de que vivía en ella. Lev Tolstoy tuvo una vejez infernal y metió en el infierno a su mujer a causa de tonterías místicas. Herman Melville se convirtió en un ogro pleno de amargura que llevó a la desesperación a su familia porque se consideraba un fracasado debido a la poca venta que tuvo su inmortal Moby Dick. Alejo Carpentier estropeó lo que quizás pudo ser una obra maestra agregándole un capítulo final "políticamente correcto" a su magnífica pero contrarrevolucionaria novela El Siglo de las Luces. Gabriel García Márquez, que ni siquiera es comunista, vive enterrado hasta el cuello en la porquería en aras de su amistad con un sujeto que no es amigo de nadie. Mario Vargas Llosa llama "mediocre" a George W. Bush, que le pasó por arriba al 80% por ciento de los medios de difusión americanos para ganar la Presidencia, mientras que él, el más famoso de los peruanos desde que existe el Perú, perdió unas elecciones contra un entonces desconocido ingeniero agrónomo de origen japonés. A todo eso yo le llamo ser estúpido.

Volvamos a 1959, al idilio. La Revolución, la Novia Ideal que nos traía el Justo Tiempo Humano, resultó ser una promiscua, vulgar, dilapidadora, poco aseada y perversa bruja, que parecía haber inspirado la letra del son Mentira, Salomé compuesto por Ignacio Piñeiro, que dice así:

"Mujer falaz, impostora de caricias.
Tu beso es virus que al alma envenena.
Mueve tus ansias un corazón de hiena
con las maldades que encierra la codicia".

La Revolución no tardó en mostrar las uñas, largas como las de su Máximo Lider. Como pretexto, porque pretexto fue, utilizo P.M., un documental de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal acerca de la vida nocturna en La Habana, que no decía nada malo, pero tampoco bueno de la susodicha bruja. No decía nada. La ignoraba. En la pantalla aparecían sólo habaneros en parranda. Fidel Castro citó a los muchachos del intelecto en la Biblioteca Nacional y les leyó la cartilla: "Dentro de la Revolución, todo. Fuera de la Revolución, nada". Según el otro Cabrera Infante, el famoso, el Comandante en jefe, antes de poner los puntos sobre las íes, puso la pistola sobre la mesa desde la cual presidió la reunión. Muy simbólico.

El objetivo real no era la película, sino Lunes de Revolución, el suplemento literario de ese periódico dirigido por Guillermo Cabrera Infante, ya muy conocido en Cuba por sus crónicas cinematográficas en la revista Carteles y que llegaría a ser nuestro escritor más importante desde entonces hasta hoy. En Lunes escribían Heberto Padilla, también destinado a la fama, Calvert Casey, un cubano-americano que escribía en un español de gran belleza, Virgilio Piñera, icono literario de muchos, y otros que aprendieron la lección impartida en la Biblioteca Nacional y decidieron portarse bien sin siquiera saber por qué se habían portado mal.

Lunes de Revolución tuvo muchas cosas buenas y al menos una mala, la campaña contra Lezama Lima que encabezó Padilla; el corpulento Lezama, quizás debido a su corpulencia literaria, ha sido tomado repetidamente como blanco de diatribas más o menos absurdas. En fin, que Lunes desapareció, y con él, un programa de televisión que conducía Cabrera Infante.

Las siguientes víctimas pasaron casi inadvertidas: los dibujantes Chago Armada y Rafael Fornés, autores de unas tiras no precisamente cómicas. El muy joven Chago había sido miembro del llamado "Ejército Rebelde" y era el autor de Salomón. Fornés tenía más de cuarenta años y era un hombre contemplativo, talentoso y pesimista. Su tira tenía como personaje un extraño ser llamado Sabino. Ambos hacían eso que se conoce como "humor profundo". Tan profundo era que nunca pude verle el fondo. A mi eso no me preocupaba, pues el mundo está lleno de cosas que no entiendo, pero Fidel Castro ve la amenaza, la agresión y el desacato en todo aquello que escapa a su comprensión. Sabino y Salomón murieron jóvenes. Murieron, además, en silencio. Sólo los que trabajaban en el periódico Revolución, donde se produjo el nacimiento y la muerte de ambos personajes, supieron que Fidel Castro había decretado su desaparición.

"El pecado de los escritores cubanos es no ser lo suficientemente revolucionarios", dijo el Che Guevara. Lo que digo yo, que sé de eso mucho más de lo que él sabía, es que el único pecado de un escritor, en tanto que escritor, es escribir mal. Claro, aquel devoto de la humillación y el asesinato utilizaba para su homilía la total abstención de los escritores en la lucha contra Batista. Además, los hombres adictos a la violencia tienden a despreciar a todo aquel que no se atreva a plantarles cara. Pueden odiar, y odian, a los que se les enfrentan; pero no los desprecian. Por otra parte, los sujetos agresivos, como los perros (dicho sea sin ánimo de ofender a esos animales, uno de los cuales es muy amado por mi), aumentan su agresividad cuando perciben el miedo en los otros. En ciertas circunstancias, el coraje ayuda a conservar la salud.
Pero los escritores, los intelectuales en general, aceptaban y aplaudían, aplaudían y aceptaban todo lo que viniera de los Salvadores de la Patria. Parece una actitud prudente, pero no lo es. La prudencia nunca destruye, y esos hombres, que tanto creyeron practicarla, están hoy destruidos.

Además de la sumisión, que aumenta la agresividad de los violentos, hay otros factores que han servido a los intereses del régimen: la vanidad, la inseguridad, la falta de comprensión de lo que es la literatura, detalle al parecer extraño, pero común en muchos que pretenden ser literatos. Ser escritor consiste en escribir bien, y sólo hay dos categorías de escritores, los buenos y los muy buenos; no hay espacio para la mediocridad. La meta no es publicar, es escribir por lo menos bien, por lo que carece de sentido prostituirse para ser publicado, ya que todos los buenos manuscritos, todos, terminan, tarde o temprano, convertidos en libros. Quizás esta idea es demasiada complicada para el cerebro de esa gente; ya les dije que muchos de ellos son bastante brutos.

Hay otro factor, por demás sorprendente, que le ha servido a la tiranía: el homosexualismo. ¿Por qué sorprendente? En todas las épocas, en todos los ámbitos, en todas las profesiones ha habido y habrá homosexuales. La sorpresa está en la cantidad y en el contraste con la intelectualidad de épocas anteriores. Ni uno solo de los escritores que he mencionado hasta llegar a 1959 fue homosexual, con la posible excepción de Lezama. Tampoco otros (José Jacinto Milanés, Joaquín Lorenzo Luaces, Carlos Loveira, Miguel de Carrión, Mariano Brull) a quienes no me he referido porque no participaron en contiendas políticas, y de la relación entre política y literatura se trata este trabajo.

Pues bien, en los años 50' el homosexualismo se manifiesta de manera creciente y el fenómeno llega s su climáx precisamente bajo la tiranía de Fidel Castro. Virgilio Piñera, José Triana, Pablo Armando Fernández, Miguel Barnet, Reynaldo González, Antón Arrufat, Calvert Casey, Reynaldo Arenas: muchas diferencias hay entre ellos, y la diferente calidad literaria no es la menos importante, pero todos son notorios homosexuales. Lo mismo se ha dicho de Lezama Lima, pero yo tengo mis dudas al respecto. El estudio de este asunto es cosa de psiquiatras y sociólogos. A mi sólo me interesa y sólo estoy capacitado para analizar el uso que le ha dado Fidel Castro

A Fidel Castro se le acusa de perseguir a los homosexuales. En realidad, persigue a todo el que se le oponga: homosexuales, heterosexuales, bisexuales y asexuales. Teniendo en cuenta el carácter fuertemente machista de la sociedad cubana, el hecho de que un opositor sea homosexual le facilita reprimir cuando quiere hacerlo. Pero no siempre quiere: Alfredo Guevara ha sido durante décadas el Señor del Cine, tan importante como medio de propaganda; Reynaldo González fue el editor de las Obras Completas de Carlos Rafael Rodríguez (debe haber trabajado como un buey, el pobre, porque Carlos Rafael escribía muy mal); Pablo Armando Fernández y Miguel Barnet son vacas sagradas de la cultura oficial (por cierto, Barnet tiene un aspecto sumamente vacuno), y ambos, junto con Antón Arrufat, han recibido el Premio Nacional de Literatura.¿Se imaginan ustedes a intelectuales judíos ocupando esas posiciones, recibiendo esos galardones en la Alemania de Hitler? Aquello sí era persecución

Debo hablar de mí mismo. A principios de los 70', cuando comprendí que sólo sé escribir de una manera y esa manera podía llevarme a la cárcel, cerré hasta nuevo aviso por motivos familiares. Fue muy duro para mí, porque escribir es lo que me gusta hacer; más aún, lo único que sé hacer. Sin embargo, durante aquellos años perdidos, que abarcaron casi dos décadas y casi toda mi juventud, Humberto Solás dirigía películas, José Antonio Rodríguez, Adolfo Llauradó, Miguel Navarro y Vicente Revueltas actuaban en ellas, Carlos Ruiz de la Tejera pintaba gracias en la televisión, Mendive y Cabrera Moreno pintaban cuadros en sus estudios, Bola de Nieve viajaba por el mundo, regresaba a Cuba con el dinero ganado y, al morir, Fidel Castro enviaba una corona a su funeral. Todos estos bienaventurados eran homosexuales conocidos y reconocidos.

Está el caso de Reynaldo Arenas. Si, muy perseguido, pero, ¿cuándo? En los 60', mientras tantos penaban en la UMAP, Arenas disfrutaba de un "nido de amor" junto con Raúl Martínez (el pintor, no el ex alcalde de Hialeah) en un edificio aledaño a la Casa de las Américas y propiedad de esa institución, entonces dirigida por Haydée Santamaría. ¿Por qué se le persiguió después? ¿Por homosexual? No. Por haber enviado al exterior su novela El mundo alucinante, más bien por hacerlo sin permiso y por negarse a escribir eso que llaman "realismo socialista". El homosexualismo fue el pretexto.

Paradójicamente, mientras tantos escritores "machos" se prestaban a servir a la tiranía, mientras Lisandro Otero, Norberto Fuentes, Roberto Fernández Retamar, Jesús Diáz y otros se convertían en prostitutas literarias, Virgilio Piñera y Reynaldo Arenas, homosexuales de vida sórdida, se negaron a prostituir su talento. Los únicos que tuvieron eso que llaman un comportamiento varonil, literariamente hablando, fueron Lezama, a quienes algunos tachan de homosexual, y Piñera y Arenas, cuya homosexualidad está más allá de toda duda.

Mientras el país era tragado por el totalitarismo, la única protesta que se permitieron algunos fue marcharse. Pocos se marcharon: los veteranos Lidia Cabrera, Mañach, Baquero, Novas Calvo, Montenegro, Labrador Ruiz, Buesa; los entonces noveles Cabrera Infante, Calvert Casey y Severo Sarduy, el cineasta Néstor Almendros. Cabrera Infante y Almendros, triunfaron. El primero llegaría a ser lo que yo esperaba de él cuando leía aquellas críticas que firmaba G. Caín. No así Calvert Casey; el cubano de nombre irlandés nacido en Baltimore, el que me había fascinado con su prosa en El Regreso, se suicidó a los pocos años de salir al exilio.

Los demás, los que se quedaban para aplaudir y apoyar, una mayoría abrumadora en número, exigua en talento, se agotaban en la búsqueda de lo positivo, lo optimista, lo "revolucionario", tratando desesperadamente de complacer al Che Guevara (lo cual era difícil) y a Fidel Castro (totalmente imposible). Ello produjo unos niveles de abyección que me resulta difícil exponer. Sin embargo, lo intentaré. ¿Recuerdan a Plácido y a Zenea, los escritores fusilados? Cien años después de Zenea tuvimos a Norberto Fuentes, el escritor fusilador. Según cuenta en su libro Cazabandidos, participó en el fusilamiento de un alzado cuando era corresponsal de guerra en el Escambray.

En 1967 se produciría un acontecimiento que tardaría dos décadas en repetirse. Poco tiempo después de haber asumido Norberto Fuentes el papel de esbirro, un escritor, el poeta Angel Cuadras, rompe con el abstencionismo de unos y la sumisión de los otros y es condenado a prisión por actividades contrarrevolucionarias. Otros poetas hubo por entonces en las cárceles de la tiranía, pero Jorge Valls, Ernesto Díaz Rodríguez, Armando Valladares y René Ariza, a diferencia de Cuadras, no habían publicado nada antes de ir a prisión. No era aún escritores. En cambio, el documentalista Nicolás Guillén Landrían, Nicolasito, sobrino del poeta del mismo nombre, si había dado todo lo que iba a dar antes de ser encarcelado; de la cárcel saldría y al exilio llegó hecho un guiñapo.

Mientras en la Cuba de los 60' se desataba la represión más feroz que ha conocido el país y medio mundo aplaudía "los logros de la Revolución y el desafío al cercano monstruo imperialista", la intelectualidad cubana, convertida en coro de castrati (aquellos niños de tiempos por fortuna idos a los que se castraba para conservar sus voces agudas) cantaba las glorias de Fidel Castro. Un grupo de jóvenes académicos fundó la revista Pensamiento Crítico e intento, tímidamente, hacer honor a tal nombre con una especie de marxismo heterodoxo, sin traspasar los límites impuestos tiempo atrás en la Biblioteca Nacional. El experimento duró algunos años; no muchos. Por esa época comenzó su carrera un joven y escuálido trovador que aparentaba ser rebelde y a quien algunos llaman poeta; con el tiempo, Silvio Rodríguez demostró algo ya demostrado: las apariencias engañan. El Caimán Barbudo, revista de temas culturales nacida poco después que Pensamiento Crítico y de vida mucho más prolongada, resultó ser una iguana, animal de aspecto impresionante, pero muy asustadizo. Las diferencias entre El Caimán... y Lunes... están personificadas en sus respectivos directores, Jesús Díaz y Guillermo Cabrera Infante, la mediocridad agresiva y el talento.

Angel Cuadras fue a la cárcel no tanto por sus poemas como por sus hechos. En 1968 aparece, por fin, una obra abiertamente crítica: Heberto Padilla, hasta ese momento un poeta-funcionario del régimen, decide tomar el áspero camino de la disidencia y escribe Fuera de Juego. Talentoso, ampliamente conocido, Padilla parecía camino de convertirse en la versión criolla de Alexander Solzhenitzin. El libro fue premiado en el concurso de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por un jurado que presidió Lezama, al parecer poco dado al rencor, y del que fue parte Manuel Díaz Martínez, un poeta que luego tuvo una azarosa trayectoria. También recibió premio Los Siete contra Tebas, de Antón Arrufat, obra teatral que adaptaba una tragedia griega al ámbito cubano. Los voceros de la cultura oficial atacaron con furia ambas obras. Arrufat se encuevó, dispuesto a esperar tiempos mejores, que al cabo llegarían para él. Padilla, en cambio, se instaló en el Olimpo de los Valientes, un lugar elevado, pero frío e inhóspito; una verdadera cumbre borrascosa.

Tres años después, cuando las borrascas arreciaron, Padilla se derrumbó. Hombre con fama de erudito, padecía, sin embargo, de una laguna cultural. Ignoraba una frase de Sócrates que es todo un tratado de filosofía: "Conócete a ti mismo".

Heberto Padilla no estaba hecho para lo que intentó hacer. Y lo peor era que ellos, que nos conocen a todos porque se han tomado el trabajo de estudiarnos, lo sabían. A partir de su derrumbe y de los mea culpa entonados por aquellos a los que acusó en el patio de la UNEAC aquella aciaga noche (con la inevitable excepción del poderoso Lezama, que ni se dio por enterado), la intelectualidad cubana refuerza su ya sólido servilismo y así continuará hasta 1991, con la pequeña brecha provocada por la llamada Carta de los Diez.

Antes, a principio de los 80', muchos años después del ingreso en prisión de Angel Cuadras, otros tres escritores fueron a dar a la cárcel: el ya veterano narrador José Lorenzó Fuentes, involucrado en una oscura trama con un diplomático, la poetisa Lina de Feria, de cuyo encarcelamiento ignoro las razones, y los entonces noveles

Reynaldo Bragado y Rafael Saumell, que no habían tenido la oportunidad de alcanzar renombre alguno debido a su incapacidad para mantener sus manuscritos inéditos fuera del alcance de la Seguridad, y que estarían entre los primeros escritores que formarían parte del Comité Cubano pro-Derechos Humanos, junto a la poetisa Tania Díaz Castro, una mujer que dejó buenos, agradecidos recuerdos en los miembros del Comité, pero que sufrió un proceso de derrumbe parecido al de Padilla, con acusaciones y auto-acusaciones.

Algo así como un paréntesis para Reynaldo Arenas, que nunca fue un opositor en Cuba, pero sí un sujeto imposible de manipular, al que se le montó una implacable persecución con el pretexto del homosexualismo. La estampida de El Mariel lo trajo al exilio, y aquí se dedicó a pasarle la cuenta a sus perseguidores. Entre las cosas de mi vida que hubieran podido ser y no fueron está el haber coincidido con él aquí. Teniendo cuenta su carácter y el mío, las muchas cosas que nos separaban, la extrema violencia presente en el football americano y el hecho de ambos fuésemos holguineros, creo que nuestro encuentro hubiese pasado a la historia como el Holguín Bowl.

Otro, más breve, para Guillermo Rosales, tan talentoso como Arenas. En circunstancias normales, no ideales, simplemente normales, corrientes, algo así como la Cuba de antes, estoy seguro de que hubiese llegado a la grandeza. Lo mismo esperé de Calvert Casey, pero, como Calvert, su espíritu estaba ya gravemente quebrantado cuando llegó al exilio; como él, se suicidó. "No pobre Calvert. Pobres los que no lo conocieron", escribió Cabrera Infante. Tenía razón. Al menos, a Guillermo Rosales lo conocí.

En 1990, María Elena Cruz Varela, Premio UNEAC de Poesía como Padilla, se unió a un recién creado grupo de análisis político fundado por José Luis Pujol, ex profesor de Lingüística que escribía cartas furibundas al Partido Comunista bajo el rubro de Criterio Alternativo, nombre que adoptó el grupo, y el que les habla, autor de Los niños y el tigre, una diatriba contra Fidel Castro publicada en México el año anterior.

En Criterio Alternativo surgió la idea de redactar una carta de peticiones y ponerla a la firma de los intelectuales. La carta no podía ser más moderada, aunque incluía un reclamo importante e ineludible, que era la liberación de los presos políticos; pero solamente obtuvo diez firmas. En realidad seis, pues cuatro eran de miembros de Criterio Alternativo: el periodista radial Víctor Serpa, el crítico Fernándo Velásquez, María Elena Cruz y yo. De los miembros de la UNEAC sólo firmaron los poetas Raúl Rivero y Manuel Díaz Martínez, los novelistas Manuel Granados y José Lorenzo Fuentes, Bernardo Marqués Ravelo, de la redacción de El Caimán Barbudo y su esposa, la también periodista Nancy Estrada. Diez firmas. Solamente diez. Pero el exiguo número de firmantes no impidió que a Fidel Castro le diera una rabieta descomunal y ordenara montar una campaña de condena pública, orden que la UNEAC cumplió a cabalidad redactando un documento de denuncia de lo que llamó "una operación enemiga" y recabando la firma de sus miembros. Esta vez los firmantes fueron cientos.

"La mayoría de ustedes no tienen ni tendrán significación alguna en la cultura de nuestro país, pero ni siquiera el talento de aquellos pocos que lo poseen podrá borrar la ignominia de haber puesto sus firmas al pie de ese documento infame". Eso dije entonces en una carta que le dirigí a las ovejas del corral de la UNEAC. Quiero repetirlo ahora.

De los firmantes de la famosa carta fueron a la cárcel Maria Elena Cruz y Fernando Velásquez. Fueron encarcelados, no por la carta en sí, sino por el hábil trabajo de Jorge Pomar, un infiltrado en Criterio Alternativo, trabajo desarrollado cuando Pujol y yo ya no éramos parte del grupo. Al salir de la prisión, ambos marcharon al exilio. Los demás nos marchamos antes, menos Raúl Rivero, que dos años después de eso que yo llamo "la cartica" comenzó una actividad periodística que lo llevaría también a la cárcel y al exilio, y Manuel Granados, el mayor talento de la intelectualidad negra, que ni escribió contra el régimen ni fue encarcelado ni se exilió; simplemente murió, en el olvido y la oscuridad. Otro poeta, Manuel Vázquez Portal, desconocido cuando lo de la carta, siguió los pasos de Rivero en el periodismo independiente, la prisión y el exilio, así como Armando de Armas, joven cuentista de Cienfuegos.

Debo señalar que esta rebelión de la intelectualidad iniciada por la Carta de los Diez, exigua por su número, tuvo lugar cuando la tiranía llevaba más de treinta años en el poder. Treinta años de asesinatos, de encarcelamientos, de represiones preventivas como la de la UMAP, de masivas y públicas exhibiciones de crueldad como los "actos de repudio" cuando El Mariel, de destrucción económica, moral y espiritual de la nación no habían logrado conmover el sólido servilismo de los intelectuales cubanos. Aún hoy siguen apoyando y aplaudiendo todo lo que se les pide que aplaudan y apoyen.

Los que emigramos en los 80' y los 90' seguíamos los pasos dados por otros treinta años antes. Y por la misma senda crítica de Cabrera Infante, de los ensayistas Luis Aguilar León y Carlos Alberto Montaner, del multifacético Manuel Márquez-Sterling. Pero hubo una emigración distinta. A diferencia de los que rompían con su pasado para enfrentarse al régimen, otros emigraron sin romper sus lazos con él: Lisandro Otero, Eliseo Alberto Diego, Jesús Diaz, Antonio Benitez Rojo, Norberto Fuentes, Abilio Estévez. Desde la defensa de la tiranía, abierta en Otero, solapada en Fuentes, hasta el caminar sobre la cerca de Jesús Díaz, quien declaró que no era disidente (una gran verdad) o el absoluto silencio de Benítez Rojo, agazapado en un college de New York.; las variantes incluyen siempre la ausencia de enfrentamiento. Después de todo, un colofón natural a lo que fueron sus vidas. La excepción ha sido Zoé Valdés, que ha puesto su fama al servicio de la lucha anti-castrista.

¿Cuál ha sido la causa fundamental del despreciable comportamiento de la intelectualidad cubana durante esta larga pesadilla nacional? Ya he hablado de la estupidez que afecta a muchos escritores, de su fascinación por los hombres violentos. Otros prefieren hablar de cobardía. Muchos de ellos, la mayoría absoluta, son cobardes, es cierto; pero hay algo más. Y ese algo está personificado en Virgilio Piñera.

Nadie más cobarde que Virgilio. Sin embargo, cuando Fidel Castro les dijo claramente a los escritores lo que quería en la reunión de la Biblioteca Nacional, aquello de "dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada", el cobarde Virgilio pidió la palabra, fue hasta mesa donde reposaba la pistola del iracundo Máximo Líder, tomó el micrófono y, con un hilo de voz, dijo:

- Tengo miedo.

Fidel Castro no se inmutó, pero la furia interior debe haber sido de las grandes, así como su comprensión de que aquel feo y escuálido hombrecito era potencialmente peligroso.

¿Por qué no se largó, como hicieron Cabrera Infante, Calvert Casey y otros que allí estaban? Oportunidades tuvo. No las aprovechó. El único motivo que se me ocurre es la falta de inteligencia extra-literaria, tan común entre los del gremio y a la que ya me he referido. Pocas luces hay que tener para estar en Bélgica, regresar a Cuba y, al llegar, plantarle un beso a la tierra de la Patria, en realidad, al asfalto del aeropuerto.

Eso hizo el pobre Virgilio.

Le pasaron la cuenta. ¿Por ser homosexual? No lo era más que otros, que el dirigente Alfredo Guevara. Le pasaron la cuenta por las dos palabras que dijo aquella vez y por negarse a escribir lo que ellos querían que escribiera. Y mucho partido que le sacaron a su cobardía, a su miedo a la violencia física. Los de la Seguridad lo visitaban con frecuencia, lo amenazaban, lo insultaban. Dicen que Virgilio, aterrado, se arrodillaba, lloraba, pedía perdón, prometía enmienda. Luego, cuando los esbirros se marchaban, se secaba las lágrimas, se sonaba la nariz... y seguía escribiendo lo que le daba la gana. ¿Contra el régimen? No. Simplemente lo que le daba la gana.

Cuando se vive en un mundo peligroso, y nada tan peligroso como un estado totalitario, la valentía es una cualidad muy útil. Si se quiere ser íntegro, muy bueno es ser valiente. Pero se puede ser íntegro sin valentía, siempre que se ame la profesión, que se la respete. Virgilio Piñera, el asustadizo Virgilio, fue un escritor íntegro.
Como todos saben, a los homosexuales en Cuba se les llama de muchas maneras, todas ellas despectivas, con nombres tomados casi siempre del reino animal. Una de ellas, "pájaro". El "pájaro" Virgilio Piñera, por su integridad profesional, tan poco común entre los intelectuales cubanos de las últimas décadas, era una rara avis, que en latín significa "ave rara".

Lo bueno para la justicia, lo malo para los intelectuales oficialistas es que la sumisión, aparte de afectar la calidad que quizás algunos hubiesen logrado, no los ha hecho felices. Poco antes de salir de Cuba, un diplomático español me dijo que había hablado hacía poco con Pablo Armando Fernández y que le había parecido "desesperado".

- Que se suicide-contesté, implacable- Maiakowsky y Esenin se suicidaron. ¿Quién es él para no suicidarse?

Una muy buena definición del destino literario de esta gente está en el reverso de un epitafio adelantado que alguien compuso para el corpulento trovador Pedro Luis Ferrer, magnífico cantante, guitarrista y compositor que interpretó mal aquello de "dentro de la Revolución, todo", y cuyas actitudes contestatarias "dentro de la Revolución" le han acarreado múltiples problemas. Dice así:

"Murió Pedro Luis Ferrer.
Murió gordo como un cerdo.
Y, como tenía que ser,
murió de no estar de acuerdo"

Los escritores serviles a la voluntad de la tiranía no tienen futuro, ni en vida ni después de muertos. Siempre estuvieron de acuerdo.
* Roberto Luque Escalona, escritor y ex periodista opositor cubano autor de varias obras entre ellas el libro "Fidel y el juicio de la Historia", fue miembro del grupo contestatario Criterio Alternativo dentro de la Isla y sufrió arrestos y represión hasta salir al exilio.