jueves, agosto 31, 2006

FIDEL CASTRO, PARTE DE UNA RELIGION

FIDEL CASTRO, PARTE DE UNA RELIGION



Por Claudio Fantini
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Argentina
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Máximo Tomás
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Agosto 30, 2006


El ateísmo que proclama es contrario a la veneración que provoca su figura. La izquierda latinoamericana y el culto al "Papa de la Revolución".

Los castristas se equivocan al negar algo evidente: el líder que veneran es un dictador. Y los anticastristas se equivocan al no admitir que Fidel Castro es el más brillante y original de los dictadores que ha producido el autoritarismo latinoamericano. Al régimen que construyó sólo puede comparársele el despotismo ilustrado con que Gaspar Rodríguez de Francia gobernó Paraguay en el siglo XIX.

Fidel no es un genial estratega militar y tampoco el estadista visionario que conduce un país desde el atraso y la pobreza al desarrollo y la modernidad. Su genialidad está, precisamente, en haberse creado una imagen de lúcido general a pesar de ser autor de verdaderos enchastres tácticos, como el asalto al cuartel Moncada, y fracasos como el desembarco en República Dominicana, donde Castro encontró una Bahía Cochinos al revés, pero consiguió borrarlo de la memoria histórica. Haber apoyado aventuras como la del guerrillero Massetti en Salta y la del Che Guevara en Bolivia, ambas con planificación deplorable y final patético, prueban que Fidel no es precisamente un Napoleón caribeño. Y más allá del desarrollo médico que le dejó su inserción en la división internacional del trabajo del Comecom, el hecho de que Cuba siga siendo un país monocultivador, que sus ciudades se caigan de a pedazos y su parque automotor constituya un museo en gran escala, prueban que Castro no ha sido de esos estadistas que conducen a sus pueblos desde el atraso hacia el desarrollo.

Su genialidad está, precisamente, en haber instalado una imagen que lo muestra con el brillo militar del mariscal vietnamita Vanguyén Giap, y la intuición económica de un Rossevelt o un Deng Xiaoping.

Se equivocan sus adoradores al no ver que a su régimen también lo sostienen legiones de comisarios políticos, una vasta red de delatores, la censura, el miedo a la prisión o al ostracismo, el linchamiento público y la execración social, además del fanatismo organizado en fuerzas de choque como los llamados Grupos de Respuesta Inmediata.

También se equivocan los detractores al minimizar los logros del régimen en el sistema de salud y en la educación, aunque en este punto sus adoradores son incapaces de repudiar el adoctrinamiento que acompañó a la alfabetización y que es parte de la sólida formación primaria, secundaria y universitaria.

Fidel construyó un despotismo ilustrado con numerosos logros sorprendentes e inconcebibles en el vecindario (con excepción de Costa Rica, un país de virtudes socio-políticas que nadie difunde). Y construyó para sí mismo la imagen de un héroe invencible. Por cierto, haber sobrevivido a decenas de complots norteamericanos y al colapso soviético explica por qué se convirtió en una leyenda viviente. Resulta frívolo mezclarlo en esa fauna de tiranos cuyas vulgares y angurrientas ambiciones se reflejaban en palacios y riquezas desmedidas. La ambición de Fidel tiene otras dimensiones, sólo mensurable en la escala de la Historia.

Es absurdo comparar a Castro con Somoza, Duvalier, Castillo Armas o Stroessner; pero es hipócrita no ver en él a un Luis XIV antillano. Si aquel monarca absolutista francés sentenció "el Estado soy yo", su clon marxista leninista logró instalar entre los castristas de la isla y del mundo que la revolución es él. Y fue más lejos aún cuando, apostando a la carta segura del nacionalismo, pudo convencerse y convencer de que Cuba es él. Por eso la dignidad ideológica de defender la revolución y la dignidad patriótica de defender el país, convergen en la doble dignidad de defenderlo a él.

He aquí su más brillante don: la construcción y manejo de la propaganda como principal instrumento de poder. A partir de la propaganda, Fidel Castro se proclamó infalible como estratega militar, como constructor económico y como intérprete de la Historia. Mediante la propaganda convirtió la delación y la obsecuencia en virtudes ideológicas y patrióticas; además de asignar un nuevo significado al concepto "dignidad".

La longevidad de su régimen no es una victoria del pueblo cubano, como él afirma; pero es sin duda una victoria de Fidel Castro, un triunfo personal de dimensiones imponentes.

Fidel es nuestro Papa", dijo Hugo Chávez. Y la definición es perfecta aunque paradójica, porque se supone que a la izquierda la integran mentes seculares. Al fin de cuentas descienden del materialismo dialéctico, cuyo creador veía en la religión al "opio de los pueblos". Pero a esta altura de la historia, a buena parte de la izquierda la mueven devociones emocionales. Y venerar al profeta barbado de La Habana es parte de la religión.

Hasta tal punto fue acertado Chávez al pontificar a Fidel Castro como "nuestro Papa", que existe una larga lista de puntos en común entre el líder cubano y los que ocupan el trono de Pedro; por ejemplo el reinado vitalicio. Al igual que la feligresía católica, el izquierdismo acepta que Fidel detente la totalidad del poder hasta que muera o hasta que la vejez y la enfermedad le impidan gobernar. O sea, acepta que sólo él o la naturaleza pueden decidir sobre el final de su mandato.

También como los católicos respecto de los papas, la feligresía castrista cree en la infalibilidad de su líder y practica la veneración, un culto al personalismo que la profunda religiosidad ideológica ya había mostrado con Mao Tse-tung, Tito, Ho Chi Min y Stalin, incluyendo santuarios para la necrofilia como el mausoleo de Lenin en la Plaza Roja.

El dogma fidelcastriano tiene su liturgia, su letárgico sermón, un santoral de mártires mitificados y estampitas célebres como la del fotógrafo Korda con la imagen del Che.

Además del salmo y del amén ("patria o muerte venceremos"; "hasta la victoria siempre"), la religiosidad castrista tiene sus lugares sagrados y sus peregrinaciones rituales. Pero la más profunda comunión entre el pontificado católico y el de la izquierda latinoamericana es el moralismo. Ambos papas tienen el derecho (a uno otorgado por Dios y al otro por la Historia) de sentenciar el bien y el mal y dividen a la especie humana entre los que pecan (sirviendo al imperio maléfico) y los píos que siguen la senda señalada por la vanguardia esclarecida, estableciendo una posible redención a los descarriados que admitan la culpa y se arrepientan. También los dos jefes espirituales condenan, anatemizan y excomulgan.

El hombre al que Chávez tan acertadamente llamó "nuestro Papa", tiene una legión de condenados que va desde presos políticos hasta intelectuales y artistas que apoyaron la revolución pero luego cuestionaron al régimen, como el escritor Guillermo Cabrera Infante y la cantante popular Celia Cruz; además de geniales científicos como Hilda Molina, la neurocirujana a la que Cuba debe su fama de potencia médica.

El moralismo castrista también es implacable a la hora de castigar con anatemas las conductas desviacionistas: "agentes de la CIA" son aquellos que critican o demandan reformas; "infectos gusanos", los que caen en la tentación de Miami, y la amplia gama de "contrarrevolucionarios" incluye, por ejemplo, aquellos cineastas como Gutiérrez Alea que, "abusando del período especial", hicieron películas blasfemas como Guantanamera y Fresa y Chocolate.

A la hora de excomulgar, el Papa de la izquierda chavista no se detiene ni en los afectos más íntimos. Por eso en el inmenso exilio figuran su hija Alina y su hermana Juanita Castro Ruz, una de las principales referentes del anticastrismo en Florida.

El moralismo es una de las principales claves de la autoridad de Fidel Castro. Desde hace casi medio siglo detenta el poder absoluto, pero lo vive como una entrega total, un desprendimiento de todo. Lo vive con ascetismo franciscano y enfundado en la fajina guerrillera cuyo valor simbólico equipara a la sotana papal. Igual que los pontífices, Fidel renunció a tener esposa y a hacer vida de familia. Está casado con su causa y esa vida monástica y sacrificada lo erige en el juez moral de los demás, el que sacraliza y estigmatiza, el que redime y condena.

Por eso cuando su furia divina cae sobre alguien, ese alguien se convierte en lo que se convertían los castigados en el régimen que George Orwell describe en la novela 1984: "the no persons" (la no persona).

Desde esa autoridad moralista censura libros y escritores, películas y directores, todo en nombre de la integridad ética de las masas y por la salud de la revolución. En su index Librorum Prohibitorum figuran desde Vargas Llosa a Octavio Paz pasando por una lista interminable. El resultado es una sociedad purificada en el ascetismo generalizado, que vive una virginidad similar a las de las comunidades jesuíticas de los siglos XVII y XVIII.

Como en otros regímenes similares, su mayor logro en materia de conducta social regimentada es lo que la visión orwelliana del totalitarismo llamó "policía del pensamiento", ese mecanismo de autocensura que activa el instinto de supervivencia en el interior mismo de la persona.

La izquierda que lo venera defendería en cualquier debate al hombre libre de Rousseau, pero aprueba que su máximo guía espiritual actúe como un Leviatán hobbesiano, y no se sonroja al justificar sus condenas, sus excomuniones, sus anatemas y su acción censuradora.

Él es Cuba, él es la revolución; por lo tanto atacarlo es atacar a Cuba y a la revolución. Al fin de cuentas, en la izquierda latinoamericana, Fidel es parte de la religión.

2 Comments:

At 3:17 a. m., Anonymous Anónimo said...

Buagggg ¡mira que escriben tonterias y además mentiras! So ignorantes....

 
At 3:37 a. m., Blogger PPAC said...

Muy probablemente la persona ignorante que no entendió el escrito fue usted. Cuando una persona califica sin argumentar, frecuentemente es porque no tiene argumentos que justifiquen su valoración. Señale al menos esas tonterias y mentiras para todos enterarnos y quizás compartir su criterio. Agradecido por su lectura.
El Blogguista

 

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