miércoles, agosto 09, 2006

MI JEFE RAÚL

Mi jefe Raúl


Por Alcibíades Hidalgo, Miami

La tarde del caluroso abril de 1981 en que Raúl Castro me recibió, sonriente y jaranero, en su enorme oficina del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias cambió definitivamente mi vida. La bienvenida del segundo hombre de Cuba y hermano menor de Fidel Castro, fue directa al grano:

"¡Así que tú eres el que no quieres trabajar conmigo!" dijo, extendiendo la mano desde la ventajosa posición que le proporcionaba su atronadora voz y el atuendo único de general de cuatro estrellas. En términos cubanos, una oferta que no podía rechazarse.

El asunto había comenzado pocos días atrás ante Carlos Aldana —entonces jefe del despacho del propio Raúl en el Comité Central del Partido Comunista, y luego “tercer hombre” fugaz en la estructura del poder— quien me comunicó que, tras varios años de andanzas periodísticas por todos los conflictos políticos y guerras posibles en el Medio Oriente y África, mis servicios eran requeridos de inmediato como analista de asuntos internacionales en el exclusivo grupo de asesores del Segundo Secretario del Partido. Los sensibles informes allí elaborados a partir de la materia prima aportada por varios servicios secretos del Estado cubano y otras fuentes, sólo estaban destinados a los ojos de ambos hermanos Castro. Ser seleccionado para esta tarea revolucionaria, explicó Aldana, era la prueba de la más absoluta confianza.

Supongo que mi mezcla de sorpresa y duda ante tal propuesta motivó su oportuna sugerencia de que meditara la respuesta definitiva. "Piénsalo bien, que aquí nadie dice que no," fueron sus palabras exactas.

El desenlace previsible de mi entrevista con Raúl Castro me llevaría en los próximos años por muy distintos escenarios. Todos, en su momento, de interés prioritario para el apetito universal del poder cubano: desde inhóspitos campamentos de guerrillas en el Sahara Occidental o el sur de Sudán hasta la Ghana de Jerry Rawlings o la Polonia sacudida por el sindicato Solidaridad. Misiones diplomáticas en palacios de Saddam Hussein, en dachas reservadas a la nomenklatura en las Colinas Lenin o la sede de la KGB en las afueras de Moscú; Windhoek en tiempos de la retirada sudafricana. Muchas veces Angola y demasiados salones de conferencias de Naciones Unidas en Ginebra, Viena o Nueva York. Un largo camino que paradójicamente me conduciría de las filas del Comité Central del Partido Comunista al destierro por la peligrosa vía del Estrecho de la Florida, cuando los hermanos Castro se percataron, años después, de que ya no pensábamos de la misma manera.

El hombre que ejerce hoy el poder en Cuba, y con el cual trabajé directamente por más de una década como jefe de su despacho político, es mal conocido fuera de la Isla, pero también una incógnita para la mayor parte del pueblo cubano, pese a su decisiva participación en la larga aventura de la revolución de la que es parte imprescindible. Su vida ha transcurrido paralela y a la sombra de su muy famoso hermano, al que ahora reemplaza, todavía de manera provisional. Esta designación como heredero se hizo oficial pocos días atrás, pero fue anunciada desde el 21 de enero de 1959, en uno de los primeros discursos de Fidel Castro tras la toma del poder, en el que aprovechó para describir como “más radical que él” al sucesor escogido.

Pese a muchos tropiezos y distanciamientos entre ambos hermanos, se cumple también ahora la voluntad del Comandante en Jefe. Durante 47 años Raúl Castro ha sido el ministro, organizador y jefe de la más poderosa institución del país, las fuerzas armadas, además de sus otras posiciones determinantes en la cúpula del poder. Ese largo trayecto puede comprenderse mejor si se tiene en cuenta que Neil Hosler McElroy, Secretario de Defensa en la administración de Dwight Eisenhower en el mismo año que Raúl Castro asumió su cargo, falleció hace ya treinta años.

Cinco años menor que su hermano Fidel, compartieron en la infancia y adolescencia el inusual mundo rural de la familia Castro Ruz y los largos extrañamientos en lejanos colegios religiosos adonde los enviara su padre, el terrateniente gallego Ángel Castro Argüíz.

A diferencia de Fidel, doctorado en leyes en la Universidad de La Habana, no concluyó estudios universitarios. Mientras su hermano se convertía en figura conocida en las bandas gangsteriles que dominaron la agitada política universitaria a mediados del siglo, Raúl escogió una temprana afiliación comunista que lo llevó en 1953 a Austria y países de la Europa del Este, su primer viaje fuera de la isla.

En el largo regreso de Europa a bordo del Andrea Gitti, conoció a Nikolai Leonov, un joven oficial de la KGB que llegaría a las más altas posiciones en esa organización, en gran parte gracias a esta relación con uno de los principales protagonistas de la futura revolución cubana, forjada en “un paquebote destartalado”, según la descripción del soviético. En 1956, cuando preparaba junto a Fidel la expedición a Cuba del yate Granma, encontró de nuevo a Leonov, esta vez en el Distrito Federal mexicano. Fue Raúl, recuerda Alejandro en sus memorias, quien lo presentó a Ernesto “Che” Guevara, un nuevo amigo argentino incorporado ya a la naciente empresa revolucionaria.

Poco semanas después de su viaje a Viena, Raúl participó en el fracasado asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba. Capturado por las fuerzas del gobierno, fue condenado a diez años de prisión. Los inculpados cumplieron sólo 18 meses en la Prisión Modelo de Isla de Pinos, gracias a una amnistía del dictador Fulgencio Batista y una parte de los asaltantes del Moncada, Raúl entre los primeros, viajó a México y regresó a Cuba en 1956 para iniciar la guerra contra Batista desde las montañas de Oriente.

Antes de la partir en el yate Granma, Raúl —quien luego se distinguiría por su proclividad a la pena de muerte— ejecutó por orden de su hermano Fidel a un expedicionario sospechoso de traición en favor de Batista. Una historia que sólo solía referir, calladamente, en el círculo más íntimo de sus colaboradores.

En la Sierra Maestra fue ascendido tempranamente al grado de Comandante y nombrado jefe de un frente guerrillero independiente, en el cual se distinguió, más que por acciones combativas, por la eficiente administración de los amplios territorios bajo su control. En Guantánamo, en junio de 1958, con la captura de un grupo de militares norteamericanos, inauguró la era moderna de los secuestros políticos. Varios de los hombres de su confianza en aquel mando forman hoy el sólido núcleo de raulistas en el seno del gobierno, el partido único y las fuerzas armadas cubanas.

Tras el triunfo de 1959, tuvo un papel central, junto al “Che” Guevara, en la derivación hacia las ideas del comunismo de la joven Revolución. Reconocido luego por los dirigentes soviéticos como un hombre clave en las relaciones con Cuba y su difícil líder mercurial, fue protagonista de momentos cruciales de aquellas relaciones. Su encuentro en Moscú, siguiendo instrucciones de Fidel, con Nikita Jruschov ultimó los detalles del acuerdo para la instalación de cohetes con ojivas nucleares en Cuba que llevaría a la Crisis de Octubre en 1962. Otro líder soviético, Yuri Andropov, le informaría en el Kremlin, veinte años después, que Cuba sería responsable de su propia suerte en caso de una confrontación con Estados Unidos, una sentencia de muerte a la apasionada relación entre ambos países.

Durante los largos años en que, junto a su hermano, han impuesto su poder sobre el resto de los cubanos, el menor de los Castro ha intentado contener dentro de cánones institucionales el desbordado individualismo del Máximo Líder. Impulsó, bajo exigencias soviéticas, la llamada institucionalización del país, adoptada en 1975. Bajo su supervisión directa se inició finalmente, tras diecisiete años de gobierno revolucionario, una organización del Estado y el Partido según moldes socialistas. Como ministro de las FAR respaldó activamente la participación de tropas cubanas en las guerras de Angola y Etiopía, decididas, claro está, por Fidel. Fue también factor esencial en el regreso a Cuba de esas fuerzas, que llegaron a sumar cerca de 60 mil hombres, solamente en Angola.

En casi cinco décadas ha enfrentado múltiples contendientes por la preferencia de Fidel, con quien mantiene una contradictoria relación de subordinación total y apoyo imprescindible, nublada por la indiferencia del hermano mayor. Su poder sobre las instituciones militares se hizo absoluto en l989, tras el affaire por acusaciones de narcotráfico contra el general Arnaldo Ochoa y los gemelos La Guardia que terminaría ante un pelotón de fusilamiento. Sus hombres de mayor confianza, integrantes de la poderosa Contra Inteligencia Militar, encabezaron la virtual absorción del Ministerio del Interior, considerado hasta entonces por las Fuerzas Armadas como un peligroso rival potencial. El “Período Especial en Tiempos de Paz” —ingeniosa denominación del lenguaje militar que añadió cierta esperanza al brutal fin del subsidio soviético— situó como nunca antes a esas Fuerzas Armadas en el control directo de sectores claves de la economía nacional.

Pragmático en temas económicos, adicto a los informes de los servicios secretos y a voluminosos expedientes sobre el resto de los dirigentes, desconfiado como su hermano de la cultura y los intelectuales, amante de sus cuatro hijos y ocho nietos, despiadado en las decisiones en que se pone en juego la supervivencia del régimen, nostálgico del comunismo soviético, inexperto en relaciones internacionales, aficionado impenitente al vodka, el dominó y el choteo criollo, temido sin excepción entre la clase dirigente, “el ministro”, como se le llama respetuosamente en esos círculos, no es hombre que pueda describirse de una sola pieza.

Ahora, y todavía en la misma oficina donde nos encontramos hace 25 años —en la que suele pasearse alrededor de un monumental globo terráqueo semejante al que adornaba los despachos de los mariscales de la URSS— protagoniza el primer episodio de la obra más difícil de su vida : intentar prolongar el castrismo sin Fidel. Le deseo, de todo corazón, que no lo logre.

Agosto 7, 2006