viernes, diciembre 01, 2006

¿ VUELVEN LAS PELÍCULAS RUSAS ?

¿Vuelven las películas rusas a Cuba?


Por Luis Cino


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La invasión soviética se nos vino encima sin avisar. Primero vino Anastas Mikoyan con una feria comercial, luego, el manual de Nikitin. Los libros y las películas rusas fueron el preludio de los misiles nucleares. Nosotros no vimos los misiles, sólo veíamos películas rusas.
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La Habana, 30 de noviembre de 2006/ Luis Cino / Cubanet / Nuestros nuevos héroes de la pantalla no peleaban en las playas del sur del Pacífico, sino en las estepas del Caúcaso o entre las nieves de Leningrado. En los intervalos entre las batallas devoraban papas hervidas y humeantes sopas de col servidas en cuencos de aluminio. En vez de refrescar la pausa con Coca-Cola bebían vodka y gritaban ¡hurra!

Los silbidos de La Marcha sobre el río Kwai fueron apagados por tristes melodías de acordeones y balalaikas. Nos daban la bienvenida proletaria al reino de la estrella roja y la colectivización. Un par de botas enfangadas, una hoz y un martillo nos esperaban en la puerta.

Tuve las primeras noticias del reino rojo que nos amparaba lejano en los cines de 40 centavos de mi niñez: Victoria y San Francisco. Siempre olían a orines, el aire acondicionado estaba invariablemente roto y había alguien que aplaudía cuando en el Noticiero ICAIC aparecía el Comandante.

En la penumbra, picado por las chinches y las pulgas, entre jamoneros, pederastas y parejas que se besaban con desesperación, conocí a los soldados del Ejército Soviético. Hasta mi primera novia acudió de mi mano a conocerlos. Ya no recuerdo bien su rostro, sólo sé que el final de nuestra inocencia, saludado en el cielo por las trazadoras, coincidió con el cruce del Volga por una columna de tanques T-34.

Al menos eso tenemos que agradecerle al cine soviético. Las películas rusas, cual afrodisíacos fílmicos, eran las ideales para hacer el amor en las maltrechas lunetas de los cines, las francesas e italianas distraían nuestra atención, las de samurai y toreros también, las americanas se habían ido, parecía que, para siempre.

De haber puesto más asunto a las películas de Mosfilm, sabríamos que Stalin -aunque en la escuela nos enseñaban que era el Gran Padrecito y que había ganado la Gran Guerra Patria- era una sombra negra que los congresos del Partido Comunista Soviético no lograban exorcizar del todo.

Aquellas primeras películas bélicas rusas que nos llegaron con las heladas de la tundra pertenecían al cine soviético del deshielo. Algunas de ellas, como "El último disparo", "Cuando vuelan las cigüeñas" y "La balada del soldado", hoy son clásicas. Los nombres de directores como Grigori Chukhrai y Serguei Bondarchuk son pronunciados con respeto.

Debimos haber prestado atención. Chukhrai nos mostraba historias humanas: soldados que amaban más a su mujer que al Poder Soviético, que sobornaban, anhelaban regresar a sus hogares, hablaban más de la cuenta frente al samovar y huían ante los tanques alemanes. Todo inconcebible dentro del Ejército Rojo.

No tuvimos tiempo de reparar en esos detalles. Estábamos muy ocupados en construir el paraíso y a la vez, buscando grietas para escapar de él. Aunque fuera sudados, jadeantes y vigilando que no nos pillaran, en la butaca de un cine en medio del tronar de las katiushkas.

Cuando volvimos a mirar a la pantalla, éramos miembros del CAME y Siberia se había instalado en nuestros barrios. Había llegado Brezhnev y terminado el deshielo. Proyectaban las cuatro partes de Liberación y la asistencia obligatoria de los estudiantes a la proyección era otra tarea revolucionaria.

La diferencia era que estaban regresando las películas americanas y ya Solshenitzin nos había susurrado como era un día en la vida de Iván
Denisovich en el Gulag. Hace varias noches, viendo en la TV "La balada del soldado", sentí nostalgia por los cines de barrio de mi niñez. Desaparecieron también, como tantas cosas más.

¿Vuelven las películas rusas? Anuncian un ciclo televisivo de cine soviético del deshielo. Tal vez sea del gusto de los generales que hoy nos rigen. Nuestra helada aún no termina.