lunes, diciembre 28, 2009

CUBA: José Lezama Lima revisado y rehabilitado

Lezama revisado y rehabilitado




Por Luis Cino

LA HABANA, Cuba, diciembre (www.cubanet.org) - En el inicio del prólogo de “Lezama disperso” (Ediciones Unión, 2009), el escritor y periodista Ciro Bianchi Ross refiere la batalla campal que se produjo en los portales del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto del Libro, cuando en 1991 se presentó la segunda edición cubana de Paradiso. La rebatiña de la muchedumbre impidió que la ensayista italiana Alexandra Riccio, el poeta César López y el propio Bianchi hicieran la presentación de la edición de Letras Cubanas de la novela. El libro tuvieron que venderlo a través de los barrotes de una reja. Todo un símbolo.

El revuelo por el libro no era para menos. La más monumental novela de la literatura cubana no se reeditó en Cuba hasta más de 25 años después de su publicación. En 1966, la tirada de 5 000 ejemplares se agotó en un abrir y cerrar de ojos. Muchos de los ejemplares fueron recogidos por las autoridades. El homoerotismo del capítulo VIII escandalizó tanto a los comisarios culturales que decretaron la proscripción de Paradiso y el ostracismo de su autor.

El más importante escritor cubano del siglo XX, burgués, católico, políticamente poco confiable e incompatible con los códigos morales del machismo-leninista castrista, reunía suficientes pecados para el castigo. ¿Acaso la infinita soberbia de los mandarines podía perdonarle que fuera en 1968 uno de los integrantes del jurado que premió al poemario “Fuera del Juego” de Heberto Padilla?

Pero después de la rehabilitación de la figura de Lezama por la cultura oficial y su conversión en un mito sólo para iniciados, casi tan enigmático como la Esfinge, nos quieren convencer que no fue así. En este sentido, Ciro Bianchi Ross, devenido una autoridad en materia lezamiana, se lleva las palmas.

( José Lezama Lima frente a su casa de la calle Trocadero )

En el prólogo de “Lezama disperso” (una recopilación de artículos y ensayos del genio de Trocadero), Bianchi afirma, no faltaba más, que “Lezama no fue nunca un enemigo de la revolución”. De milagro no citó su invocación al Ángel de La Jiribilla en 1959. En cambio, el libro incluye el muy abusado ¿artículo, ensayo, mareo teleológico? donde Lezama afirma: “La Revolución Cubana significa que todos los conjuros negativos han sido decapitados”. Los poetas también se equivocan y malinterpretan los anillos que sacan del fondo de un charco de ranas.

Resulta que según Bianchi, los grandes culpables de los infortunios de Lezama fueron nada menos que Guillermo Cabrera Infante, Carlos Franqui y Heberto Padilla, que asaeteaban desde Lunes de Revolución al grupo Orígenes. Como si el Congreso de Educación y Cultura y los comisarios estalinistas del Decenio Gris no contaran para nada en esa historia.

Ciro Bianchi minimiza la ruina, la monotonía y la desesperación de que se quejó Lezama en sus cartas a su hermana Eloísa durante más de 15 años. Asiduo de la casa de la calle Trocadero, afirma que Lezama exageraba acerca de la crisis del transporte público y las carencias que padecía el país. Dice que le obsesionaba la idea de que pudieran faltarle la comida y las medicinas para el asma. Parece que Bianchi pegaba la gorra a menudo en los almuerzos lezamianos porque sabe, le consta, que la mesa del escritor, atendida con desvelo por su esposa María Luisa, “nunca tuvo menos de cinco platos”. Demasiado ocupado en las lecciones del Maestro y en las peripecias para acudir al curso délfico, de Santa Amalia a la Habana Vieja, en las azarosas rutas 1 o 4, Bianchi no reparó en los sabe Dios cuantos trajines, colas y cambalaches a que tuvo que recurrir María Luisa para lograr tales prodigios de sibaritas.

Bianchi dice, sin ruborizarse, no estar seguro de que a Lezama le hubieran negado de modo continuo e invariable el permiso para viajar. Según su versión complaciente, Lezama era víctima de sus manías, no viajó porque le temía a los aviones y se condenó a la condición de “peregrino inmóvil para siempre” en su sillón, más que todo, porque le dio su reverenda gana de poeta majadero.

No obstante, atisbo sinceridad en Bianchi Ross cuando al referirse a los que velaron el cadáver del Maestro en el tercer piso de la funeraria de Calzada y K, el 9 de agosto de 1976, escribe: “También y sin que se separaran un solo momento del féretro, los que fueron brazos ejecutores de la persecución contra Lezama. Algunos de los que asistieron no tenían nada que hacer allí como no fuera cumplir un compromiso oficial y simular, y a veces ni eso, un pesar que estaban muy lejos de sentir”. Ciro Bianchi prefiere no mencionarlos (“no vale la pena”, dice), pero todos sabemos que no se refiere en lo absoluto a Heberto Padilla.

luicino2004@yahoo.com