lunes, mayo 30, 2011

Cuba: El relevante pintor Pedro Pablo OLiva, un agente de la CIA Ja,Ja,Ja !

Nota del Bloguista

El autor conoce la situación cubana de la isla, pero en determinada parte del artículo repite la mentirosa propaganda Castrista sobre la CIA y sobre luchadores antiCastristas que aún entre sí se diferenciaban mucho en los métodos para llevar la lucha violenta contra el Castrismo. Para que tenga otras versiones del sabotaje terrorista al avión de Cubana de Aviación de Barbado el 6 de octubre de 1976 en Barbados, le recomiendo la información que aparece en
http://baracuteycubano.blogspot.com

No deseo terminar sin antes hacerle notar que la tiranía Castrista usó aviones civiles de vuelos comerciales en 1975 en la Operación Carlota para trasladar urgentemente a combatientes de Tropas Especiales del MININT para que defendieran a Luanda cuando el MPLA le dió ¨un golpe de Estado¨ a la UNITA de Jonas Sabimbi y al FNLA de Holden Roberto al apoderarse de Luanda para ser así el partido reconocido por la antigua metrópoli, Portugal, después de la independencia de Angola; donde el MPLA no fue la fuerza más beligerante contra la Metrópoli. La tiranía Castrista también usó buques mercantes civiles para trasladar armas y tropas a otros países, incluyendo Angola; de la misma manera que ya había usado transporte civil, ¨ guaguas¨ para trasladar tropas para los combates de la Ciénaga de Zapata en abril de 1961; en ese escenario se trasladó de esa zona a civiles en camiones soviéticos Gass 51 pintados con pintura similar a la usada por ese mismo tipo de camiones por las Fuerzas Armadas Revolucionarias para mover sus tropas; los aviones de la Brigada 2506 tirotearon a esos camiones y las víctimas civiles aún hoy forman hoy parte de la propaganda Castrista. La búsqueda de mártires y la violación de las reglas de la guerra moderna, han sido objetivos frecuentemente buscados por la dictadura totalitaria de los hermanos Castro para su beneficio político.
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Tomado de http://juanopg.blogspot.com



Agente de la CIA

Por Juan Orlando Pérez
27 de mayo de 2011



Si uno se guía por la prensa cubana, la CIA tiene más agentes en la isla que en ninguna otra parte del mundo. Más que en Moscú o Londres. Más que en Beijing o Islamabad. Debe ser por eso, por la obsesiva atención que la agencia le presta a Cuba, que les tomó más de diez años capturar a Osama Bin Laden.

Todos los cubanos que alguna vez hayan dejado escapar siquiera la más mansa queja, hayan hecho el más suave mohín de impaciencia o molestia, son sospechosos de ser agentes de la CIA. Yoani Sánchez es agente de la CIA. Guillermo Fariñas, agente de la CIA. Gorki Águila, de la CIA. Las Damas de Blanco, todas, sin excepción, gladiolo por gladiolo, de la CIA. Pedro Pablo Oliva, Premio Nacional de Artes Plásticas, de la CIA, probablemente del Comando Artístico-Literario. El Cristo de la Bahía de La Habana, el Martí del Turquino, la chismosa Giraldilla, son, los tres, malévolos agentes de la CIA, aborrecibles vendepatrias, mercenarios al servicio del Enemigo. Pensándolo bien, no deberíamos excluir de nuestras sospechas ni siquiera al mismísimo Fidel Castro. ¿Acaso no es difícil de creer la historia de que la CIA fracasó 638 veces en su plan de asesinar al líder cubano? Un cínico diría que la CIA contrató para tan grave empresa a una pandilla de idiotas, o que en cada caso les dio instrucciones precisas de fallar. Raúl Castro, que a lo mejor también es de la CIA (si no, ¿cómo se explica que haya formado, deliberadamente, el gobierno más inepto de la historia de Cuba?) debería ordenar, si de verdad no lo es, una urgente investigación de los vínculos entre su hermano mayor y la tenebrosa agencia norteamericana. Quizás encuentre una convincente explicación de por qué a lo largo de tantos años Fidel saboteó, con misteriosa persistencia, interponiendo su autoridad y sus frecuentemente descabelladas ideas, cualquier provechoso proyecto o consejo de sus propios ministros que hubiera hecho la vida de los cubanos un poco menos difícil. Si la Seguridad del Estado detuviera, como sospechoso de colaborar con la CIA, a cada individuo cuyas acciones, tras cuidadosa recapitulación, pudieran ser calificadas como contrarias u hostiles al alto ideal de la Revolución o inconvenientes a su progreso, se quedaría el Buró Político del Partido Comunista de Cuba sin miembros, y la Asamblea Provincial del Poder Popular de la provincia de Pinar del Río, de la que el pintor Oliva fue expulsado la semana pasada por contrarrevolucionario, tendría que ser definitivamente cerrada. Lo primero nadie lo lamentaría; lo segundo ni siquiera sería notado.



Según ha contado el propio Oliva, un miembro de la Asamblea pinareña lo denunció ante sus colegas, y exigió que el benemérito autor de “El Gran Apagón” y muchos otros cuadros sublimes fuera despojado de su título y su escaño. El Ministro del Interior de Cuba, el general Abelardo Colomé, tendría que arrestar en el acto a ese delegado que denunció a Oliva, puesto que nadie más que la CIA podría haberlo convencido de hacer algo tan evidentemente estúpido y contraproducente. No han llegado reportes de que Oliva haya sido defendido por al menos uno de sus colegas en la Asamblea, lo cual debería ser suficiente para que el general Colomé los arrestara a todos y los sometiera a meticulosos interrogatorios en Villa Marista, la Lublianka cubana. Pero el caso es más complicado de lo que parece. Resulta difícil imaginar que un insignificante delegado de la Asamblea Provincial pinareña, una institución notable solo por su absoluta, devastadora irrelevancia, tomara la iniciativa de denunciar como contrarrevolucionario a uno de los artistas más ilustres de Cuba. ¿Qué bicho picó a ese hombre? ¿Quién se cree que es, Torquemada, Saint Just, Beria? Parece más probable que ese anónimo inquisidor pinareño haya seguido órdenes que no pudieron venir más que de alguien con suficiente autoridad para atreverse a atacar a un artista tan reputado y estimado como Oliva. ¿Quizás el propio general Colomé? Nadie se atrevería a sugerir que el Ministro del Interior de Cuba es agente de la CIA, pero habría que considerar esa hipótesis seriamente si se comprueba que fue él quien dio una orden que, a todas luces, no podría beneficiar más que al Enemigo. Pero, ¿terminará en el general Colomé la conspiración? ¿Acaso no habrá obtenido el general la aprobación de su jefe, de Raúl Castro mismo? Al menos, es posible imaginar que la acción contra Oliva fue consultada con el Ministro de Cultura, el descolorido Abel Prieto, un ex escritor que, o bien tiene aún menos influencia de la que se le atribuía, que ya era muy poca, y por eso no detuvo la maniobra contra el pintor pinareño, o bien es agente de la CIA él también, lo cual explicaría que haya consentido con ese despropósito, y que no haya, como se esperaría de un hombre más íntegro que se viera en tan humillante situación, renunciado a su paupérrimo cargo. No se ha oído que la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, la bulliciosamente dócil UNEAC, haya protestado, u ofrecido a Oliva su solidaridad y protección, así que quizás su presidente, Miguel Barniz, y toda su calcárea plana mayor, sean también asalariados de Langley. Y no nos detengamos ahí, porque deben ser también de la CIA esos famosos artistas cubanos cuyas epístolas, borboteantes de sonido y de furia, aparecen en los periódicos cada vez que una supuesta campaña mediática internacional ofende la sensibilidad y el honor de los líderes del país. Si alguno de ellos ha llamado a Oliva para expresarle su simpatía, no lo podemos saber, pero los que no lo hayan hecho, o no hayan pedido a la presidencia de la UNEAC una reunión urgente para organizar una contraofensiva política e intelectual contra los dinosaurios de la Asamblea pinareña y sus titiriteros, le han hecho a la CIA un estimable servicio. Quizás este desaguisado haya ya movido a algunos resabiosos intelectuales cubanos a usar el arma más mortífera que poseen, los correos electrónicos, para manifestar su disgusto y demandar una inmediata reparación del agravio infligido a su colega. Si ni siquiera esto ocurre, una nueva guerrita de emails, de las que cada cierto tiempo asolan La Habana, o, para marchar con los tiempos, una vigorosa, colérica manifestación por las anchas avenidas de Facebook, podríamos concluir que la CIA los tiene a todos en su bolsillo.

Hasta yo debo ser de la CIA, por estar escribiendo estas líneas en vez de tomar un bote, cruzar el Atlántico y desembarcar, apostólicamente, en Playitas de Cajobabo. Pero, si soy de la CIA, he olvidado cuándo me reclutaron, la agencia debe haber borrado de mi memoria todo vestigio de ese momento, con el ladino propósito de que yo me pueda conducir, inmaculadamente, como si fuera un ciudadano común, ordinarísimo, y no un espía internacional. Debe ser por eso mismo que tampoco me paga, para que nadie pueda reprocharme que vivo del oro de Washington. En esta tragicomedia, el único que al final no parece ser realmente agente de la CIA es Pedro Pablo Oliva. Nada de lo que dijo Oliva al programa “La Tarde se Mueve”, de Miami, o a varios entrevistadores anteriores, o la carta que envió Yoani Sánchez, y que esta publicó en su blog, Generación Y, podría justificar los calificativos de “disidente”, “contrarrevolucionario”, “traidor a la Patria” y “anexionista”, que le dedicaron al pintor, según su propio relato, sus colegas en la Asamblea pinareña. A Edmundo García, de “La Tarde se Mueve”, Oliva le dijo, por ejemplo, que el prodigioso progreso de las artes plásticas en Cuba durante los últimos cincuenta años no hubiera sido posible sin la revolución de 1959. “Yo creo que yo soy pintor, lo reconozco, pintor, gracias al hecho mismo de la Revolución, si no hubiera estado haciendo cualquier cosa en Pinar del Río. Eso se lo tengo que agradecer, como se lo tiene que agradecer Ever Fonseca, Tomás Sánchez, Fabelo, todos, Chocolate, hay que agradecérselo totalmente”. Cuando García le preguntó, directamente, qué era Fidel para él, Oliva respondió, muy conmovedoramente (¡qué listos son los expertos de la CIA si escriben líneas como estas!): “Una gente que intentó cambiar su mundo, el mundo que lo rodeaba, que intentó apostar a ideas nuevas, que no siempre se logra. Creo que logró algunas cosas pero otras no, otras se quedaron en sus grandes proyectos”. Oliva mencionó que había estado leyendo por esos días La Historia me Absolverá, el alegato de autodefensa de Fidel en el juicio por el asalto al cuartel Moncada, en 1953. “Me he dado cuenta de cuántas cosas soñó buenas, maravillosas, pero que realmente no pudo hacer. Yo hoy lo analizo y siento que casi es el libro más disidente que tiene este país, lo digo de corazón, porque he leído cada sueño que quiso hacer y que ya no se puede hacer, ni siquiera en estos cincuenta años lo logró, algunas, pero otras no”. García (que debe ser agente de la CIA, aunque Diario de Cuba insista en llamarlo “locutor procastrista”) preguntó entonces a Oliva si sentía “ternura” por Fidel. Una pregunta así, tan insidiosa, solo puede haberla formulado un virulento enemigo de la Revolución Cubana. Oliva replicó, discretamente: “Siento ternura por cualquier hombre que se haya propuesto mejorar el mundo, intentar cambiarlo y hacerlo mejor, que no lo haya logrado es otra cosa”. García insistió: “¿Y por Fidel?” Oliva cedió: “Siento esa ternura. Es un hombre que intentó cambiar el mundo”. Oliva no necesitaba, realmente, explicar sus sentimientos por Fidel, o incluso, por la revolución. Fidel, José Martí y otros personajes, símbolos y alegorías de la historia reciente de Cuba, aparecen continuamente en sus cuadros, arropados por la ternura, la tristeza, la honda perplejidad, la exasperada decepción y, en ocasiones, la juguetona ironía del autor. Pero una mezcla tan intrincada de ideas y sentimientos es muy peligrosa en un país estrictamente regido por la enteca literalidad de la ortodoxia ideológica. A los politicastros de la isla se les nubla el entendimiento y se les desordena la razón si se les quita una coma de lugar, si uno trueca una palabra por su más gentil sinónimo, si uno evita repetir los clichés, cursilerías y barrabasadas que acreditan en la Cuba oficial la corrección ideológica y dice lo mismo, pero en más tolerable español. Peor aún si no se trata solo de una cuestión de estilo, sino, más evidentemente, de contenido. A García, Oliva le dijo que era partidario de “la creación, de la formación de otro partido en el país”. El entrevistador preguntó si otro partido político en Cuba no sería “automáticamente, el partido de los norteamericanos”. Y aquí viene la prueba irrefutable de que Pedro Pablo Oliva no es agente de la CIA, sino un buen hombre, supremamente inteligente, pero algo ingenuo. Ni el peor, más despistado, más lerdo de los agentes de Langley habría dicho esto en una entrevista: “No necesariamente tiene que ser un partido que acepte financiación de Estados Unidos, ¿por qué?, ¿por qué tiene que ser así? No necesariamente, hay cubanos aquí que no necesitan eso, que tienen su pensamiento, su lucidez, su manera de ver el mundo y no necesariamente hay que tener un apoyo de Estados Unidos, ¿por qué?” Oliva no se dio cuenta de lo que cualquier bien entrenado agente hubiera notado en el acto, que su idea del otro partido, tan sencilla y lógica y bien intencionada, era antagónica con el principio clave del sistema político cubano, el monopolio absoluto del poder en manos ya no de un partido, ya no de medio millón de militantes comunistas, sino de una reducidísima e infértil élite que ha terminado por creer que ellos, esos quince o veinte individuos, son Cuba, y que cualquiera que desafíe su poder comete un crimen contra la patria. Un agente de la CIA, más astutamente, le hubiera dicho a García palabra por palabra lo que el general Colomé y su jefe habrían querido oír. ¿No es acaso la principal misión de un agente sobrevivir, pasar desapercibido, no ser descubierto, denunciado y ejecutado?

Oliva cometió otro desliz, aún más grave que sus declaraciones a “La Tarde se Mueve”. Hace unos meses, la Casa-Taller del pintor en la ciudad de Pinar del Río fue acosada por turbas que, con bien planeada espontaneidad, protestaban por unas “acciones plásticas” que la entonces esposa de Oliva, la artista Yamilia Pérez Estrella, había intentado realizar. Yoani Sánchez, que había visitado a la pareja en su casa pinareña poco antes, recomendó a Oliva que se pronunciara públicamente sobre el incidente. Oliva siguió su consejo, pero en vez de publicar en Granma o Juventud Rebelde o el infame Cubadebate una nota denunciando a su esposa y admitiendo su propia culpa en aquellos sucesos, decidió escribir una carta a Yoani en la que, todavía molesto por lo ocurrido, se despachaba. “Estoy, estuve y estaré en contra de cualquier uso de la violencia manipulada o no para acallar un pensamiento o una idea… resulta realmente bochornoso intentar con agresividad imponer un pensamiento o intentar hacerlo desde la intimidación. Todo acto de este tipo genera rechazo y repulsión y en nada ayuda en la tan necesaria unidad de este país marcado por conflictos políticos y familiares”. Y más: “Sueño con una sociedad diferente, utopía de este hombre que soy y que ha vivido años tras años aciertos y fracasos, pero que no cesa de luchar por ese sueño”. Y de nuevo, la idea de otro partido: “Soy, Yoani, de los que cree que los contrarios necesitan expresarse como lo hacen el día y la noche, lo húmedo y lo seco, creo sin miedo en la necesidad de más de un partido porque las personas tienen derecho a agruparse por afinidad de pensamientos o filosofías o por la preciosa coincidencia de soñar”. He aquí el programa de ese partido (díganme si parece inventado por la CIA): “Si me preguntaran un día (cosa que dudo) a qué partido me gustaría pertenecer respondería que a uno que no encierre a sus hijos por pensar diferente, a ese que permita el fluir de las ideas como el río corre entre las dos orillas, a ese que me enseñe que sus hijos estén donde estén recibirán el dulce abrazo de la patria, ese que respete que una mujer ame a otra mujer y un hombre a otro hombre. Aquel que cultive paso a paso el encantador embrujo del amor. Ese que te enseñe el horizonte no como fin sino como comienzo, ese partido que no te diga -esto es, sino que sea abierto como las alas de una mariposa, el que cuide a sus hijos del fantasma odioso del hambre y el terrible flagelo de los dogmas. Un partido que como fin entienda que las nuevas generaciones necesitan dirigir el país y expresarse como se expresa el viento y la lluvia, y muchas cosas más, Yoani, que sería interminable nombrar y que forman parte de ese sueño al que aspira este hombre”. Terminaba diciendo algo fantásticamente obvio: “Te aseguro, Yoani, que este hombre vive sin miedo. Mi cariño hacia ti, tu Pedro Pablo Oliva”. ¿Cariño? ¿Por la ciberterrorista Yoani Sánchez? ¿Por la mercenaria Yoani Sánchez? ¿Por la, gusana, vendepatria, agente de la CIA, ojalá que se muera, Yoani Sánchez? La Asamblea Provincial del Poder Popular de Pinar del Río decidió que esa era prueba suficiente de que Oliva mantenía “relaciones de amistad” con “elementos contrarrevolucionarios” y que se había pasado a “las filas de la disidencia”. Oliva les respondió como se merecían esos bárbaros: “Mis amigos los escojo yo".


Saturno jugando con sus hijos.
Pedro Pablo Oliva (1990).

A la CIA este episodio le tiene que haber proporcionado mucha satisfacción. El trabajo que realizan sus agentes en la isla es cada vez más eficiente. La siniestra agencia, que fue derrotada contundentemente en Cuba en los años sesenta, y que ha seguido conspirando contra el gobierno de la isla desde entonces, ha encontrado agentes mucho más disciplinados y letales que los burdos criminales de antaño, carniceros sin seso ni arte como Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, que cometieron crímenes horripilantes pero no causaron el menor daño político a Fidel Castro y su revolución. Astutamente, la CIA parece haber descubierto que asaltar las embajadas cubanas, quemar cañaverales o hacer explotar aviones civiles en pleno vuelo es un procedimiento menos recomendable que dejar que una nueva generación de agentes haga, lenta y brutalmente, su trabajo. Oh, no Yoani Sánchez. Ni Fariñas, ni Gorki, ni la Giraldilla. No Pedro Pablo Oliva, por supuesto. A la Seguridad del Estado y a algunos periodistas cubanos les sorprendería descubrir que uno puede llegar a disentir profundamente del gobierno de la isla, incluso a oponerse en totalidad a su ideología y comportamiento, sin haber hecho jamás contacto con la CIA. Por imposible que les parezca a esos periodistas, hay algunos cubanos que han llegado por sí solos, sin la mefistofélica influencia del Enemigo, a la convicción de que el país tiene que cambiar profundamente, urgentemente. Los mejores agentes que la CIA tiene en la isla no son Yoani ni el pintor Oliva, sino la incompetencia, la violencia, la terquedad y la arrogante imbecilidad de los líderes cubanos, y la cobardía de todos nosotros. Por complicidad con el desastre, o por apatía, o por miedo, todos hemos terminado haciéndole el trabajo a la agencia. Y lo peor, gratis.

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ALGUNOS COMENTARIOS DEJADOS

Nausea ha dejado un nuevo comentario en su entrada "Cuba: El relevante pintor Pedro Pablo OLiva, un ...":

Quisiera tener más fe en PPO, pero tras sufrir tantas decepciones y ver tanta miseria humana, lo mejor que puedo pensar es que es un comemierda con buenas intenciones. Toda esa "ternura" (si no es algo peor) por Fidel Castro resulta, cómo mínimo, profundamente penosa. Se trata del peor cubano de la historia, un horrendo monstruo, no un tío excéntrico. Ya es demasiado tarde en el día para andar con tales boberías infantiles, y le recomiendo urgentemente que lea el XXXVIII de los Versos Sencillos de Martí:

¿Del tirano? Del tirano
Di todo, ¡di más!; y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.

No le pido que haga lo que Martí propone, pues bien peligroso sería, pero por lo menos que no haga lo contrario, pues aparte de lucir ridículo, eso ofende, y bastante. Me recuerda lo de la misa de Ortega por la recuperación del Coma.

Así y todo, se aprecia y se respeta que PPO no se comporte cómo Silvio Rodríguez o Alicia Alonso, esbirros de pura cepa sin pudor ni vergüenza, ni cómo su colega Fabelo, firmante de la infame carta pública apoyando la pena de muerte para tres muchachos negros por el "crimen" de intentar fugarse del país. El talento (cuando existe) no justifica ni disminuye la bajeza moral de tantas figuras culturales castristas, y tal bajeza es lo usual, no lo excepcional. Pero el problema de PPO persiste: no se puede estar con Dios mientras se sienta "ternura" por el diablo, y Oliva afirma sentirla. Ni el diablo acepta o respeta tal guabineo.

1 Comments:

At 4:00 p. m., Anonymous Nausea said...

Quisiera tener más fe en PPO, pero tras sufrir tantas decepciones y ver tanta miseria humana, lo mejor que puedo pensar es que es un comemierda con buenas intenciones. Toda esa "ternura" (si no es algo peor) por Fidel Castro resulta, cómo mínimo, profundamente penosa. Se trata del peor cubano de la historia, un horrendo monstruo, no un tío excéntrico. Ya es demasiado tarde en el día para andar con tales boberías infantiles, y le recomiendo urgentemente que lea el XXXVIII de los Versos Sencillos de Martí:

¿Del tirano? Del tirano
Di todo, ¡di más!; y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.

No le pido que haga lo que Martí propone, pues bien peligroso sería, pero por lo menos que no haga lo contrario, pues aparte de lucir ridículo, eso ofende, y bastante. Me recuerda lo de la misa de Ortega por la recuperación del Coma.

Así y todo, se aprecia y se respeta que PPO no se comporte cómo Silvio Rodríguez o Alicia Alonso, esbirros de pura cepa sin pudor ni vergüenza, ni cómo su colega Fabelo, firmante de la infame carta pública apoyando la pena de muerte para tres muchachos negros por el "crimen" de intentar fugarse del país. El talento (cuando existe) no justifica ni disminuye la bajeza moral de tantas figuras culturales castristas, y tal bajeza es lo usual, no lo excepcional. Pero el problema de PPO persiste: no se puede estar con Dios mientras se sienta "ternura" por el diablo, y Oliva afirma sentirla. Ni el diablo acepta o respeta tal guabineo.

 

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