jueves, enero 05, 2012

Alfredo M. Cepero: LA CURIA ROMANA Y LA MAFIA CUBANA.

Tomado de http://www.lanuevanacion.com



LA CURIA ROMANA Y LA MAFIA CUBANA.



Por Alfredo M. Cepero
Director de www.lanuevanacion.com



Para que no queden dudas, quiero empezar este trabajo proclamando a los cuatro vientos y para beneficio de mis defensores y de mis críticos, de mis amigos y de mis enemigos—y todos los que opinamos para consumo público los tenemos gratuitos—que soy católico, apostólico y cubano. No romano, no ciudadano del Vaticano, ni parte de ningún otro gentilicio por el estilo.

Soy y seré irremediable y vehementemente cubano de la piel al hueso y de la cabeza a los pies hasta el fin de mi residencia en la tierra. Si por hipocresía o cobardía callara ante las injusticias cometidas contra mi pueblo, vengan de donde vengan y perpetradas por quien sea, dejaría de respetarme a mi mismo. Y, para mi, eso sería equivalente al suicidio.

Por eso he decidido denunciar el más reciente acto del infame teatro montado entre la curia romana y la mafia cubana para apuntalar a la tambaleante tiranía que oprime a mi patria. En la misa de clausura de la peregrinación de la Virgen de la Caridad del Cobre por toda la isla, el Cardenal Jaime Ortega, como era de esperar, aprovechó la oportunidad para prestar una vez más sus ya tradicionales y valiosos servicios al régimen comunista.

En el curso de una homilía servil y politizada, pronunciada ante alabarderos del régimen como Esteban Lazo y Bruno Rodríguez, dijo: “Pedimos a nuestra madre y patrona que interceda por nosotros para que en Cuba reine la paz y la fraternidad que nuestro pueblo ansía, por todos los que tienen responsabilidades de gobierno en nuestro país para que puedan seguir avanzando sin tropiezo esas transformaciones en la vida económica y social que espera el pueblo cubano”.

Esas transformaciones a las que se refiere el cardenal son las mentiras que utiliza la tiranía para prolongar su miserable existencia. Y eso lo sabe Ortega pero calla porque él es cómplice de esa patraña. No pidió libertad, democracia y respeto a los derechos humanos para el pueblo cubano sino sugirió a los oprimidos que sigan esperando unas reformas que no tienen fecha ni hora en el calendario de los tiranos porque, de producirse, darían al traste con la tiranía. Y eso lo saben Ortega, Raúl y todo el que tenga una mínima dosis de sentido común.

(El dictador Raúl Castro y Jaime Ortega)

Este es el mismo Ortega que instó a la feligresía a rezar por la salud del dinosaurio moribundo pero no alzó su voz para salvar la vida de Orlando Zapata ni ha tenido jamás una frase de solidaridad hacia los jóvenes mártires de la iglesia que fueron a los paredones de fusilamiento dando vivas a Cristo Rey. El mismo obsequioso Ortega que hizo una escala especial en la peregrinación de la Virgen de la Caridad para llevársela a la vieja esbirra de Alicia Alonso pero no protestó ante el gobierno cuando los carceleros negaron acceso a ella a los presos del Combinado del Este.

Pero, en honor a la verdad, Ortega no está solo en esta despreciable empresa. Por ahí anda el bien alimentado Arzobispo Thomas Wenski tratando de neutralizar al exilio militante de Miami con su cuento de caminos de que los cubanos—las víctimas y los victimarios—somos un solo pueblo y, por ende, debemos olvidar los asesinatos, violaciones, represiones, confiscaciones y encarcelamiento que nos han propinado los tiranos y sus secuaces. Sepan Wenski, la curia romana y el mundo entero que seremos un solo pueblo únicamente cuando llevemos ante la justicia a los responsables de esta pesadilla de más de medio siglo. Si no lo hacemos no nos merecemos la libertad y, peor aún, estaríamos creando las condiciones para una repetición de esta barbarie en el futuro.

Igualmente condenable es la participación descarada de los purpurados que visitan a Cuba en la burda propaganda del régimen de que el culpable de todos nuestros males es lo que los tiranos llaman bloqueo comercial norteamericano. El Cardenal Tarsicio Bertone finalizó uno de sus viajes a la Isla pidiendo el levantamiento del bloqueo en una declaración conjunta con el entonces Ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque. Y ni siquiera Juan Pablo Segundo fue exonerado de la obligación de pedir el levantamiento del bloqueo durante su fatídica e infructuosa visita a la Isla en enero de 1998.

No reclamo poderes extraordinarios para predecir el futuro pero si el pasado puede servir de indicio para vaticinar la conducta futura de hombres y organizaciones no tenemos otra alternativa que concluir que el próximo viaje de Benedicto XVI a Cuba será más de lo mismo. Como Juan Pablo Segundo dirá algunas misas en escenarios y condiciones cuidadosamente seleccionados y controlados por la tiranía. Como Juan Pablo Segundo hablará en términos genéricos y esotéricos a un público desesperado por el más mínimo vestigio de libertad y de oportunidades para mejorar su condición paupérrima. Como Juan Pablo Segundo posará para fotografías con el clan diabólico de los Castro. Y, como Juan Pablo Segundo, saldrá de Cuba con muy pocas concesiones para el bienestar de nuestro pueblo pero habiendo proporcionado a la tiranía la legitimidad que tanto necesita para aferrarse al poder.

Quisiera, sin embargo, estar totalmente equivocado en este vaticinio. Nada me sería más grato que pedir un día perdón por el error de haber dudado del compromiso de Benedicto XVI con sus feligreses cubanos. Para ello, solo tiene que beber en la fuente de la que se nutre la verdadera Iglesia de Cristo. La de los millones de sacerdotes y monjas en todo el mundo, en su mayoría anónimos, que cuidan enfermos, enseñan niños y alimentan hambrientos. Hombres y mujeres santos postrados ante la cruz que es símbolo de salvación y dispuestos siempre a cargar con ella sin buscar prebendas ni dejarse amedrentar por insultos o vituperios.

Es de conocimiento común que detrás de cada reto hay siempre una oportunidad. En el curso de su peregrinaje por Cuba Benedicto XVI tiene la gran oportunidad de reclamar para nuestra Iglesia Católica el papel protagónico que le corresponde como protectora y defensora de sus ovejas mas indefensas. En este caso sus ovejas cubanas. No tiene que desencadenar una rebelión violenta porque cuenta con el arma poderosa de su palabra redentora como representante de Cristo en la tierra. Solo tiene que llamar a las cosas por su nombre. Un arma que ha derrotado imperios y ha puesto a temblar a generales que de verdad han ganado batallas, no los cobardes como nuestros tiranos que se han puesto estrellas sin disparar otras balas que las dadas a fusilados moribundos como tiros de gracia.

Unas limitadas y breves observaciones de Su Santidad sobre la realidad cubana bastarían para aguarle la fiesta a los opresores, estimular la esperanza de los oprimidos y, muy probablemente, cambiar el curso de la historia de Cuba a partir de ese momento. Benedicto XVI podría por ejemplo:

Pedir libertad para todos los presos políticos y aquellos clasificados como comunes pero que fueron encarcelados por sus ideas contestatarias al régimen.

Proponer la libre entrada y salida de los cubanos del territorio nacional sin necesidad de cumplir con onerosos e injustos requisitos burocráticos.

Defender el derecho de los cubanos a desfilar en forma pacífica, asociarse en organizaciones cívicas y tener acceso a los medios de información.

Y solicitar el fin de la discriminación por razones raciales, religiosas, ideológicas o sexuales.

Todos estos derechos forman parte de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y nada tienen de revolucionarios. Resultan peligrosos y desestabilizadores únicamente para tiranos como los nuestros que quieren mantener a los pueblos en la esclavitud. El Papa cuenta con la inmunidad y hasta la impunidad para decirle unas cuantas verdades a los sátrapas en sus mismísimas caras y acelerar el proceso de romper las cadenas que oprimen a nuestro pueblo. Para bochorno del mundo nadie lo ha hecho hasta ahora y ya es hora de que alguien lo haga. Nadie como él con el poder y la obligación de hacerlo. Amen.