domingo, mayo 11, 2014

Esteban Fernández: La madre cubana

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

FELIZ DÍA DE LAS MADRES A TODOS !
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La madre cubana

Por Esteban Fernández

Cada mes de mayo durante el Día de las Madres vuelvo a tocar este tema sagrado. Se los he comentado muchas veces, es el instante más importante  e inolvidable de mi vida y en la de todos los cubanos que por culpa del castrismo hemos sufrido la separación con nuestros seres queridos. Yo, con 17 años de  nacido, en el Aeropuerto José Martí, metido en la “pecera”, allá a  lo lejos veía a mi madre con un pañuelito de seda en una mano  secándose las lágrimas y con la otra diciéndome  adiós. Era la mejor  madre del mundo. Pero la verdad es que todos los cubanos, y todos los seres humanos, consideramos que poseemos la “mejor madre” del mundo. Y eso es  verdad.

Siempre bella para sus hijos, aunque tenga 100 años,  protectora, halagadora, ciega ante cualquier defecto de su prole,  enfermera, consejera, adivina, altruista y  abnegada.

Para empezar, la  madre cubana -cuando su hijo se porta mal- casi nunca puede  decir eso de “espera a que llegue tú padre de la calle para que  te de dos nalgadas” porque a los padres cubanos no nos gusta mucho  eso de hacer el papel de “ogro” y le dejamos a la mamá la labor de  imponer disciplina en la casa. Pero la madre cubana sabe mezclar los  regaños con tremendo amor, con dulzura y con consentir al niño en  todo lo que este quiere.

El hijo puede tener  40 años y todavía para ella sigue siendo “el nené” de la casa. La  madre puede cocinar una comida deliciosa  y si el hijo la echa  hacia un lado despreciativo enseguida la madre le dice: “Mi amor ¿tú  quieres que te haga otra cosa, tú quieres que  fría un par de  huevitos?”

La madre cubana  presume de ser muy buena suegra y trata por todos los medios de “no  meterse en la vida privada y conyugal de su hijo”. Sí, trata con  todas sus fuerzas y hasta logra convencer a todos de eso. Sin  embargo, la verdad es que considera (y es cierto) que nadie, ninguna  mujer, puede tratar a su hijo de la misma forma en que siempre lo ha  tratado ella. Yo creo que hasta si un joven cubano se hubiera  casado con  la Madre Teresa de Calcuta, esta jamás hubiera  cuidado ni le hubiera dado los mimos que su madre le ha dado y está  dispuesta a darle eternamente a ese  muchacho.

Cuando el hijo se  enferma, siendo un muchachito, la madre cubana prefiere (y lo dice y  lo hace patente) que “la enferma fuera ella”. La madre cubana ni  espera a que el muchachito se enferme sino que desde que el niño  comienza a portarse bien, se sienta calladito delante del televisor  “amodorrado”, ya ella comienza a preocuparse y a ponerle la mano en  la frente tratando de ver si le ha subido un solitario grado de  fiebre.

Le pone un termómetro y si la fiebre subió mínimamente dice  “Yo lo sabía, este niño tiene “destemplanza”, yo estaba segura, él  nunca se porta tan bien, él tiene que estar enfermo” y ahí comienzan  un millón de remedios caseros  que van desde ponerle dos  frazadas por encima a su hijito para “que sude la fiebre” hasta embadurnarle el pecho con Vicks  Vaporub.

Estas atenciones  iniciales  de nuestras madres nos  persiguen por el resto  de nuestras vidas, nos acostumbramos completamente a ellas y hasta  cuando el cubano tiene 80 años, y coge un tremendo catarro, todavía  (a esas alturas de su vida) se acuerda y extraña a su madre que en  paz descanse.

Increíblemente yo he  escuchado a un anciano cubano diciendo: “¡Qué falta me hace mi madre  todavía!” Cuando la muchacha cubana se casa con un compatriota odia  que su marido se enferme o que añore la sopita de pollo que hacía su  madre, y detesta cuando su esposo dice “¡La verdad es que nadie hace los frijoles negros como mi madre!”. Desde luego, enseguida que la  cubanita es madre es cuando comprende lo que ser madre cubana  significa y hasta le pide consejos a su suegra de cómo tratar a su  hijo.

La madre cubana casi  nunca disfruta los deportes que hace su hijo sino que los “sufre en  carne propia” anticipando siempre que “se va a partir una pierna  tirándose en segunda base”. Hasta montar una simple bicicleta puede resultar una preocupación para la madre cubana.

Mi madre me gritaba: “¡Ponte ropa interior limpia por si acaso te caes y tienes que ir a  la Clínica!” ¿Usted nunca ha escuchado a una suegra cubana diciéndole a su nuera: “María, por casualidad tú has olvidado darle su Emulsión de Scott  y Jarabe de Yodotánico a mi hijo  José por las mañanas?” Y la muchacha le responde: “Sí, y se los  estoy dando a mi hijo Pepito también”.
Me imagino que todas las  madres del mundo actuarán de la misma  manera, porque “el ser  madre es una devoción para toda la vida”.

Nunca  olvidaré un día en que mi maestra de Kindergarten llamada  Violeta Espinosa nos leyó un versito que decía: “La otra  noche, la otra noche, mi hermanito se enfermó y mi mamá le dio un beso y enseguida se curó, Cuando una  madre da un beso se oye el sonido de dos; sobre ese beso tan santo otro  beso imprime Dios”.

En  agosto del 62 me monté en el avión, por la ventanilla todavía podía ver a Ana María Gómez llorando. Jamás volví a verla. Pero de mi  mente nunca se ha borrado el recuerdo de sus  lágrimas
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Denise de Kalafe canta "Señora Señora"