martes, agosto 09, 2016

Esteban Fernández: Bajando la Loma de Candela de Güines

BAJANDO LA LOMA DE CANDELA
 
Por Esteban Fernández
Agosto 8 de 2016

Les hablo de una de las más bellas capitales del mundo, de uno de los más preciosos puntos del Universo, lleno de lugares lindísimos, de tiendas como El Encanto y Fin de Siglo, del cabaret Tropicana, Flogar,  Galiano y San Rafael, La Rampa, el Focsa, la Avenida Carlos Tercero, el Capri, el Habana Hilton, el Stadium del Cerro, el Centro Gallego, el Capitolio, el Palacio Presidencial, el Floridita, la Catedral de San Cristóbal.

Allí estaba el Paseo del Prado, la Manzana de Gómez, el Alí Bar, el Miramar Yacht Club, el Club Cubanaleco, el Comodoro, CMQ y Radiocentro,  los sándwiches de Los Parados, los mejores puestos de fritas del planeta, el Vedado, el malecón. Y ya a las cuatro horas de estar allí -a más tardar- me entraban las ansias por regresar a mi terruño. A un pueblo “de campo” como les llaman los que no son oriundos de ahí.

Pongo de testigo a mi mejor amigo, a Milton Sorí, y lo bravo que se ponía conmigo cuando estábamos divirtiéndonos en el Casino Español de La Habana, ya nos habíamos bañado en una de las piscinas olímpica, comenzaba a tocar una gran orquesta, allí había un tremendo jeberío, bellas muchachas que sacábamos a bailar, y de pronto a mí me entraba el desasosiego por volver a Güines.

“Vete tú y déjame a mí aquí tranquilo y bailando” me decía. Yo le contestaba: “No, tú sabes que yo soy tremendo despistado, llévame hasta la Sambumbia y allí yo cojo la ruta 33 rumbo a Güines, y tú vuelves para acá”. A regañadientes me complacía.

Desde que me montaba en la guagua “Habana- Güines” ya me regresaba el alma al cuerpo. Me sentía como que iba rumbo al paraíso terrenal. La Virgen del Camino, Cuatro Caminos, San Francisco de Paula, El Cotorro, Jamaica (ahí paraba para comprar cuatro panques para llevar) San José de las Lajas, La Gabina  y la alegría iba creciendo.

¿Ustedes han estado en el Cañón del Colorado?  Una vista panorámica preciosa. Bueno, ustedes no me lo creerán pero yo a los cinco minutos dije: “¡Qué bonito, vámonos!”. Sin embargo, la escena que les describiré a continuación la repetí más de 100 veces y no hubo una sola vez en que no me emocionara. Si un doctor me hubiera auscultado hubiera dicho que tenía taquicardia.

Porque inmediatamente después que el ómnibus subía a lo más alto de la Loma de Candela y comenzaba el descenso me daba la sensación como que los latidos de mi corazón se sentían en toda la guagua.

Imposible para el que no nació en La Huerta de Cuba sentir lo que nosotros sentíamos al mirar hacia abajo, al ver en la lejanía, en la distancia, el Valle de Güines, sus luces, sus cientos y cientos de antenas. Si ustedes lo hicieron y sintieron unos aplausos les aseguro que fueron iniciados por mí.

No, la Loma de Candela no era una montaña, ni estaba conceptuada como la octava maravilla del mundo, algunos la consideraban una simple elevación en el terreno, el extranjero y hasta algunos capitalinos no le daban mucha importancia, para mí era una especie de trampolín que me catapultaba al Mayabeque, al Güines de mis amores, añoranzas y recuerdos. Nos deteníamos unos instantes en el restaurante de la Loma ( foto de arriba de este párrafo) para deglutir el mejor pan con lechón del Universo.

La última bajada de la Loma de Candela no fue muy agradable que digamos. La bajé en bicicleta junto a un grupo de amigos, me asusté por la gran velocidad que mi bicicleta había adquirido ese día, estúpidamente metí un frenazo, caí pesadamente sobre la carretera, sentí un profundo dolor en mi brazo izquierdo, así seguimos hasta el pueblo. Mi madre me llevó a la consulta del doctor Emilio Trujillo, los Rayos X dieron como resultado que tenía partido el brazo por dos partes, y me lo enyesaron. Como estaba en los exámenes finales en el Instituto tuve que aprender a escribir con la mano derecha. Fueron semanas de punzadas y garabatos.

Pero bajo ningún concepto ese fue el viaje más doloroso a través de La Loma de Candela. La peor travesía fue cuando el negro “Cumbancha” chofer de mi tío Enrique Fernández Roig la subió llevándome rumbo al aeropuerto José Martí de Rancho Boyeros. Y más nunca en mi vida volví a bajarla, ni la bajaré hasta que desaparezca la tiranía actual.