sábado, enero 21, 2023

Dos de Luis Cino Álvarez desde Cuba: Cuba: ¿Unidad o pluralidad en la oposición? y En La Habana hay una pila de locos

 
Tomado de https://www.cubanet.org


Cuba: ¿Unidad o pluralidad en la oposición?

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Por forzar una unidad para la que no estamos preparados no debemos sacrificar la pluralidad dentro de la oposición, la diversidad de enfoques y visiones

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(El Presidente Barack H, Obama reunido con algunos escogidos disidentes y opositores en su visita a La Habana. Foto y comentario del Bloguista de Baracutey Cubano) 

Por Luis Cino Álvarez

20 de enero,2023

LA HABANA, Cuba. — En Venezuela, el régimen de Nicolás Maduro, cuando estaba contra las cuerdas, y valiéndose de una falsa oposición —la llamada “oposición funcional”—, logró disolver el gobierno interino de Juan Guaidó y dividir a la verdadera oposición entre los que aceptan dialogar con el oficialismo y los que no. En eso, como en la represión pura y dura, le ha sido muy provechosa la asesoría de la Seguridad del Estado cubana.

En Cuba, donde ni siquiera hay los atisbos de democracia que quedan en los países del llamado socialismo del siglo XXI, la Seguridad del Estado ha tenido éxito en sembrar la división y los antagonismos en los movimientos opositores al castrismo.

Paradójicamente, la fragmentación, el individualismo, la improvisación, la espontaneidad, han hecho mucho más difícil el trabajo de los represores. Una oposición unida hubiese sido para la Seguridad del Estado más fácil de descabezar; pero los represores optaron por dividir. Entonces, atizando las diferencias y los bretes para tener a los opositores enfrentados y que no logren ponerse de acuerdo ni siquiera sobre los muchos puntos que tienen en común, la policía política se ha visto enfrascada en un rompecabezas en el que pasa mucho trabajo para seguir el hilo de las tramas creadas por sus infiltrados y provocadores, o de las que brotan entre los opositores por celos, ansias de protagonismo, intolerancia, etc.

Un exilio numeroso, militante, con recursos económicos y una fuerte presencia en la política estadounidense, ha hecho que existan paralelamente dos oposiciones a la dictadura: una interna y otra en el exterior. A veces las tácticas, estrategias e intereses de ambas se interfieren; y a través de sus infiltrados y provocadores la Seguridad del Estado ha aprovechado esta situación para avivar los conflictos dentro de las facciones opositoras.

Se ha dado el caso de que algunas organizaciones del exilio —tampoco exentas de la infiltración del G2—, para adelantar sus agendas, han provocado la fractura o duplicación de proyectos en Cuba que tenían resultados tangibles.

La cuestión no es sacrificar o subordinar proyectos que funcionan por otros que están en veremos, a ver si resultan y qué sale de ellos. No necesariamente lo novedoso es lo mejor.

No es que apostemos al malo o regular conocido (del que ya sabemos sus méritos y también de la pata que cojea) antes que al bueno por conocer. La vida nos ha enseñado a dudar de los tipos carismáticos y con condiciones naturales de liderazgo; también de los demasiado valientes y de labia fácil. Si vamos a buscar nuevos líderes, las experiencias pasadas y recientes indican que hay que ser cautelosos. No necesitamos caudillos, ya bastantes hemos tenido en la historia, sino ciudadanos responsables y políticamente maduros, capaces de hallar soluciones mediante el consenso y el debate.

Es lógico el cansancio por los tantos documentos que periódicamente emiten determinados líderes opositores; que desconfiemos del lenguaje populista como para complacer a todos y la ingenuidad respecto a la posibilidad, casi impracticable —al menos por ahora—, de desmontar la dictadura a partir de sus propias leyes.

Los mínimos resquicios que por descuido deja la “legalidad socialista” no son como para hacerse demasiadas ilusiones y creer que la disidencia, diezmada, aún sin acabar de salir de los muros del ghetto y sin conquistar las mentes y los corazones demasiado apáticos y asustados de la población, está en capacidad de imponer condiciones al régimen. ¡Qué decir entonces de proyectos que dictan su ultimátum a la dictadura como si las fuerzas opositoras, luego de controlar varias provincias, estuviesen a las puertas de La Habana!

No será con documentos ni conceptos políticos que resultan abstractos ante tanto agobio cotidiano que se logre la movilización popular.

Reunir en un proyecto a muchos de los más importantes nombres de la oposición y la sociedad civil puede resultar decisivo para conseguir la unidad, pero la experiencia nos ha enseñado que las firmas, por sí solas, no bastan. Pronto algunos de los firmantes empezarán a disentir de algunos puntos y hasta de las comas, o argumentar que no leyeron bien el texto, o que no están conformes con que su firma aparezca más arriba, más abajo o junto a la de fulano o mengana. Luego vendrá el regateo de méritos y la habitual sarta de descalificaciones mutuas. Entre ellas, la más socorrida: la acusación de que “el otro” trabaja para la Seguridad del Estado.

Más que una falsa unidad impuesta bajo dudosos presupuestos y de armar concertaciones improvisadas, se deben buscar los puntos de concordancia y el modo de que los diferentes proyectos opositores se complementen. Si las afinidades no son lo suficientemente fuertes para cohesionarnos, mantengamos entonces el pluralismo.

Cuando digo que no debemos perder la pluralidad, no es que abogue por la olla de grillos en que a veces parece convertirse la oposición. Hablo de pluralismo, pero con respeto y tolerancia a la hora de debatir.

Ahora mismo no hay muchos líderes opositores dispuestos a sacrificar sus proyectos en pos de uno común, con resultados a mediano o largo plazo. Menos todavía que acepten subordinarse modestamente a otro líder.

Por forzar una unidad para la que no estamos preparados no debemos sacrificar la pluralidad dentro de la oposición, la diversidad de enfoques y visiones. Es algo que ya tenemos adelantado en el camino a la democracia, donde se busca el consenso y no la unanimidad. Tengámoslo en cuenta antes de precipitarnos a las filas de otro partido único, a aplaudir las órdenes de un Disidente en Jefe.

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Tomado de https://www.cubanet.org/

En La Habana hay una pila de locos

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No hay que ser sociólogo para explicar el por qué de la proliferación de dementes que vagan por las calles: el agobiante estrés cotidiano con que se vive, la mala alimentación, la falta de medicinas y un largo etcétera

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Por Luis Cino Álvarez

18 de enero,2023

LA HABANA, Cuba. — Cuando yo era niño solía tropezarme con un mulato barbudo, cuarentón, fornido, con pinta de boxeador, que todos los días, a cualquier hora, tiraba un carretón de madera cargado de escombros por la Calzada de Diez de Octubre, en una u otra dirección. Vestía ropa hecha con saco de yute, fumaba en una enorme pipa las colillas de cigarros que recogía del suelo, y apenas pronunciaba palabras.

Decía la gente que era de Párraga, que había sido policía durante el régimen de Batista, que tenía varios muertos en su haber, y que de tanto ocultarse y fingir demencia para escapar de la cárcel o el paredón, enloqueció.

La última vez que lo vi, ya no tiraba del carretón. Fue en una guagua, hace más de 25 años. Estaba muy viejo y mucho más flaco, y los pasajeros le huían, pero ya no por el miedo y su mala fama, sino porque apestaba a rayos.

Mi infancia en La Víbora estuvo poblada de locos: Violeta, Guayaba, Pela-muertos, Juana Macho, La Marquesa y La China, que aconsejaba estar “honradamente, trabajando” …

Cada barrio habanero tenía sus locos, eran parte del paisaje. Pero el principal de todos, el Caballero de París, era un símbolo de la ciudad. Siempre digno, vestido de negro, la piel como de cera, el pecho forrado con periódicos por dentro del chaquetón, si hacía frío; con su barba anterior a la de los barbudos rebeldes, y la larga y rizada melena muy anterior a la de Robert Plant.

El Caballero de París murió en un asilo, pocos años después de que las autoridades lo recogieran. Lo pelaron y afeitaron, lo bañaron y le asignaron, a costa del Estado, ropa limpia, medicamentos, desayuno, almuerzo y comida. En la capital del paraíso revolucionario que querían mostrar a los visitantes solidarios, no era de buen ver que un loco, por muy emblemático que fuera, deambulara por la calle.

Tras la debacle del período especial, ya no hay recato en ocultar a los locos. Es más, a ciertos orates de la Habana Vieja, oportunamente disfrazados de personajes costumbristas -licencias mediante-, los convirtieron en atracciones turísticas. Si las jineteras lo son, ¿por qué ellos no?

Hace una década, Manolito Simonet y su Trabuco proclamaban, a ritmo de timba, que “en La Habana hay una pila de locos”. Y es que en La Habana siempre hubo muchos locos deambulando por las calles, pero no tantos como se ven hoy.

No hay que ser sociólogo para explicar el porqué de la proliferación de dementes que vagan por las calles: el agobiante stress cotidiano con que se vive, la mala alimentación, la falta de medicinas y un largo etcétera.

En los hospitales psiquiátricos, de no ser casos graves y que no tengan familiares que los atiendan, es difícil conseguir un ingreso. Total, si ni siquiera allí hay medicamentos para los pacientes.

Conozco personas que han tenido que comprar en el mercado negro las pastillas que necesitan sus familiares ingresados en Mazorra, porque la dirección del hospital les ha comunicado que no las tienen ni saben cuándo las habrá.

Los locos de mi niñez eran amables y, a veces, hasta simpáticos. Ni remotamente incurrían en las impertinencias y hasta la agresividad de los que ahora veo por las aceras de La Habana, asediando a los turistas o vociferando en las guaguas atestadas de gente sudorosa y angustiada por los problemas cotidianos. Cuando no vociferan, berrean boleros (Benny Moré parece ser su preferido), rancheras mexicanas o baladas de Nelson Ned.

Muchos pasaron del alcoholismo a la demencia. Lo peor es que todavía apestan a alcohol. La bebida, sumada al hambre, complica considerablemente las cosas en los orates. Máxime si han pasado por la cárcel.

En los últimos años se ha incrementado la cantidad de personas dementes que piden comida o dinero en los alrededores de las cafeterías. A algunos les brilla el odio en sus ojos, como si todos fuéramos culpables de lo que pasa.

En la ruta P6 suelo ver a un octogenario que vive en el Reparto Eléctrico, quien, como mismo asegura que peleó en la Sierra y está dispuesto a morir por la Revolución, proclama con voz estentórea: “Yo soy el yuma”.

Asombra la cantidad de locos que dicen haber ganado grados en la Sierra Maestra, Girón o Angola. Algunos presumen de estar muy próximos a los jefes, de hablar de tú a tú con ellos. La gente, cuando los oye, comenta que “se quemaron por culpa de esto”.

Pero también abundan —y cada vez son más— los que prorrumpen en improperios contra el régimen. A veces escucho a algunos orates decir verdades que los cuerdos no se atreven a expresar alto y claro. Y no logro entender por qué a alguien le puede causar risa o molestar lo que dicen; como si no fuera mucho más disparatado y molesto el delirante y gastado discurso de los mandamases. Como si todos no fuéramos, de un modo u otro, pacientes del gran manicomio ruinoso en que nos convirtieron el país unos locos con carnet de comunistas.

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