Vicente Echerri: A las puertas de la intervención. Ahora, cuando Cuba está a punto de disolución, con un Estado represor y disfuncional y una nación envilecida por tantos años de tiranía, EEUU vuelve a convertirse en nuestra última esperanza
A las puertas de la intervención
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Ahora, cuando Cuba está a punto de disolución, con un Estado represor y disfuncional y una nación envilecida por tantos años de tiranía, EEUU vuelve a convertirse en nuestra última esperanza.
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Por Vicente Echerri
Madrid
28 junio 2026
Por estos días de junio —de 1898— las tropas de EEUU desembarcaban en el oriente cubano al inicio de las hostilidades terrestres de la Guerra Hispano-Americana. Contrario a ciertos relatos tendenciosos y tergiversadores, las fuerzas mambisas confraternizaron jubilosamente con los americanos a quienes tenían, con toda propiedad, por aliados en su enconada lucha contra España. Tras una devastadora campaña de poco más de tres años que dejaba arrasado al país y decenas de miles de muertos, EEUU respondía al fin al anhelo y los reclamos de los cubanos, especialmente de la población exiliada, que veían en la intervención del país vecino —el cual empezaba a emerger como una gran potencia— la única manera de ser libres.La historia, divulgada por tantos años, de que la intervención de EEUU en nuestra última guerra de Independencia no fue más que un acto de rapacidad imperial yanqui para impedir que los cubanos derrotaran a España y de ese modo arrebatarnos la soberanía, es una falacia monumental. Ni los independentistas cubanos estaban ganando la guerra ni los americanos intervinieron movidos por la codicia. Es preciso —sobre todo en las actuales circunstancias que vive nuestro querido país— desmontar ese relato.
En febrero de 1896, el Gobierno conservador de Cánovas del Castillo envió como gobernador y capitán general de Cuba —entonces provincia de ultramar— a quien tal vez era el militar español más estricto y capaz: Valeriano Weyler, que ya antes se había destacado por combinar inteligencia y voluntad y quien, además, conocía el terreno por haber participado en nuestra llamada Guerra de los Diez Años, donde había alcanzado el grado de coronel. En su mando supremo en Cuba, Weyler llegó a contar con cerca de un cuarto de millón de soldados (el mayor ejército que España hubiera puesto jamás en suelo americano) que el experimentado general empleó a fondo para sofocar la rebelión, tarea en la cual estuvo a punto de tener éxito.
Fue en medio de esta campaña en que el Ejército español iba "pacificando" el occidente de Cuba al tiempo que empujaba a los cubanos en armas hacia la región oriental, que el generalísimo Máximo Gómez le escribe al presidente Grover Cleveland (a punto de dejar el poder) para abogar abiertamente por la intervención de EEUU:
"El pueblo norteamericano, que con todo derecho marcha a la vanguardia del Hemisferio Occidental, no puede y no debe seguir tolerando el asesinato sistemático y a sangre fría de indefensos americanos, por temor de que la historia pueda acusarlos de complicidad con tales atrocidades. Imite el noble ejemplo que acabo de citarle. Su acción estaría, además, sólidamente fundada en la Doctrina Monroe, ya que esa doctrina no puede referirse meramente a la usurpación de territorio americano, y no puede descansar solamente en la defensa de las potencias constituidas en América contra la ambición europea. No puede proteger el territorio americano y, al mismo tiempo, entregar a sus habitantes desarmados a la crueldad de una potencia europea despótica y feroz. Debe extenderse también a la defensa de los principios que caracterizan la civilización moderna y que completan la vida y la cultura de la sociedad americana. Corone Ud. su honorable historial como estadista con la ejecución de este gran acto de caridad cristiana. Dígale a España que cese la matanza y le ponga fin a la crueldad, y emplee el peso de su autoridad para imponérselo. Miles de corazones agradecidos bendecirán por siempre su memoria, y Dios, el misericordiosísimo, lo contemplará como la obra más meritoria de vuestra noble vida. Su humilde servidor. M. Gómez" (Florencio García Cisneros, Máximo Gómez, ¿caudillo o dictador?, Universal, Miami, Universal, 1986. El subrayado es mío).
Esta petición estaba respaldada por una intensa campaña propagandística, orquestada por el comprometido exilio cubano que, a través de la prensa que le era simpática, había logrado ganarse el respaldo de la opinión pública norteamericana, hasta el punto de que en los puestos de periódicos de muchas de las principales ciudades de EEUU se vendían suvenires (banderas, postales, etc.) alusivos a la guerra de Cuba y el producto de las ventas iba a parar a las arcas del independentismo.
Fue pues la opinión popular, agitada por esos periódicos, la que empujó al Gobierno de William McKinley, luego del estallido del acorazado Maine en la bahía de La Habana, a declararle la guerra a España. Hasta entonces había prevalecido la política de neutralidad tras la que acaso se ocultaba la estrategia de dejar que la guerra desgastara a las partes contendientes para que EEUU pudiera adquirir más tarde la Isla a poco costo. El ánimo del pueblo estadounidense no consentiría en esa dilación.
Orestes Ferrara, que se encuentra en el campamento de Máximo Gómez cuando se sabe que EEUU le ha declarado la guerra a España, cuenta en sus memorias cómo es recibida la noticia en el Estado Mayor del hambreado y fatigado ejército mambí:
"En tal estado verdaderamente penoso, recibimos la noticia de la intervención americana. No puedo explicar el júbilo intenso, enloquecedor, que se apoderó de los cubanos. Corríamos por el campamento, nos abrazábamos y el grito común era: 'Al fin libres'… Nuestra bella bandera flotaba elegante y ligera al soplo de la fresca brisa. Reíamos, llorábamos. Cuba era verdaderamente libre. El viejo Gómez se había alejado de su tienda mezclado en todos y sonreía, sonreía quizás por primera vez después de tres años de constante tragedia. Vitoreado por sus soldados, seguía mirando a aquellos jóvenes ebrios de alegría y, de tiempo en tiempo, miraba a la bandera que estaba, por la fuerza del viento, tan alegre como todos nosotros. En un momento dado gritó: 'Eh, cuidado, que no se ha acabado todavía. Hay que pelear aún y hay que seguir muriendo'" (Orestes Ferrara, Memorias, una mirada sobre tres siglos, Playor, Madrid, 1975).
EEUU intervino en Cuba, en primer lugar, como un acto de solidaridad hacia el pueblo cubano y, en segundo lugar, en procura de garantizar la estabilidad y la prosperidad de un territorio donde ya tenía intereses, propiedades y relaciones mercantiles desde hacía mucho. El precio de esa intervención, sin embargo, sería muy costoso, en vidas (más de 2.000 bajas mortales norteamericanas en una brevísima campaña) y en recursos, ya que el estado de miseria, depauperación y abandono en que se encontraba el país le impuso a las fuerzas de ocupación una gigantesca tarea que incluyó desde la reestructuración de los servicios públicos (correos, aduana, policía) hasta una profunda reforma educativa (con la apertura de centenares de nuevas escuelas y la incorporación de otros tantos maestros, así como novedosos planes de estudio) pasando por campañas de salubridad (con la consiguiente erradicación de algunas enfermedades tropicales que habían sido el azote de Cuba desde siempre, tales como la fiebre amarilla y la malaria), intensas y eficaces labores de saneamiento, construcción de vías férreas y caminos, y ampliación de la red telefónica y de telégrafos. Nunca antes en la historia de nuestro país se hizo tanto en tan poco tiempo ni con igual honradez administrativa.
Antes de que se cumplieran cuatro años de la intervención armada, los norteamericanos se marcharon y, al irse, nos dejaron un Estado (con una Constitución redactada por nacionales, un Congreso en funciones y una judicatura competente). Cierto que en esa flamante república habrían de sobrevivir taras coloniales, como no podía ser de otro modo y, en previsión de desastres, los norteamericanos nos dejaron también un apéndice constitucional (la llamada Enmienda Platt) cuya necesidad no tardó en demostrarse.
Muchos cubanos tomaron esa enmienda como una afrenta a la soberanía nacional, cuando en verdad fue un anclaje que garantizó la estabilidad institucional, aunque precaria, y la prosperidad inherente mientras la economía del mundo marchó bien. Por su parte, EEUU solo recurrió a la Enmienda Platt una vez y a petición del Gobierno de Cuba. Este denostado apéndice constitucional debe leerse como una carta de crédito que nos extendieron nuestros vecinos y que nosotros terminamos por rechazar movidos por un prurito de adultez, por entender que nos infantilizaba como nación, lo cual en alguna medida era cierto. Quisimos emanciparnos, como hacen algunos adolescentes de la tutela de sus padres, antes de tiempo. Abrogar la Enmienda Platt fue un acto de inmadurez política que cancelaba nuestra excepcionalidad frente al resto de América Latina (afanada desde el primer día de la independencia entre guerras civiles y largas tiranías) y así nos fue.
Ahora, cuando nuestro país está al punto de la disolución, con un Estado represor y disfuncional a un tiempo y una nación envilecida por tantos años de tiranía y corrupción, los "americanos" vuelven a convertirse, como en 1898, en nuestra última esperanza. Con diversos énfasis y propuestas, cubanos de dentro y fuera expresan abiertamente su deseo de que acudan lo antes posible a librarnos de una situación insoportable. Ciertamente, este deseo, se hizo presente desde el primer día del triunfo revolucionario, si bien al principio era solo anhelo de unos pocos y casi siete décadas después se ha convertido en clamor nacional.
Sin embargo, a pesar de todas las acusaciones de injerencia, los americanos —independientemente del partido que se encuentre en el poder— no han mostrado ningún interés en apelar a la acción militar —la única efectiva— para librarnos de nuestros opresores. Las recientes medidas y amenazas de Donald Trump no pasan —en mi opinión— de meros alardes para alegrar a un grupo específico de votantes del sur de la Florida, cuyo respaldo es crucial en las próximas elecciones parciales de noviembre. Si el Partido Republicano perdiera los tres representantes cubanoamericanos en esos comicios, perdería la mayoría en la Cámara Baja y los últimos dos años del Gobierno de Trump serían un infierno.
Que al presidente, tan dado en hacer tratos, le interese llegar a un acuerdo con la cúpula del Gobierno cubano por debajo de Raúl Castro, por corrupta que sea, trato que mejore un poco la situación del pueblo y permita el ingreso de capitales estadounidenses en Cuba, estoy seguro de que lo tendría por un triunfo para presumir, aunque la tiranía se mantuviera intacta.
Ahora bien, la remoción del régimen a que aspiramos la mayoría de los cubanos y el establecimiento de un Estado de derecho, que solo puede derivarse de una intervención militar y de un nuevo gobierno interventor, no está en los planes de la Casa Blanca, como no lo ha estado en los últimos 65 años, si contamos desde el fiasco de Bahía de Cochinos.
¿Por qué? Si el castrismo ha sembrado la enemistad a EEUU en todo el continente americano y más allá, si ha sido un incordio permanente, si ha contribuido a disminuir la influencia norteamericana en medio mundo, ¿por qué Washington no ha barrido ese régimen?
Se barajan unas cuantas respuestas, ninguna de las cuales contempla la imposibilidad de derrocar a un régimen que cada vez se torna más endeble. Una intervención militar en Cuba no demoraría más de 24 horas en tener éxito. ¿Qué se ha opuesto, a lo largo de tantos años, a esta operación de salvamento? Señalaré varias razones, sin pretender establecer un orden jerárquico:
- La incapacidad de nuestro actual exilio —a diferencia del que tuvimos en el siglo XIX— de hacer simpática nuestra causa y vendérsela al pueblo norteamericano a través de todos los medios posibles (algo que el lobby judío y el Estado de Israel, por ejemplo, han sabido hacer muy bien).
- La pulsión subjetiva a castigar al pueblo cubano por su ostensible deslealtad e ingratitud hacia quienes fueran sus mejores amigos, valedores de su independencia nacional y promotores directos de la prosperidad que Cuba disfrutó antes del triunfo castrista.
- El deseo tal vez de mostrar a Cuba como una vitrina del desastre político, económico y moral que es la esencia de un régimen comunista. El relato del "bloqueo" criminal cada vez lo cree menos gente. Aducen esta razón muchos analistas de lo cubano.
- El temor que infunde la propagación del comunismo en América Latina que ha llevado a inducir una constante fuga de capitales de la región hacia EEUU. Este punto precisaría de una demostración con cifras.
- Finalmente, lo que a mí me parece más convincente: la certeza de que el derrocamiento del régimen cubano mediante una acción militar de EEUU conllevaría que este último país se haga cargo —tal como en 1898— de la reconstrucción material y moral de la nación cubana por el tiempo que sea menester, y esa tarea excedería cualquier presupuesto imaginable. EEUU —no importa cuán sinceras sean las intenciones de Trump— no está en condiciones de asumir en este momento semejante empresa.
No obstante, todas estas razones, por válidas que sean, no lograrán impedir que un pueblo por tanto tiempo menesteroso y reprimido siga esperando la redención del único actor que objetivamente podría llevarla a cabo. En consecuencia, los marines siguen estando "a las puertas" aunque hayan tardado tanto en arribar.
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Notas del Bloguista del blog Baracutey Cubano
La explosión del acorazado Maine no fue usada por el Presidente William McKinley en su discurso ante el Cpngreso de los EE.UU. para llamar a la guerra contra España; veamos:
1) El historiador Manuel Moreno Frajinals, poco tiempo antes de su fallecimiento, investigó en EE.UU. que de los 5 acorazos tipo Maine que se construyeron, tres de ellos tuvieron accidentes. Se estima que esos accidentes fueron consecuencia del diseño de las naves, al estar las calderas y la bodega de los explosivos muy cercanas.
2) La gran mayoría de la oficialidad del Maine estaba en tierra cuando se produjo la explosión del Maine, pero en Cuba no se escribe y publica de que el comandante del Maine estaba escribiendo en su camarote cuando se produjo la descomunal explosión; se salvó por puro milagro.
3) En el discurso del Presidente McKinley ante el Congreso norteamericano, no se mencionó la explosión del acorazado Maine para llamar a la guerra contra Espana; se llamó a la guerra por el peligro de vidas y haciendas norteamericanas en Cuba, sobre la base de hechos ya consumados en la Isla. Si mal no recuerdo, hasta el comunista Raúl Valdés Vivó en un número del año 1997 de la revista Cuba Socialista, ha tenido que escribir esa verdad
Sobre los EE.UU. y la reconstrucción de Cuba en el pasado siglo XX
Manuel Sanguily como Ministro de Estado (responsabilidad que corresponde a la de Canciller o Ministro de Relaciones Exteriores en nuestros días) del gobierno de José Miguel Gómez, en su discurso ante el cuerpo diplomático en el teatro Politeama, a poco más de una década de la imposición de la Enmienda Platt:
"Mantendrá el Gobierno las relaciones más cordiales en el orden diplomático y de los negocios, con las naciones amigas entre nosotros dignamente representadas, y sobre todo cultivará los grandes y vitales intereses que en franca y afectuosa
correspondencia nos ligan a los Estados Unidos, no ya solo en consideración a las ventajas que deriva de ellos nuestra economía, sino por los incomparables servicios que el pueblo y el Gobierno americanos han prestado a la causa de la justicia, de la civilización y de nuestra nacional soberanía.
<--- Manuel Sanguily
Y no os sorprenda esta sincera manifestación de quien siempre ha vivido inquieto y receloso en el temor de los grandes y los fuertes. Dos veces -una, por la ceguedad de nuestra vieja y orgullosa Metrópoli; otra por la ceguedad de enconos fratricidas-, vinieron aquí los americanos traídos por su fortuna o llamados por nuestras discordias, y siempre se retiraron de nuestro territorio, haciéndonos el doble beneficio de construir dos veces la república, y dejándonos en el corazón atribulado, desengaños y escarmientos; más en ambas ocasiones, motivos superiores de admiración y de gratitud por esa magnánima conducta que jamás en la historia habían observado los pueblos fuertes y triunfantes con los débiles, conturbados y decaídos" (Jorge Ibarra; pag 312 del libro Cuba 1898-1921 Partidos Políticos y Clases Sociales)
He escogido esas palabras de Manuel Sanguily en el teatro Polyteama, y no las de otrocualquier patriota o ciudadano, por la posición vertical que siempre mantuvo Sanguily en su quehacer político: Sanguily se opuso en un primer momento a la imposición de la Enmienda Platt. Posteriormente, y ya en la República como miembro del Senado cubano, se opuso a la venta de tierras cubanas a capital norteamericano. En ese cargo de Secretario de Estado del Gobierno de José Miguel Gómez, se opuso de palabra y de hecho a la injerencia norteamericana en Méjico cuando el derrocamiento del presidente Francisco I. Madero y su sustitución por Victoriano Huerta, actitud que suscitó desavenencias con el gobierno norteamericano. Sanguily fue en su momento, él más fuerte y decidido opositor en el Senado cubano a la aprobación en 1903 del Tratado de Reciprocidad Comercial con los Estados Unidos (TRC). La verticalidad de Sanguily llegó hasta el punto de acusar públicamente de corrupto al gobierno de José Miguel Gómez (1909-1913), pese a pertenecer a su gabinete como Secretario de Estado.
Sobre la vilipendiada Enmienda Platt le dire lo siguiente:
En general, en el caso cubano, los gobiernos norteamericanos no se inclinaron en hacer un uso indiscriminado o exagerado de la prerrogativa que les daba la Enmienda Platt. El proceder del Presidente Teodoro Roosevelt durante "la guerrita de agosto" de 1906 así lo atestigua, pues tanto el presidente Estrada Palma como los alzados contra él, pidieron la intervención norteamericana y fue el presidente Roosevelt el que trató de que la misma no se produjera. La carta de Roosevelt al embajador cubano Gonzalo de Quesada del 14 de septiembre de 1906 y su telegrama a Estrada Palma del 25 de septiembre de ese mismo año así lo muestran. Algunos fragmentos de la mencionada carta son:
" Solemnemente conjuro a todos los patriotas cubanos a unirse estrechamente para que olviden sus diferencias, todas sus ambiciones personales, y recuerden que el único medio de conservar la independencia de su república es evitar, a todo trance, que surja la necesidad de una intervención exterior para salvarla de la anarquía y de la guerra civil.
Espero ardientemente que estas palabras de apelación, pronunciadas en nombre del pueblo americano, por el amigo más firme de Cuba y el mejor intencionado hacia ella que pueda existir en el Mundo, serán interpretadas rectamente, meditadas seriamente y que se procederá de acuerdo con ellas, en la seguridad de que, si así se hiciere, la independencia permanente de Cuba y su éxito como República se asegurarán." (Pichardo, 283)
En el telegrama de Teodoro Roosevelt a Estrada Palma del 25 de septiembre, éste le escribe en un tono invocatorio y suplicante:
" Bajo su gobierno y durante cuatro años, ha sido Cuba República independiente. Yo le conjuro, en bien de su propia fama de justo, a que no se conduzca de tal suerte que la responsabilidad por la muerte de la República, si tal cosa sucediere, pueda ser arrojada sobre su nombre. Le suplico proceda de manera tal, que aparezca que Ud. por lo menos, se ha sacrificado por su país y que lo deja aún libre cuando abandone su cargo." (Pichardo, 285)
Estrada Palma permaneció intransigente y convocó al Congreso para renunciar pese a que los sublevados no pedían su renuncia. Se creó una comisión para convencerlo que retirara la renuncia pero el resultado fue negativo. No pudieron obtener arreglo alguno con Estrada Palma, el cual, para colmo, le pidió al Vicepresidente que también renunciara, dejando así acéfala a la República.
El país quedó sin presidente y con una sublevación en sus entrañas que deseaba también la intervención extranjera. La intervención se produjo y como la anterior intervención militar, no hubo oposición armada a la misma.
El Subsecretario de Estado Bacon, según el historiador Howard Hill, citado por Ibarra, le dijo contrito a Taft:
" Me avergonzaré de mirar a mister Root a la cara. Esta intervención es contraria a su política y a todo lo que él ha estado predicando en América del Sur" ( Idem. Ibarra, 294)
Elihu Root, el verdadero padre de la Enmienda Platt y Premio Nobel de la Paz en 1912, era en ese momento Secretario de Estado.
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Etiquetas: americana, castrismo, cuba, cubana, dictadura, Enmienda Platt, España, guerra, hispano, independencia, intervención, libertad, libre, puertas, tiranía









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