Miguel Sales Figueroa: Cómo terminará el régimen comunista de 1959
Cómo terminará el régimen comunista de 1959
Por Miguel Sales Figueroa
2 de febrero de 2026
Los párrafos siguientes fueron escritos hace casi 30 años y figuran en mi libro Nacionalismo y revolución en Cuba. 1823-1998, publicado bajo el pseudónimo de Julián B. Sorel por la Fundación Liberal José Martí (Madrid, 1998).
El lector de hoy puede poner Díaz-Canel donde dice Castro y evaluar la exactitud del pronóstico.
Mi gratitud va a Gustavo Sánchez, amigo y lector atento, que desde París me recordó la existencia de estas páginas casi olvidadas.
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“La represión totalitaria y la crisis de la ilusión generada por la evaporación del mito revolucionario han sumido a los habitantes de la Isla en un estado de ataraxia política. El cinismo, la insolidaridad y la indiferencia hacia el destino del país constituyen los rasgos dominantes de esta situación. La propaganda incesante y el simulacro de adhesión que el régimen ha impuesto durante décadas han terminado por inocular en los cubanos una saludable desconfianza hacia cualquier empresa colectiva.
“De ahí la paradoja de que la revolución sea improbable y la paz social, imposible. En la medida en que el castrismo intente transformar la estructura productiva del país, introduciendo pequeñas dosis de economía de mercado, aumentará el descontento, tanto de quienes consideren esta liberalización insuficiente, como de los partidarios del marxismo-leninismo puro y duro, que quedarán al margen de los nuevos sectores empresariales.
“Si esta evolución acarrea disturbios como los ocurridos en agosto de 1994, el gobierno tendrá que reprimirlos sin la opción de abrir las fronteras para trasladar el conflicto a las calles de Miami o a las tiendas de campaña de la Base Naval de Guantánamo.
“La ‘revolución contra la revolución’ quizá no llegue a producirse. Pero el gobierno puede verse confrontado a un problema de orden público cada vez más grave, que quizá la policía política no alcance a reprimir con los métodos tradicionales. Ese será el momento de lanzar el ejército a la calle. Y la experiencia de Europa del Este ilustra lo que suele suceder en regímenes de este tipo cuando los tanques y la infantería tienen que hacer el trabajo sucio de las fuerzas represivas. […]
“En realidad, el régimen igualitario, represivo, estatizante, militarista y xenófobo implantado entre 1959 y 1965 ya ha muerto y sólo Castro parece no darse cuenta. Apenas queda en pie su caparazón burocrático, la escenografía espectral en medio de la cual el Comandante repite los latiguillos y las consignas de antaño, exhortando a la interminable, aburridísima tarea de construir el socialismo, -“con su obispo y su puta y, por supuesto, muchos policías”, como dice el poema de Heberto Padilla.
“Lo más curioso del sesgo que toman los acontecimientos es que Castro, que pretendió en una época convertirse en el Lenin y el Stalin de la revolución comunista en Latinoamérica, se conforme ahora con llegar a ser el Den Xiao Pin de Cuba y lo proclame públicamente. [La frase se refiere a la declaración de Castro de que “… los éxitos impresionantes de China y Vietnam indican con claridad lo que puede y lo que no puede hacerse si se quiere salvar la Revolución y el Socialismo”. Granma Internacional, 26 de julio de 1995”.] Pero más paradójico aún es que -ironía del destino- esta voluntad de exotismo lo lleve a parecerse cada vez más al caudillo que gobernaba la Isla cuando él nació: el general y dictador Gerardo Machado.
“La conjunción de una crisis económica devastadora, una oposición anémica y desunida, un dominio amplio del gobierno y una injerencia -al principio renuente, luego más decidida- de Washington, selló la suerte de la dictadura machadista. Esta misma combinación, con diferencias de grado no de naturaleza, ha comenzado a operar en la Cuba de Castro. Sólo la violencia callejera está, por el momento, ausente de la coyuntura actual.
“Pero si el gobierno no se decide a acelerar y profundizar las reformas, pronto se verá confrontado a manifestaciones y desórdenes que, sin llegar a transformarse en una revolución organizada, pueden amenazar la supervivencia del Estado socialista. Entonces, como en esas tramas circulares tan abundantes en la novelística hispanoamericana, los destinos de ambos dictadores se superpondrían en un desenlace trágico, tributario tanto del afán de protagonismo histórico como de la fatalidad geográfica.
“Porque, a fin de cuentas, este es el verdadero fatum de la Isla: el contrapunteo cubano de la voluntad histórica y el determinismo geológico, la pulsión hacia el cumplimiento de un destino grandioso mediante la lucha revolucionaria que se estrella contra la inercia social y las limitaciones físicas del medio en el que ha de desenvolverse. Son el sueño y las alas de Martínez Villena, la exaltación romántica y mucilaginosa que nutre y envenena a la vez el proyecto de nación que ahora periclita.
“Cuentan que a principios de los años sesenta el expresidente Ramón Grau San Martín, muy anciano ya, escuchaba en la radio un discurso de Castro. Éste concluyó la alocución con uno de sus latiguillos favoritos, el ya famoso “la Historia me absolverá”. Grau, hombre sagaz y socarrón donde los hubiera, comentó para su coleto: “Sí, la Historia te absolverá, pero la Geografía te condena”.
(Nacionalismo y revolución en Cuba, págs. 171-172 y 177-179)
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