martes, septiembre 11, 2007

ENTRE LA VERDAD Y LA MENTIRA

Nota del Blogguista

Es mi criterio que el fin histórico de la Revolución Cubana hace décadas que ocurrió; otra cosa es el fin histórico del Fidelismo, que es lo que ha estado ocurriendo a pasos acelerados ( desde mucho antes ya estaba desapareciendo lentamente ) después del anuncio de la proclama en julio del 2006. Una Revolución empieza a desaparecer cuando comienza un, supuesto o no, proceso de institucionalización.

La Pubertad en un individuo no dura toda vida; la Revolución con sus abruptos y radicales cambios sociales en muy corto lapsus de tiempo, es el período de Pubertad de una Sociedad, que puede llevarse mejor o peor según los individuos y sus circunstancias ( no he aplicado a Ortega y Gasset ). Para algunos estudiosos cubanos, la Revolución termina con la culminación del proceso que llevó a la creación y aprobaciónde la Constitución de 1976 ( aprobación ilegítima por los métodos utilizados sobre el pueblo cubano para la votación, como fue la tarea del 10 X 1 y los rumores regados por el propio régimen de que se iba a saber si se votaba Sí o No en la boleta) y el establecimiento de la Asamblea del Poder Popular; para este modesto estudioso que escribe esta nota, la Revolución, de haber existido, termina paradójicamente con la Ofensiva Revolucionaria que se desata en marzo de 1968 contra los negocios particulares, incluyendo los unipersonales, y el pueblo en general: cierre de clubs nocturnos, ley seca, recogida y encarcelamientos de jóvenes y su envio a labores agrícolas, persecución o marginación de intelectuales, etc..

Debo señalar que estoy de acuerdo con por Ichikawa: ¨Esta progresiva indiferencia que el valor aparentado representa ante el valor real pudiera funcionar también en la comprensión de la eficacia política de la persistencia simbólica de Fidel Castro.¨, pero con la importante observación que esto ocurre desde aquellos muy lejanos tiempos en que emergió a la palestra política cubana ese mal cubano que se llama, o se llamó, Fidel Castro.

Otra observación. El ejemplo tomado por Ichikawa no es el mejor, pues eso ocurrió con una persona que no fue realmente relevante, en este caso ese ¨famoso lanzador zurdo de la Serie Mundial de 1961¨, Bill R. Henry. Yo como adolescente seguía por radio de onda corta a las Grandes Ligas de baseball de esos años y no recordaba ese nombre pese a que seguí esa Serie Mundial, pues soy yankista y por el Cincinati estaban jugando los cubanos Leonardo Cárdenas y Orlando Peña. Veamos la casi irrelevancia de ese jugador en la Serie Mundial de 1961:

http://www.lapelota.info/puntobeisbol/history/event/postseason/ws/ws1961.asp

PITCHER W L ERA G GS CG SV SHO IP H ER BB SO
Bill Henry 0 0 19.29 2 0 0 0 0 2.1 4 5 2 3

La única relevancia fue que le cayeron a palos: 19.29 de carreras limpias, aunque es verdad que solamente lanzó 2 entradas y un tercio.

La serie la ganaron los Yankees 4 juegos a 1 y el único juego ganado por el Cincinnati, equipo para el que jugaba Billy H. Henry, fue ganado por Joey Jay. Esa suplantación no hubiera podido suceder con Joey Jay y mucho menos con Bill Mazerosky, una pila de veces Guantes de Oro, y el héroe para los Piratas en la serie que le ganarón a los NYY en 1960 al disparar un jonrón que los, nos, dejó en el campo.
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Entre la verdad y la mentira

Por Emilio Ichikawa

El historiador mexicano Enrique Krauze arriesgó un día lo que podría considerarse un límite posterior que marcara con nitidez el fin de la Revolución Mexicana. No apeló a una hazaña, a una inauguración monumental, a una vida o una muerte. Solamente dijo que ese hito lo fijaba la obra teatral El gesticulador, de Rodolfo Usigli; que por demás tiene fechas de escritura, publicación y puesta en escena diferentes.

El concepto que sostiene Usigli es el de la fragilidad de la diferencia entre la verdad y la mentira, entre lo real y lo posible, entre la historia y la representación de esa historia. Su obra narra la vida de un hombre que falsea una identidad heroica y que después, cuando regresa el verdadero héroe a exigirle su puesto, recibe la sorpresa de que la gente sigue prefiriendo su farsa a la autenticidad del advenedizo. ''Máscara conocida es mejor que rostro por conocer'', diría en este caso el refrán. La Revolución Mexicana no termina entonces como realidad, tampoco como ilusión, sino con una puesta en escena de su propia historia. Esto justifica el hecho de que, como han dicho algunos, la política es más comprensible en el marco de una ''dramatología'' que de una sociología.

En su edición del jueves 7 de septiembre del presente año El Nuevo Herald publicó (p. 6) el artículo de Evans Benn titulado Un hombre se hizo pasar por pelotero. Resulta que al morir el señor Bill C. Henry, quien por veinte años se había hecho pasar por un famoso lanzador zurdo de la Serie Mundial de 1961, se descubrió que el verdadero deportista estaba aún vivo y que en verdad se llamaba Bill R. Henry. Lo interesante del caso es la poca significación que en términos existenciales le ha adjudicado la opinión pública a este descubrimiento, toda vez que el usurpador disfrutó efectivamente del prestigio de la identidad del otro. Por demás, a la prensa no le interesa tanto ahora la glorificación del personaje real sino la astucia de las tretas que realizó el otro para sacar provecho propio a una biografía ajena.

Esta progresiva indiferencia que el valor aparentado representa ante el valor real pudiera funcionar también en la comprensión de la eficacia política de la persistencia simbólica de Fidel Castro. En el caso del cierre histórico de la Revolución Cubana puede ocurrir algo muy parecido a lo que entrevió Usigli para la Revolución Mexicana. Con la diferencia de que los personajes que actúan como si Castro estuviera muerto se notan más incoherentes que quienes se imponen creer que el Comandante sigue y seguirá vivo en el escenario teatral.