martes, agosto 12, 2008

CONTROL ABSOLUTO HOMBRE POR HOMBRE

PEKIN 2008


Control absoluto hombre por hombre

Por Raúl Rivero

Primera impresión. Es verdad que son muchos, pero si usted llega hoy viernes a Pekín creerá que han venido todos para los Juegos Olímpicos. Esa fue mi primera impresión cuando al amanecer del jueves comencé a ver muchachas solitarias en los descansillos de las escaleras, parejas silenciosas por un pasillo que no tiene fin y pelotones, escuadras, compañías de jóvenes chinos uniformados que patrullan, pasean y miran al infinito.

Es cierto que son eficaces, correctos, educados y algunos voluntarios llegan hasta el forcejeo, firme pero cortés, para ayudar al visitante con las maletas. Y es cierto también que todo funciona a la perfección. En los sitios donde debían estar los nombres y las señas de los periodistas acreditados, están. En las gavetas impolutas donde se guardaban las llaves, están las llaves y la papelería para que nadie espere. Para que cada uno se sienta identificado, feliz, importante al mismo tiempo, en esta ciudad de 17 millones de habitantes -desbordada a esta hora- por decenas de miles de huéspedes extranjeros y bajo las luces de todos los neones luminosos.

Vista nublada. Si, a la salida de la terminal tres, con la pasiva colaboración de un sol que usa gafas oscuras y se ha levantado con la vista nublada, uno puede ver las enormes avenidas y los edificios modernos como salen en las revistas y como los ven en las ventanillas de sus ómnibus otros pequeños contingentes de ciudadanos chinos que van hacia todas partes, preferiblemente para el centro de la capital.

Nada falla. En los cuarteles de bomberos se pueden ver unas estatuas que parpadean y esas mismas estatuas, con otros uniformes, se ven en plazoletas despejadas y en calles que terminan en altos muros abanderados.

Corresponsales. Unos autos silenciosos -blancos y amarillos- llevan a los corresponsales acreditados de un sitio a otro y ellos marchan a regañadientes al paso de sus guías, con unos enormes carteles con sus fotos que llevan atados al cuello con una cinta llena de aros olímpicos.

La ciudad y el país entero están como los corredores en sus bloques de arrancada y hasta los elegantes taxis pekineses, con su franja dorada del capó al maletero, han perdido el ámbito de privacidad que proponen los taxis de todo el mundo entre banderolas y flechas que indican nada más que caminos a estadios y piscinas. Los taxis y los miles de ómnibus, todo el tráfico urbano, discurre bajo los relumbrones de las luces intermitentes de la policía y, a veces, se cruzan unos lentos camiones cerrados.

Espectadores. Todavía los atletas viven de sus glorias pasadas y de las todavía irreales alturas y distancias que han prometido para estas jornadas. De modo que estas son las últimas horas de los primeros planos que los políticos y los dirigentes deportivos, los personajes famosos de otros dominios que han venido como simples espectadores a ver competir a los mejores del planeta Tierra. Lo de hoy es todavía puros fuegos artificiales, mientras que los deportistas hacen los últimos ejercicios en las sombras y otros, más sofisticados y con mucho mejor buen poder adquisitivo, los compran hechos.

Polución. Por el momento, en ausencia de la emoción de la competencia y sin los destellos dorados de las primeras medallas, lo que se puede tocar con la mano y respirar, junto al smog y la arenilla del desierto de Gobi, es la atmósfera de control absoluto, hombre por hombre, como en el basquetbol. Los veteranos de otras Olimpiadas recuerdan con agrado los apoyos de los voluntarios de Atenas y Sydney, no quieren ni hablar de las de Atlanta y se dedican a buscar el parentesco entre la de Pekín y la de Moscú.

Accesos. Hay calor y humedad. Forma parte del clima una sensación de seguridad que casi no se puede disfrutar. La movilidad y el acceso a los lugares relacionados con las competiciones es tan perfecto que algunos sospechan que se pueda mantener hasta el día de la clausura. Yo no, porque por encima de los edificios engalanados volví a ver enseguida los mecanismos que producen esas reacciones perfectas.

Adiviné también los silencios y las lejanías que deben de latir entre los chinos para que la máquina trabaje bien de aquí hasta se apague el fuego.